Las beldades de mi tiempo/XVIII

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CAPITULO XVIII


Habia por ese tiempo muchas distracciones, y éstas de variado género, pues a mas de las tertulias ordinarias de carácter familiar, otras de tono, alternando de cuando en cuando con bailes como los que tenian lugar en la casa de los Molina, en cuyo enorme patio se levantó uno de los primeros edificios de tres pisos, teniamos las representaciones teatralcs en El Argentine y en el teatro de la Victoria, dos pequeños liceos, pero en los que el Buenos Aires de la época gozó de lo mejor que en composiciones dramáticas y artistas se importó de España y se formó entre los criollos, con un exito que nos prueba que en este punto nos encontramos en decadencia, como lo van a ver nuestras lectoras si tienen la amabilidad de seguirnos en la relación de hechos que lo demuestran. Vamos por partes y por orden hasta donde mis recuerdos permitan que lo observe.

En el teatro Argentino de comedias, se daban los dramas antiguos, y entre las petipiezas el divertidisimo sainete tituladoz Los tres novios imperfectos a cuyas representaciones concurria sin saciarse un numeroso público. Aquel sainete obtenia un éxito análogo al que ahora tiene Juan Moreira.

La compañia, en la cual figuraba Trinidad Guevara Guevara, se componia de buenos artistas, como Felipe David el gracioso, Casacuberta y el pardo Viera, que figuró también como cantante en la célebre ópera de Anita Tani en 1826, y Culebras, el barba.

Más, antes de seguir adelante, permitanme ustedes que dé una breve idea del argumento y ejecución del sainete.

Los tres novios protagonistas venian a dar a una especie de Rosina, llamada Ramona, una serenata bajo sus baleones. La tal Dulcinea prometia su mano al que mejor la festejara.. Uno de los novios era tartamudo y este papel era el que desempeñaba Felipe David, con una naturalidad admirable... A1 aparecer en el fondo de la escena le decia:

"Ra...a...a...mona no me...me has olfa...teado?" Y luego llegando al pie de la ventana destapaba un arpa que traia debajo de la capa, y colocándola convenientemente daba principio a la serenata con las siguientes coplas:

En tiempo de Mari-castaña
Una vieja solia cantar... etc.

introduciendo de su propia cosecha novedades humoristicas de tal género que hacia descostillarse de risa a1 muy leal y respetable público.

E1 segundo pretendiente era un militar... un inválido con una pierna de palo, papel desempeñado por el pardo Viera. Su serenata era una diana, con banda lisa de tambores y pifanos que produciendo una infernal batahola, apagaba los fuegos de la serenata del tartamudo.

E1 tercer pretendiente, que, con más propiedad podemos llamarle pretemnuela, pues sobre ser tuerto era de redobladas navidades, era un cesante pobrísimo, que cortejaba a la Dulcinea en prosa y en verso. El papel era desempañado bajo una lluvia de estruendosos aplausos y bravos, por el artista Casacuberta, que entraba ya en los albores de su gloriosa carrera, que fué a desarrollar, completar y terminar en Chile, adonde se refugió como uno de tantos emigrados, y del cual me ocupare en seguida...

Este sainete, una de las composiciones de mayor efecto cómico en su género, y de una crítica más punzante, está depositado en la Biblioteca con las demás obras que formaban el gran repertorio del señor Olaguer Feliú, cuando se demolió aquel teatro por el señor Rom para edificar el Pasaje Argentino.

Hablemos un poco de Casacuberta, que no ha de ser inconveniente consagrarle en Las beldades de mi tiempo un ligero recuerdo, pues al fin es una gloria nacional del arte.

Como lo dejo indicado, Casacuberta emigró a Chile con sus demás compañeros, si mal no recuerdo, después de la batalla del Arroyo del Medio, ganada por el general Pacheco al general La Madrid. Los derrotados, a pesar de estar ya cerrada la cordillera, en los primeros días de Septiembre, se lanzaron a atravesarla, prefiriendo afrontar el peligro de tal empresa, antes que el de caer en manos de los seides del tirano.

