Las espinas

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Las espinas de Emilia Pardo Bazán


Cada vez que yo le hacía observaciones a mi amigo Sabino Ruilópez acerca de su próximo matrimonio, me oía tratar de romántico, de fantástico y hasta de necio.

-Pero, criatura -me decía, protegiéndome, pues tenía dos años más que yo-, ¿pensarás que no comprendo por qué sientes ese recelo contra mi novia? Son las espinas, las dichosas espinas. ¡Bah! Yo miro las cosas equilibradamente, y no veo en esas espinas el menor obstáculo para la felicidad conyugal.

La novia era hija de otro Ruilópez, primo hermano del padre del novio, por tanto, prima segunda de su futuro, lo cual había facilitado las relaciones. Nació la niña un día de Semana Santa, y la madre quiso que se le pusiese de nombre María del Martirio, y se empeñó en que traía, alrededor de la sien, una corona de espinas. Preguntado el médico, declaró que no había tal corona, y que sólo se observaban en la frentecita de la recién nacida, y entre la pelusa que cubría su cráneo, unas manchas rosa, como huellas de picadas de alfileres. No se necesitó más para acreditar la leyenda. Al morir, poco después, su madre, se hicieron tristes vaticinios respecto a la niña; o moriría también, o su destino sería el convento.

Se crió, no obstante, normalmente, aunque un poco reconcentrada de carácter y enemiga de bullicio y diversiones. Apenas tuvo amigas, y como sólo vio a su primo, fue natural que la idea de ser su esposa germinase en su espíritu, casi sin preparación. Sabino se empeñó en llevarme a la casa de María del Martirio, no comprendiendo yo, al pronto, la razón de tal empeño. Luego él mismo acabó por confesarme que se aburría un poco en aquella vivienda melancólica. Después de casado, sería otra cosa, ya se las arreglaría él para transformar a Martirio. Hablaba de Martirio como de algo que le pertenecía, y reía fatuamente, seguro de apoderarse de los últimos resortes secretos de su voluntad.

En concepto, pues, de Cirineo del aburrimiento de Sabino, frecuenté el trato de la misteriosa niña. Me atrajo su cara ovalada, como de Virgen de marfil, y, sobre todo, su frente, donde buscaba, sin poderlo evitar, la corona de espinas. Claro es que no podía verla, porque no estaba; pero las manchas delatoras del tormento, allí aparecían bien claras, sobre todo en ciertos días y ocasiones. Y si existían las manchas, ¿no sería que las espinas, invisibles, se hincasen en la piel? La afirmación me parecía concluyente. Resaltaban las huellas de un aro de pinchos en torno de la cabeza virginal. Si Martirio me permitiese apartar con los dedos las ligeras ondulaciones de una cabellera negra y lujosa, sobrado pesada para lo frágil del cuello que sostenía la cabeza, de seguro vería yo continuarse el círculo todo alrededor.

No sabré decir lo que había llegado a preocuparme la cuestión de las tales espinas. Era ya mi idea fija, aunque ocultaba a todos, y en particular a Sabino, mi obsesión. Pero Sabino era un tanto malicioso, y notó mis silencios y mis ojeadas de soslayo a la frente de Martirio.

-Mira, ten entendido que no pienso hacerte caso, y que tan pronto me licencie, que sólo me faltan dos mesecillos, iré al altar. Con tus fantasías sentimentales sobre las dichosas espinas, me has obligado a consultar a mi médico, y no sabes qué explicación tan natural. Esas señales proceden de la imaginación de la madre. Me ha citado casos muy curiosos y me ha enseñado láminas de obras de medicina. Llaman a eso, ¿a ver si recordaré bien?, nevi materno. Mi tía (según dice mi tío) meditaba mucho sobre la Pasión. Nada tendría de extraño que, fijando tanto su atención en ciertos pormenores, como el del suplicio de la corona de espinas, la impresión se reflejase en la criatura que llevaba dentro. Bueno; la cosa no tiene la menor importancia. No por eso voy a renunciar a Martirio, que reúne muchas circunstancias para mí. Es muy bonita, es buena, de familia no puedo ponerle tacha alguna, porque es la mía propia, y además, y esto no es de despreciar, aunque los románticos finjan que no importa, tiene ya en la mano una fortuna, la de su madre, y si mi tío no se casa, ¡ya ves, casarse mi tío!, tendrá otra con el tiempo... ¡Las espinas! En cada una pondré un beso, y las borraré.

