Las beldades de mi tiempo/X

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CAPITUL0 X


Y los Convites de los dias del Santo, o de los "dias de dias" como decia Figaro, ¿donde se me quedaban? Sin embargo, pocos rasgos como los que consagraban esos astros, pueden dar idea más cabal de las costumbres de la época, que por otra parte parece favorecida por un conjunto de las bellezas más tipicas de nuestra raza.

¡Que lujo el de aquellas mesas, y qué manjares todo criollo, como va a verse! ¡Qué franca cordialidad, y alegria sin misterios ni hipócritas manifestaciones!

En estas fiestas, como se suele decir vulgarmente, los dueños de casa "echaban las puertas por las ventanas", los invitados a ellas quedaban apalabrados para el convite del afio próximo, y la mayor parte de los intimos de ambos sexos jamás faltaban, aunque la invitación tuviera un año de fecha y, ni hubiera tarjeta de por medio.

Como a estos convites, parodiando las bodas de Camacho, asistia tanta gente, la vajilla andaba escasa. Las fuentes y platos, y sobre todo las cucharitas de café, eran insuficientes.

En ese tiempo era rarisima la persona que poseyera más de una docena de cucharitas, que yo supiera a lo menos; y no por otra razón que la de una costumbre inveterada de que para los casos extraordinarios, extraordinariamente se proporcionaban estos utensilios entre los mas conocidos amigos.

Habia, pues, que pedirlos a la vecindad, y la costumbre era tan arraigada, que todo el mundo contribuia con la mejor voluntad.

Verdad es que este servicio era correspondido a su turno, amén de los intereses que como se estila ahora, con los descuentos en los Bancos, se pagaban al contado, es decir, con las fuentes de riquisimos dulces, al devolver éstas y las demas piezas prestadas, con el mensaje obligado de agradecimiento, para lo cual habia siempre reservado el negro, o la mulata mas ladina de la casa... la de los mandados a la calle.

Este mensaje era uno de los rasgos mas salientes de la costumbre... "manda decir la señora, que cómo está su mercé y el señor, y cómo están los niños... que le da las gracias... y que aqui le devuelve a su mercé, las fuentes, con estos dulcecitos para que participe su mercé de la fiesta, y los tome con los niños...: y que por qué, no ha asistido su morcé? ¡Ah! Y dice la señora que si puede mandarle los moldes del vestido que le trajeron de Europa a la señora de Tompson, que se los volverá pronto, etcétera etc., etc., y al decir esta última frase, entregaba las fuentes, o los platos, colmados de dulces..., los cuales eran el regalo obligado de todas las relaciones y amigos del festejado en su santo, regalos que a granel y en procesión llegaban de todas partes.

Estos bucolicos obsequios procedian, salvo excepciones, de la confiteria de Monguillot, calle Victoria, en donde hoy existe (¡qué coincidencia!) e1 Pasaje de Roverano.

Asi hay lugares consagrados por el tiempo, destinados destinados en todas las épocas a primar para un servicio dado, o para la consagración de los mismos hechos en todos los tiempos.

Pero sigo con los convites. El servicio de la comida se hacia después de sentados a la mesa los invitados, a lo castellano viejo; de modo que siquiera podian saborear la sopa caliente, a diferencia de ahora, que nadie ha de quemarse el paladar, pues, poco falta para que las sopas sean frapées a la neige'... Alabo el gusto, no participo de él, y sigo mi cuento.

¿El menú? ¡qué esperanza! ni el nombre se conocia entonces; y las fuentes de la comida se servian, como es de practica por la sopa, espesita, de pan o de fideos, con cuyo recuerdo se me esta haciendo agua la bocaa. Se le ponian huevos estrellados, lo que la hacia valer un ciento por ciento mas, que la llamada consomé, que mas bien debia titularse de la consunción por su falta de sabor y mal gusto, que tiene esa agua turbia e insulsa, que se hace con una cucharada de extracto de Lievik de que se compone, generalmente, por la facilidad, mas bien que por el mérito de la preparacion.

