La revolución permanente :6

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¿Qué aspecto presenta en la práctica la teoría de la revolución permanente?



Al criticar la teoría, Radek añade a ésta, como hemos visto, la táctica que se desprende de la misma. Es un suplemento muy importante. En esta cuestión, la crítica oficial del "trotsquismo" se limitaba prudentemente a la teoría... Pero a Radek no le basta esto. Radek combate una línea táctica determinada (bolchevista) en China. Esta línea tiene necesidad de comprometerla con la teoría de la revolución permanente, y para ello le es preciso demostrar, o, al menos simularlo, que detrás de esta teoría se escondía en el pasado una línea táctica errónea. Radek, en este caso, induce directamente a error a los lectores. Es posible que no conozca la historia de la revolución, en la cual no tomó nunca una participación directa. Pero, por lo visto, no se ha tomado tampoco la molestia de comprobar la cuestión con ayuda de documentos. Sin embargo, los más importantes de ellos han sido reunidos en el segundo tomo de mis Obras: la comprobación es ahora accesible a toda persona que sepa leer.

Que lo tenga presente, pues, Radek: casi en todas las etapas de la primera revolución fui completamente solidario de Lenin en la apreciación de las fuerzas de la revolución y de los objetivos de, la misma, a pesar de que todo el año 1905 residí clandestinamente en Rusia, y el de 1906 lo pasé en la cárcel. Aquí me veo obligado a limitarme a la cantidad mínima de pruebas y ejemplos.

En un artículo escrito en febrero de 1905 y publicado en marzo del mismo año, esto es, dos o tres meses antes del primer Congreso bolchevista (que ha pasado a la Historia como III Congreso del Partido), decía:

"Las etapas de la revolución que objetivamente se dibujan, son: lucha encarnizada entre el pueblo y el zar, que no puede abrigar otras ideas que las de la victoria; alzamiento popular como momento culminante de dicha lucha; Gobierno provisional como coronamiento revolucionario de la victoria del pueblo sobre el enemigo secular; desarme de la reacción zarista y armamento del pueblo por el gobierno provisional; convocatoria de la Asamblea constituyente sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto." (Tomo II, parte I, p. 232).

Bastará comparar estas palabras con las resoluciones del Congreso bolchevista, reunido en mayo de 1905, para reconocer mi completa solidaridad con los bolcheviques, en lo que se refiere al modo de plantear los problemas tácticos fundamentales. Es más, en Petersburgo formulé unas tesis inspiradas en el espíritu de este artículo, sobre el gobierno provisional, redactadas de acuerdo con Krasin y publicadas en aquel entonces clandestinamente. Krasin las defendió en el Congreso bolchevista. He aquí cuán favorablemente hablaba Lenin de dichas tesis:

"Comparto, en sus líneas generales, la opinión del compañero Krasin. Es natural que, en mi calidad de escritor, haya fijado la atención en la forma. La importancia de los objetivos de la lucha está indicada con mucho acierto por el camarada Krasin, y me declaro enteramente conforme con él. No es posible luchar si no se cuenta de antemano con ocupar el puesto por el cual se lucha..." (Obras, tomo VI, p. 180).

Una gran parte de la extensa enmienda de Krasin, a la cual remito al lector, se incorporó a la resolución dictada por el Congreso. Y una nota de aquél, que tengo en mi poder, atestigua que la enmienda procedía de mí. Kaménev y otros conocen bien este episodio de la historia del partido.

La cuestión de los campesinos, del contacto entre éstos y los soviets obreros, del acuerdo con la Alianza Campesina para la acción, absorbía cada día más la atención del Soviet de Petersburgo. Quiero esperar que Radek no ignora que la dirección del Soviet la asumía yo. He aquí una de los centenares de fórmulas dadas por mí respecto a los objetivos de la revolución:

"El proletariado crea soviets encargados de dirigir las acciones de combate de las masas urbanas y pone a la orden del día la unión combativa con el Ejército y los campesinos." (Nachalo, Nº 4, 17-30 de noviembre de 1905).

Confieso que me da grima reproducir textos demostrativos de que en mis ideas no había nada que se pareciera al "salto" directo de la autocracia al socialismo. He aquí, por ejemplo, lo que escribía en febrero de 1906, a propósito de los objetivos de la Asamblea constituyente, sin oponer, ni mucho menos, a la misma los soviets, como ahora Radek se apresura a hacer, siguiendo a Stalin, con respecto a China, para barrer con la escoba ultraizquierdista las huellas oportunistas de ayer.

"La Asamblea constituyente será convocada por las fuerzas del pueblo mismo liberado. La labor que tendrá que realizar la Asamblea constituyente será colosal. Esta deberá transformar el Estado sobre la base democrática, ¡es decir, del poder absoluto del pueblo, deberá organizar una milicia popular, realizar una grandiosa reforma agraria, instaurar la jornada de ocho horas y el impuesto progresivo sobre la renta." (Obras, II, parte 1, p.349).

