La tercera edición

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Apenas los ilustres libertadores dieron por terminada la gran obra de septiembre, con un desinterés y una abnegación que partían el alma, se adjudicaron, auctoritate propria, los primeros puestos de la nueva situación, repartiendo todos los sobrantes entre media docena de amigos de confianza.

Al producto de esta trabajosa continuación se llamó Gobierno provisional.

Cada uno de los nuevos individuos que le componían protestaba a todas horas del sacrificio que hacía en cada mordisco que tiraba al mendrugo del Presupuesto. Ninguno de ellos llevaba la cartera sino por deferencia al nuevo orden de cosas.

Y el grupo de alborotadores que dieron en llamarse, con no menos modestia, el país, hacía como que lo creía de buena fe.

Un mes más tarde, sus excelencias provisionales no tenían en toda España más defensores de sus actos que los bizarros periodistas agregados al Presupuesto.

«Sacrifíquese usted por la patria -decían a eso los abnegados ministros de la revolución-. Pero afortunadamente no está lejos el día que las Cortes constituyentes se reúnan, y entonces sacudiremos la pesada carga que hoy sufrimos por puro patriotismo; ya verá España enfrente de nuestras infalibles dimisiones hasta dónde llega el desinterés del Gobierno provisional».

Y se reunieron las Cortes, y se autorizó al general Serrano para que nombrara un nuevo Ministerio, y los mismísimos nueve hombres del Gobierno provisional volvieron a aparecer, propuestos para las ocho carteras y la Presidencia; pero con la protesta de que ninguno de ellos levantaría los ojos del suelo por duras que fueren las palabras con que las Cortes los tratasen».

A esta segunda edición del Gobierno provisional se le llamó Poder ejecutivo, y este título fue lo único en que varió la obra al darse a luz por segunda vez.

Porque si malos y silbados fueron de provisionales, de ejecutivos, no hubo en el diccionario constituyente y periódico perrada que no oyeran ni maldición que no llevaran. No hubo desatino que en la provisionalidad intentasen que no consumaran bajo su nueva investidura. Figuerola y Ruiz Zorrilla, especialmente, tuvieron la honra de conquistarse la animadversión más cordial y unánime de toda España.

Pero aún no se había constituido la nación, y sus excelencias ejecutivas aguardaban este solemne momento para designar sus cargos respectivos en manos del nuevo Poder. Entre tanto, seguían sacrificándose patrióticamente.

Hízose al cabo una Constitución, vamos al decir, y, a falta de un rey que meter en ella, invitóse al duque de la Torre con alta dignidad de regente, y llegó la hora de que su alteza nombrase un ministro.

Durilla parecía la empresa, porque es de advertir que hacía un mes que se estaba tratando del reparto de las carteras entre los tres elementos revolucionarios, para cuando llegara esta ocasión, y no se hallaba modo de que los aspirantes se entendieran.

Prim fue esta vez el encargado de formar el Ministerio, y con él en el bolsillo, como quien dice, presentóse a las Cortes, asegurando que la voluntad de su alteza era que continuasen... los de marras, si se exceptúan un par de ellos que sustituían a Lorenzana y Romero Ortiz, por haber éstos cometido la imprudencia de decir más de una vez que dimitían sus cargos respectivos.

Tenemos, pues, la tercera edición del Gobierno provisional, reformada en dos capítulos e incorregibles en los demás.

Y al testimonio del general Prim me agarro: «No necesito -dijo a las Cortes el nuevo presidente del Consejo- hacer la apología de mis dignos compañeros de Ministerio, porque aquí todos nos conocemos ya...». Vaya si se conocen.

Después añadió, con una modestia comparable sólo a la sinceridad de que era hija: «No choque a nadie la osadía (sic) con que he aceptado el cargo de presidente del Consejo de ministros, porque desde que salí de Londres sabía lo que me esperaba (como si alguno lo dudara). Además, mi puesto de hoy es lógico y tan natural, que en la mente de todos los liberales está la idea de que a nadie más que a mí le corresponde, una vez elevado a regente el general Serrano».

Y como casualmente acababa su excelencia de enviar a Canarias al conde de Cheste, que se había presentado en Madrid fiado en que no era conspirador ni tampoco militar ya, por obra y gracia del general Prim, sino un ciudadano español como otro cualquiera, continuó el conde de Reus, por vía de programa:

«El Gobierno dará el ejemplo de respeto y obediencia a la Constitución y a las leyes, y espera con fundamento que el país seguirá tan saludable ejemplo».

En seguida echó en cara a los Gobiernos pasados la arrogancia con que habían querido imponerse a las repúblicas hispanoamericanas, y prometió que él haría todo lo posible por borrar los malos efectos de aquella política y conseguir la más cordial armonía en nuestras relaciones con aquellos apreciables republicanos. Nada dijo su excelencia de recompensas al general Dulce por sus últimos servicios en Cuba; pero mostrada esa clase de política internacional, ya se deja comprender que, según ella, el tercer entorchado no es ninguna prim-ada, tratándose de un hombre que sale de la Habana con la pompa y el solfeo que el marqués de Castelflorite.

En cuanto a economías, no negó el general Prim que fuesen necesarias; pero añadió, para consuelo, que no entendía una palabra en el asunto, ni había hallado a su lado un hombre que entendiera mucho más, a lo cual era debido el desaliento que frecuentemente se apoderaba de su excelencia. «Pero -continuó (textuales)- como mi naturaleza se enardece en presencia de las dificultades, pronto me rehago, sacudo el desaliento y digo: vamos adelante, que como hemos salvado la nave política de tanto escollo, también salvaremos la financiera».

-¿Quién con esta cuenta, que no es otra cosa que la cuenta del perdido, no se tranquiliza, aun viendo a Figuerola terne que terne en el banco azul?

-Pues ese programa, y en los mismos términos, es lo que ofrece al país el Gobierno provisional al presentarse en él en su tercera edición.

De modo que el país, que le ha oído en boca del general Prim, cuando pierda la última pluma que le queda, podrá tirarse de narices o de coronilla contra la esquina de enfrente, pero no llamarse a engaño.

Y esto siempre es un consuelo a estas alturas; es decir, cuando había tonto que negaba que la regencia del general Serrano era una solución del conflicto en que nos hallábamos así en política como en Hacienda.



(De El Tío Cayetano, núm. 32.)

27 de junio de 1869.