Después venia el puchero servido por muchos criados, prestados por las vecinas de confianza, sin que ninguno diera en bola. El puchero era la antigua olla podrida, plato español, muy suculento, como todos lo saben, compuesto de excelente carne de pecho o de cola, con una o dos gallinas mas gordas, mas que las de... y con arroz, garbanzo, zapallo, tocino, chorizos y morcilla. Estos últimos elementos eran tan nobles, en el sentir de los aficionados, que se saboreaban entre comentarios como este de la señora Juana de R... "que agradable es la morcilla negra". ¿No es cierto, misia Mariquita? Todo esto se servia en platos por separado, para que cada uno tomase lo que sabia mejor a su gusto.

Las papas faltaban, porque, como se importaban de Francia... ¡quien lo creyera!... en canastos, y no siempre caian a tiempo para el Santo de todos.

Pero no faltaba el zapallo que suplia perfectamente, y no pocos lo preferian, por su sabor exquisito, teniendo, por otra parte, para las del bello sexo un mérito especial, pues decian que hacia engordar, y redondear las pantorrillas. Que digan mis lectoras si no era justificada la preferencia.

Todo esto, con salsa de tomates que acompaña al puchero como el Violin al Piano, aguzando el apetito, y uno era capaz de comerse todo lo de la fuente, sino se esperaran los guises, entre éstos, el estofado con pasitas de uva, el quibebe o la clasica y sabrosa carbonada. Como los pastelones en fuente, con el recado de pichones o pollos, pues si bien la cocinera era eximia para los pastelitos fritos, no lo era para los de fuente, que como generalmente no habia horno en la casa, se mandaban a la panaderia vecina, de donde, o venian quemados o frios... pero la concurrencia aseguraba, a pie juntillo, que todo estaba muy rico, y que la masa era muy tierna, aunque realmente fuera mas dura que una suela salteña.

¿Y digame si no es lindo esto contrapuesto a la exigencia que hoy es tan insoportable en la fastuosa civilización presente?

Tampoco faltaban las humitas en chala, o el célebre pastel de choclo, de que es decidido partidario el autor de estas lineas, las humitas que se servian como platos de verdura o de entremés, para esperar la aparición del Pavo, que habia sido engordado en el espacioso corral de la casa que generalmente generalmente tenia fondo completo (75 varas, lo que daba lugar para todo).

Alli, pues, se cebaba la victima desde un mes antes, con nueces enteras (al pavo, se entiende), comenzando por una hasta llegar a la docena del frai1e, que, como es sabido, es de trace piezas, que le introducian por la fuerza (al susodicho pavo), al gañote, empujándolas al buche, con el dedo, y haciéndolas correr, como quien se pone un guante ajustado en el indice; el animal sufria impasible todo lo que le hacian, PUES PARA ESO ERA PAVO.

Menos faltaba la ensalada con mucho vinagre y poquisimo aceite (al revés de la máxima italiana) que se servia con el asado de costilla (no de la costilla de Adan, de donde salieron aquéllas que ustedes saben), sino del Mercado, con lo que se daba por terminadas las descargas de la gruesa artillería, a lo Armistron, como le decia su Señora que nunca pronunció correcto en inglés, el nombre de su marido, Mr. Armstron (brazo fuerte, según su escudo de armas).

Un buen rato de emoción se sentia cuando aparecian los criados con los regalos de los amigos que eran las fuentes de dulces... ramilletes... confites y yema quemada, pues ninguno se hubiera atrevido a enviar, como sucede actualmente, regalos de Brillantes... de Brazaletes, o de Piochas, costumbre introducida en la época presente, por el que... YA SE FUÉ... y esta ya de vuelta, recurso que él puso en practica como cualesquiera otro; pero no para ser empleado con ninguna de estas familias antiguas y honorables, las cuales hubieran tomado semejantes regalos, en tales ocasiones, como mi insulto grosero al honor y una burla al buen sentido...