Lo que se temía sucedió... Casacuberta quedó medio sepultado en la nieve, de donde fué extraido casi moribundo por la gente que desde Santiago de Chile condujo Sarmiento, enviado en su auxilio por los emigrados, con la eficaz cooperación del Gobierno de la Moneda, que tomó en el salvamento una actitud decidida y humanitaria.

Casacuberta, apenas mejorado y repuesto de sus dolencias, e impulsado por sus compatriotas que deseaban verlo lucir sus talentos en la escena, decidió decidió presentarse en las tablas, y esto mismo no sucedió sino a consecuencia de un incidente que voy a referir suscintamente porque se vea como es cierto que la ocasión hace al ladrón.

Funcionaba entonces una compañía dramática de los Velarde, según unos en el teatro municipal, y fuimos con Casacuberta a la representación que éste halló detestable, manifestándolo así francamente. Empeñado en una discusión llegó hasta decir: “Yo lo haría mejor” De la discusión resultó la idea que se llevó a cabo, de formar una compañía dramática, a cuya ejecución cooperaron los emigrados argentinos.

Llegó el día de darse la primera función, en la que se dieron cita todos los más notables argentinos, pues hasta de Valparaíso se trasladaron a Santiago muchos de ellos. Así encontráronse en esa noche del estreno el general Las Heras, el general y almirante Blanco Encalada, genera Dehesa, Carlos Lamarca, Sarmiento, generales Necochea y Torrico desterrados del Perú, y muchos otros.

La representación anunciada componíase del drama “Marino Faliero”, de Víctor Hugo, y de la petipieza “La familia improvisada”, y en ambas figuraba Casacuberta. Al aparecer en el proscenio fué acogido por la más estruendosa algazara y salva de silbidos imaginables, pero al mismo tiempo por otra de aplausos que los neutrales o conservadores del orden no podían dominar.

En medio de esta tempestad, especie de pujilato de aplausos y silbidos, en que nadie se entendía ni consigo mismo, apareció de pie en su palco el almirante Blanco, y consiguiendo dominar la algazara dirigió al público las siguientes palabras, más o menos.

“Señores: ante todo, es necesario oir al artista para reprobarlo si no se desempeña bien, o aplaudirlo si lo merece... ”

Calmada la batahola con tan sencilla alocución, Casacuberta avanzó al centro del escenario, pudiendo notarse, en medio de un profundo silencio, que la opinión pública no era ya tan desfavorable...

Desde el Segundo acto las cosas cambiaron, y al fin de la función, Casacuberta era ya dueño del público. No solamente habian desaparecido las hostilidades sino que éstas se convirtieron en una verdadera ovación. El entusiasmo fué tan estremado, que el artista fué acompañado en triunfo por una numerosa concurrencia hasta su alojamiento en donde con gran emoción se despidió de ese publico cuyas simpatias habia conquistado para siempre.

Desde entonces su carrera artistica no fué marcada sino por un progreso constante y una serie de triunfos que fueron en escala ascendente hasta el momento mismo de su muerte.

Es sabido que el grande artista falleció en el instante mismo de terminar e1 último episodio de la famosa pieza, Los siete escalones del crimen, en Valparaiso; puede decirse que se separó de este mundo cuando aún zumbaba en sus oidos el estruendo de los aplausos de los espectadores, embargados todavia con las últimas emociones.

Pero volvamos a reanudar los hilos de nuestra crónica sobre los espectáculos teatrales de Buenos Aires.

La compañia en que inició su carrera dramática Casacuberta daba también las muy aplaudidas petipiezas: Manuel Méndez Injundia, El abogado tras los montes y El gastrónomo sin dinero, en cuyo papel jamás tuvo rival Casacuberta.

