La torería : 03

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Capítulo III
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La torería Antonio de Hoyos y Vinent


Saltó al suelo sin aceptar la mano que Julito le tendía, envió el automóvil a esperarles al merendero de la Florida, y dio algunos pasos resueltamente para luego detenerse perpleja:

-¿Hacia dónde vamos?

Envuelta en el amplio guardapolvo de crespón malva, cubierta la cabeza por el gran velo de gasa, tenía la Rosalba una gracia un poco decadente llena de elegancia que resaltaba más sobre el fondo del popular festejo.

Noche de verbena. La ermita de San Antonio se alzaba, toda albura, sobre la sombría esmeralda de las frondas. Los puestos de flores tendían sus tapices, en que, dominando los cuadros de humildes albahacas, se alzaban las hortensias, un poco vulgares, en su pompa insípida, y florecían enclenques, en agonía de aromas, los rosales junto a los claveles jactanciosos; en los tenduchos de mercancía, en un aburrimiento resignado, y junto a los tableros cargados de toscas figuras de los marchantes de muñecas, animaban éstos a los compradores con chabacanas chirigotas.

Más allá, al fondo, casi detrás de la capilla, hacíase el espectáculo más majo, más típico, agitado en una borrachera de vino y alegría. De las buñolerías se elevaban columnas de humo que apestaban a aceite frito, y a la luz de los hornos veíanse hombres semidesnudos ennegrecidos, que manejaban la grasienta mercancía, mientras en torno de las mesas, bulliciosas parejas reían y gritaban. Cascabeleaba la música de los Tíos-vivos, y a sus notas, lanzadas en el clarobscuro de las humosas lámparas, se veían pasar, arrebatados en infernal torbellino, sobre lomo de las inclasificables alimañas, niñeras y soldados, chulos y menegildas, que gritaban y retozaban en grotescos abrazos evocadores de los grabados de Torop. Por la pendiente de un «tobbogan» se deslizaban algunas señoritas, pobres muchachas héticas, que con aquellos resbalones engañaban su ansia de otras caídas imposibles; y a la puerta de los barracones, hombres roncos y sudorosos halagaban, rogaban, apostrofaban a los transeúntes para que entrasen a ver el hombre insensible o la mujer cañón.

Tina avanzaba, hendiendo la multitud, del brazo de Julito. Sus narices, un poco gruesas, respiraban dilatadas el pesado ambiente, los ojos brillábanle extrañamente, y su brazo tenía súbitos estremecimientos. Malsana atmósfera les envolvía en su caricia; olor de humanidad, de cuerpos sudorosos, de aceite frito, de perfumes, de flores y de amor hería su olfato; fuertes encontronazos en que se sentía el sobresalto de un contacto; apreturas en que el calor de otros cuerpos adivinados bajo las livianas vestiduras veraniegas crispaba la piel en una adaptación de todos los miembros, irritaba el tacto; frases truncadas, lascivas, evocadoras, acariciaban el oído, y bellezas bárbaras -ojos que quemaban, labios que mordían- tendían ante la mirada el panorama de un amor primitivo, brutal.

Antojósele a Rosalba detenerse en una rifa. Con grandes esfuerzos consiguió colocarse en primera fila y jugó. La dueña, una vieja de aquelarre, puso en su rostro rugoso, de sutiles ojillos grises, su mueca más amable, la mejor sonrisa de su repertorio; unas mujeres que jugaban quedáronsela mirando procaces, desafiadoras -¡qué se habría creído la señorona aquélla!-; un chulo arriesgó una caricia sobre su cadera, y un golfillo de ojos negros y encrespados pelos murmuró a su oído una obscenidad.

Azorada, la Rosalba retrocedió, y del brazo siempre de su acompañante internose en los boscajes de la Moncloa. Desde la alta bóveda, la luna, como una lámpara de plata, vertía su luz sobre el jardín, bañando las verdes hojas en argentina claridad; la música de la cercana fiesta llegaba vagarosa, impregnada de una melancolía malsana; de tarde en tarde traía la brisa, como un aroma afrodisíaco, el intenso olor de la verbena; por entre los altos árboles circulaban lentamente parejas sospechosas, los labios en los labios y los talles enlazados -faldas de percal y pantalones abotinados-, y se escuchaba rumor de besos y suspiros, frases truncadas, juramentos y promesas. Un bochorno horrible caía a plomo sobre la tierra, y tornaba a subir de ella, a mezclarse con otros olores en acre olor de humedad fecunda.