Asi, solo se aceptaban, como ya lo tango dicho, los dulces, los ramilletes, etc., etc. Pero los comensales daban preferencia a los postres hechos en la casa, de leche-crema (como la llamaban) a la cual, extendiéndole una capa de azucar pisada o molida polvoreada encima, quemaban con una plancha hecha ascuas, y con cuya operación quedaba con un sabor exquisito.

Como también el sabroso dulce de tomates, o de batatas... ¡pero qué batatas aquéllas! tan grandes y tan apetitosas, a diferencia de las de hoy que de pequeñas parecen degeneradas, formadas de puras fibras por mas que le gusten a Pellegrini, porque todo se ha empequeñecido en estos tiempos de crisis, hasta el tamaño de las batatas.

Habia... pero no se conocia mucho, el uso del vino champagne eomo ahora; sino que nos gloriábamos bebiendo el rico vino-carlón que también llaman priomto (por disimulo), el rico Jérez y el Oporto. Y no porque no hubieran otros vinos como dijo una vez un hermano muy mentiroso de mi inolvidable mentor y amigo J.C.O. que en casa de éste cuando fué proveedor del ejército del general Urquiza, después de Caseros, habia tenido lugar un convite, en que hubo 32 clases de vino, sin contar con el carlón.

No era indispensable, pues, el champagne para que se manifestara la mas franca alegria al sonar las gruesas de cuetecitos de la India, de que estaban colmados los almacenes, o las púlperias, como las llamaban entonces; cuetecitos que quemaban los niños, y los criados de la casa en el festejo.

Con el tronar de los cuetecitos estallaban también los brindis, por lo regular en verso, siempre cuartetas, como ésta, por ejemplo, en ocasion como lo describo, endilgado a don Pedro Plomer por el capitan de la fragata mercante Elaya (nombre de la hija de su armador), un catalan mas cerrado que una caja de sardinas el cual a la voz de "que brinde el capitan", exclamo:

¡Oh! qué tiempos aquellos tan dichosos!
Y éstos, cuán calamitosos!
Pero como ha de ser!! ...
Brindo, por don Pedro Plomer.

Y trás esta andanada estallaban a su vez los aplausos de la concurrencia. A estas fiestas que dejaban muy atrás a las de la histórica mención, jamás faltaba solicito Mr. Le-long.

Y después, a bailar, esperando todavia el chocolate de la despedida, con la buena música, al piano, tocada por uno de esos mulatillos que nacían dar traspiés a los mismos muebles, como a los más recalcitrantes, que eran muchos, aunque no tantos como al presente, que lo son casi todos.

Y era tal la perfección con que tocaban e improvisaban los Minuetes, los Valses y las contradanzas, tomadas de motivos de operas de Rosini o Donizetti, estos célebres pianistas del pais, Marradas o Espinosa, que si alguno de ellos faltaba, la fiesta era pálida y las parejas quedaban descontentas.

En prueba de la popularidad del último, voy a referir un episodio sabroso (aunque este pertenece a 20 años después) en que, sin embargo, imperaban las costumbres de antario.

El hecho tuvo lugar son motivo de la presencia del gran pianista y compositor Segismundo Theiberg, que tomando las dos escuelas, la de la armonia y la de la brillantez, de que fué genuino interprete el pianista Enrique Hertz, Thalberg combinándolas fundó en esta reunion el sistema de sus grandes composiciones, que han quedado como un rastro de luz en el mundo del arte en sus obras magistrales, para los pianistas. Una feliz circunstancia lo trajo a Buenos Aires, entusiasmado por los elogios que de este pais le hiciera el coronel don Silvino Olivieri, que habia sido nuestro jefe de la Legión Valiente, renombre y decreto que este cuerpo conquistó por sus hazañas durante el sitio de 1852 a 1853.

El coronel Olivieri regresaba de Roma, desterrado por el Rey Bomba, y entregado al gobierno de Buenes Aires, que lo habia sacado de las prisiones de San Angelo que con muchos otros patriotas habian caido por libertar y hacer la Unidad de Italia.