He aquí algo relativo a la instauración "inmediata" del socialismo, extraído de una hoja popular escrita por mí en 1905:

"¿Es concebible que se pueda instaurar ahora el socialismo en Rusia? No; nuestro campo es aún demasiado atrasado e inconsciente. Hay aún muy pocos socialistas verdaderos entre los campesinos. Ante todo, es necesario derrocar la autocracia, que mantiene al pueblo sumido en las tinieblas. Hay que librar a los campesinos pobres de todos los tributos, instaurar el impuesto progresivo sobre la renta, la instrucción general obligatoria; es necesario, finalmente, unir al proletariado y semiproletariado del campo con el proletariado urbano en un solo ejército democrático. Sólo un ejército como éste es capaz de realizar la magna transformación socialista." (Obras, II, Iª , pág. 228).

Resulta, pues, que yo distinguía las etapas democrática y socialista de la revolución mucho antes de que Radek, siguiendo a Stalin y Thaelmann, se dedicara a enseñármelo.

Hace veinte años, escribía:

"Cuando se formuló en la prensa socialista la idea de la revolución permanente, que liga la liquidación del absolutismo y del servilismo con la transformación socialista mediante una serie de pugnas sociales crecientes, el alzamiento de nuevos sectores de las masas, los ataques incesantes del proletariado a los privilegios económicos y políticas de las clases dominantes, nuestra prensa "progresiva" lanzó un aullido unánime de indignación." (Nuestra Revolución, 1906, p. 258).

Llamo ante todo la atención sobre la definición que se da en estas líneas de la revolución permanente: ésta liga la liquidación de las supervivencias medievales con el socialismo, mediante una serie de pugnas sociales crecientes. ¿Dónde está el salto? ¿Dónde la ignorancia de la etapa democrática? ¿Acaso no fue precisamente asÍ como sucedieron las cosas. en 1917?

No puedo dejar de hacer notar de paso que los aullidos de la prensa "progresiva" de 1905, con motivo de la revolución permanente, no se pueden comparar ni de lejos con los aullidos nada progresivos de los actuales plumíferos, que han intervenido en el debate con un pequeño retraso de un cuarto de siglo.

¿Qué actitud adoptó con respecto a la cuestión de la revolución permanente, planteada por mí en la prensa, el que en aquel entonces era órgano de la fracción bolchevista, el Nóvaya Jizn, que se publicaba bajo la vigilante dirección de Lenin? Convendremos en que ésto no carece de interés. Al artículo del periódico burgués "radical" Nacha Jizn, que intentaba oponer a la "revolución permanente" de Trotski las concepciones más "razonables" de Lenin, la Nóvaya Jizn bolchevista (27 de noviembre de 1905) contestó en los siguientes términos:

"Esta descarada comunicación, ni que decir tiene que es absurda. El camarada Trotski decía que la revolución proletaria puede, sin detenerse en la primera etapa, continuar su camino, apremiando a los explotadores, y Lenin indicaba que la revolución política no era más que el primer paso. El publicista del Nacha Jizn ha querido ver en esto una contradicción... Todo el equívoco ha surgido, primero, del espanto de Nacha Jizn ante el nombre mismo de la revolución social; segundo, de su deseo de buscar una divergencia aguda cualquiera entre los socialdemócratas, y, tercero, de la imagen empleada por el camarada Trotski: 'de un solo golpe'. En el número 10 de Natchalo, el camarada Trotski ha aclarado su pensamiento de un modo completamente inequívoco: "La victoria completa de la revolución -escribe- implica el triunfo del proletariado. Este último, a su vez, implica la ininterrupción ulterior de la revolución. El proletariado realiza los objetivos fundamentales de la democracia, y la lógica de su lucha directa por la consolidación de la dominación política le plantea en un momento determinado problemas puramente socialistas. Entre el programa mínimo y el programa máximo no establece una continuidad revolucionaria. No se trata de un solo 'golpe', ni de un día o de un mes, sino de toda una época histórica. Sería absurdo calcular de antemano su duración."

En cierto sentido, este solo fragmento agota el tema del presente trabajo. ¿Acaso se podía refutar de antemano toda la crítica futura de los epígonos de un modo más claro, preciso e indiscutible que en este artículo mío, citado con manifiesta aprobación por la Nóvaya Jizn de Lenin? Mi artículo explicaba que en el proceso de realización de los objetivos democráticos, el proletariado triunfante, por la lógica de la situación, vería planteados inevitablemente, en una etapa determinada, problemas puramente socialistas. En esto consiste precisamente la continuidad entre el programa mínimo y el programa máximo, que surge inevitablemente de la dictadura del proletariado. No es un solo golpe, no es un salto -explicaba yo a los críticos del campo pequeño burgués de aquel entonces-, es toda una época histórica. Y la Nóvaya Jizn de Lenin se asoció plenamente a esta perspectiva. Pero entiendo que es aún más importante el hecho de que el giro real de los acontecimientos la sometiera a una prueba y la reconociera definitivamente como acertada en 1917.

