Las nacionalidades :4

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Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876


Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones)


Capítulo II

Idea de la formación de grandes naciones. Esfuerzos por la unidad de Italia y Alemania

¿Querrá decir esto que yo desee la reconstitución de las pequeñas repúblicas? Responderé más tarde. Declaro, por de pronto, que soy decidido adversario de la formación de grandes naciones por los distintos criterios que hoy prevalecen en Europa.

La revolución de 1848, que tanto agitó y conmovió a los pueblos, dio vida y cuerpo a la teoría de las nacionalidades, hasta entonces aspiración algún tanto vaga, y la hizo bandera de guerra. Carlos Alberto, rey de Cerdeña, se propuso dar unidad a Italia, y no vaciló en proteger abiertamente a Lombardía y Venecia, sublevadas contra el Austria, ni en prestar su auxilio a Parma y Módena, que se habían levantado contra los Borbones. Batió a los austriacos en diversos campos de batalla y les tomó a Pescara y Pizzighettona; pero, derrotado a su vez, primero en San Donato y después en Novara, no sólo tuvo que desistir de su empresa, sino que también abandonó su reino, abdicando la corona en favor de su hijo.

Federico Guillermo de Prusia tuvo también el pensamiento de dar unidad a Alemania, no la misma decisión ni el mismo arrojo. Quiso convocar un Parlamento nacional, y se dejó ganar la mano por una reunión en Heidelberga de representantes de diversos Estados germánicos. Codiciaba la corona del Imperio; y cuando se la ofrecieron, vaciló en tomarla. Se negó a recibirla, y más, al saber que Rusia terciaba en las contiendas de Austria con Hungría. El Parlamento alemán se había abierto, sin embargo, en Francfort y redactado una Constitución alemana: la idea de la unidad había entrado en las vías de hecho. Fracasó aquí la empresa merced a la cobardía del rey de Prusia, a la resistencia de los demás soberanos a respetar la obra del Parlamento, a la reacción que se verificó en Europa al caer de los italianos y los hurgaros. Se encargó el mismo Federico Gusilermo de ahogar en sangre las protestas armadas que con esta ocasión se hicieron dentro y fuera de su reino.

No se volvió a hablar en mucho tiempo de la reconstítución de las dos naciones. La idea, con todo, iba ganando el ánimo de uno y otro pueblos, y halló al fin hombres de Estado capaces, por su habilidad y su energía, de irla realizando: al conde de Cavour, en Italia; al de Bismarck, en Alemania. El de Cavour interesó a Francia en favor de su pensamiento, y le debió sus primeras victorias contra el Austria; el de Bismarck logró adormecerla. Hoy es ya un hecho Italia; otro hecho, Alemania.

Mas ¡qué de sangre y lágrimas para llegar a este resultado! Tres guerras con Austria costó la unidad de Italia: mas sin fruto, la del año 48; otra para ganar a Lombardía, la del año 59; otra para libertar a Venecia, la del año 66, en que venció Víctor Manuel perdiendo en dos combates. En la primera lucharon los italianos solos; en la segunda, unidos con los franceses, dieron las tremendas batallas de Magenta y Solferino; en la última, favorecidos por los prusianos, lucharon en Lissa y Custozza. Y hubo de invadir Garibaldi con sus voluntarios las Dos Sicilias y llamar en su auxilio los ejércitos del rey para arrojar de Gaeta a Francisco de Nápoles. Y hubo de echar por la fuerza de las armas a los duques de Parma y Módena y ocupar los Estados del Papa.

No fue menos costosa la unidad de Alemania. En 1848 intervino ya Prusia en las cuestiones de los ducados del Schleswig-Holstein con Dinamarca, tomando por motivo el principio de las nacionalidades y peleando como instrumento y brazo de la Confederación Germánica. Si fué afortunada por tierra, sufrió por mar grandes reveses; por tierra distó de alcanzar victoria en la batalla de Flensburgo, que fué la postrera. Hubo de retirarse, al fin, ante la actitud amenazadora de Suecia y la mediación de Inglaterra y Rusia, sin obtener más que el derecho de nombrar a dos de los cinco comisarios que habían de constituir en adelante el Gobierno de los ducados.

