La puntilla

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La puntilla de Emilia Pardo Bazán


Pasó Enrique la noche echando cuentas. No había remedio; por más vueltas que diese, y más salidas que buscase, tenía que vender la finca. Era el último cartucho, y no podía dejar de quemarlo. Con el producto de la venta haría frente a la crisis de sus negocios, y saldría victorioso de los que acechaban su derrota financiera.

Le ofrecían setenta mil duros por aquella residencia magnífica, tan cercana a Madrid, al mismo tiempo recreativa y productiva, con sus arboledas umbrías y sus amplias labranzas, con su pinar interminable y sus elegantes serres. Setenta mil duros, era malvender; pero si no vendía, era la suspensión de pagos, la deshonra, la ruina del nombre y del crédito. Mejor arrojar a la mar aquel despojo que hundirse.

Sombrío, hosco, salió de su despacho, y fue a echar la última ojeada a los tesoros de que iba a desprenderse. Su conciencia, como sucede en tales momentos, le acusaba. Si hubiese procedido con mayor cautela, si se hubiese dedicado a sus asuntos con mayor asiduidad, no llegaría a tal situación. Arrastrado por el vértigo de una vida mundana, disipada, la mayor parte de las veces no vigilaba lo bastante, no se consagraba como era debido a su labor. La fortuna huye de los distraídos y de los perezosos. Hay que perseguirla con ardor, que al cabo es mujer, y no gusta de ser mirada con lánguida indiferencia, sino requerida con ardor violento.

Aun en los sinsabores más amargos hay consuelo en pensar que no ha sido nuestra la culpa, sino del destino. Trasladamos así la responsabilidad, y lo fatal se nos impone con su fuerza superior a todas. Nos resignamos. Pero no así cuando imaginamos que, procediendo de otra manera, evitaríamos la desgracia que nos abruma. Enrique se lo repetía a sí mismo, con enojo: «Esto me sucede porque he querido. Por ser un tonto, un abandonado en lo que más importa».

La vida de club le había cogido en sus garras, le había entretenido, embobado, como suele hacer, esterilizando a la gente con sus gárrulas chismografías, su disputadero y mentidero, y su apariencia de amistades sinceras, que no lo son. Pensaba Enrique, tarde desengañado, que si solicitase la ayuda de alguno de aquellos amigos en el apuro presente, perdería el tiempo. Ni aun lograría un préstamo a plazo, pero sin interés. Verse diariamente, conversar más tiempo con la familia, no es para un clubman cosa que cree lazos, en el sentido de imponer sacrificio alguno. Un amigo de club es un mueble... cómodo, agradable, de frecuente uso, mientras no se le rompe una pata o se le sale la crin...

Sentado en un banco por el cual trepaba una enredadera fina, ante una canastilla de alternanteras y colios, pintorescamente rayada de verde y rojo carmín, y macizada de margaritas menudas, Enrique daba vueltas al problema de su destino. Cambiaría de vida, se recogería, lucharía. A los treinta años, hay margen para renovar muchos aspectos de la vida, para rehacer dos fortunas. Hasta cabe irse a América..., pero después de liquidar bien sus asuntos: nada de fugas clandestinas, nada de vergonzosas historias. ¡El nombre, limpio, y la honra, alta! Todo menos la descalificación.

El parque, la vivienda, alhajada con tanto conforte; los jardines, el diminuto lago, rodeado de una cenefa de flores y de una vasta extensión de grass; los árboles, ya añosos; la fuente arcaica, con su versallesco tritón; todo le parecía mil veces más hermoso, ahora que se veía forzado a renunciar a ello. El perro danés, Boer, vino a apoyar su cabeza poco inteligente, melancólica, en las rodillas de su amo: viéndolo triste, se creía en el deber de mostrarle afecto. Enrique ni le miró. Acababa de oír un paso que se arrastraba, paso de caduco, de gotoso, sobre la arena del jardín, y una sombra se detuvo a dos pasos de él.

-Buenos días nos dé Dios, señorito Enrique.

-Felices, tío Damián...

El viejo llevaba en la mano un escardillo, con el cual, sin duda, se disponía a peinar y alisar las calles enarenadas. De la faltriquera de su chaquetón de pana azul salía el mango de una tijera de podar.

Detúvose un momento, considerando a Enrique. Sus labios y sus desdentadas encías se movían como si murmurasen algo. Tenía ese afán de locuacidad de los viejos, que charlan y charlan, creyendo probar así que existen todavía. Pero en aquel momento preciso, tío Damián recelaba elevar la voz, viendo al señorito tan preocupado.

Al fin se arrancó:

-Mucho ha madrugado el señorito esta mañana. ¿Qué santo sa caío del cielo?

