La victoria de Pavía

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La victoria de Pavía
de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas



Al señor don Mariano Roca de Togores.
     I - Pescara y los españoles

De la sitiada Pavía,
desde las gigantescas torres
que el bravo Antonio de Leiva
guarda con sus españoles,

entre nubes de humo y polvo
do arcabuces y cañones,
de rayos llenan el aire,
de truenos el horizonte,

se ve la horrenda batalla
en que disputan feroces
Francisco y Carlos el cetro
de Italia y de todo el orbe.

Dos veces más numerosos
los franceses escuadrones
son, que los que allí combaten
de Carlos Quinto en el nombre.

Y aquellos, a su cabeza,
con lo que valen al doble,
tienen a su rey Francisco,
monarca de excelsos dotes.

Pues en valor y destreza,
y en caballeroso porte,
quien le exceda y sobrepuje
el mundo no reconoce.

Al ejército del César
si la ventaja negole
el cielo, de ver al frente
a su soberano entonces,

le dio la de que lo rija
el aventajado y noble
marqués de Pescara invicto,
guerrero de alto renombre.

Y si es en número escaso
y viene de galas pobre,
también con la fama cuenta
de los tercios españoles.


La francesa artillería,
cuyo número era enorme,
deshace apretadas filas,
espesas hileras rompe,

y cual tempestad horrenda
llena de pavor el orbe,
borrando el son de las trompas
y de los cabos las voces.

Mas las imperiales huestes
desprecian el fuego, y corren
a que decida el combate
de la dura lanza el bote.

Y de Nápoles embiste
el visorrey a galope,
de hombres de armas y ligeros
con los bravos escuadrones.

El rey de Francia los suyos,
numerosísimos, pone,
mas cual bisoño caudillo,
para la batalla en orden.

¡Cuán gallardo y rozagante,
augusto, lozano y joven,
oprime un tordo rodado
que a tal dueño corresponde!

De morado terciopelo
y brocado de oro, sobre
el arnés fúlgido, lleva
veste de ricas labores:

efes de oro son y lises
que deslumbran como soles,
y de oro y morada seda
lazos, borlas y cordones.

En el alto capacete,
del viento halago y azote,
amarillos y morados
vuelan flexibles airones.

Y en medio de ellos descuella
una flecha de oro, donde
primoroso pendoncillo
un claro emblema propone.

Bordada una salamandra
que en vivo fuego se esconde,
es el cuerpo de la empresa,
y modo et non plus el mote.

El almirante de Francia,
personaje de alto nombre;
el gran príncipe de Escocia,
gallardo y hermoso joven;

el príncipe de Navarra;
de San Pol el bravo conde;
el mariscal Montmorency,
y otros insignes señores,

le acompañan y le sirven,
con él las filas recorren,
y con él al campo abierto
salen a esperar el choque.


Terrible fue; parecía
que se encontraban los montes,
que se desplomaba el cielo
y que caducaba el orbe.

Mas, ¡ay!, las fuerzas de Francia
eran en número dobles,
y el valor no hace imposibles,
aunque el valor los arrostre.

Si bien del virrey la lanza
dio al almirante fin noble;
si bien insignes franceses
cayeron de los arzones;

si bien resisten constantes,
como murallas de bronce,
los imperiales jinetes,
al cabo al cabo, eran hombres.

Muere del rey en la lanza
el desventurado joven,
a quien Cívita-Santángel
por su marqués reconoce.

El mismo Alarcón a tierra
vino de una maza al golpe,
como cae gigante pino,
cual se desploma una torre.

Y a pie combate y resiste
dando tajos y mandobles,
y a su vigor y destreza
debió no morir entonces.

El del Vasto en gran peligro
se ve entre diez borgoñones,
y tiene que abrirse paso
con la punta del estoque.

Todo es muerte y exterminio;
cuatro jinetes se oponen
a cada jinete nuestro,
sin que la lid abandone.

Y ya no queda esperanza
de que a la victoria logre
seducir tan alto esfuerzo,
y tantas hazañas nobles,

cuando el capitán Quesada
en el combate lanzose,
seguido de cien certeros
arcabuces españoles.

Y con tanto tino asesta
sus rayos atronadores,
que a los contrarios asombra
y en retirada los pone.


En tanto, por otra parte,
otros frescos escuadrones
de bien montados franceses,
Francia apellidando a voces,

arrollando cuanto encuentran,
con la lanza en ristre corren,
y a los tercios de la Italia
vencen, deshacen y rompen.