Entre los años 35 o 36 inauguróse también el teatro de La Victoria, cuyos propietarios eran los Plaza Monteros, que tenian dos lindas hermanas, mas que lindas, lindisimas! que se lucian ocupando el palco de avant scene a la derecha del espectador, propiedad de la familia.

Este teatro fué inaugurado, puedo decir, por un notable artista, el gran comitragico Lapuerta, que vino de España, importándonos el romanticismo de Victor Hugo.

Se estrenó con el drama de Larra El Mesias, con el cual atrajo a su representación a todo el Buenos Aires civilizado, que lo escuchó atentamente y lo aplaudia con frenesi siempre que decia estas palabras:

¿Y bate pues tanto
En la muerte mia
Fementida, hermosa,
Mas que hermosa, ingrata?

Y cuando esto se oia con la entonación ampulosa, acompañada por la acción, el teatrito de la Victoria, se venia abajo, sobre todo, en el local que se habia dado en llamar "el palco de Lezama", lugar que adquirió cierta celebridad...

En seguida de Lapuerta llegaron los Duelos, el célebre Ortiz, Jover y Garcia Delgado; Matilde La Rosa y varios otros que arrastraron a Marmol a hacerse autor dramatico, escribiendo piezas de dudoso éxito, a pesar del entusiasmo con que entró en el oficio.

Fué con ocasión de la presencia de estos artistas que se reveló e1 genio de Casacuberta, convirtiéndose de cordonero y bordador militar, en un artista que igualó, sino superé, a Rossi y Salvini... Asi como ustedes lo oyen!

A los espectaculos públicos de que dejo noticia se agregaban las fiestas y tertulias particulares, entre las que primaban las del señor don Juan Bernabé Molina, en su casa, de cuya transformación he dado ya idea. Este amigo, uno de los hacendados más relacionados, mantuvo su prestigio hasta que la existencia se hizo imposible en Buenos Aires por los años 40 a 42.

Eran también de uso y muy en moda los paseos al campo, los que ahora llaman pic-nic, un poco impropiamente, porque al adoptar este titulo inglés se le ha suprimido el rasgo que le caracteriza. El pic-nic es realmente un paseo campestre, pero con la especialidad de que cada uno de los invitados lleva su contingente de provisión, resultando de esta circunstancia que en muchos casos la mayoria lleva las mismas, o la diversidad es tan rara, que en uno y otro caso, los chascos son de naturaleza tan extravagante, que eso es, precisamente, lo que engendra el buen humor y contribuye a la diversión.

Llamar pic-nic a nuestros paseos campestres es simplemente una majaderia, como tantas otras en que se desnaturalizan las costumbres, sin mejorar ninguna de ellas. Nuestros paseos campestres son generalmente dados por un individuo a sus relaciones, y los invitados encuentran todo hecho. Unas veces es un almuerzo, otras una comida y otras veces uu lunch; y en este caso las provisiones son todas frias. No hay, pues, paridad alguna entre esto y el pic-nic propiamente dicho. Pero la moda lo quiere asi... Adelante con los faroles.

Mas aquellos paseos campestres rara vez tenian lugar sin producir algún resultado social cuando no era para festejar alguno ya concertado. Adivinan mis estimables lectoras que hablo de casamientos, ¿no es verdad?

En efecto: en eso paraban los paseos campestres, aunque sin ellos mismos habia muchisimos y muy a menudo; y no eran indispensable los "trousseaux" de veinte mil pesos, ni lujosas instalaciones en palacios, ¡no señor! Sino un pequefio nido simpatico, arreglado con mas o menos comodidad en el hogar de la madre de la novia o del suegro, y después de los primeros dias destinados a las expansiones y recepciones de parientes y amigos, el hombre a trabajar para ganar con honor el sustento de la familia, hasta hacer la fortuna de que ya gozan muchos de ellos y son las familias mas conocidas y consideradas.

