La tara

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La tara
Pasillo cómico

de Leopoldo Alas



Efectivamente: el teatro representa un pasillo en una fonda. Una dama elegante, mince y frèle, que diría un traductor, envuelta en una mano, a ser posible misteriosamente, se detiene delante del cuarto número 13. Llama discretamente a la puerta con los ¡oh prosa! Nudillos de la mano derecha, (derecha, no del espectador, sino de la tapada). Se abre la puerta, entra la dama y termina la primera escena, que como ustedes ven, es muda. No se rompen moldes, ni siquiera un plato, a lo menos por ahora.

Escena segunda.- Ni vista ni oída. El pasillo sólo.

Pasa... un buen rato. Llega un caballero que está pasando un mal rato... pero esto ya constituye la escena tercera. Se conoce que está disgustado en que blasfema entre dientes (¡adiós moldes!) y da patadas, pietinando sobre la plaza, como diría el traductor de marras.
Se detiene ante la puerta del cuarto número 13. ¡Nada! Es decir, que a la otra puerta, aunque llama también con los nudillos. Llama con el puño del bastón. Nada. Llama a gritos blasfemando y rompiendo moldes y casi cinchas.

UNA VOZ DENTRO.- ¿Quién va?...

EL CABALLERO DEL PASILLO.- Soy López. ¿Es usted Pérez?

LA VOZ.- Servidor de usted. ¿Qué se le ofrecía al señor López?

LÓPEZ.- Que me entregue usted a la... (Moldes nuevos.) de mi mujer, viva o muerta.

PÉREZ.- ¡Caballero!...

LÓPEZ.- ¡Señor mío!...

PÉREZ.- Ni viva ni muerta; aquí no tengo ninguna mujer, ni de usted, ni de nadie...

LÓPEZ.- ¡Abra usted, cobarde, o descerrajo la puerta a tiros!

PÉREZ.- ...

(En fin, se insultan ad libitum; pero, por fin, y después de estar sin contestar a LÓPEZ como unos tres minutos, PÉREZ abre la puerta.)
Mutación.- El cuarto número 13. Es un cuarto con dos camas. A derecha e izquierda, arrimados a la pared, sendos armarios de espejo, que se parecen como dos gotas de agua... y como dos armarios completamente iguales. No hablan. El de la derecha está abierto, el de la izquierda cerrado. LÓPEZ se precipita furioso hacia el armario cerrado, y sólo ve su brutal imagen.

LÓPEZ.- ¡Ahí está la muy!... (M. n.)

PÉREZ.- ¡Pero señor López! ¿Cómo ha de estar ahí una señora? ¡Como no esté descuartizada! Serénese usted y repare que estos dos armarios son completamente iguales; repare usted que ese que está abierto consta de varios cajones separados por tableros horizontales, y lo mismo le sucede al que está cerrado. Es más, si usted quiere podemos registrar los armarios de las habitaciones contiguas, donde no hay huéspedes, y verá usted que todos los armarios de todos los cuartos son absolutamente iguales, y todos tienen tableros; están divididos en cajones. ¿Quiere usted que su señora de usted se haya metido en píldoras dentro de ese armario?

Mientras habla PÉREZ, LÓPEZ mira debajo de las camas, donde no hay nada ni nadie; palpa las paredes, que no ocultan ninguna puerta secreta; se asoma al balcón, donde no está su mujer.

LÓPEZ.- Veamos esos otros armarios de otros cuartos... pero yo miraré desde la puerta para no perder de vista esta habitación (Lo hacen como lo dicen). En el número 14 no hay huésped. Registran los armarios de este cuarto, idénticos a los del 13, y los dos están divididos en cajones por tableros horizontales.

LÓPEZ.- (En el cuarto número 13, donde se cierra por dentro, con PÉREZ.) Está bien; pero como yo estoy seguro de que mi mujer se ha metido aquí... porque la conozco... y he sorprendido con... en fin, ¡como yo sé que está aquí!... y no se habrá tirado por el balcón, ni aquí hay puertas falsas, ni está entre esos colchones (Dando palos sobre las camas.) y ese armario está cerrado... tiene que estar ahí dentro. Abra usted o lo abro yo a tiros.

PÉREZ .- (Con cierta energía.) De ningún modo. Ahí guardo yo mi secreto, un secreto de industria que no puede ver nadie. Yo le daré a usted todas las pruebas racionales que quiera y se me ocurran para convencerle de que es absurdo pensar que ahí dentro esté una mujer; pero abrir, de ningún modo. Primero doy parte a la policía, o grito diciendo: «¡Socorro, ladrones!».

LÓPEZ.- ¡Señor Pérez!

PÉREZ.- ¡Señor López! ¡Ah, se me ocurre una idea! Voy a convencerle a usted de que es imposible que su señora de usted esté ahí dentro. Aguarde usted cinco minutos. Queda usted en su cuarto... es decir, en el mío: vigile usted para que no se escape... y soy con usted en seguida.

