Las beldades de mi tiempo/I

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CAPITULO I

La necesidad de dar a mis elucubraciones hasta donde posible sea un orden cronológico, me obliga no solo a invertir el de los capítulos, sino a rectificaciones y supresiones indispensables en favor de mis lectoras.

Cuando se ha vivido mucho, y se ha observado mucho también, es de ver el espíritu de despilfarro de la vida de que hace alarde la juventud de estos tiempos, sobre todo la del sexo femenino; por el apresuramiento de las madres para hacer figurar a sus hijas en el torbellino de las fiestas, de que se separaron durante su educación y su crecimiento. Si es bonita, la presentan a los 15 años a las miradas curiosas de la sociedad, a gozar con ellas de las ventajas de su aparición repentina e inesperada. No piensan que colocan al precioso retoño en la falsa posición de que apareciendo tan temprano le tome después por de más edad que la que realmente tiene.

Es un principio inconcuso, que el que comienza temprano, acaba temprano también; y que a fuerza de mostrarse en todas partes una señorita, pierde el prestigio de la novedad cuando le llega la época en que la mujer está en la plenitud de su crecimiento como de su belleza; que es a los 20 años a lo menos: En apoyo de lo que vengo exponiendo estamparé aquí un diálogo que al respecto no le falta oportunidad:

— ¿Quién? fulanita.

— ¡Si!

— ¡Pues si tiene mas de 30 años!

— ¡Qué ha de tener 30 años, doña Escolástica, si esa niña es de ayer!

— ¡Pues misia Cándida, si está usted equivocada! Hace diez años, cuando menos, en aquel baile que le dieron a Sarmiento en el Progreso, fué una de las mas festejadas y la pusieron en la crónica... hasta dijeron que se casaba, porque anduvo toda la noche de temporada con Pedrito, mi sobrino.

— Pero usted vió que no se casó... ¡y todavía no tiene novio!

— ¡Perfectamente! y desde entonces figura, y no seria extraño que ahora la sacaran entre las bellezas de aquel tiempo cuyo libro se anuncia...

Las ventajas de la educación europea al respecto son incuestionables. Por eso la vida de la mujer que entre nosotros termina a los 35 años, allí dura hasta los 60, porque las jóvenes no salen a la sociedad sino bien preparadas y fortalecidas por la edad. Así la vida de la madre es más extensa y más duradera, pues cuando se presenta con ella lo hace como una amiga, y no con una niña inexperta a quien es preciso enseñarle hasta el sentarse bien.

No ha mucho asistía en Burdeos a un baile, y vi señoras de mas de 50 abriles que valsaban como unas jóvenes, y se hacían admirar (buenas mozas todavía), más aún por la cultura de su trato y el encanto de sus maneras que por el lujo de sus tocados y el brillo de sus joyas.

Por eso allí la mujer no pierde sus formas plásticas, ni engorda desmesuradamente, como sucede a nuestras señoras, hasta llegar muchas de ellas a la obesidad al quinto lustro. El abandono y la falta de coquetería en una mujer es su peor enemigo.

¡¡Es preciso reaccionar, pues, a toda costa!! Y no me digan a fe que esto no es regla infalible por algunos casos aislados, verbi-grotia: la bellísima Agustina Rozas de Mansilla, dicen que se casó a los 15 años, y ha durado hasta hace poco; lo mismo que su rival la señora Avelina Sáenz de Sáenz Valiente y Manuela Machado la cordobesa, porque estas mujeres encantadoras son la excepción de la regla. Fueron estrellas rutilantes que brillaron en el cielo argentino de tal manera que el astrónomo de aquellos tiempos, el clérigo don Bartolito Muñoz, que observaba los astros y era el que hacia los almanaques, las puso (por equivocación, sin duda, no creo que por malicia) en el catálogo de las constelaciones mas brillantes del cielo austral.

También es un principio higiénico para la belleza de la mujer, y para contribuir a vigorizarla, para llenar su gran misión maternal, el de fortalecerla durante su desarrollo, ha dicho Larroche foucauld, si queremos que nos den ópimos frutos o sea generaciones fuertes y viriles, antes de entregarlas en tan tierna edad a los embates de las pasiones que vienen desgraciadamente sin buscarlos, demasiado temprano en este mundo bendito!

Y con perdón de ustedes me sacaré a ejemplo yo mismo, que estoy escribiendo este libro de los recuerdos de una vida agitada y viajera, como ha dicho mi brillante biógrafo exponiendo el éxito de mi obra, con un elogio inmerecido, a que no la terminen y juzguen las que tanto se empeñan en hacer figurar antes de tiempo a las jóvenes, lo que vale a la humanidad, el hacerlas despertar lo mas tarde. Es verdad que también es cuestión de temperamento, como decía Tartás, el asiduo asistente a todos los funerales que terminaban acompañando a los doloridos a la casa, y que los obsequiaban con sabrosas jícaras de verdadero chocolate, ofrecido con marcadas muestras de agradecimiento. En aquel entonces no se almorzaba de tenedor como ahora, en que se hace una verdadera comida, y el obsequio de los funerales era un aliciente para no faltar a la cita (los mas). Ahora todo ha cambiado, y ya no hay atención ninguna con el que se molesta dejando sus ocupaciones más premiosas y se contentan con solo poner estas sacramentales palabras ¡EL DUELO SE DESPEDIRÁ EN LA PUERTA DEL TEMPLO! ¡Única invitación!... de invención moderna, fruto de la época de las luces y de las cruces, con lo que todo termina y se van los doloridos derechito a ver y escudriñar la herencia que les dejo el difunto.