Eran, sobre todo, mencheviques, además de los demócratas pequeño burgueses de Nacha Jizn, los que hablaban en 1905 del fantástico "salto" hacia el socialismo por encima de la democracia. Entre los mencheviques se distinguían particularmente en este aspecto Martínov y el difunto Jordanski. Tanto el uno como el otro, digámoslo de paso, habían de ser más tarde esforzados estalinistas.

En 1906. en un artículo especial que hoy podría reproducir casi íntegro contra la crítica de los epígonos, hacía ver a los escritores mencheviques que me atribuían el "salto hacia el socialismo". no sólo lo erróneo, sino lo necio de sus apreciaciones. Pero acaso bastará con decir que la conclusión del artículo se resumía en las siguientes palabras:

"Comprendo perfectamente -me atrevo a asegurárselo a mi contendiente Jordanski- que saltar como publicista por encima de un obstáculo político no significa eliminarlo prácticamente." (Obras, I parte, p. 454).

¿Habrá bastante con esto? En caso negativo, puedo continuar; así los críticos no podrán argüir, como hace Radek, que no "tienen a mano" aquello sobre lo cual razonan con tanto desparpajo.

El folleto Nuestra táctica, escrito por mí en la cárcel en 1906 y editado por Lenin, se caracteriza por la conclusión siguiente:

"El proletariado sabrá apoyarse en el levantamiento del campo, y, en las ciudades, en esos centros de la vida política, sabrá llevar a término la obra empezada. Al apoyarse en el movimiento espontáneo de los campesinos y dirigirlo, el proletariado no sólo asestará el último golpe victorioso a la reacción, sino que sabrá consolidar el triunfo de la revolución." (Obras, t. II, Iª parte, p. 448).

¡Y aún hay quien diga que el autor de estas líneas "ignoraba" a los campesinos! En este mismo folleto se desarrolla la idea siguiente:

"Nuestra táctica, basada en un desarrollo irresistible de la revolución, no puede, naturalmente, ignorar las fases y etapas inevitables o posibles, o aunque no sean más que probables, del movimiento revolucionario." (Tomo II, Iª parte, p. 436).

¿Se parece esto en algo al fantástico "salto"?

En el artículo "Las lecciones del primer Soviet" (1906), trazo del modo siguiente las perspectivas del desarrollo ulterior de la revolución, o, como resultó en la realidad, de la nueva revolución:

"La historia no se repite, y el nuevo Soviet no tendrá que pasar nuevamente por los acontecimientos de esos cincuenta días (octubre-diciembre de 1905); pero, en cambio, de ese periodo puede sacar íntegramente su programa de acción. Este programa es completamente claro. Cooperación revolucionaria con el Ejército, con los campesinos y los elementos plebeyos de la pequeña burguesía urbana. Abolición del absolutismo. Destrucción de su organización material; reorganización parcial y en parte disolución inmediata del ejército; destrucción del aparato burocrático policiaco. Jornada de ocho horas. Armamento de la población y, en primer lugar, del proletariado. Transformación de los soviets en órganos de administración local revolucionaria. Creación de soviets de diputados campesinos (Comités campesinos) como órganos locales de la revolución agraria. Organización de las elecciones a la Asamblea constituyente y campaña electoral a base de un programa determinado de trabajo de la representación popular." (Obras, t. II, IIª parte, p.206).

¿Se parece esto en algo a saltar por encima de la revolución agraria o, a disminuir la importancia del problema campesino en su conjunto? ¿Se puede decir que yo no viera los objetivos democráticos de la revolución? No. ¿A qué se parece en este caso la pintura política de Radek? A nada.

Radek separa misericordiosamente, pero de un modo muy equívoco, mi posición de 1905, deformada por él, de la de los mencheviques, sin darse cuenta de que, en sus tres cuartas partes, repite la crítica menchevista: si bien el método de Trotski era el mismo de los mencheviques --dice jesuíticamente--, el fin era otro. Radek, con esta manera subjetiva de plantear la cuestión, compromete definitivamente su propia manera de enfocar el problema. Lassalle sabía ya que los objetivos dependían de los métodos, y que, en fin de cuentas, se hallaban condicionados por ellos. Incluso escribió un drama sobre este tema (Franz von Sikingen). ¿En qué consiste la identidad de mi método con el de los mencheviques? En la posición adoptada con respecto a los campesinos, Radek aduce como prueba tres líneas polémicas del artículo de Lenin en 1906, ya citado por nosotros, reconociendo, de paso, que, al referirse a Trotski, Lenin polemizaba con Bujarin y con el propio Radek. Además de esta cita de Lenin, que, como hemos visto, queda refutada por el contenido de todo el artículo, Radek recurre al propio Trotski. En el artículo de 1916, después de poner al descubierto la vaciedad de la concepción menchevista, preguntaba yo: ¿Si no dirige el movimiento la burguesía liberal, quién lo dirigirá? Vosotros, los mencheviques, en todo caso, no creéis en el papel político independiente de los campesinos. Por consiguiente, dice Radek, Trotski estaba de "acuerdo" con los mencheviques con respecto al papel de los campesinos. Los mencheviques consideraban que era inadmisible "repeler" a la burguesía liberal en gracia a una alianza dudosa e insegura con los campesinos. En esto consistía su "método". El mío consistía en conquistar la dirección de los campesinos revolucionarios arrojando por la borda a la burguesía liberal. Con respecto a esta cuestión fundamental, no me separaba ninguna divergencia de Lenin. Y cuando en la lucha contra los mencheviques les decía: "en todo caso, no os inclináis a otorgar a los campesinos un papel directivo", ésto no significaba que estuviera de acuerdo con el "método" de aquéllos, como insinúa Radek, sino que era únicamente una manera clara de plantear la alternativa: o la dictadura de la plutocracia liberal o la del proletariado.

