La vida de Rubén Darío: XXII

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En casa de Pujol intimé con un gran tipo, muy de aquellas tierras. Era el general Cayetano Sánchez, sostenedor del presidente Barillas, militar temerario, joven aficionado a los alcoholes, y a quien todo era permitido por su dominio y simpatía en el elemento bélico. Recuerdo una escena inolvidable. Una noche de luna habíamos sido invitados varios amigos, entre ellos mi antiguo profesor, el polaco don José Leonard, y el poeta Palma, a una cena en el castillo de San José. Nos fueron servidos platos criollos, especialmente uno llamado «chojín», sabroso plato que por cierto nos fue preparado por el hoy general Toledo, aspirante a la presidencia de la República. Sabroso plato, en verdad, ácido, picante, cuya base es el rábano. Los vinos abundaron como era de costumbre, y después se pasó al café y al cogñac, del cual se bebieron copas innumerables. Todos estábamos más que alegres, pero al general Sánchez se le notaba muy exaltado en su alegría, y como nos paseásemos sobre las fortificaciones, viendo de frente a la luz de la luna las lejanas torres de la Catedral, tuvo una idea de todos los diablos. «A ver, dijo, ¿quién manda esta pieza de artillería?», y señaló un enorme cañón. Se presentó el oficial y entonces Cayetano, como le llamábamos familiarmente, nos dijo: «Vean ustedes que lindo blanco. Vamos a echar abajo una de las torres de la catedral. Y ordenó que preparasen el tiro. Los soldados obedecieron como autómatas; y como el general Sánchez era absolutamente capaz de todo, comprendimos que el momento era grave. Al poeta Palma se le ocurrió una idea excelente. -«Bien, Cayetano, le dijo; pero antes vamos a improvisar unos versos sobre el asunto. Haz que traigan más cogñac». Todos comprendimos y heroicamente nos fuimos ingurgitando sendos vasos de alcohol. Palma servía copiosas dosis al general Sánchez. Él y yo recitábamos versos, y cuando la botella se había acabado, el general estaba ya dormido. Así se libró Guatemala de ser despertada a media noche a cañonazos de buen humor. Cayetano Sánchez, poco tiempo después, tuvo un triste y trágico fin.

Por esos días aconteció un hecho que tuvo por muchos días suspensa la atención pública. El hijo de uno de los más íntegros y respetados magistrados de la capital, tenía amores con una dama casada con un extranjero. Como el marido oyese ruido una noche, se levantó y se dirigió al comedor en donde estaba oculto el amante de su mujer. Éste se arrojó sobre el pobre hombre y lo mató encarnizadamente, con un puñal. La posición del joven, y sobre todo la del padre, aumentaban lo trágico del crimen. El asesino estuvo preso por algún tiempo y luego creo que le fue facilitada la fuga. Años después, reducido a la pobreza, se le encontró cosido a puñaladas en el banco de un paseo, en una ciudad de los Estados Unidos, según se me ha contado.


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