En 1863 se renovó la guerra. La Dieta de Alemania se decidió por la independencia del Schleswig-Holstein, y Prusia se lanzó otra vez a la lucha. Fue a los ducados con Austria, que la temía; y aun así, hubo de pelear recia y bravamente por arrancarlos a Dinamarca. Se los arrancó; y si al principio los compartió con su aliada, los poseyó después exclusivamente por el tratado de Gastein en 1865.

Un año después, el 66, estallaba la guerra entre Prusia y Austria: guerra sangrienta y feroz, en que Prusia, unida con Italia, tenía a su enemiga entre dos fuegos. En la sola batalla de Sadowa perdieron los austriacos, entre muertos y heridos, hasta 42.000 hombres; no menos de 12.000 los prusianos. No hablaré de los soldados que sumbieron en los combates de Podol, Nachod, Trentenau, Buguersdorf, Skalitz, Munchengraetz, Sarornirz y Gitschin, ni de los que perecieron en la campaña del Mein, donde luchaba Prusia con otros Estados de Alemania. Austria, en todas partes vencida y con el enemigo a las puertas de Viena, hubo de capitular con el rey Guillermo, sin salvar más que sus propios Estados. Declaró disuelta la Confederación Germánica, se adhirió a la reorganización que se hiciera de Alemania, se excluyó de la nueva nación y se reservó el solo derecho de ser consultada sobre los lazos que pudieran establecerse entre la Confedecación del Sur y la del Norte. De la del Norte hizo, desde luego, árbitra a la vencedora Prusia.

Fué, sin embargo, necesaria otra guerra más larga y más costosa para asegurar la unidad de Alemania. Francia empezaba a espantarse de las consecuencias de su impremeditada política para con Italia: veía ya, no sin inquietud, la formarión en torno suyo de tan poderosas naciones. Se preocupó, sobre todo, cuando vió desvanecida la esperanza y tal vez eludida la promesa de llevar a las márgenes del Rin sus fronteras del Nordeste. Supo luego que, merced a tratados especiales, componían indistintamente el ejército alemín las tropas de los Estados del Mediodía y las del Norte, y no podía ya reprimir ni su despecho ni sus iras. Necesitaba sólo un pretexto para lanzarse a la guerra. Dejó pasar el de la cuestión del Luxemburgo, y aprovechó el de haberse tratado de poner a un Hohenzollern en el trono de España. Grande y terrible fué esta lucha. Tantas batallas para Francia, perdidas como empeñadas; rendiciones en masa de ejércitos formidables; Napoleón, después del desastre del Sedan, corriendo a los brazos del rey Guillermo; Metz, capitulando con una guarnición de 100.000 hombres; París, sitiado, bombardeado y ganado por hambre; la paz obtenida por los franceses con la condición de entregar las provincias de Alsacia y Lorena y tener al enemigo en sus plazas fuertes ínterin no le diesen cinco mil millones de francos. Calcúlese ahora los sacrificios de Alemania para alcanzar tan brillantes triunfos: la nación, toda en armas; las riquezas de la nación, puestas al servicio de los ejércilos; la sangre de la nación, vertida a torrentes.

¡Si con esto se hubiese cerrado siquiera el período de las guerras hijas de la reconstitución de Alemania e Italia! No permiten creerlo así ni la actitud ni el carácter de Francia. Francia espía la ocasión de vengarse. Repara sus fuerzas, rehace sus ejércitos, aprovisiona sus arsenales y sus parques y se apresta a la lucha. No es fácil que se resigne ni a verse burlada ni a perder el predominio que venía ejerciendo en Europa. Por no perderlo se deshizo de Luis Felipe y derribó el segundo Imperio. Se hará, si asi le conviene, brazo del Catolicismo para herir a las dos nuevas naciones, cosa de no extrañar, atendidos su tradición y sus hábitos. ¡Y qué! ¿Valía la pena de tantas y tan calamitosas guerras la unidad de Italia y de Alemania?