Los partes matrimoniales lo eran en verdad y variando en ciertos detalles, pues muchos eran dados en primorosos versos; tenian su forma tipica, habiendo ya desaparecido en esa época los epitalamios, tan en boga en el siglo pasado.

He aqui un parte que daré idea cumplida de las costumbres, pues es historioo y solo suprimo los nombresa de los que lo pasaron.

Dice asi:

Si la aprobación de las personas sensatas puede contribuir a la felicidad del Santo Sacramento del Matrimonio, F. y S. solicitan de usted la suya.

¿No es verdad que es bonito, y que un acto semejante es cortés y es tratar con respeto a los miembros ya constituidos en una posición social?

Pero volviendo a los paseos campestres, recordaré como ejemplo los de la chacra del doctor Castro, en que se daban conciertos. Tenia lugar en la barraca de dicha chacra, situada en Los Olivos.

Habia alli un hermoso bosque de arboles que se llamaba sombra de toro. Concurrian a esos conciertos: Alberdi, Jacinto Peña, el doctor V. F. López (actual Ministro de Hacienda), Nicanor Albarellos y otros. Tocaban el piano Genara Castex, viuda del doctor Martinez, la que era también gran cantora. Tocaba la guitarra Nicanor Albarellos y Jacinto Peña la flauta. Concurrian las familias de Gutierrez, de Castex, de Riera, de Pacheco, etc., etc. Maria, González de Martinez, hermana de don Ladislao, ya rememorado, y Catalina Gonzalez de Videla, belleza muy notable y colmada de dones y gracias.

Como en la tertulia muy concurrida en la casa Castex, frente a lo de Ocampo de Carabassa, donde concurrian las lindas Juana y Carlota Grallino; y casi toda la mozada de esa época, porque se bailaba y se pasaban muy agradables momentos, haciendo música y canto, como intermedios.

No faltaba aqui el minué, este elegante baile con que las señoras casadas abrian la fiesta.

Ahora vemos, con placer, que el minué vuelve a llamar la atencion del mundo elegante, después de un eclipse prolongado de mas de medio siglo.

En una correspondencia de Houssayo, a La Prensa, que acabo de leer, describiendo una fiesta habida en Paris últimamente, dice lo siguiente:

"En el teatrito alzado en el buffet-restaurant, se bailó una pavana, por dos bailarinas de la Opera con sus correspondientes parejas, una de ellas la señorita Invernizzi. Tras de la pavana tocó el turno al minué, y pocos instantes después reapareció la señorita Invernizzi vestida de japonesa y en el paso del "Réve".

"A las siete y media cesaron lcs últimos acordes del baile y, a las 8, una mesa preparada sobre el césped reunió a unos veinte amigos intimos en torno de la dueña de casa".

Y también en Montevideo, como quien diria a las puertas de Buenos Aires, ha comenzado a bailarse ya.

De la música de este baile, ha dejado muchos y muy lindos nuestro gran músico y compositor, el señor don Juan Pedro Esnaola; los que daré a la estampa en el momento de su resurrección esperada.

Eran muy buenas, y por ende, muy frecuentadas las tertulias que nos daba el señor don Juan Bautista Peña, el hombre de rostro más adusto en la calle, y el mas agradable, ameno y comunicativo en su casa, calle de Corrientes, en cuyas reuniones habia siempre un buen servicio de te o cafe; y al finalizar la temporada nos obsequio una noche con una cena puramente argentina, de un rico caldo, reparador de las fuerzas perdidas en la danza, después de tanto batallar en los valses y contradanzas durante la fiesta [1].

¡Pero una noche!... ¡noche inolvidable! El dueño de casa se excedió a si mismo, y nos dió una sorpresa. .. ¿A que no se figuran ustedes con lo que nos obsequió?

¿Se dan por vencidas?

