La vuelta deseada

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La vuelta deseada
de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas



     I

Entre aquellos olivares
que Torreblanca domina
y ciñen de un lado y otro
el camino de Sevilla,

por un atajo atraviesa,
para llegar más de prisa,
una carretela verde
con una gran baca encima;

toda cubierta de barro,
tableros, muelles y viga,
de barro seco y reciente
y de tierras muy distintas.

Cuatro andaluces caballos,
que en torno lodo salpican,
en humo y sudor envueltos
de ella presurosos tiran;

y del postillón las voces
con que los nombra y anima,
del látigo los chasquidos
que los acosan y hostigan,

el son de los cascabeles,
y el de las ruedas que giran
rápidas, tras sí dejando
dos huellas no interrumpidas,

forman estruendo confuso,
y que viene posta avisan
a los carros y arrïeros,
que hacia un lado se desvían.

Dentro de la carretela
un hombre aún joven camina,
que revuelve a todos lados
la desencajada vista.

Es Vargas: alegre torna
de su patria a las delicias
después de vagar seis años
emigrado en otros climas.

Antiguos amigos halla
en cuantos objetos mira,
y en árboles, tapias, lindes,
dulces memorias antiguas:

lo pasado y lo presente
anudando va, y delira
entre esperanzas risueñas
y entre ya pasadas dichas.


Trastornos, persecuciones,
desventuras, injusticias,
en sus más floridos años
lo arrancaron de Sevilla,

abandonando riquezas,
honores, nombre y familia,
y dejándose allí el alma
en el pecho de Jacinta.

Jacinta, encanto y adorno
de toda la Andalucía;
y por sus luengas pestañas,
por su apacible sonrisa,

por los graciosos hoyuelos
que avaloran sus mejillas,
por su cuerpo primoroso
y por sus formas divinas,

por su gracia y su talento
y su modestia expresiva,
el hechizo de los hombres,
de las mujeres la envidia.

Diez y seis años contaba
cuando Vargas, ¡alta dicha!,
logró conmover su pecho
y agitar su alma sencilla,

al par que el amable joven
ardió en la pasión más viva,
al mirar a una doncella
tan inocente y tan linda.

En sus puros corazones
creció desde la hora misma,
y el trato y correspondencia
acrecentó en pocos días,

un primer amor de aquellos
que las estrellas combinan,
amor que de dos personas
el Destino eterno fija.

En los lazos de himeneo
a unirse dichosos iban,
con el aplauso felice
de sus contentas familias,

cuando se alzó tronadora
la borrasca embravecida,
que, ¡infelices!, confundiolos
del infortunio en la sima.


Seis años, ¡oh cuán eternos!,
Vargas por tierras distintas
huyó infelice, luchando
del Destino con las iras,

sin encontrar de consuelo
ni de esperanza mezquina,
un solo sueño de noche,
un solo rayo de día.

Las extranjeras beldades
estatuas le parecían;
las ciudades opulentas
que el orbe orgulloso admira,

desiertos... ¡Ay!, pero puede
feliz llamarse en sus cuitas,
venturoso en su destierro,
fortunado en sus desdichas.

Creció el amor con la ausencia
en el pecho de Jacinta,
que la distancia y el tiempo
al que es verdadero afirman.

De cuando en cuando se cruzan
papeles que lo acreditan,
cartas trazadas con llanto,
cartas con el alma escritas.





     II

Todo en el mundo es mudable,
ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
sigue al rigoroso invierno;

a la oscura noche el día,
y a la borrasca, que al cielo
empañó con densas nubes
y asustó con rudos truenos,

la calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
de desventuras y llantos,
seguir de paz y consuelo.

Del Rhin en la orilla helada,
abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
su fortuna maldiciendo,

cuando noticias recibe
de que la patria le ha abierto
las puertas... Júzgalo absorto
ilusión de su deseo;

mas Jacinta se lo escribe,
y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta... de la madre
de Jacinta... que al momento

vuele a Sevilla, le ruega,
en donde dará Himeneo,
el día de su llegada,
a tan constante amor premio.


No la paloma, que presa
llora en doloroso encierro,
si acaso un resquicio mira,
tiende apresurado el vuelo

hacia el palomar y nido,
en donde vio el sol primero;
ni el torrente, a quien contuvo
el malecón interpuesto,

en cuanto lo encuentra roto,
se arroja a su antiguo lecho,
y por él se precipita
hacia la mar, que es su centro,

tan veloces como Vargas;
corre, sin tomar resuello,
a Sevilla: los instantes
son para él siglos eternos.