Tina se dejó ir indolente sobre el brazo de su amigo y suspiró:

-¡Qué noche!

Él sonrió.

-Una noche de amor.

Los dos callaron un instante para escuchar. Dos amantes: ella se resistía débilmente, «¡no, no! ¡Luego no me querrás!», él porfiaba. Al fin se oyeron besos, gemidos y un leve jadear. La Rosalba apretó el brazo de Julito hasta hacerle daño; luego, con voz velada, habló:

-¡Comprendo que una noche así no se pueda resistir!

El elegante ironizó:

-Me alegro por «el Lucero».

-No, no hablo por mí -replicó aún más velada la voz-. Yo soy de otra raza gastada, que puede dominarse. -Y sonrió tristemente.

Aconsejó él:

-No te domines.

Sin hacerle caso, prosiguió la apasionada exaltándose gradualmente:

-¡Ah, las noches así de juerga y amor! Estas noches yo quisiera ser una cigarrera, una mujerzuela (sonrisa irónica de su interlocutor) y tener un chulo que me quisiese y me pegase y me diese una puñalada por celos!

-Pues no es difícil -aseguró Julito muy serio.

-¿Que no? ¡Pero no ves que yo sería siempre para él la duquesa de Rosalba, «una tía con mucho 'parné'», a quien no querría ni media hora y no desearía ni cinco minutos! ¡Ah! -siguió con voz lejana llena de añoranzas-. ¡Ser deseada!, ¡deseada hasta la brutalidad!, hasta el crimen! ¡Leer en los ojos y los labios de los demás un anhelo ansioso, feroz como el hambre o la sed! ¡Ser deseada!

-Pero deseada lo habrás sido, mujer -arguyó con excelente sentido el otro.

La réplica pareció desconcertar a la triste dama.

-Mira... deseada, sí, pero... ¡nunca por quien yo quise!

-¡Ya!... eso es otra cosa. Así pasa siempre en el mundo, uno desea al que va delante; ése, al que va más alante; ése, al de más alante aún; con volver la cabeza encontrarían la felicidad, y, sin embargo, nadie lo hace. Pero es también porque al alcanzarla dejaría de ser tal felicidad, porque perdería su condición de imposible.

Poco a poco comenzaron a destacarse sobre el fondo sombrío las luces de los merenderos, y a sonar de nuevo las alegres músicas de los pianos de manubrio.

Ya en el cuarto, un reservado de merendero sucio y feo -paredes empapeladas de gris, meridiana de cretona y espejo con dorado marco-, despojose con gesto teatral del guardapolvo, y apareció bella en la imprevista elagancia del traje de sociedad.

Acercose al espejo, arreglose en su luna, cubierta de amatorios recuerdos, los desperfectos ocasionados en el traje por el paseo; fuese luego a la puerta-ventana y, abriéndola de par en par, salió a la galería que daba sobre el jardín.

Julito la llamó.

-¿Qué cenamos?

El camarero, en pie, esperaba recibir órdenes, y el elegante, sentado ante la mesa, leía la lista.

-Esperaremos -y volviose al balcón.

En torno al amplio patio con honores de jardín, los cenadores se alineaban como chinescos templetes revestidos de follaje, y por entre las enlazadas cañas y las verdes cortinas se veía a los juerguistas bajo la rojiza luz de las bombillas eléctricas. Hombres y mujeres reían, gritaban, se besaban, bebían en las mismas copas, en calenturiento bullicio de bacanal. Había manos audaces que se ocultaban en el remolino de los ropajes femeniles; senos que se ofrecían provocativos, en la violenta contorsión de un torso agitado por locas risas, y bocas que brindaban, impúdicas, un fruto sazonado por el sabor de los labios pintados de bermellón. Y había risas y gritos, y cantares y amenazas que se perdían en el horrísono son de la música del organillo que, en un extremo del patio, entonaba las alegres notas de los «schotis», las poleas y las habaneras.

