Las ilusiones del doctor Faustino: 14

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- XII - El marqués de Guadalbarbo[editar]

El personaje cuyo nombre sirve de epígrafe tenía cerca de cincuenta años de edad y más de veinticinco mil duros de renta. Era viudo y sin hijos.

En la fértil y extensísima dehesa de Guadalbarbo había un castillo feudal, desde donde, según contaba el marqués, pelearon sus heroicos progenitores contra los moros, durante seis o siete siglos. Los maldicientes afirmaban que el abuelo del marqués había sido lechuzo; que enriquecido en tiempo de Carlos III, había comprado aquella dehesa y otras fincas, y que su padre, cuyas bufonadas hacían reír mucho a María Luisa, había titulado después. Pero, como quiera que sea, ora vertiendo la sangre de los infieles, ora haciendo derramar lágrimas a los fieles y atrayendo a los labios de una graciosa reina la dulce risa, es lo cierto que el marqués de Guadalbarbo tenía renta y título, vinieren de donde vinieren.

Algo había heredado del carácter alegre y de la chispa y amenidad que tan útiles fueron a su padre; pero, en el fondo, era un señor muy grave, morigerado y a veces austero. Su hermana mayor, la condesa del Majano, estaba casi en olor de santidad, y el marqués se asesoraba con ella a menudo, y solía tomarla por norma y pauta de su conducta.

Deseoso el marqués de recorrer sus Estados, y de abandonar, al menos por una corta temporada, el bullicio y las intrigas de la corte, había venido a la tierra de D. Alonso, donde poseía algunos bienes.

Un mes hacía que estaba allí. La condesa del Majano se devanaba los sesos por averiguar qué le detendría tanto tiempo. El marqués apenas escribía, y cuando escribía era muy lacónico.

Por último, como diez días después de la partida del doctor Faustino, escribió el marqués a su hermana una extensa carta que lo declaraba todo y que trasladaremos aquí íntegra.

La carta rezaba:

«Querida hermana mía: Cuando te refiera las causas y razones que me detienen aquí, no lo extrañarás, como me dices que lo extrañas. Tú misma, a fuerza de lamentar los vicios, los desórdenes y los escándalos de esa capital, me has disgustado de ella y me has impulsado a venir entre estas gentes sencillas.

«Estoy contentísimo aquí. He hallado un amigo excelente en un caballero principal llamado D. Alonso de Bobadilla, el cual reúne dos prendas que rara vez se hallan juntas: es activo, cuidadoso de sus cosas, entendido en agricultura y ganadería, sabe, en suma, dónde le aprieta el zapato, y es al mismo tiempo el hombre más temeroso de Dios, más devoto y más amigo de ir a la Iglesia que he conocido en mi vida. Cuando no está en el campo, cuidando de su hacienda, suele estar en el jubileo o en alguna novena, y rara vez en el casino.

»Mucho me ha servido la amistad de este hombre, así para mejorar mis bienes con sus consejos, como para mi contentamiento espiritual con su agradable trato.

«El tal D. Alonso es viudo, como yo, pero con la dicha de tener una hija preciosa. No he visto jamás criatura más llena de candor. Y no creas que es tonta, ignorante ni parada. Al contrario, Costancita, que así se llama, tiene extraordinario despejo y viveza. Su claro entendimiento está bastante cultivado: pero su educación ha sido sólida y muy cristiana, hasta rayar en la austeridad. ¡Qué interesante y hermosa contraposición se advierte entre su malicia infantil, sus risas y sus chistes, y la ignorancia santísima de todo lo malo, que desde el fondo de su puro corazón viene a iluminar sus inocentes travesuras!

»El recogimiento con que ha criado a Costancita una señora, tía suya, que permanece doncella, ha sido extraordinario, y ha dado, como debía suponerse, los más sazonados frutos. Ya que Costancita es mujer, y, como dice su padre, ha salido a volar, ni con su misma tía se acompaña. La tía vive aparte, y Costancita siempre al lado de su papá, que está hecho un Argos y no la deja ni a sol ni a sombra.

»Nunca ha leído Costancita ni una sola de estas perversas novelas que ahora se escriben, sino libros de devoción, algo de historia y mucho de Año Cristiano. Cose y borda con notable primor; por encargo de su padre me ha hecho una petaca de pita, que es un prodigio de paciencia; y sabe preparar y condimentar mil deliciosos platos de dulce y repostería, que le enseñaron las monjas, en cuyo convento entró con su tía cuando pasó Gómez por aquí. Luego permaneció en el convento más de dos años, y casi fue menester que su padre la sacase de allí por fuerza, porque se había encariñado con aquellas benditas madres y se empeñaba en tomar el velo.