Los esguízaros que siguen
de la Francia los pendones,
a reforzar el combate
presurosos se disponen.

Y hasta el mismo rey Francisco
con nuevo escuadrón a trote,
va a asegurar la victoria
que ya suya reconoce.

El gran marqués de Pescara
que lo advierte, decidiose,
confiado en su fortuna,
a aventurar todo entonces:

y con risueño semblante
a los tercios españoles
torna, y animoso dice:
«¡Ah de mis fuertes leones!

»Vuestro debe ser el día;
allí donde más feroces
los enemigos se agolpan,
allí hay laureles mayores.

»Venid conmigo a cogerlos,
vuestras frentes solas logren
coronarse con sus ramas
entre tan varias naciones.»

Vivas que asordan el aire,
y seis mil bravos acordes
lanzan, sonoroso grito
de ansia, de gloria y renombre,

fue la respuesta. Y al punto
con celeridad moviose
de picas y de arcabuces
un espesísimo bosque.

Al momento, la fortuna,
tan indecisa hasta entonces,
en las imperiales huestes
los mudables ojos pone,

y del pendón de Castilla
los gloriosos resplandores
encantaron sus miradas,
y en su favor declarose.

Los arcabuces de España
no hay fila que no destrocen,
no hay caballo que no ahuyenten,
no hay guerrero que no postren.

Y las picas españolas
no hay escuadra que no arrollen,
embate que no resistan,
ni denuedo que no asombren.

Huyen de su ardiente brío,
de sus balas y sus botes,
los franceses, hombres de armas,
y los ligeros peones.

Y los esguízaros huyen
en confusión y desorden,
y huyen los nobles jinetes,
y huye el rey mismo a galope,

y de un ejército inmenso
que ya vencedor juzgose,
triunfa el marqués de Pescara
con sus seis mil españoles.


Este valiente caudillo,
cuyo esfuerzo no conoce
rival en el ancho mundo,
más alta empresa dispone:

y ordenando que el alcance
prosigan los vencedores,
y que los tudescos vengan
a sostenerlos veloces,

junta a varios caballeros
y de armas a algunos hombres,
que escaramuzando andaban
sin jefes y sin pendones;

y poniéndose a su frente,
y requiriendo el estoque,
en un escuadrón lejano
que el rey Francisco recoge,

para tornar donde pueda
dejar bien puesto su nombre,
al grito de cierra España
con nueva furia lanzose.


En tanto Antonio de Leiva,
que la ventaja conoce
de las fuerzas imperiales,
cual raudo torrente rompe

por las puertas de Pavía,
y cayendo osado sobre
la retaguardia francesa,
en grande aprieto la pone.

Ya es de Carlos la victoria,
ya los tercios españoles,
como el huracán que arrasa
los enmarañados bosques,

abriéndose en un momento
ancha calle a sus furores,
no ven ya en su paso estorbo,
no encuentran quien los afronte.

Pero en medio de su triunfo
con pasmo y con dolor oyen
de que su Pescara es muerto
correr las siniestras voces.

Es cierto que no parece
desde que con pocos hombres
de armas le vieron lanzarse
con tanto denuedo, donde,

aun trabada la pelea,
reina confuso desorden.
Vengarlo, pues, juran todos,
y allá revuelven feroces,

cuando entre el polvo y el humo
ven aparecer al trote,
al victorioso caudillo
de sus esperanzas norte.

Mas, ¡oh Dios, en cuál estado!,
herido su rostro noble,
pasado el brazo siniestro
de una lanza al duro bote;

el coselete partido
y atravesado del golpe
de una bala que parece
que fin a sus glorias pone.

Y el tordillo moribundo
herido en cuello y quijotes,
un raudal de negra sangre
derramando a borbotones.

Las españolas escuadras
quedan al mirarlo inmobles,
y el placer de la victoria
en llanto y dolor tornose.

Al cabo llega Pescara
sin que la muerte le asombre,
y dice con voz tranquila,
partiendo los corazones:

«¿Por qué os detenéis, amigos?
Valerosos españoles,
pues ya es vuestra la victoria
nada mi falta os importe.»

