La torería : 06

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Capítulo VI
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La torería Antonio de Hoyos y Vinent


-¡Si no nos dejarán pasar! -arguyó la «Visajes» tratando de detener a su amiga, que, sudorosa, despeinada, las lágrimas resbalando por el bello rostro, corría arrastrando el mantón. Rosita no hizo caso; como loca siguió su ruta. El fleco del pañuelo se enganchó en una puerta y ella tiró, rasgando el crespón y dejando el trozo prisionero. La otra trató aún de convencerla.

-¡Mujer! ¡Si no dejarán entrar ni a su «mare»!

La dolorosa se volvió a ella, y trágica, como si se tratase de un duelo a muerte entre ella y la Rosalba en un desierto, arguyó:

-¡Lo has visto! ¡Mío, mío! ¡Ella no se ha «movío»! -y siguió su camino.

Llegaron a la puerta de los corrales, y la «Visajes» advirtió:

-¡Ten «cuidao», porque si te «diñan» no te dejan entrar!

-¡Aunque me maten, entro!

El portero les cortó el paso.

-Aquí no se entra.

Rosita no contestó; como una avalancha trató de arrollar al cancerbero, pero éste la cogió del brazo.

La «Visajes», a su vez, le dio un empellón.

-¡«Amos», hombre! ¿Usted qué se ha «creío»? -Y pasaron. Él vaciló entre seguir en su puesto o alcanzarlas; al fin se encogió de hombros. ¡Fuesen con Dios!

Cruzaron el patio de caballos, todo lleno de charcos de sangre y porquerías, entre las que circulaban ágiles los monosabios arrastrando los cuerpos de dos pencos convertidos en obleas.

A la puerta de la enfermería compacto grupo de aficionados, picadores y curiosos que habían conseguido colarse allí cerraban el camino. Rosita se lanzó entre ellos, y con empujones y ruegos llegó a la entrada. Un médico quiso impedirla aún el acceso; pero con formidable empujón apartole y entró.

Sobre el lecho, medio desnudo, entre jirones de seda y trozos de áureos bordados, teñidos de sangre, blanco y delgado como la escultura de marfil de un santo mártir adolescente -un San Sebastián- yacía «el Lucero».

En el rostro exangüe la nariz se perfilaba afilada por la hemorragia y los labios se entreabrían como una flor de muerte. Sobre la frente de jazmín caían algunos cabellos rubios, y una serenidad augusta le envolvía como un sudario.

Rosita, desatentada, loca, corrió al lecho y estrechó ansiosa entre sus brazos el cuerpo de su amante, que ya no le disputarían más que los gusanos.


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