Pues allá va... nos presentó una rica carbonada, que nos la comimos. ¡Qué digo, nos la comimos... nos la devoramos, dejando los platos y la fuente que la contenia, como si la hnbieran lavado en el agua Prat; imitando en esto a los franceses que, después que se tragan los trozos, limpian los platos con el pan, y quedan como recién sacados de la fábrica.

Ahora, para terminar este capitulo, ya muy extenso, recordemos la gran casa de la señora doña Flora Azcuénaga, cuyos extensos salones estaban tapizados de Tizús calentados en invierno, a falta de chimenea, que no se usaba, por grandes copones de reluciente bronce, prendidos con carbón de leña, colocados en el medio de los salones, en donde se quemaban Las pastillas de Lima, que abundaban entonces, preparados asi para reCibir a la alta clase social y politica, en esa gran casa situada en la esquina de Florida y Rivadavia (hoy) N.° 17.

Esta distinguida dama era una personalidad que actuaba en la politica, y sus opiniones eran respetadas y atendidas por aquello que dice: "que lo que la mujer quiere, Dios lo quiere".

La señora Azcuénaga en Buenos Aires, era lo que en Santiago de Chile (y no digo que lo es ahora), porque se sabe que esta en contra de la politica de su yerno... nuero, debi decir, del presidente Balmaceda, la simpatica señora doña Emilia Herrera, digna esposa del señor don Domingo Toro, en sus lujosas recepciones, y en sus paseos a la gran hacienda del Aguila; en donde recibia, sentada en su mesa de trabajo atestada de cartas para contestar, y diarios de todas partes del mundo, a sus relaciones, de Ministros Extranjeros, y hombres de Estado, y de letras.

Es verdad que por la paridad de las razas y origenes, quiza sea que hay en América los mismos usos, tipos y costumbres sociales, y aim familias que se reproducen en Chile y en Lima, con las mismas e idénticas costumbres y con la misma encantadora franqueza de las gentes que han nacido en la opulencia, y que por su educación, por su fortuna o por sus habitos aristocraticos, llevan la voz en la alta sociedad.

Eran las constantes comensales de esta tertulia de confianza de la señora de Azcuénaga, la señora Casamayor de Luca, Remedios Escalada, Carmen Quintilla, Maria Sánehez, Antonia Palacios, y la hermosa señora Mercedes Lasala, soltera, y su hermano don Jerónimo, (soltero también), el Chispero de esta logia a lo Lautaro, de señoronas, donde nunca faltaba amenizando esas recepciones diarias con las noticias de los periodicos europeos, que traian los buques o paquetes ingleses (a vela) que venian cada quince dias, con la correspondencia comercial y las noticias de los descubrimientos cientificos, viajes y modas del viejo mundo.

Este Caballero, señor Lasala, era muy amistoso y de trato ameno; empleado de la Contaduria, era atento y servicial con el público. Podia decirsele un lindo hombre, siempre irreprochablemente vestido, haciendo pendant con mi señor padre, igualmente asiduo asistente a esta tertulia atrayente y novedosa, donde habia tantos elementos de distracción y de alegria.

No olvidaré un apéndice de esta tertulia, algo especial; era la presencia complementaria de un personaje llamado el negro Domingo, que se estableció, con permiso de su ama vieja, como él decia a la señora doña Flora, en el zaguan de esta casa a las horas de la oración con su canasta y su farolito de vela de sebo, colgado en el mismo bastón o palo en que se apoyaba para caminar y vender sus ricas masitas sus célebres alfajorcitos, que en pocos momentos desaparecian, y el moreno Domingo levantaba campamento para volver al dia siguiente a llenar los compromisos que habia dejado pendientes la noche anterior.

Con razón se queja ahora mi amigo Manuel Tobal, no solo de que ya no se vendan estas ricas golosinas, sino de que se hayan llevado las recetas, y ¡morituri te salutant!.