Bañadas en la escasa claridad de las bombillas, pendientes, como luminosos frutos, de las ramas de los árboles, que rielaban de extraños fulgores esmeralda, a los sones del piano algunas parejas bailaban.

La musiquilla era canalla, impregnada de sensualidad casi triste; sonaba a veces lánguida, en voluptuosidad del espasmo que temblara su desfallecer postrero; otras, rápida, alocada como un torbellino. A sus sones las parejas oscilaban despacio, muy despacio, ceñidos, mejor incrustados los cuerpos en abrazo de lascivia inmensa; en unas los labios del galán se posaban sobre la frente de la dama; en otras iban labios con labios mientras los ojos dormían en los ojos o volteaban en agonía de lujuria, Y los cuerpos fundidos tenían dislocaciones comunes de una extravagancia grotesca.

Desde su alto mirador, la Rosalba sentía pesar sobre ella toda la sensual caricia de la noche. El malsano encanto del sitio y de la escena caían sobre su morbosa impresionabilidad de histérica, exaltándola hasta el llanto. ¡La sensación aquella misteriosa y atrayente; la que bordeara tantas veces como bordearía un abismo a cuyo fondo las pupilas verdes y misteriosas de Astartea, la diosa de la lujuria, le atrajesen; la impresión de escalofrío, de temblor, que dilataba sus narices y cerraba sus ojos en una entrega tácita de todo su ser, y a la que, sin embargo, había sabido siempre resistir! Porque ella era honrada...

Una sonrisa melancólica vagó un instante por sus labios al rememorarlo. ¡Honrada! Y pensó en su leyenda, en aquellos vicios de emperatriz legendaria -una mujer de Claudio o una Teodora- que le atribuían las gentes, y en aquella otra que se complacía en cultivar y que hacía de ella una maja-duquesa de las que el pincel de don Francisco de Goya inmortalizó desnudas. Y pensaba en todas aquellas peregrinas historias que corrían de boca en boca, y en aquellos chistes, capaces de ruborizar a un regimiento, y que como suyos rodaban por salones y cafés.

¡¡Honrada!! No sólo honrada, sino buena, toda corazón, toda bondad; capaz de cualquier noble acción. ¡Su vida entera rota, deshecha, por la frivolidad ambiente de las gentes que, riendo, le llevaban al abismo!

Otra vez el perfume malsano de la noche de fiesta llegaba a ella; el perfume que tantas veces en horas de curiosidad perversa, rematada en la tristeza inmensa de un amanecer sin amor, galvanizó sus nervios.

Tras ella sonó la voz de Julito:

-Tengo el gusto de presentarte al «Lucero», futuro «Costillares», que no ha echado su capa grana a tu paso porque estamos en verano, pero que echa su corazón.

Volviose rápida y le tendió la mano, mientras sus ojos le envolvían en una caricia y los labios murmuraban:

-¿No se acuerda usted de mí?

El torero protestó con vehemencia:

-¡No había de acordarme!

Después ella le ofreció una silla, y con habilidad de conversadora mundana comenzó una de esas charlas ligeras en que no se dice nada substancioso. Ella era apasionada de los toros, española de corazón, muy española (acentuaba su españolismo); la fiesta nacional le fascinaba con su bárbaro encanto. Admiraba a los toreros; su guapeza, su ciego valor, su arrojo ante la bestia le seducían. Era la única fiesta europea que conservaba algo del alma de otros siglos, algo del aroma de aquellos tiempos en que los hombres eran hombres, no los civilizados a lo Ferrere, cobardes, tristes, egoístas. Ella...

Julito se levantó aburrido. Aquella disertación le estaba cargando. ¡Lo único que le faltaba! Él esperaba una escena más pintoresca, más picante, algo más a lo vivo. Y pensaba con sobrado juicio que había de dejar fundirse el hielo; protestó:

-Me voy un momento abajo. Está Perico Alfaro y tengo que darle un encargo.