Desplómase el tordo en tierra;
dos capitanes recogen
al general en los brazos,
y Vega, su gentilhombre,

del sangriento coselete
le desencaja los broches,
y ve..., ¡oh placer!, que la bala,
causa de tantos temores,

aplastada contra el pecho,
leve contusión esconde:
del coselete, sin duda,
en los adornos de bronce

perdió su temible fuerza,
o por dicha disparose
desde tan lejos, que trajo
escasa violencia el golpe.

Reanímanse los soldados,
por milagro reconocen
dicha tan grande, y en vivas
prorrumpen y alegres voces.

Y repuesto el mismo herido,
que traspasado juzgose,
de la contusión del pecho
por los agudos dolores,

«¡Bendito sea Dios!», exclama.
Ármase de nuevo, y sobre
otro corcel restablece
en las escuadras el orden.

Y en las márgenes floridas
del manso Tesín, por donde
se retiran derrotados
de Francia los escuadrones,

sembrando exterminio y muerte,
aparecieron veloces
el gran marqués de Pescara
y los tercios españoles.




     II - El estandarte ante todo

Del Tesín en las orillas
quiere hacer su último esfuerzo,
vencido y avergonzado
el rey Francisco primero.

Sus numerosas escuadras
dispersas ve y sin aliento,
y fuerzas aún poderosas
en confuso desconcierto.

Con el estoque en la mano,
de cálida sangre lleno,
pues soldado fue valiente,
si no fue caudillo experto;

deslucidas ya sus galas,
deslustrados sus arreos,
y abollados de los golpes
el capacete y el peto,

en su corcel, que de espuma,
de sangre y sudor cubierto,
cruza fatigado el campo
obediente a espuela y freno,

solo y sin séquito corre
llamando a sus caballeros;
denosta sus fugitivos,
recoge algunos dispersos,

y revuelve valeroso
a escaramuzar ligero,
pensando que aún algo puede
con su valor y su ejemplo.

Todo en vano; la fortuna
la espalda y rostro le ha vuelto,
y hasta las heces el cáliz
beberá del vencimiento.

De Alarcón los hombres de armas
vestidos de tosco hierro,
los del virrey denodados
y los de Borbón soberbio,

y entre el tropel de jinetes,
mezclados arcabuceros
españoles, cuyas balas
tienen prodigioso acierto,

del rey de Francia infelice
invalidan los esfuerzos,
y hacen sordos a sus voces
a los franceses guerreros.


El despechado monarca
del desapiadado cielo
tenaz resistencia opone
al inmutable decreto.

Y retirarse ordenados
a sus esguízaros viendo,
del Tesín a un ancho vado,
donde su fin va a ser cierto,

vuela a ponerse a su frente
para advertirles el riesgo
que van a hallar en las aguas,
por no arrostrar el del fuego,

y los conjura y exhorta
a que con él revolviendo,
noble resistencia opongan
al vencedor altanero;

y que cual valientes busquen
con él de salud un puerto,
no del Tesín en las ondas,
mas de la lid en el hierro;

que allí segura es la muerte,
y aquí bien puede no serlo;
que aquí aún les espera gloria,
y allí solo vilipendio.

Mucho alcanza, pues consigue
formarlos y contenerlos,
y ya de esperanza nueva
ve casi el rostro risueño,

cuando aterrador fantasma
se ve venir a lo lejos:
los pendones invencibles
de los españoles tercios.

Y olvidando que a su frente
tienen hombre tan excelso,
y del engañoso río
olvidando el grave riesgo,

los esguízaros soldados,
de pánico asombro llenos,
huyen, al rey abandonan,
y al vado parten derechos.

El francés monarca entonces,
las lágrimas del despecho
quemando su rostro augusto,
quiere morir como bueno,

y vuela hacia el puente, donde
aún resisten con empeño
algunos fieles magnates,
algunos nobles guerreros.


Mas, ¡ay!, la suerte tremenda
llegar le impide a aquel puesto,
donde libertad y gloria
iba a conseguir al menos,

pues que silbadora bala,
de ignoto arcabuz partiendo,
de su corcel fatigado
rompe y atraviesa el pecho.

Vacila el bruto, retiembla,
de sangre espumosa el suelo
en raudo torrente inunda,
quédase clavado y yerto.

De nieve son sus orejas,
de sus ojos muere el fuego,
y en grave estruendoso golpe
desplómase con su dueño.

¡Oh dolor, yace en el fango
el trono de Francia excelso,
el poderoso monarca
que juzgaba el orbe estrecho!