Pero vamos al cuento.

Yo atribuyo la, larga vida que desde tantos años me viene atravesando, 48 años... a oro, según agregÓ mi excelente amigo el señor ministro de Chile, don Guillermo Matta, que oyó la cifra; y que también estoy dispuesto a dársela, de barato. La inocencia de mis primeros años y los hábitos de buena educación, cuyo cuidado tuvieron mis padres, sin ejemplo entre los de mi edad, seguramente dieron su fruto. Ahora voy a entrar en materia, y que no se me enojen los personajes biografados que presento si salen como eran entonces, en que no había ni polvos de riz ni veloutine para tapar los defectos del rostro y de la edad.

A mis 18 años, en que ahora los jovencitos imberbes pasean en caballos ingleses con el estribo en la garganta del pie, como dicen que les han enseñado en la equitación, y que les hacen guiños a las pollitas como si fueran hombres; en esta época me puse el primer casaquín, especie de jaquet que me duró hasta los 20 años, en que recién comencé a perderles el miedo a los difuntos. Buen cuidado tenía yo al acostarme, de registrar debajo de mi cama, a ver si se había escondido el diablo y que me pegara un susto después. ¡Oh! qué tiempos aquéllos tan dichosos; y éstos ¡¡cuán calamitosos!! pero cómo ha de ser!... todo se ha de componer, como dice el presidente cada vez que le llega la ocasión de echar un párrafo sobre la situación financiera que nos consume.

En 1836 los barrios del sur de Buenos Aires eran el Saint-Germain de la aristocracia porteña. Las familias de Darregueira -de don Antonio Sáenz, rector de la universidad (en el convento de San Francisco), —la casa de los Luca — la de correos regenteada por uno de ellos, cuya esposa la señora doña Isabel Casamayor, fué una de las mujeres más cultas que acompañada de las distinguidas señoras Lucía Riera de López, y doña María Sánchez de Mendeville, fueron de las que fundaron la Sociedad de Beneficencia instituída por Rivadavia (que también vivía frente al paredón de Santo Domingo en ese barrio). La familia del cantor del Himno Nacional don Vicente López y Planes, las de Esperón, la de Agüero, la de Sarratea, la señora Pascuala Beláustegui de Arana, la gran casa de don Juan Vivot frente a la iglesia de los Belermitas transformada hoy en casa de moneda, donde dicen que se fabrican los argentinos de oro de cinco duros, de los que muchos, como yo, no hemos visto ni la muestra.

También se encontraba aquí la gran casa de la señora doña Juana Cazon, casada con don Joaquín Almeida Portugués (alias, mameta). Vivía y murió en la casa de su propiedad calle del Perú esquina esquina a Belgrano, que era conocida por de la virreina vieja, y hoy está en ella el Monte de Piedad. Al morir, el año de 1848, dejó esa casa a la administración de la Cofradía del Santísimo Rosario, para que de sus alquileres se hicieran cuatro partes: una, para el hospital de mujeres; otra, para el de hombres; otra, para la Santa Casa de Ejercicios, y la última para que la misma Cofradía costeara la misa de Una todos los domingos y días de fiesta en Santo Domingo, y además una función anual al Patriarca San José. Lo que se ha estado cumpliendo por sus Mayordomos y se cumple actualmente como el primer día.

Esta misma casa tiene al frente de su puerta principal un escudo de nobleza perteneciente a la familia del padre del Obispo Medrano, rótulo que está cubierto por el gran tablero anuncio del Monte de Piedad. Las temporalidades, frente al Mercado Central. Todo esto apiñado y formando el centro de los estrados más distinguidos de aquel tiempo inolvidable, pero que muchos no recuerdan, sin embargo.

Pero sigamos. La familia de don Martín Alzaga; la del general don Félix Alzaga; la respetable señora doña Damacia Caviedes, en su casa esquina frente a la iglesia de Santo Domingo, donde había el café de este nombre. A la dereeha de la misma iglesia la linda señora del ministro Tagle, doña Máxima Olmos, los Martínez de Hoz, la casa del general don Eustoquio Diaz Vélez, que se ha hecho célebre por la invención de aquella exclamación convertida en aforismo argentino: "pobre patria en manos de mi hijo Eustoquio". La de la señora doña Joaquina Izquierdo, donde se daban tertulias científicas de literatura y música; mujer muy instruída en achaques de literatura. La familia numerosa del señor don Vicente Casares, cuya hija hija Agustina, notable belleza de aquel tiempo, fué también una de las más elegantes amazonas que jineteaba en briosos y asustadizos caballos criollos de la pampa; siempre acompañada de los dos buenos amigos, su señor padre y el mío, don Santiago Calzadilla. En fin, esta relación sería interminable, pues como he dicho ya, aquí estaban la flor y nata de aquellas familias aristocráticas que todas se conocían, sin que ninguna, ni aun teniéndolo, se pusieran el "de" del título nobiliario con que hoy quieren aparecer disfrazados "ilustres desconocidos", como dice Mansilla.