Este mismo argumento empleado en 1916 contra los mencheviques, completamente exacto, que ahora Radek intenta emplear de una manera desleal contra mí, la utilicé nueve años antes, en el Congreso de Londres (1907), al defender la tesis de los bolcheviques sobre la actitud frente a los partidos no proletarios. Reproduzco la parte fundamental de mi discurso de Londres, el cual, en los primeros años que siguieron a la Revolución de Octubre, fue más de una vez reproducido en toda clase de recopilaciones y antologías como expresión de la actitud bolchevista frente a las clases y a los partidos en la revolución. He aquí lo que decía en este discurso, que contiene una exposición compendiada de la teoría de la revolución permanente:

"A los camaradas mencheviques se les antojan extraordinariamente complejas sus propias ideas. Más de una vez les he oído acusar a los demás de tener una idea demasiado simple de la marcha de la revolución rusa. Y, sin embargo, a pesar de su carácter extremadamente indefinido, que se presenta como complejo --y acaso gracias precisamente a esta circunstancia--, las ideas de los mencheviques caben en un esquema completamente simple, accesible incluso a la comprensión del señor Miliukov.

"En el epílogo al folleto Cómo transcurrieron las elecciones a la Segunda Duma de Estado, el jefe ideológico del partido 'kadete' dice: «Por lo que se refiere a los grupos de izquierda en el sentido estricto de la palabra, esto es, a los socialistas y revolucionarios, será más difícil entenderse con ellos. Pero si para ello no hay motivos positivos determinados, hay, en cambio, muchos negativos, que nos ayudarán hasta cierto punto a acercarnos. Su objetivo consiste en criticarnos y desacreditarnos; aunque no sea más que para esto, es necesario que estemos presentes y obremos. Sabemos que para los socialistas, no sólo rusos, sino de todo el mundo, la revolución que se está efectuando es una revolución burguesa, y no socialista, que deberá realizar la democracia burguesa. Además, los socialistas no se han preparado para ocupar el lugar de esta democracia, y si el país los ha mandado a la Duma en gran número no ha sido, naturalmente, para realizar ahora el socialismo o para llevar a cabo con sus manos reformas 'burguesas' preparatorias... Por lo tanto, les será mucho más ventajoso cedernos el papel de parlamentarios que comprometerse ellos mismos con este papel.»

"Miliukov, como veis, nos lleva sin subterfugios al nudo de la cuestión. En el extracto reproducido hay todos los elementos fundamentales de la idea menchevista de la revolución y de su actitud con respecto a la democracia burguesa y a la socialista.

"'La revolución que se está efectuando es una revolución burguesa, y no socialista'; esto en primer lugar. En segundo lugar, la revolución burguesa 'debe realizarla la democracia burguesa'. En tercer lugar, la democracia social no puede llevar a cabo con sus manos reformas burguesas; su papel debe ser puramente de oposición. Finalmente, para que los socialistas tengan la posibilidad de desempeñar el papel de oposición, 'es necesario que nosotros (esto es, la democracia burguesa) estemos presentes y obremos'. ¿Y si 'nosotros' no estamos? ¿Y si no hay una democracia burguesa capaz de ponerse al frente de la revolución burguesa? Entonces, hay que inventarla. Esta es la conclusión a que llega precisamente el menchevismo, el cual edifica la democracia burguesa, sus cualidades y su historia valiéndose de su propia imaginación.

"Nosotros, como materialistas, debemos plantearnos ante todo la cuestión de las bases sociales de la democracia burguesa: ¿en que sectores o clases puede apoyarse?

"No se puede hablar de la gran burguesía como de una fuerza revolucionaria: en esto estamos todos de acuerdo. Los industriales de Lyon desempeñaron un papel contrarrevolucionario incluso durante la gran Revolución francesa, la cual era una revolución nacional en el sentido más amplio de esta palabra. Se nos habla de la burguesía media y, principalmente, de la pequeña burguesía como fuerza directiva de la revolución burguesa. Pero ¿qué representa en sí esta pequeña burguesía?