»Criada así Costancita, es un ángel en la tierra. Hace muchas limosnas; envía flores y cera a la iglesia del convento donde estuvo, y es fervorosa devota de la Purísima Concepción.

»La tía, a quien llaman la niña Araceli, es muy buena señora, salvo que se enfurece cuando juega al tresillo y pierde. Y eso que jugamos a ochavo. Y digo jugamos, porque yo le hago la partida muy a menudo.

»No he visto gente que mire menos a su propio interés, en ciertas cosas, que esta niña Araceli y este bueno de D. Alonso. ¿Quieres creer que tienen un pariente en un lugarcillo no muy distante de aquí; que este pariente no tiene absolutamente sobre qué caerse muerto, y consintieron ambos en que viniese a vistas para que se casase con Costancita si los primos se gustaban?

»Por dicha, el tal pariente, que ha estado aquí algunos días, es un pedantón de siete suelas, pervertido con las espantosas y abominables doctrinas que ahora se enseñan en las universidades, y tan impío que nadie le ha visto en misa una sola vez. ¿Cómo había de convenir semejante trasto a doña Costancita? Así es que apenas si ella le ha mirado. Ha sabido tratarle con afabilidad, como a pariente, eso sí; pero sin hacerle caso como a novio; tal vez sin caer en la cuenta de que venía a pretender su mano, porque la pobre niña, a pesar de lo lista y avispada que es en todo aquello que no puede inclinarse ni torcerse a lo pecaminoso, tiene completamente cerrados los ojos sobre ciertas particularidades. Tengo motivos para estar convencido de ello, y esto es lo que más me encanta.

»En fin, el primo ateo se ha largado a su lugar, con viento fresco, convencido de que no se ha hecho la miel para la boca del asno, y, estoy seguro de ello, sin haber obtenido siquiera ni una mirada amorosa de su prima. Pero ¿qué mucho, si su prima no sabe emplear sus hermosos ojos en semejantes liviandades? Yo la he observado con persistencia y no he sorprendido jamás que mire a nadie, sino como Dios manda. Sólo mira ella con intensidad amorosa, pero ¡de cuán distinto género! cuando mira a su padre o contempla en la iglesia la imagen de algún santo o de alguna santa.

»¡Qué diferente es esta Costancita de tantas y tantas señoritas de Madrid, que tienen novios a montones, que coquetean con unos y con otros, que no hay nada que ignoren y que son tan desenvueltas!

»¡No puedes figurarte lo que me he acordado de ti, cuando hacías la justa censura, ya de ésta, ya de aquella joven de la sociedad madrileña, porque me veías propenso a entrar en relaciones, y querías retraerme de tan funesta inclinación, mostrándome los peligros que me amenazaban! «Costancita es todo lo contrario -me decía yo entonces-. ¡A ésta sí que no la censuraría mi hermana!»

»En fin, para qué hemos de andar con rodeos. Tú eres la primera persona a quien doy parte. Costancita me ha enamorado perdidamente. Con ella no son posibles coqueteos, ni términos vagos. Ni se la puede hablar al oído, ni sacarla a valsar, ni entretenerla con unas relaciones que no conduzcan al matrimonio con el beneplácito de su familia. La honestidad y decoro de Costancita, el recogimiento con que vive, el respeto que infunde su honrado padre, y la misma sencillez e ignorancia de la linda muchacha, no consienten otra cosa. Rendido a la evidencia de estas razones, y prendado, cautivo, casi enfermo de amor, he buscado el único remedio posible y decoroso. He pedido a D. Alonso de Bobadilla la mano de su hija doña Costanza.

»D. Alonso me ha dicho que por su parte se honraría en ser mi suegro; pero que en nada quiere contrariar la voluntad de su hija; que la consultaría, y que sería lo que Costancita quisiese.

»Costancita ha pedido diez días para decidirse.

»Hoy ha cumplido el plazo de los diez días, y Costancita me ha hecho el más feliz de los hombres aceptando mi mano».

Así, salvo los cumplimientos y memorias, terminaba la carta del marqués. Y aunque sea adelantar demasiado algunos sucesos, turbando el orden cronológico rigoroso, añadiré que a las tres semanas de escrita la carta que dejamos copiada, en presencia de la virtuosa condesa del Majano, que vino aposta de Madrid, y sin boato, galas ni preparativos, porque la modestia de Costancita lo repugnaba, se celebraron sus bodas con el enamorado marqués, limitándose D. Alonso, en vez de los tres o cuatro mil duros que prometía, a dar dos mil duros al año, que el generoso marido, con otros cuantos miles más, señaló a su mujer, para que se vistiera como correspondía, y pudiera desquitarse con usura, después de la boda, de la carencia de joyas, galas y dijes que se había notado en ella.


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