El tono era familiar, de abuelito que ama, y Enrique, que justamente estaba pensando en que nadie se interesaba por él y por sus desdichas, miró sin enfado al vejezuelo que le dirigía tan incorrecta interpelación.

-Se ha caído mi fortuna, tío Damián. Me ha ido mal en los negocios... Me va mal desde hace tiempo. Tengo que vender la Pinarada.

El rastrillo se escapó de las manos arrugadas, de falanges protuberantes, como avellanas secas... La boca, sombría, se abrió, como antro donde un momento penetra el aire, y el tío Damián, en medio minuto, no tuvo resuello para exclamar:

-¡Asús, María!

-Como lo oyes... ¿Por qué te asustas tanto?

Titubeaba el jardinero sobre sus piernas débiles, y, de repente, su cara se había puesto roja, roja, mientras balbuceaba:

-¡Jesús, Señor, Virgen del Tomillar! ¡Vender..., vender!...

Enrique se levantó para acorrer al anciano, que se caía.

-¡Tío Damián, a ver, que no es para tanto!

Bermeja como el moco de un pavo la curtida piel, el jardinero pudo al fin gritar, o más bien sollozar, tuteando a su amo bruscamente:

-Pero ¿sabes lo que dices? ¿Vender la casa en que murió tu madre? ¿La Pinarada? ¿Con sesenta y tres años que llevo yo en ella? Que vine de siete, un arrapiezo, y aquí comí el primer pan ganao con mis manos, ¿lo oyes?

Y, engallándose, añadió el jardinero:

-Si es cosa de cuartos, no te apures, hijo, que Dios proveerá. Tengo yo ahí ahorraos, de toa la vía, más de cien mil reales, que es buena hucha. Dispón, hijo, dispón. Así como así, familia no tengo, que bien jovencillos se me murieron los chiquitines y la mujer... Pa mí me sobra todo. No hay herederos. No hay más cariño que estas flores de mi alma. Cuidándolas siempre, mira si las quedré. Si vendes esto, criatura, traerán ahí un franchute para las flores, y las dejará morir de sed, porque no las conoce como yo. A caa arbolillo que pega un estirón, tú no sabes la alegría que a mí me entra. Es como si creciese uno de mis niños, angélicos, que no llegaron a medrar. Mira, no vendas esto, que te condenas. Coge mis ahorros, en el Monte los tengo, y remédiate; pero no me eches de aquí.

-¡No le echo, tío Damián! -protestó Enrique sentidamente-. Si tuviese usted que salir de la Pinarada, véngase a mi casa, que en ella siempre encontrará usted asilo. ¿Cien mil reales? Gracias... Usted no sabe qué poco es eso... Una gota de agua en el mar.

El viejo le miró atónito.

-¡Cien mil reales! ¡Que es poco! ¡Aún es más de cien: ciento y pico!... Muchismo inero, que lo he juntao a zadonazos y a fuerza de podar y arrincar malas yerbas... No me digas que es poco. Tú no eres cristiano.

A pesar suyo, Enrique sonreía.

-¡Qué más quisiera yo, tío Damián, que no vender! Pero no me queda otra defensa. Bien lo siento. Le tengo cariño, poco menos cariño que usted. No hay remedio. ¿Prefiere usted que pierda la honra?

-¡Ay, hijo! ¡La honra lo primero!

-¿O que me tenga que pegar un tiro?

Tío Damián, en un movimiento noble y ardiente de su vieja alma, curtida y embalsamada por el aroma de tanta flor como había respirado -alma de abeja afanosa y dulce-, estalló, y cogiendo la mano de Enrique, la mojó con humedad de llanto.

-Bueno, bueno, no enternecerse... Tío Damián, déjeme usted, que necesito fuerzas para realizar este sacrificio. Un abrazo..., y ¡adiós!

Se oía fuera, lejos, la bocina del automóvil. Era urgente regresar a Madrid temprano para una jornada de combate. Enrique no pensó en atusarse. Conforme había saltado de la cama... Con el gorro y el abrigo y los anteojos, nadie le conocería.

Días después, el comprador de la Pinarada, otro clubman metido en negocios con más arte o suerte que Enrique, y que iba subiendo fabulosamente, hasta causar envidia a los primates de la Banca de Madrid, dijo al vendedor:

-¿No me había usted puesto por condición que conservase de jardinero, eternamente, al que tenía usted, un señor Damián, creo recordar, un viejecito?...

-Sí, por cierto -confirmó Enrique calurosamente.

-Pues la condición es muy fácil de cumplir..., o, mejor dicho, muy difícil...

-¿Qué sucede?

-Que, ayer me lo telefonearon, el hombre se ha muerto... Le encontraron en el invernadero, frío ya, y todo encharcado del agua de su regadera, porque regando estaba...