De inconstancias de fortuna
grande y doloroso ejemplo,
y de la humana soberbia
aterrador escarmiento.

Nada hay firme en este mundo:
valor, gloria, nombre, imperio,
cuando una espada se empuña,
todo queda en duda puesto.


El hidalgo vizcaíno
Juan de Urbieta, que cubierto
de tosco arnés, en un potro
escaramuzaba suelto,

pasa y ve bajo el caballo
tan lucido caballero,
que por levantarse pugna
con inútiles esfuerzos.

No sospechando quién era
le pone el lanzón al pecho,
y «Ríndete al punto -grita-
o quedarás aquí muerto.»

Respóndele el derribado:
«Soy el rey de Francia, quedo
a tu emperador rendido,
y heme ya tu prisionero.»

Retira Urbieta la lanza
con el debido respeto,
y con tan rara fortuna
pasmado queda y suspenso.

Animado el rey prosigue:
«Que al punto bajes te ruego,
que este maldito caballo
me revienta con su peso.»

Iba el noble vizcaíno
a darle socorro presto,
y ya para echarse a tierra
soltó el estribo derecho,

cuando del puente a la boca
ve de franceses en medio
su estandarte, y que el alférez
solo le está defendiendo.

Y el honor de su estandarte,
y la fe del juramento,
más que ansia de vanagloria
en su alma ilustre pudieron.

«Ya, señor -al rey le dice-,
socorro daros no puedo,
que es mi estandarte ante todo,
y está mi estandarte en riesgo.

»Confesad que os he rendido,
y pues que prenda no llevo,
porque podáis conocerme
si a vuestra presencia vuelvo,

»miradme, que soy mellado».
Y alzando del tosco yelmo
la visera, en un instante
le mostró dos dientes menos.

Y revolviendo el caballo
al puente voló ligero,
con el lanzón en el ristre,
de honra y de lealtad modelo.



     III - Un rey prisionero

Mientras el bizarro Urbieta
va a libertar su estandarte,
dejando la alta fortuna
que le plugo al cielo darle,

al rey Francisco, impedido
de moverse y levantarse,
porque le sujeta en tierra
de su caballo el cadáver,

Diego Ávila, el granadino,
también hombre de armas, vase,
y que se rinda le grita
decidido y arrogante.

Respóndele el rey: «Rendido
a otro español estoy antes,
y que soy el rey de Francia
para tu gobierno sabe.»

Sorprendido el granadino
de aventura tan notable,
«¿A ese español -le pregunta-
habéis dado prenda o gaje?»

«Le di solo mi palabra,
que mi palabra es bastante
-contesta el rey-; si quieres,
toma mi espada y mi guante,

»y sácame del caballo
y ayúdame a levantarme,
que la visera me ahoga
y esta pierna se me parte.»

Ávila toma las prendas
destilando fresca sangre,
echa pie a tierra, y ayuda
al rey con trabajo grande,

y levántalo, y el yelmo
le desencaja al instante
para que le dé en el rostro,
que lo ha menester, el aire.


Hita, soldado gallego,
tosco y de toscos modales,
con su sangrienta alabarda
y desharrapado traje,

llega, y con poco respeto,
ya resuelto a despojarle,
de la insignia se apodera
del más elevado arcángel.

De San Miguel el collar
échase al cuello el salvaje,
con su tosquedad y harapos
haciendo extraño contraste.

El rey le dijo: «Valiente,
por él te doy de rescate
seis mil ducados de oro,
y más, si en más lo estimares.»

Y contestole el gallego:
«Guardarele, que colgarle
de mi emperador al cuello
podré yo, temprano o tarde.»


En esto llegaban otros
soldados sin capitanes,
con la victoria embriagados,
cebados con el pillaje,

y en su sagrada persona
ponen sus manos rapaces;
la veste del rey desgarran,
sus preseas se reparten,

y le arrebatan del yelmo
la bandereta y plumajes,
que la codicia villana
no guarda respeto a nadie.

Ávila, Hita y Urbieta
(que ya en salvo su estandarte
dejó), con vanos esfuerzos
por defenderle combaten.

Cuando llegaron a punto
varios nobles personajes,
que tan feroz soldadesca
obligan a reportarse,

enseñándoles valientes
a que respeten y acaten
a la majestad augusta,
que aunque vencida es muy grande.


De estar el rey prisionero
cunde la nueva al instante,
por el uno y otro campo
con efectos desiguales.