"Los jacobinos se apoyaban en la democracia urbana, que había surgido de los gremios artesanos. Los pequeños artesanos y el pueblo urbano íntimamente ligado con ellos constituían el ejército de los sans-culottes revolucionarios, el punto de apoyo del partido dirigente de los montagnards. Fue precisamente esta compacta masa de población urbana, que había pasado por la prolongada escuela histórica del gremio, la que soportó todo el peso de la transformación revolucionaria. El resultado objetivo de la revolución fue la creación de condiciones "normales" de explotación capitalista. Pero la mecánica social del proceso histórico condujo a que las condiciones de predominio de la burguesía fuesen creadas por el populacho, por la democracia callejera, por los sans-culottes. Su dictadura terrorista limpió a la sociedad burguesa de las viejas escorias, y después la burguesía subió al poder, derribando la dictadura de la democracia pequeño burguesa.

"¿Cuál es la clase social --pregunto yo, y no es la primera vez-- que en nuestro país puede levantar sobre sus espaldas a la democracia revolucionaria burguesa, llevarla al poder y darle la posibilidad de realizar una labor enorme teniendo al proletariado en la oposición? Es ésta la cuestión central, que torno a plantear a los mencheviques.

"Tenemos en nuestro país, es verdad, a masas enormes de campesinos revolucionarios. Pero, los camaradas de la minoría saben tan bien como yo que los campesinos, por revolucionarios que sean, son incapaces de desempeñar un papel político independiente, y mucho menos directivo.Es indiscutible que los campesinos pueden constituir una fuerza enorme al servicio de la revolución; pero no sería digno de un marxista creer que un partido campesino puede ponerse al frente de la revolución burguesa y liberar por iniciativa propia las fuerzas productivas del país de sus cadenas arcaicas. La ciudad ejerce la hegemonía en la revolución burguesa (1).

"¿Dónde está, en nuestro país, la democracia urbana capaz de arrastrar tras de sí a la nación? El compañero Martínov la ha buscado ya más de una vez armado de una lupa, y no ha encontrado más que maestros de Zaratov, abogados petersburgueses y funcionarios moscovitas de estadística. Martínov, lo mismo que todos los que comparten su posición, se cuida mucho de no advertir que en la revolución rusa el proletariado industrial ocupa el mismo puesto que ocupaba a fines del siglo XVIII la democracia artesana semiproletaria de los sans-culottes. Llamo vuestra atención, camaradas, hacia este hecho, de fundamental importancia.

"Nuestra gran industria no ha surgido como un resultado de la evolución natural del artesanado. La historia económica de nuestras ciudades ignora por completo el periodo de los gremios. La industria capitalista surge en nuestro país bajo la presión directa e inmediata del capital europeo y se apodera de un terreno virgen, primitivo, sin chocar con la resistencia de la cultura corporativa. El capital extranjero influye en nuestro país por los canales de los empréstitos del Estado y las venas de la iniciativa privada y reúne a su alrededor al ejército del proletariado industrial, sin permitir que surja y se desarrolle el artesanado. Como resultado de este proceso, en el momento de la revolución burguesa, la fuerza principal de las ciudades resulta ser un proletariado de tipo social muy elevado. Es un hecho que no se puede negar y sobre el cual tenemos que basar nuestras conclusiones revolucionarias tácticas.

"Si los camaradas de la minoría creen en el triunfo de la revolución o aceptan, aunque no sea más que la posibilidad de dicho triunfo, no pueden dejar de reconocer que, en nuestro país, a excepción del proletariado, no hay ningún pretendiente histórico al poder revolucionario. Del mismo modo que la democracia pequeño burguesa urbana de la gran Revolución se puso al frente del movimiento revolucionario nacional, el proletariado, la única democracia revolucionaria de nuestras ciudades, debe hallar un punto de apoyo en las masas campesinas, y subir al poder, si es que la revolución ha de triunfar.

"Un gobierno que se apoye directamente en el proletariado, y a través de él en los campesinos revolucionarios, no significa aún la dictadura socialista. No me referiré ahora a las perspectivas ulteriores del gobierno proletario. Es posible que el destino del proletariado sea el de caer, como cayó la democracia jacobina, para dejar el sitio libre a la dominación de la burguesía. No quiero dejar sentado más que lo siguiente: si, de acuerdo con la profecía de Plejánov, el movimiento revolucionario triunfa en nuestro país como movimiento obrero, el triunfo de la revolución en Rusia sólo se concibe como triunfo revolucionario del proletariado; de otro modo, será imposible.

"Insisto en esto con toda firmeza. Si se reconoce que las contradicciones sociales entre el proletariado y la masa campesina no permiten al primero ponerse al frente de ésta; si el proletariado mismo no es lo bastante fuerte para alcanzar la victoria, entonces no habrá más remedio que llegar, en términos generales, a la conclusión de que nuestra revolución no está llamada a triunfar. En estás condiciones, el final natural de la revolución debe ser el acuerdo de la burguesía liberal con el antiguo régimen. Es ésta una hipótesis cuya posibilidad no puede descartarse. Pero es evidente que se halla en el camino de la derrota de la revolución, condicionada por su debilidad interna.

"En esencia, todo el análisis de los mencheviques --ante todo su apreciación del proletariado y de sus posibles posiciones con respecto a los campesinos-- los conduce inexorablemente a la senda del pesimismo revolucionario.