La Rosalba, sintiendo por primera vez en la vida una sensación de debilidad, se apresuró a protestar con extraña viveza:

-¡No!, ¡no! ¡Por Dios!

-¿Pero te da miedo?... ¿Quedándose éste aquí?

Ganas le pasaron de responder que, justamente, en eso estribaba su temor; pero vio los ojos irónicos de Calabrés fijos en ella, e hizo un gesto de desdén:

-¿Miedo?, ¡ninguno! Vete, pero no tardes.

-Descuida; en cuanto venga la cena, aquí estoy. Lo primero, el estómago -aseguró cínico.

-¡Qué poca «lacha» tienes, hijo!

-¡Ni falta! El que no tiene vergüenza, toda la calle es suya. La vergüenza es una enfermedad de primitivos -y salió risueño, saludado por la voz de su amiga que decía:

-¡No morirás de ella!

Solos, frente a frente, callaron, mecidos en el arrullo de la música; callaron mirándose largamente al fondo de los ojos, como si quisiesen leer algo escrito en el misterio de su pensamiento. Al fin, repitió la pregunta:

-¿No se acuerda usted de mí?

Como si de la primera a la segunda vez en que ella formulaba su demanda no hubiese mediado ningún otro sujeto de conversación, aceptó el reto con vehemencia:

-¡No había de acordarme! ¡No se olvida lo mejor de la vida!

Ella sonrió, con su sonrisa triste de mundana cansada:

-¡Lo mejor de la vida! ¡Qué exageración!

-¡Lo mejor! -ratificó con calor creciente-. Lo más grande, lo más hermoso, el día que vi esa cara de cielo, esos luceros que brillan en ella, esos labios... -se detuvo torpe para seguir tropezando su lirismo en la pobreza del léxico.

-También vio usted la muerte -afirmó ella.

Tuvo él una frase magnífica, digna de un drama romántico:

-«Pa» llegar a la gloria hay que pasar por la muerte.

Le dio las gracias con una sonrisa, y luego insinuó felina:

-¡Bah! ¡Habrá usted querido a tantas!

-A ninguna. Desde que la vi sólo pensé en usted. -Y con pueril fanfarronería alardeó:

-A mí sí me han «querío», pero yo... ¡a nadie!

-Ni a mí tampoco -rió ella enardeciéndole procaz.

Protestó con apasionamiento. Él la quería más que a nada ni a nadie en el mundo. Desde que la vio... Y hablaba arrebatado, en un torbellino de pasión, fogoso, en un lirismo bárbaro, lleno de hipérboles magníficas, que surgían entre balbuceos extraños e imprevistos.

En la semipenumbra brillaban sobre su rostro blanco con fulgores de zafiro los ojos azules, y los labios rojos se entreabrían sobre la nieve de los dientes. Sus gestos rudos, llenos de fogosidad, subrayaban sus decires.

Tina, caída la cabeza atrás, le contemplaba, bebiendo con ansia la azulada claridad de sus pupilas, y dejándose adormecer por el encanto de su voz, que se mezclaba como una nota más en la musiquilla riente, triste y sensual. Sentía la elegante una inmensa debilidad, un ansia inconfesada de entregarse. «¡La noche y la música!», pensó tratando de recobrarse contra aquella impresión que, en otro lugar cualquiera, lo hubiese hecho reír.

Él cada vez le hablaba con más ardor, poniendo en sus palabras ternuras de niño, apasionamiento de fanático y altiveces de macho. Por momentos se inclinaba más sobre ella; sus rostros se tocaban y le abrasaba con su aliento.

La Rosalba, caída en el respaldo, sentíase morir; comprendía que por vez primera en su vida un hombre le dominaba, que iba a poseerla sin que gritase ni se defendiese, que iba a ser suya allí, en la terraza de un colmado, al alcance de la vista de unos juerguistas, que era preciso resistir y... no podía. Experimentó la sensación de una mano de fuego que aprisionaba la suya desgajada, fría como la de un muerto; algo como el aleteo de una mariposa desfloró sus labios, y cerró los ojos para entregarse.