Los franceses caballeros
de más valor y linaje,
tornan a correr la suerte
que a su rey Dios quiso darle.

Y los jefes y caudillos
de las tropas imperiales
vuelan a que cese al punto
la mortandad y la sangre.

El de Pescara glorioso
corre ligero a la parte
en que al rey Francisco juzga
expuesto a villano ultraje.

Llega, del caballo salta,
y con respeto admirable,
hincadas ambas rodillas,
la mano quiere besarle.

No lo consiente el monarca,
que tiene un consuelo grande
en verse ya protegido
por hombre que tanto vale.

Y obligándole risueño
de la tierra a levantarse,
«Noble marqués de Pescara,
pues que la fortuna os cabe

»-le dice- de tal victoria,
os pido no se derrame
de mis vencidos vasallos
la desventurada sangre.

»Y espero que en vos encuentren
protector, amparo y padre,
los franceses que se miren,
como yo en tan duro trance.»

De lágrimas arrasados
los ojos al escucharle
Pescara: «Señor -le dice-
vuestra súplica es en balde,

»pues la nación española,
que logra triunfo tan grande,
en la victoria es tan noble
como brava en el combate.»


También el del Vasto llega
y el rey lo recibe afable,
y con dignidad lo elogia
por su apostura y su talle.

Y el consuelo se divisa
en su abatido semblante,
de verse entre caballeros
que tratar con reyes saben.


Mas imprevisto incidente
vino de nuevo a alterarle,
y a hacer más terrible y duro
su destino deplorable.

De Borbón el duque altivo,
¡desacato repugnante!,
a su rey vencido quiere
sin reparo presentarse.

¿Y cómo? Manchado todo
con propia francesa sangre,
de un valor mal empleado
haciendo insolente alarde.

No le conoce Francisco;
pero de pronto, al mirarle,
dio, por un secreto impulso,
de gran enojo señales.

Y quién era, preguntando,
como el marqués contestase:
«Señor, de Borbón el duque»,
puso un ceño formidable.

Y volviendo las espaldas
con dignidad, ocultarse
quiso entre aquellos guerreros,
porque el duque no llegase.

Notolo Pescara al punto,
y, como discreto, parte
a evitar inconvenientes
y allanar dificultades.

Ruega de Borbón al duque
que el sangriento estoque envaine,
que quite la sobreveste
y que se limpie la sangre.

Y con él a pie se acerca,
donde el rey, inexorable,
no digna volver el rostro,
que en ira y en furor arde.

La mano el duque le toma
de rodillas; arrogante
la retira el rey. El duque
tiene la audacia de hablarle,

y el monarca, levantando
los ojos como volcanes
al cielo, en voz alta dice:
«¡Santo Dios, paciencia dadme!»

Oyendo lo cual Pescara,
hace que de allí se aparte
el de Borbón, y de él libre
tornó el rey a sosegarse.




     IV - Un andaluz

Reunidos los generales
de las naciones distintas,
que el ejército del César
ya vencedor componían,

acatan al rey cautivo,
y le consuelan y animan,
conducirlo disponiendo
a los muros de Pavía.

Danle un corcel generoso,
con honrosa comitiva
de franceses personajes
que rendidos le seguían.

Y antes confesando todos,
con admirable justicia,
que victoria tan insigne,
triunfo tan grande y tal dicha,

se debe tan solamente
a la española milicia,
disponen que España sola
tenga la prerrogativa

de guardar un prisionero
de tan importante estima;
y que Alarcón el famoso
de alcaide y guarda le sirva.


En medio, pues, de los tercios
españoles, y a su vista,
desplegadas las banderas
de gloria y laureles ricas,

de Alarcón a la derecha
el rey de Francia camina,
esforzándose orgulloso
en dar a su faz sonrisa.

Los escuadrones tudescos,
que una ladera contigua
de aquel camino ocupaban,
al pasar la infantería

española, entusiasmados
le hacen salva, y alta grita
levantan hasta las nubes
repitiendo: «¡España viva!»

Al rey suspende tal muestra
dada por las tropas mismas
del ejército triunfante,
y es novedad que le admira,

reconociendo cuán alta
la española gloria brilla,
pues competencias no admite,
y da admiración, no envidia.

Afable el rey, conversando
con las personas distintas
que le cercan, caminaba
gallardo sobre la silla.