Pero, cómo dejar en el olvido el bazar de Infiestas, donde se vendieron los primeros fósforos de cera, que como una novedad vinieron a meter barullo en aquellos tiempos; y el célebre baratillo de Cagan Dando y una fábrica de cristales que lapidaba, vasos, en ese edificio de las Temporalidades, esquina de Perú y Alsina, que también fué asiento de la filarmónica!

¡Y las confiterías!

Pero hasta las casas donde se elaboraban las más ricas masitas (en el puente de Las Beatitas), que se llevaron el secreto de la receta con gran desesperación de Manuel Tobal. Las tortas apetitosas, y los célebres pastelitos de hojaldre finísima de los Granados, que no se necesitaba el olfato de Caliba, el célebre rastreador, para dar con la alacena que los guardaba.

De esto, y muchos más encantos positivos de una existencia tranquila y honorable, se gozaba por aqui en los barrios del sud.

¡No había bancos, esta carcoma que nos ha liquidado a todos! Ni menos Banco Hipotecario!! ni de descuentos!! en que muchos no han descentado sus figuras, de miedo de que los secuestraran y no pudieran seguir descontando más. ¿Y las tertulias de aquel tiempo? Pero esto sí que era agradable, sin más obsequio que un rico vaso de agua fresca del aljibe, con panal; el mate, la alegría y el bienestar, para las autoridades que campaban por sus respetos; y si se oía hablar de que alguien se había suicidado, era allá por la muerte de un obispo, y nadie moría enfermo del corazón, como ahora, ni de la bala de un rémington. Pero volvamos a mi cuento. Yo no tuve hermanos, y la autora de mis días, que en sus maternales sentimientos no se conformaba con no haber tenido una hija, viendo la inocencia de mis juegos y de mis procederes, me solia vestir de mujer a los 13 años, y aun me acuerdo como si fuera ahora del contento con que salía a la calle a lucir un vestido claro, y un sombrero blanco de paja de Italia adornado con una pluma colorada que decían me sentaba muy bien.

Me enseñaron a leer en escuela de mujeres, o cuando más en algunas de ambos sexos, que frecuenté hasta grandazo como era, y aprovechando de mi traje, estuve cerca de un mes en la escuela de las de Ituño, y en la de la señora Cabezón, en donde me comenzaron a enseñar a bordar, pues llevaba el bastidor junto con los libros; hasta que las maestras maliciaron, y mi madre declaró que nada tenía de extraño este traje, vista la inocencia de mis gustos y de mis propensiones, pues mis juegos eran siempre con las niñitas más chicas y con las muñecas, de que teníamos reunidas una gran colección que conservé por mucho tiempo hasta que ¡desperté!...

Después ¡quantum mutantur ab illo! Pero para terminar este capítulo contaré una historia de aquel tiempo para aquellos que les sigue haciendo cosquillas la idea de anteponer el de, a su apellido, sin tener una propiedad o edificio a que arrimarlo. Había entonces muy pocos carruajes, y menos para alquilar. La sola cochería que existía era una en la calle hoy de Alsina, frente a la gran casa que fué de don Joaquín Belgrano, y era su único dueño un pardo llamado maestro Roque, de la casa de mis abuelos maternos; fué fiel a su ama en la riqueza, y la llevaba con todos sus nietos en un gran coche que fué de la Virreina Vieja, a presenciar los fuegos artificiales en la plaza de la Victoria, allá por los años 1828 a 31. Era muy lujoso, este coche, pues llamaba la atención con sus cuatro pares de mulas negras, a la Daumond, y por el traje de sus jockeys negros.

El maestro Roque había hecho fortuna (que fué lo que le perdió). Pues el diablo, que en querer tiene muchas sutilezas, le tentó por las grandezas, y todo lo echó a perder. No solo era el único carrosero que había, sino que también era maestro de piano. Vestía de un modo original, con un traje especial y una capa larga color polvillo. Usaba un sombrero de tres picos a la antigua moda, y todo reunido daba autoridad a su persona y a su profesión.

Pero se le metió en la cabeza comprar un título de nobleza, y mandó a España a buscar el Don. Bien caro lo pagó, y vino el título. La maledicencia, que siempre es joven y no envejece, se cebo en él, y en vez de llamarle don Roque como lo pretendía, le llamaron Roque-don... maldad que mucho le afectó, y murió al poco tiempo por esta ingratitud de sus conciudadanos.