No repliqué nada. Sentí una indignación profunda contra el prosaico criterio. Al volver a mi casa encontré una invitación para un té en casa de la viuda de Valonga. No suelo concurrir a muchos tes; pero un instinto me decidió a aceptar éste. El corazón me brincó al ver que estaba allí Martirio, a quien Sabino hablaba con festiva animación. Él me saludó con sonrisilla irónica, y yo le contesté como distraído. Me alejé, y en un gabinete contiguo, donde no había nadie, me puse a admirar unos cuadros de ninfas y sátiros, en paisajes frescos y densos, a lo Rubens. Con el rabo del ojo observaba a Sabino. Vi que, después de breve y cordial discusión con su novia, se levantaba y se dirigía hacia el comedor, donde la gente se agolpaba ya, Martirio se quedó sola. Su respiración parecía algo fatigosa, y se abanicaba precipitadamente.

Sin pensar en lo que hacía, me desembosqué y me senté a su lado.

-¿No quiere usted tomar nada? -pregunté, con cariño en la voz.

-No tengo ganas -respondió débilmente-. Sabino comerá por mí y por él...

-Pero... ¿es que no se siente usted bien? -insistí.

Y al preguntar me fijé, por centésima vez, en las huellas, que me parecieron más abultadas y rubicundas que de costumbre.

-Sí, no sé lo que tengo hoy -murmuró, con un viso de repentina palidez, más intensa que de costumbre-. Si no fuese porque papá me instó, no vengo.

-Pasemos a esa otra habitación -le contesté-. Hará menos calor que aquí.

Era el gabinete de los cuadros estilo Rubens, donde, efectivamente, no había un alma, y el aire era más puro. Nos refugiamos en un sofá vestido de damasco carmesí, y la rodeé de almohadones. Vi que cerraba los ojos, desvaneciéndose, y se me ocurrió ir a buscar agua fresca. Después no me atreví. Iban a alarmarse, a escandalizarse. Por otra parte, no hay cosa más difícil que obtener un vaso de agua en un buffet lleno de gente, y cuando la trajese, de nada serviría ya. Cogí el propio abanico de Martirio y le di aire con toda mi fuerza. Exhaló un suspiro hondo, alzó un poco la cabeza, y luego la dejó rodar sobre mi hombro. Vi que estaba privada de sentido. Volví a abanicarla, llamándola a media voz: «¡Martirio, Martirio!».

Y entonces observé que una de las señales de las espinas se abultaba, se hinchaba rápidamente... Era como una ampollita que crece, que adquiere forma esférica. De súbito, abriose lo mismo que una rosa de Jericó sumergida en agua, y de su seno surgió y resbaló, sobre la marfileña mejilla, una lágrima espesa... Era de sangre, fuerte, fluyente, viva.

No sé lo que pasó por mí. Percibí el choque repentino de las grandes revelaciones. Vi claro en mí mismo. Murmurando dulzuras, con los labios recogí la gota de sangre. Mientras la paladeaba ávidamente, otras dos corrieron de la frente torturada. Martirio volvía en sí. Y en vez de fulminarme con su enojo, balbuceaba temblante:

-¡Qué bien me siento ahora!

Permanecimos inmóviles, extasiados... Y fue el momento en que se presentó Sabino. Traía en la mano un plato con emparedados para su novia, y era imposible estar en ridículo más completo. De la sorpresa, se le cayó el plato y se hizo añicos. Recobrado ya, se encaró conmigo, amenazador, yo me puse delante de Martirio, escudándola. Casi instantáneamente los ojos del furioso se dilataron, su boca se redondeó, como la boca mecánica de un muñeco... Había visto, en la faz de su prometida, los rastros de sangre, y en mi rasurado mentón un hilo rojo...

Y, exhalando algo que ni era gruñido ni grito, que participaba de ambas cosas, salió corriendo. Enjugué con mi pañuelo el rostro de Martirio, el helado sudor que lo bañaba. Fui a avisar a su padre. Se la llevaron, casi inerte.

La ciencia dictaminó. Se trataba de un fenómeno natural, aunque bien raro. Alteraciones circulatorias... Una sugestión imaginativa las provocaba, y en la Edad Media se calificaba de milagro el suceso.

Martirio se encerró en su cuarto, sin querer salir de él. Me presenté a su padre. Referí el suceso del baile con toda verdad; ofrecí cuantas reparaciones considerase precisas. El pobre señor movía la cabeza desconsolado:

-Tiempo perdido, amigo, y caballerosidad inútil. Mi hija, aunque se lo jure en cruz el protomedicato, no reconoce que lo de las espinas pueda explicarse con términos técnicos... Afirma que es algo sobrenatural que la obliga a consagrarse a Dios para toda su vida. Y, mire usted -agregó, bajando el tono-, es el caso que yo creo que maldita la vocación que mi hija tiene... ¿No piensa usted lo mismo?

Suspiré, y articulé en voz más honda aún:

-Estoy con usted.