"Pero se apartan tenazmente de esta senda y desenvuelven el optimismo revolucionario a cuenta... de la democracia burguesa.

"De aquí se desprende su actitud frente a los 'kadetes'. Para ellos, los 'kadetes' son el símbolo de la democracia burguesa, y la democracia burguesa el único pretendiente del poder revolucionario...

"¿En qué fundáis vuestra confianza de que los 'kadetes' puedan aún levantarse? ¿En las realidades del proceso político? No; en vuestro esquema. Para "llevar la revolución hasta el fin" tenéis necesidad de la burguesía democrática urbana. La buscáis ávidamente y no encontráis nada, excepto los 'kadetes'. Y a cuenta de ellos, desarrolláis un optimismo sorprendente, les atribuís cualidades que no tienen, queréis obligarles a desempeñar un papel creador que no quieren ni pueden asumir y que no asumirán. A mi pregunta fundamental --que he formulado muchas veces--, no se me ha dado respuesta alguna. No tenéis previsión alguna ante la revolución. Vuestra política carece de grandes perspectivas.

"Y como resultado de ello, vuestra posición con respecto a los partidos burgueses se formula con palabras que el Congreso debe guardar en su memoria: 'de vez en cuando, según los casos'. Así, pues, el proletariado no sostiene una lucha sistemática por la influencia sobre las masas populares, no controla sus pasos tácticos bajo el ángulo de una idea directiva: agrupar a su alrededor a todos los que trabajen y sufran y convertirse en su heraldo y su caudillo." (V Congreso del Partido. Actas y resoluciones del Congreso, p. 180-185).

Este discurso, que resume en forma muy compendiada mis artículos, discursos y actuación en el transcurso de 1905-1906, fue acogido con aprobación completa por los bolcheviques, por no hablar ya de Rosa Luxemburgo y Tischko (como consecuencia de este discurso, se estableció un contacto más estrecho entre ellos y yo, que determinó mi colaboración en su revista polaca). Lenin, que no perdonaba mi actitud conciliadora respecto a los mencheviques -y tenía razón-, comentó mi discurso en términos de una sobriedad deliberadamente subrayada. He aquí lo que dijo:

"Sólo observaré que Trotski, en su folleto En defensa del partido, expresa su solidaridad con Kautsky, quien ha hablado de la comunidad económica de los intereses del proletariado y de los campesinos en la revolución actual. Trotski acepta la posibilidad y la conveniencia de un bloque de izquierda contra la burguesía liberal. Para mí, son suficientes estos hechos para reconocer el acercamiento de Trotski a nuestras concepciones. Independientemente de la cuestión de la revolución permanente, existe una solidaridad en los puntos fundamentales de la cuestión sobre la actitud frente a los partidos burgueses." (Lenin. Obras, VIII, p. 400).

Lenin no se detenía en su discurso a juzgar en términos generales la teoría de la revolución permanente, con tanto mayor motivo cuando que yo mismo, en mi discurso, no desarrollaba .las perspectivas ulteriores de la dictadura del proletariado. Es evidente que Lenin no había leído mi trabajo fundamental sobre esta cuestión; de lo contrario, no hubiera hablado de mi "acercamiento" a las concepciones de los bolcheviques como de algo nuevo, pues el discurso de Londres no fue más que una exposición compendiada de mis escritos de 1905-1906. Lenin se expresaba con una reserva extrema, pues yo me hallaba por entonces fuera de la fracción bolchevique. Sin embargo, o mejor dicho, precisamente por esto, las palabras de Lenin no se prestan a ninguna falsa interpretación. Lenin registra la "solidaridad en los puntos fundamentales de la cuestión" de la actitud con respecto a los campesinos y a la burguesía liberal. Esta solidaridad se refiere, no a mis fines, como aparece de un modo incoherente en Radek, sino precisamente al método. Por lo que toca a las perspectivas de transformación de la revolución democrática en socialista, Lenin hace previamente una reserva: "Independientemente de la cuestión de la revolución permanente." ¿Qué significa esta reserva? No puede ser más clara: Lenin no identificaba, ni mucho menos, la revolución permanente con el desconocimiento de los campesinos o el salto sobre la revolución democrática, como quieren hacerlo creer los ignorantes y poco escrupulosos epígonos. El pensamiento de Lenin es el siguiente: no quiero referirme a la cuestión de hasta dónde llegará nuestra revolución o de si el proletariado podrá subir al poder antes en nuestro país que en Europa, y de las perspectivas que esto abriría al socialismo; pero en la cuestión fundamental de la actitud del proletariado frente a los campesinos y a la burguesía liberal, existe la solidaridad. Más arriba hemos visto en qué sentido la Nóvaya Jizn bolchevista se refería a la revolución permanente casi al mismo tiempo que ésta estallaba, esto es, en 1905. Recordemos, además, cómo se expresaba la redacción de las Obras de Lenin con respecto a dicha teoría después de 1917. En las notas al tomo XIV, IIª parte, p. 481, se dice:

"Ya antes de la Revolución de 1905 preconizó [Trotski] una teoría especial y particularmente significativa ahora, la teoría de la revolución permanente, en virtud de la cual afirmaba que la revolución burguesa de 1905 se transformaría directamente en socialista, siendo la primera de una serie de revoluciones nacionales."

