Las Fuerzas Extrañas/El origen del universo

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Las Fuerzas Extrañas de Leopoldo Lugones
El origen del universo
PRIMERA LECCIÓN


EL ORIGEN DEL UNIVERSO


La vida, que es la eterna conversión de las cosas en otras distintas, abarca con su ley primordial el universo entero. Todas las cosas que son dejarán de ser, y vienen de otras que ya han dejado de ser. Tan universal como la vida misma, es esta periodicidad de sus manifestaciones.

El día y la noche, el trabajo y el reposo, la vigilia y el sueño, son como quien dice los polos de la manifestación de la vida. Engendrándose unos á otros y permutándose, es como engendran los fenómenos. Toda fuerza será inercia y toda inercia será fuerza. Siendo ambas vida en su esencia, su identidad radical es lo que produce sus permutaciones.

Su diferencia aparente, la contradicción en que parecen hallarse, es sencillamente una diferencia de magnitudes: la noche es menos dia, y así en lo demás.

Ahora bien, toda magnitud es una progresión y de esto depende que no haya brusquedad en los cambios de estado de las cosas. Así es como la continuidad de a Vida se mantiene en a periodicidad.

Vivir es estar continuamente viniendo á ser y dejando de ser. Cada uno de los focos donde esto se opera—átomo ó planeta, célula ú organismo—es una vida. Ese equilibrio infinitamente instable, sin duración puesto que la más mínima permanencia en uno ú otro de los estados que lo forman, lo anularía ya; y sin tiempo, puesto que es una coincidencia de ser y de no ser—ese equilibrio es lo que se llama la existencia. Dejar de existir es acabarse ese equilibrio; entrar el ser á un estado inconcebible. En nuestro universo, lo que viene á ser se llama materia, y lo que deja de ser se llama energía, pero claro está que estas cosas figuran aquí como entidades abstractas. No obstante, como las manifestaciones polares de la vida se permutan, lo que viene á ser, es decir, la materia, proviene de la energía y vice-versa.

Si toda magnitud es una progresión, su crecimiento y su decrecimiento deben tener una duración equivalente, y este es otro carácter de la periodicidad en las manifestaciones de la vida. El isocronismo de las oscilaciones pendulares, materializa en forma visible tal ley.

Estas consideraciones que en nada afectan á las ideas científicas y filosóficas de nuestra época, son necesarias para que se comprenda mejor la exposición del sistema cosmogónico.

Un universo que nace, es el producto de un universo que fué, y basta para demostrarlo, que ese universo haya nacido: ex nihilo nihil.

Los universos acaban como manifestación material, convirtiéndose en energía pura según la ley fundamental de la vida, y en este último estado permanecen por una duración equivalente á la que tuvieron como materia. Esta duración, que respecto á la materia es un reposo absoluto en el cual no hay tiempo ni ninguna otra idea proveniente de la relación de magnitudes, pues al no existir la materia no hay magnitud de ningún género—esta duración es la eternidad. Eternidad significa, como es sabido, ausencia de tiempo.

Semejante estado, que es el no existir de que hablábamos más arriba, es un estado inconcebible como decíamos también. Hay, pues, una imposibilidad absoluta para especular á su respecto. Sólo podemos saber que es energía incondicionada.

Los antiguos decían que las tinieblas son luz absoluta; y siendo la luz una forma de energía, la forma más elevada mejor dicho para nuestra percepción, luz pura, es decir, energía pura, equivale vale á aquel estado inconcebible, ó sea alas tinieblas: luz absoluta. La ciencia habla ahora de luz negra, exactamente como el Zohar, libro hebreo más antiguo que la Biblia; y esta luz negra parece ser la forma más sutil del éter, teniendo una absoluta fuerza de penetración. Resulta superior á la otra luz, bien que sea invisible[1].

Transcurrida la duración de un universo como energía pura, la ley de periodicidad lo llama de nuevo á la existencia material; pero esta nueva existencia no será, naturalmente, una repetición de la antigua. Constituirá, por el contrario, una continuación de las actividades que cesaron al dejar de existir ese universo, y que han permanecido latentes en el seno de la absoluta energía[2]. De otro modo se volvería atrás, y la naturaleza nunca vuelve atrás.

¿Pero qué habrá podido ser, supongamos, el universo anterior al nuestro; aquél de que el nuestro procede?

Siendo una en realidad la ley que rige las manifestaciones de la vida bajo determinadas formas, la más simple desviación de ella implica el cambio de todas estas formas. Así, por ejemplo, nuestro universo tiene por base la curva; todo la presupone en él; todas nuestras percepciones dependen de este acomodo fundamental. Supongamos que en vez de ser la curva fuese la recta. El universo se convertiría en algo enteramente imperceptible para nosotros, y hasta podría coexistir con nuestro universo actual, sin la más mínima sospecha de nuestra parte. Ahora, si conjeturamos—lo que es bien posible—otros conceptos geométricos y otras formas de universos, el problema se simplifica más aún. Quizá el "mundo invisible" que nos rodea y se comunica á veces con nosotros bajo formas tan extrañas, no sea sino esto; y con una existencia tan real, tan material como el nuestro, nos resulta del todo imperceptible.

El universo antecesor del nuestro, había regresado, pues, á su estado de éter puro, de pura energía al concluir un ciclo de evolución bajo determinadas formas, cuyo desarrollo al entrar de nuevo en el período material, engendraría nuestro universo curvilíneo.

Este determinismo cósmico, nada tiene de violento para nuestros conceptos científicos; y quizá más pronto de lo que se cree, las especulaciones sobre la cuarta dimensión del espacio puedan darnos un esquema del origen de nuestra geometría.

Pero lo interesante es describir el proceso de la organización de la materia tal como la conocemos.

  1. "Luz negra" y "tinieblas" no equivalen naturalmente á sombra, es decir á una diminución de luz. Son la " no-luz" en absoluto.
  2. Esta causalidad, que es la ley suprema de toda vida, tiene un símbolo admirable en el paganismo. Queremos hablar del destino (ó sea el determinismo de las causas anteriores) que era superior a todos los dioses, sin ser él mismo un dios.