Montes, llanuras, ciudades,
ríos, Estados diversos
atrás deja, y los caballos
de tardos acusa y lentos.

Ya salva las altas cumbres
del nevado Pirineo,
y entra en España; ya escucha
la lengua de sus abuelos...

¿Qué importa? Ni un solo instante
retarda su raudo vuelo.
Halla a cada paso amigos,
halla intereses y deudos:

No se para, corre, corre,
que tiene en Sevilla puesto
su afán, y hasta que descubra
la Giralda, no hay sosiego.


Apenas ha quince días
que en las márgenes del Reno
de su Jacinta la carta
leyó, juzgándolo sueño,

y los caños de Carmona
ve a su siniestra creciendo,
y al frente la antigua puerta,
para él la puerta del cielo.

Cualquiera mujer que mira
en mantilla y de paseo,
que es Jacinta que le espera,
juzga, y le palpita el pecho.

Al llegar se desengaña,
y en otra que ve más lejos...
Jacinta fuera de casa
está, sí; sale a su encuentro.

Era en punto mediodía:
Entra por fin, y molestos
los guardas el carruaje
detienen corto momento.

Los maldice y les da oro,
porque le detengan menos:
«Corre», al postillón le grita,
y torna a marchar de nuevo.

Por las retorcidas calles
echa pestes y reniegos
a cada lenta carreta,
a cada corro interpuesto,

que a templar el paso obliga
de los caballos ligeros,
y anheloso a verse llega
de la ciudad en el centro.

Oye de fúnebres cantos
el triste son desde lejos,
se aproxima, y por la calle
que va a tomar, un entierro

pasa. Con hachas de cera,
pobres, vestidos de negro,
van de dos en dos; los siguen
las cofradías; a lento

paso un féretro se acerca
con una palma y corona
de un blanco paño cubierto,
de blancas flores... ¡Agüero

terrible!, que es de doncella
principal y de respeto
el funeral le parece...
Hierve taciturno el pueblo

en derredor. Manda Vargas,
turbado con tal encuentro,
que tome por otra calle,
al postillón. Revolviendo

este los caballos, torna
por un callejón estrecho,
y a la calle ansiada llega
después de corto rodeo.

Mucha gente en los balcones
está, mostrando en sus gestos
sorpresa de que en tal día
llegue a la casa un viajero.


Párase la carretela;
la puerta está abierta, yermos
el ancho portal y el patio;
reina en la casa el silencio.

De un salto Vargas se apea,
corre a la escalera presto,
de ella por un lado y otro
de cera advierte un reguero

reciente. Veloz la sube,
abre la mampara... ¡Cielos!
Colgada está la antesala
en redor con paños negros.

Enlutada una gran mesa
mira colocada en medio,
y en sus cuatro ángulos arden,
sobre cuatro candeleros

de plata, cándidas velas
consumidas casi: el suelo
cubren deshojadas flores,
siemprevivas y romero.

¡Dios!... ¡Pobre Vargas! Absorto,
sin voz, sin alma, y en hielo
convertido, ni respira.
Ojos cual los de un espectro

gira en derredor; se ahoga
sin respiración su pecho.
Volviendo en sí un corto instante,
oye llorar allá dentro;

cuando se abre lentamente
una puerta que al momento
se cierra, y un sacerdote
que por ella sale, lleno

de lágrimas el semblante
(de dar en vano consuelo
viene a una madre infelice),
queda inmoble a Vargas viendo.

Vargas lo mira, y no alienta;
mas tras de breve silencio
rompe al cabo, y le pregunta
con un angustiado esfuerzo:

«¿Dónde está?» Quedose helada
su lengua. Fáltale aliento
al turbado sacerdote,
y con agitado aspecto

alza el rostro, y levantando
la diestra, señala al cielo.
Vargas le comprende; arroja
un alarido de infierno;

huye veloz, la escalera
baja delirante, ciego,
nada ve, corre cual loco
por las calles, y muy presto

desaparece. En Sevilla
la noticia cunde luego
de su llegada; le buscan
sus amigos y sus deudos.

Todo, todo en vano; algunos
dan señas de que le vieron
junto a la Torre del Oro,
cuando el sol ya estaba puesto.


En un remanso, que forma
el Guadalquivir, no lejos
de Guelves, a las dos noches
unos pescadores vieron,

a la luz de escasa luna,
de un joven ahogado el cuerpo,
vestido aún. Procuraron
compasivos recogerlo;

pero al llegar con la barca,
y al agitar con los remos
el agua, veloz corriente
llevó el cadáver. Suspensos

siguiéronlo un corto rato
con los ojos, y muy presto
fue leve punto en las aguas,
y de vista lo perdieron.