Desaparece PÉREZ, y LÓPEZ se queda contemplando su terrible figura en el espejo del armario cerrado.
No hay monólogo, aunque no estaría del todo mal, ni sería contrario a las leyes naturales que LÓPEZ increpase hipotéticamente a su mujer, en el supuesto de que estaba en el armario.
Vuelve PÉREZ acompañado de cuatro mozos de cordel, que son como armarios en lo de no hablar, cargados con una báscula que le han prestado a PÉREZ en la portería de la fonda. Paga PÉREZ a los mozos y los despide.

LÓPEZ.- ¿Para qué es eso?

PÉREZ.- ¿Sabe usted, señor López, aproximadamente, cuánto pesa su señora de usted?

LÓPEZ.- ¡Como que es mi cruz! Sí, señor, yo la hacía pesarse muy a menudo, porque la quería mucho, y me preocupaba verla tan delgada... La última vez que se pesó, hará una semana, pesaba 56 kilos.

PÉREZ.- Perfectamente. El artefacto que yo tengo ahí dentro, y que es mi secreto, pesa algo, pero mucho menos que puede pesar una mujer. Bueno; pues ahora, vamos a pesar los dos armarios. Primero este, el abierto, para conocer la tara del otro; pesemos después el cerrado, y la diferencia acusará el peso del artefacto, que es mi secreto. Verá usted que pesa mucho menos que su señora de usted... y se marchará usted y me dejará tranquilo.

LÓPEZ.- (Después de pensarlo.) Convenido. Mi mujer es capaz de ocultarme cualquier cosa... pero lo que pesa... No puede ocultarlo.

Entre los dos colocan el armario abierto sobre la báscula: lo pesan; LÓPEZ apunta en un papel el número de kilos que pesa el mueble.
Cogen entre los dos el armario cerrado, después de dejar libre la báscula, y lo pesan en ella también. La diferencia de peso entre los dos armarios es de 40 kilos, que pesa de más el armario cerrado.

PÉREZ.- (Triunfante.) Ya lo ve usted, caballero. Le han engañado a usted, y ha venido a ofender a dos inocentes: por lo menos a uno, a mí. Su esposa de usted no puede estar en ese armario... a no ser que en una semana haya perdido 16 kilos de peso. Si usted tiene una mujer que pesa nada más 40 kilos... no merece la pena de seguirle los pasos.

LÓPEZ.- (Meditando.) Efectivamente... Este armario abierto está vacío... son iguales los dos, y este otro pesa 40 kilos más... y mi mujer pesa 56... luego, descontada la tara, no es mi mujer el artefacto que queda allá dentro.

-¡Caballero! ¡Me he equivocado! Respetaré el secreto de su industria de usted... Usted dispense.

LÓPEZ se dirige a la puerta. PÉREZ le acompaña haciendo cortesías y respirando con fuerza.
Al llegar al umbral, LÓPEZ se da una palmada en la frente, y exclama: «¡Ah!». Pero no dice ahora lo comprendo todo, porque eso no es de los nuevos moldes. Se lanza sobre el armario abierto, desarma los cuatro tableros que separan los cajones, echa los tableros sobre la báscula, que está desocupada, los pesa... mira... ¡16 kilos! Lo que va de 40 a 56, es decir, del peso del artefacto al peso de su mujer... Se precipita sobre una de las camas, levanta un colchón, descubre dos tableros; se lanza sobre, la otra cama, descubre otros dos tableros... mira triunfante y con terrible ironía (antiguos moldes) al señor de PÉREZ, y dice con voz ronca, lenta y tono atrozmente sardónico:

-¡Caballero! si no quiere usted morir de cinco tiros (Saca un revólver.) , llame usted a ese timbre y diga usted que suba el dueño de la fonda.

Se hace todo como se pide.

LÓPEZ.- (Al AMO DE LA FONDA.) Caballero, por razones que usted no puede saber, este mueble (El armario cerrado.) , es para mí de un valor artístico inapreciable. Así como está, sin abrirlo, necesito trasladarlo ahora mismo a mi casa. El señor Pérez tiene conmigo una deuda que me va a satisfacer ahora mismo, abonando a usted por ese armario la cantidad que usted exija... y le advierto, en conciencia, que este mueble vale mucho más de lo que usted puede figurarse: para mí vale más que para nadie; pero aun para el señor Pérez y para cualquiera vale mucho... Conque... pida usted... pida usted... que todo lo pagará el señor Pérez.

EL FONDISTA.- Señor, yo... pediría... mil pesetas...

LÓPEZ.- ¡Mucho más!... ¡mucho más!...

El FONDISTA va subiendo; LÓPEZ dice siempre: ¡más, mucho más!...
Y pos fin hace cargar a cuatro mozos de cordel con el armario cerrado, por el cual el señor PÉREZ abona al dueño del mueble cuarenta mil reales, a mil reales por kilo de lo que pesaba el artefacto, que era su secreto.


Este cuento forma parte del libro Cuentos morales