Y al encontrar de franceses
prisioneras las cuadrillas,
los consuela con su ejemplo
y con su voz los anima,

y a los cabos españoles,
que en respeto y cortesía
ni un solo punto desdice
de lo que a nobles obliga,

los recomienda con tanto
extremo, afán y caricias,
que se arrasaban los ojos
de cuantos allí venían.

En los altos de la marcha
embarazosa y prolija,
varios soldados de cuenta
a ver al rey acudían.

Y el rey demostraba atento,
con delicadeza fina,
gusto en que le presentasen
los de garbo y nombradía.

Llegó entre tantos, acaso,
Roldán, hijo de Sevilla,
llamado el Arcabucero,
mote puesto con justicia,

pues lo era tan extremado
que nunca erró puntería,
clavando siempre las balas
donde clavaba la vista.

Este tal, galán y apuesto,
de cara muy expresiva,
de talle en extremo airoso,
de aguda fisonomía,

con aire matón y jaque,
calzas de majo y ropilla,
con un inmenso chapeo
de alas luengas y tendidas,

con su cuera y sus mangotes,
y sus frascos en la cinta,
de recamos adornada
y de escarcela provista,

se acerca al rey, y apoyado
del arcabuz en la horquilla,
y zarandeando el cuerpo,
cual hombre que nada admira:

«Señor -con ceceo dice,
y lengua, aunque gorda, viva-:
Cuando mi sargento anoche
me dijo que combatía

»vuestra alteza en este empeño,
preparé varias cosillas;
los trastos que en tales lances
cualquier hombre necesita.

»Fundí, señor, doce balas,
que al cabo son la comida
de esta serpiente -mostrole
el arcabuz con sonrisa,

»prosiguiendo-; fundí digo,
doce balas, las precisas,
seis de plomo, destinadas
a canalla gabachina;

»y las seis, muy a mi gusto
cumplieron: ¡Dios las bendiga!
Fundí otras cinco de plata
para gente de alta guisa;

»y en cinco ilustres monsiures
se hallarán, no están perdidas,
que, ¡vive Dios!, tal acierto
no lo he tenido en mi vida.

»Y una fundí finalmente,
de oro muy puro y sin liga.
Aquí está, señor, miradla.»
Expuso a la regia vista

una gruesa bala de oro
que en la escarcela traía,
continuando, sin turbarse,
con gracejo y con malicia:

«Gran señor, fundí esta bala
para daros muerte digna,
si en el combate de veros
se me lograba la dicha.

»Y ya que vuestra fortuna
no os puso en mi puntería,
vuestra debe ser la prenda
que siempre vuestra a ser iba.

»Tomadla, señor, tomadla;
pesa dos onzas cumplidas,
y puede que para ayuda
de vuestro rescate sirva.»

Al rey Francisco tal gracia
hizo aquella retahíla
del andaluz, y el despejo
con que acertara a decirla,

que, afable, tomó la bala
diciendo: «Amigo, la estima
mi aprecio en mucho, y confío
que os lo mostraré algún día.»

Roldán le hizo reverencia
y vuelve a entrar en su fila
tan contento de sí mismo,
que ni a Carlos Quinto envidia.



     V - Conclusión

Dueño absoluto de Italia
fue el insigne emperador,
con esta excelsa victoria
del alto esfuerzo español.

Y cautivo el rey de Francia
vino a Madrid y habitó
la torre de los Lujanes,
con Hernando de Alarcón.

En la plaza de la Villa
aún dora esta torre el sol,
coronada de recuerdos
que el tiempo no borra, no.

De ella al cabo el rey Francisco
rescatándose, tornó
a ocupar el rico trono
de la francesa nación.

Pero su rendida espada,
prenda de insigne valor,
testigo eterno de un triunfo
que el orbe todo admiró,

en nuestra regia armería
trescientos años brilló,
de los franceses desdoro,
de nuestras glorias blasón.

Hasta que amistad aleve,
que ocultaba engaño atroz,
con halagos y promesas
que ensalzó la adulación,

tal prenda de un triunfo nuestro
para Francia recobró,
como si así de la historia
se borrase su baldón.

Harto indignado, aunque joven,
esta espada escolté yo,
cuando a Murat la entregaron
en infame procesión,

pero si llevó la espada,
la gloria eterna quedó,
más durable que el acero
de la alta fama en la voz.

Y en vez de tal prenda, España
supo añadir, ¡vive Dios!,
al gran nombre de Pavía
el de Bailén, que es mayor.