La puerta se abrió dando paso a Julito, seguido del camarero, y la vencida se irguió, frívola, risueña, dueña ya de sí misma al romperse el misterioso encanto que le aprisionaba como maleficio de hechicería.


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«El Lucero» bebía mucho; bebía con esa inconsciencia de la clase baja que se echa las copas al coleto por beber, por remojar el gaznate, sin saborear la bebida. Bebía mucho y comía toscamente con ignorancia de urbanidad, apenas disimulada por el deseo de parecer educado, útil sólo para darle un amaneramiento que crispaba los nervios de Tina, sentada junto a él.

Por extraña reacción, después del pasajero ataque de debilidad había ido la neurótica a parar de rechazo mucho más allá del punto de partida. Era uno de esos momentos en que se sentía «señora»; sufría agobiada en fiera sublevación contra su rebajamiento, y aquel dolor tomaba forma en una rabia desdeñosa hacia el que media hora antes le turbaba.

Le contemplaba fijamente entre desdeñosa, burlona y compasiva; en sus labios flotaba una sonrisa conmiserativa, y sus ojos dorados lucían con frialdad metálica.

Julito conocía de sobra aquellos ojos y lo que su mirada quería decir, y psicólogo observador, sabía que el «cuarto de hora» había pasado.

El «Lucero», no. Medio borracho, brillantes los ojos, congestionado el rostro, seguía creyéndose dueño del albedrío de aquella mujer que poco antes casi fue suya, sin acertar en su rudimentario juicio a notar el inmenso abismo que se había abierto de improviso, y fiel a su idea, seguía haciéndole el amor de un modo enteramente pastoril. Al principio la dama, a cada nuevo avance, alejaba su silla un poco; luego limitose a echarse atrás con ademán de resignado aburrimiento.

Al fin un gesto más atrevido, el ademán de cogerla por la barba, colmó la medida. Irritada se puso en pie.

-Estese quieto, o me voy -amenazó.

-No te enfades, gitana -e inició un avance hacia ella.

Indignada por el tuteo, le miró altiva:

-Haga el favor de no tutearme. ¿En qué bodegón hemos comido juntos?

-En el de la Florida -apuntó Julito en voz baja.

Una mirada fulminada por los ojos de su amiga le hizo callar.

El torero, completamente borracho, inconsciente, exasperado por aquella resistencia, trató de abrazarla.

-¡Ven, mi chula, mi negra!

Rápida, como movida por una descarga eléctrica, se puso en pie:

-¡Canalla!

«El Lucero» se alzó también y logrando alcanzarla la aprisionó en sus brazos. Ella forcejeó; él buscaba ansioso los labios, balbuceando palabras incoherentes de deseo; al fin Tina rompió el lazo, con nervioso esfuerzo, y dejó caer su mano sobre el rostro del torero. Después su brazo se tendió y sus dedos señalaron la puerta:

-¡Salga usted!

Vuelto a su lucidez, el amante imploró:

-¡Perdón!; ¡estaba borracho y no sabía lo que hacía!

Y ésta, justiciera, repitió:

-¡Salga usted!

Se hizo aún más humilde:

-¡No me eche usted!; ¡estaba loco!

Con glaciedad imperturbable conminó nuevamente:

-¡Salga usted!

Se humilló más:

-¡No me haga irme así! ¡Por lo que más quiera, déjeme rezarla de rodillas como a una Virgen!

Amenazó sin compasión:

-¡Salga o le haré echar!

Bajó la cabeza y lentamente se encaminó a la puerta, parándose a cada paso como si esperase un perdón. Al llegar se detuvo y la miró implorando:

-¡Perdóneme!

Ni contestó. La mano de mármol señalaba fatal la puerta, y «el Lucero», vencido, humilló los ojos y salió.

Julito murmuró con ironía compasiva:

-¡Pobre chico! Piensa en la pena que le has causado.

Quiso la Rosalba pasar de fuerte, de nietzchana:

-¡Bah! ¡No se debe volver la cabeza para mirar el dolor que se deja atrás!


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