Thalberg habia Venido al Rio de Janeiro, inducido a ello por el Emperador D. Pedro H, y de ahi lo tomé Olivieri, y lo trajo aqui.

La aparición entre nosotros de este hombre que habia llenado el mundo con su nombre y sus composiciones, lo mismo que por su portentosa ejecución, causó una profunda sensación en el antiguo teatro de las Comedias, después el Argentina, situado en lo que fué hace poco un pasaje, frente al Hotel de la Paz, hoy Hotel Central, ejecutando sus inimitables y grandes fantasias y transcripciones con que encantó a1 auditorio absorto de oir aquella extraordinaria novedad, aquel conjunto de composición y ejecución, al parecer reservadas a su genio.

Las fantasias sobre el Don Juan, de Mozart; la Semiramide y el Moisés, de Rosini; el Elixir de Amor de Donizetti. La Muette de Portici, de Auberg. Su célebre Andante en re bemol. El Tema y Estudio en La manor, esa invención de su genio, repetida en cada noche de sus conciertos, a pedido del auditorio, siempre numerosisimo, fueron las obras magistrales con que se dió a conocer, arrebaténdonos de entusiasmo, su genio musical, y captándose captándose por completo la admiración del mundo porteño que tuvo la felicidad de oirlo.

Ahora, para, satisfacción del amor propio nacional representado por las hermosas mujeres que lo aplaudian en las revelaciones de su saber y de su arte, diré a mis lectoras, también, que Thalberg apareció en Buenos Aires a principios de Octubre del año (de que no quiero acordarme), y encantado por las atenciones de la sociedad, como por la bondad del clima que tanto elogiaba, y quizas par el irresistible atractivo de tantas beldades, se quedó hasta fines de Febrero del año siguiente... ¡Cinco meses de residencia entre nosotrcs, en vez de un mes! lo cual era una concesión excesivamente lisonjera para el pais.

Agregaré aqui, que se quedó con razón, pues la Cazuela de ese teatrito, esta, invención porteña, muy cómoda y de fácil acceso para las familias, fué un jardin de flores vivientes de señoritas de las mas lindas; y prestigiosas de la época, (de 20 años después), y de la aristocracia que lucia sus galas antes que nuestra naciente bourgcoisie nos invadiera. Entre las que llevaban la voz era la prestigiosa Carolina Senillosa, que con sus compañeras inventaron la lluvia de flares deshojadas, que pronto parodiaron para las artistas de Colón, con la cual festejaban, al final de la noche, al noble y aristocrático pianista en admiracién a su inmenso talento.

¡Pues bien!... (y allá voy, como decia Rufino Elizaide cuando se salia de la cuestión, como me he lanzado yo ahora, 20 años, a mis viejos cuentos). Todo eso que he dicho del pianista fué paja molida ante el poderio de Espinosa para una señora (bien gorda, por cierto) que salia del concierto, cadenciando, acompañada de sus hijas, que llenas de noble entusiasmo, por la ejecución tranquila tranquila, aunque portentosa del pianista, que no habia podido conquistar a los rebeldes oidos de la gorda, le rebatian diciéndole:... ¿pero, mamá?, esto es un encanto...; si este hombre es un magico... mamá...

Pero la señora, firme en sus trece, y al verse ya casi vencida... contestó:

— Es cierto que este señor toca muy bien, pero... ¡cuándo ha de tener el compás de Espinosa!

¡Oh! qué noches inolvidablés aquéllas! y solo parecidas a las que dos años después pasamos, también en eso mismo teatro, viendo y oyendo a la trágica Adelaida Ristori, artista de alto coturno y de inolvidable recuerdo, que hacia llorar o reir a su voluntad, en la interpretación de la tragedia, o en el drama de Sor Teresa. La sublime artista tuvo su digno intérprete en la prensa, en los articulos de La Nación Argentina, escritos por el notable periodista y literato, don José Maria Gutiérrez.