En un paseo que hicimos de Guayaquil a la ciudad de Quito, en compañia del desgraciado doctor don Santiago Viola, fusilado cruelmente al poco tiempo, por orden del tiranuelo Garcia Moreno, sin causa alguna justificada (asesinato por el cual el gobierno argentino debió pedir explicaciones...) de Juan Antonio Gutiérrez, hermano del literato don Juan Maria, de Francisco Lynch y otros compatriotas y amigos guayaquileños, para ver el célebre Chimborazo, el volcán Cotopaxi y el Pichincha, que tantos recuerdos patrios evoca, como para admirar las construcciones de los Incas, de las que quedan muestras imborrables de aquella civilización extinguida, emprendimos este paseo.

Aun existen los templos con aquellas construcciones grandiosas de piedras, levantados sus muros de silleria sin ponerles mezcla alguna, y tan unidas, que ni con nuestros cortaplumas podiamos penetrar en sus intersticios. Pero la descripción de esta ciudad como la del Cuzco en el Perú, no es de estos apuntes hechos al correr de la pluma.

Sigamos con la cruz a cuestas.

En este viaje tuvimos ocasión de hacer relación con el Ministro de Su Majestad británica, Mr. Gualterio W. Cope, uno de los varios ingleses que vinieron a Buenos Aires cuando el célebre empréstito del año 24, que todavia lo estamos pagando, según creo.

Por una feliz circunstancia, sin duda, hablando de nuestro pais en un convite con que nos obsequio dicho señor ministro en la legación, nombré en el giro de la conversacion al señor Lasala y a su hermana la hermosa señora doña Mercedes.

A este recuerdo inesperado, la alegria del inglés no tuvo limites, y pidiendo una botella de su mejor vino (de los que era gran poseedor), nos propuso el constante brindis de los de esta nación:

¡A los amigos ausentes!

Comprendimos al momento lo que pasaba en el ánimo del inglés, y al más pequeño incidente o pretexto pretexto, y, a cierta altura de la comida, cuando la alegria retozaba en los espiritus, nombrabamos a la señora de Lasala, y al momento el inglés hacia una insinuación al criado, y los mas ricos vinos llenaban de nuevo nuestras copas, bebiendo por ellas (pues ya le habiamos perdido el miedo al inglés), como por la felicidad presente y futura, del apasionado ministro mas fiel a doña Mercedes que Miguel Becar lo es a su querida Rome.

Y quiza nuestro amigo hubiera sido bien correspondido, si se hubiera arremangado, como decia, para ciertos casos, la señora doña Brigida Castellanos; pues la hermosa y arrogante señora doña Mercedes murió soltera; y no es ni de suponerse, que fuera por no haber tenido con quién casarse, una y mil veces... puesto que era una dama llena de mérito, de inteligencia, de posición y de fortuna. ¡Qué más se podia apetecer!

Cerraremos este capitulo, con la intercalación de otro documento relativa a partes y celebración de bodas, que no es, ni con mucho, menos original y chusco que el anterior.

Dice asi:


PARTE DE CASAMIENTO

¿Quién Va?
¿Quién es?
Don Manuel Aragonés,
Y doña Juana Castellanos.
Que hoy se ofrecen
...¡A sus paisanos!
A quienes besan las manos
¡Bien lo veo! ...
Unidos por los lazos,
De himeneo!
En la calle de la Merced,
Para servir a Vd.

Brindemos, pues, como hermanos,
¡Oh beneméritos ciudadanos!
Por tan feliz unión...
Que cuenta para su suerte,
Con dinero y corazón,
En la vida y en la muerte.


Córdoba, 1836.

  1. Los francescs nos han traido como una una novedad esto del caldo a las horas postreras de un baile; ya lo ven, mis lectoras— nada hay de nuevo sino es la futileza del hombre... lo llaman consomé... creo que es porque dejan recocer la carna o la gallina para que largue toda la sustancia. Contra la moda no hay autoridad que quede en pie ni la de la Academia.