Las justicias de Cirilo

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Era su señoría don Cirilo Sorogastúa, subdelegado de Chachapoyas, todo lo que se entiende por una autoridad sui generis y por un juez tipo único en esto de administrar justicia. Algo así como Sancho en la ínsula.

Allá en los tiempos en que el virrey Amat vendía los cargos públicos al mejor postor, ocurriole a don Cirilo, gallego, más burdo que golpe de martillo sobre el yunque, comprar un empleo que diera importancia a su persona.

Había cuando vino al Perú principiado por trabajar como mayoral en una mina, y a fuerza de economía y perseverancia logró reunir un capital de cinco mil duros, que con maña y suerte alcanzó a decuplar. Cirilo se convirtió en don Cirilo, y con este cambio de posición brotaron en su alma vanidosos humillos.

Cuando tomó posesión del cargo, don Cirilo, que a duras penas deletreaba letra de imprenta y firmaba con gurrupatos ilegibles, comprendió que necesitaba los servicios de un secretario para el despacho, y contrató por veinte pesos al mes para el ejercicio del puesto a un tinterillo o picapleitos del lugar.

Era el don Cirilo hombre desaseado y en cuya cabeza nunca había servido peine, pues se alisaba los cabellos con los dedos. El secretario le aconsejó que por el bien parecer y decoro de la autoridad llamase a un rapista y pusiera barba y cráneo bajo su dominio. Resignose don Cirilo, y según él decía, pasó en una hora que duró el afeite las penas todas del purgatorio. Limpio ya de pelos, constituyose en su salón a administrar justicia.

Presentáronle un ladrón de bestias en despoblado, delito de abijeato, que dicen los criminalistas. El tal declaró que pasando por una hacienda se enamoraron de él los cuadrúpedos, echándose a seguirlo de buena voluntad. El dueño aseguraba lo contrario, y entre uno que afirmaba y otro que negaba, hallábase el juez perplejo para pronunciar su fallo: «Aquí hay un ladrón o un calumniador a quien penar» díjose don Cirilo. «¿Cuál de los dos habla verdad? Ahora lo sabremos».

Y volviéndose a los del litigio, les dijo:

-Párense frente a la pared y escupan lo más alto que puedan. Obedecieron los contrincantes, y la saliva del ladrón cayó dos pulgadas más arriba que la del acusador.

-¡Ah, pícaro calumniador! ¿Escupe torcido, y quiere que le crean y tener justicia? -gritó furioso el juez.- Merece usted que ahora mismo lo mande escopetear.

-Con perdón de usía -interrumpió el alguacil,- en el pueblo no hay escopetas.

-Que lo afeiten y lo peinen, da lo mismo.

Diole cuenta el secretario de que una dama se querellaba por escrito de que otra hija de Eva la había llamado mujer y no señora, siendo ella, la agraviada, señora y muy señora en todas sus cosas.

-A ver, secretario, ponga usted la providencia que voy a dictarle: «Pruebe la recurrente, con reconocimiento de médico y matrona, que no es mujer, y fecho proveerase».

El secretario pasó a leerle un recurso que principiaba así: «El infrascrito, maestro de escuela de la villa, ante usía respetuosamente expone...»

Don Cirilo no quiso oír más; porque interrumpiendo al lector, gritó encolerizado: «¡Cómo se entiende! Aquí no hay más infrascrito que yo, que soy la autoridad, y vaya el muy bellaco al la cárcel por usurpación de título. ¿Qué más tiene usted para despacho?»

-Queja de un labrador contra el repartidor de agrias de regadío. Dice así la sumilla: «Pide un riego antes que se le sequen los melones».

-Escriba usted: «Como la subdelegación no gana ni pierde con que se sequen o no se sequen los melones, el subdelegado decreta que nones».

Entre dos indios compraron una vaca, y fui el caso que después de pagada, se les ocurrió que cada uno era dueño de la mitad del animal. ¿Cómo hacer la división? Uno de ellos calculando que, en caso de morirse el animal, sacaría mejor provecho de los cuernos, testuz y toda la parte delantera, de donde se obtienen los mejores y más codiciados trozos de carnes, la pidió para sí. Su compañero se conformó con ser dueño de la parte posterior de la vaca; mas como ésta se alimentaba por la boca y daba a luz los terneros por la parte opuesta sobrevino litigio.

-El documento es terminante y la solución clarísima -dijo don Cirilo. -El cuidado y gasto de alimentación corresponden al dueño de la parte delantera, sin que nadie tenga derecho para inmiscuirse en si la vaca comió grano o hierba, y los provechos, que son los mamones y la leche de que se elaboran la mantequilla y el queso, competen al otro dueño. Esto es llano como el cigarro de Guadalupe, «yo fumo y usted escupe», o como el festín de Daroca, en que el pueblo puso las viandas y el alcalde la boca.

Y no hizo don Cirilo más justicias por aquel día. Pocas, pero morrocotudas y como para inmortalizar su nombre.