Las exequias de la leona

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Las exequias de la leona
de Félix María Samaniego



En su regia caverna, inconsolable
El rey león yacía, 
Porque en el mismo día
Murió ¡cruel dolor! su esposa amable. 
A palacio la corte toda llega,
Y en fúnebre aparato se congrega. 
En la cóncava gruta resonaba 
Del triste rey el doloroso llanto; 
Allí los cortesanos entre tanto 
También gemían porque el rey lloraba; 
Que si el viudo monarca se riera,
La corte lisonjera
Trocara en risa el lamentable paso. 
Perdone la difunta: voy al caso. 
Entre tanto sollozo
El ciervo no lloraba, yo lo creo; 
Porque, lleno de gozo,
Miraba ya cumplido su deseo. 
La tal reina le había devorado 
Un hijo y la mujer al desdichado.
El ciervo, en fin, no llora; 
El concurso lo advierte:
El monarca lo sabe, y en la hora 
Ordena con furor darle la muerte. 
«¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo, 
Si apenas puedo hablar de regocijo? 
Ya disfruta, gran rey, más venturosa, 
Los Elíseos Campos vuestra esposa: 
Me lo ha revelado, a la venida, 
Muy cerca de la gruta aparecida.
Me mandó lo callase algún momento, 
Porque gusta mostréis el sentimiento.» 
Dijo así; y el concurso cortesano 
Aclamó por milagro la patraña.
El ciervo consiguió que el soberano 
Cambiase en amistad su fiera saña.


Los que en la indignación han incurrido 
De los grandes señores
A veces su favor han conseguido 
Con ser aduladores.
Mas no por esto advierto
Que el medio sea justo; pues es cierto 
Que a más príncipes vicia
La adulación servil que la malicia.