Admito que en estas líneas no se reconozca en general que fuera acertado todo lo escrito por mí sobre la revolución permanente. Pero, en todo caso, se reconoce que no es lo dicho por Radek sobre la misma idea. "La revolución burguesa se transformaría directamente en socialista": ésta es la teoría de la transformación y no del salto; de aquí se desprende una táctica realista y no aventurera. Y ¿qué sentido tienen las palabras "la teoría de la revolución permanente, particularmente significativa ahora"? Pues que la Revolución de Octubre vino a iluminar con nueva luz los aspectos de dicha teoría, que antes parecían a muchos oscuros o sencillamente "improbables". La segunda parte del tomo XIV de las Obras de Lenin apareció en vida de su autor. Millares de miembros del partido leyeron la nota mencionada. Nadie, hasta 1924. la declaró falsa, y a Radek no se le ocurrió hacerlo hasta 1928.

Sin embargo, por cuanto Radek habla, no sólo de la teoría, sino también de la táctica, el argumento más importante contra él es el carácter de mi participación práctica en las revoluciones de 1905 y 1917. Mi actuación en el Soviet petersburgués de 1905 coincidió con la elaboración definitiva de mis concepciones sobre el carácter de la revolución, contra las que los epígonos abren un fuego constante. ¿Cómo se explica que esas concepciones pretendidamente tan erróneas no se reflejaran en lo más mínimo en mi actuación política, que se desarrollaba a los ojos de todo el mundo y se registraba todos los días en la prensa? Si se admite que una teoría tan errónea se reflejaba en mi política, ¿por qué callaban los cónsules actuales? Y lo que es un poco mas importante, ¿por qué Lenin defendió con toda energía la línea del Soviet de Petersburgo, tanto en el momento de apogeo de la revolución como después de su derrota?

Las mismas cuestiones, pero acaso con una fórmula aún mas acentuada, se refieren a la Revolución de 1917. Desde Nueva York juzgué en una serie de artículos la Revolución de Febrero con el punto de vista de la teoría de la revolución permanente. Todos estos artículos han sido reproducidos. Mis conclusiones tácticas coincidían por completo con las que Lenin deducía simultáneamente desde Ginebra, y, por lo tanto, se hallaban en la misma contradicción irreconciliable con las conclusiones de Kaménev, Stalin y otros epígonos.

Cuando llegué a Petrogrado, nadie me preguntó si renunciaba a los "errores" de la revolución permanente. Y no había por qué. Stalin se escondía púdicamente por los rincones, no deseando más que una cosa: que el partido olvidara lo más pronto posible la política sostenida por él antes de la llegada de Lenin. Yaroslavski(2) no era aún el inspirador de la Comisión de control, sino que estaba publicando en Yakutsk, en unión de los mencheviques, de Ordzonikidze(3) y otros, un vulgarísimo periódico semiliberal. Kaménev acusaba a Lenin de "trotsquismo", y al encontrarse conmigo, me dijo: "Ahora si que está usted de enhorabuena."

En vísperas de la Revolución de Octubre escribí sobre la perspectiva de la revolución permanente en el órgano central de los bolcheviques. A nadie se le ocurrió hacerme ninguna objeción. Mi solidaridad con Lenin resultaba completa e incondicional. ¿Qué quieren decir mis críticos, Radek entre ellos? ¿Que yo mismo no comprendía en lo más mínimo la teoría que defendía, y que en los periodos históricos más responsables obré contra ella y con completo acierto? ¿No será más sencillo suponer que mis críticos no han comprendido la teoría de la revolución permanente, como muchas otras cosas? Pues si se admite que estos críticos retrasados se orientan tan bien, no sólo por lo que se refiere a sus ideas, sino también a las de otros, ¿cómo se explica el hecho de que todos sin excepción ocuparan una posición tan lamentable en 1917 y se cubrieran para siempre de oprobio en la revolución china?

Pero ¿qué me dice usted --preguntará acaso algún lector-- de su consigna táctica principal: "Abajo el zar y viva el gobierno obrero"? En ciertas esferas, este argumento es considerado como decisivo. Alusiones a esta abominable "consigna" de Trotski las hallaréis en todos los escritos de 'los críticos de la revolución permanente, en unos como último y decisivo argumento, en otros como puerto de refugio para el pensamiento cansado.

La profundidad mayor de esta crítica la alcanza, naturalmente, el "maestro" de la ignorancia y de la deslealtad, cuando en sus incomparables Cuestiones del leninismo dice:

"No nos extenderemos (¡de eso es de lo que se trata! L.T.). en la posición del camarada Trotski en 1905, cuando se "olvidó" sencillamente de los campesinos como fuerza revolucionaria, preconizando la consigna "abajo el zar y viva el gobierno obrero", esto es, la consigna de la revolución sin los campesinos." (I. Stalin: Las cuestiones del leninismo, p. 174-175).

A pesar de mi situación casi desesperada ante esta crítica aplastante en que no hay para qué "extenderse", intentaré indicar algunas circunstancias atenuantes. Estas circunstancias existen. Solicito un poco de atención.

Aun en el caso de que un artículo cualquiera de 1905 hubiera formulado una consigna ambigua o desacertada, susceptible de dar motivo al equívoco, ahora, después de veintitrés años, dicha consigna debería ser tomada no de un modo aislado, sino en conexión con otros trabajos míos sobre el mismo tema, y, sobre todo, con mi participación activa en los acontecimientos. No es admisible que se indique al lector el título escueto de una obra que no conoce (como no la conocen los críticos), y después se introduzca en dicho título un contenido que se halla en contradicción completa con todo lo que yo he escrito y hecho.

Pero acaso no será superfluo añadir -¡oh, críticos!- que nunca, ni en parte alguna balbuceé, pronuncié o propuse tal consigna: "¡Abajo el zar y viva el gobierno obrero!" Este argumento clave de mis jueces está basado, entre otras cosas, en un grosero error de hecho. La proclama titulada "¡Abajo el zar y viva el gobierno obrero!", la escribió y publicó Parvus en el verano de 1905, en el extranjero. En aquel entonces hacía tiempo que yo vivía clandestinamente en Petersburgo, y no tuve absolutamente nada que ver, ni de hecho ni de intención, con dicha proclama. Me enteré de ella mucho más tarde por los artículos polémicos. Nunca tuve ocasión ni motivo para pronunciarme sobre el mencionado documento. Nunca lo vi ni lo leí (como no lo vio ni lo leyó, dicho sea de paso, ninguno de mis críticos).

Tales son los hechos, por lo que se refiere a esta notable cuestión. Lamento mucho tener que privar a todos los Thaelmann y Sémard del argumento más cómodo, portátil y convincente. Pero los hechos son más fuertes que mis sentimientos humanitarios.

Es más. La casualidad se mostró tan previsora, que, al mismo tiempo que Parvus publicaba en el extranjero aquella proclama titulada "¡Abajo el zar y viva el gobierno obrero!", que yo desconocía en absoluto, aparecía en Petersburgo una proclama ilegal, escrita por mí, con el título "Ni el zar ni los elementos de los zemstvos, sino el pueblo." Este título, repetido varias veces en el texto en calidad de consigna destinada a agrupar a los obreros y campesinos, parece concebida exprofeso para refutar en forma popular las afirmaciones ulteriores relativas al salto por encima de la fase democrática de la revolución. Este manifiesto está reproducido en mis Obras (tomo II, parte Iª, pág. 256). Están reproducidas asimismo en ellas las proclamas del Comité central bolchevique, escritas por mí, dirigidas a esos mismos campesinos que, según la genial expresión de Stalin, "sencillamente olvidé".

Pero tampoco es eso todo. Recientemente, el famoso Rafes(4), uno de los teóricos y directores de la Revolución china, en un artículo publicado en el órgano teórico del Comité central del Partido Comunista(5) hablaba nuevamente de esa abominable consigna, lanzada por Trotski, en 1917. ¡No en 1905, sino en 1917! Hay que decir, sin embargo, que el menchevique Rafes tiene una justificación: hasta casi 1920 fue uno de los "ministros" de Petliura, y, agobiado como estaba por las preocupaciones gubernamentales suscitadas por la lucha constante contra los bolcheviques, ¿cómo podía enterarse de lo que pasaba en el campo de la Revolución de Octubre? Pero ¿y la redacción del órgano del Comité central? i Bah! Un absurdo más o menos no tiene importancia...

Pero, ¡cómo! --volverá a exclamar algún lector de buena fe, educado en la literatura de estos últimos años--. En centenares o miles de artículos se nos ha enseñado que...

Sí, se os ha enseñado; pero no tendréis más remedio, amigos míos, que rehacer vuestra educación. Son los reveses del periodo reaccionario. Hay que resignarse. La historia no sigue una línea recta. A veces se desliza por las tortuosas callejuelas estalinistas.


NOTAS

(1) ¿Están de acuerdo con esto los críticos trasnochados de la revolución permanente? ¿Están dispuestos a hacer extensiva esta tesis a los países de Oriente: a la China, a la India, etc., etc.? ¿Sí o no? [L.T.].

(2) Secretario de la Comisión de control del partido. [L.T.].

(3) Presidente de la Comisión de control hasta hace poco. Actualmente es presidente del Consejo superior de la Economía nacional. [NDT].

(4) Uno de los ex líderes del "Bund", partido socialdemócrata judío de tendencia nacionalista y menchevista. Hasta principios de 1928, Rafes fue uno de los directores de la política de la Internacional Comunista en China. [NDT].

(5) El Bolchevique, revista quincenal que aparece en Moscú. [NDT].