León de Hoyos

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Yo recojo lo que fue mío, donde lo encuentro.

Eso me pasa hoy con un cuentecillo que en La Opinión Nacional, diario político de Lima, ha publicado su ilustrado director, sólo que, valgan verdades y dicho sea sin falsa modestia, mi cuento, como relato, aparece mejorando. Declaro que el fondo es mío, pero la forma del relato es ajena. -Tiene la palabra el periodista amable.

Muchos de nuestros contemporáneos recordarán el febril entusiasmo que, allá por los años de 1862 a 1863, hubo en nuestros centros sociales y políticos con motivo de la intervención europea en Méjico.

Cada plazuela era una asamblea, cada concurrente un orador, cada poeta un Tirteo.

Especialmente en el teatro, hasta las señoritas pagaban tributo de americanismo, pues se las exigía que cantasen estrofas del himno nacional.

-¡El palco número 10! -gritaba algún mozalbete, y el público todo clamoreaba.

Y no había tu tía. Supiera o no supiera modular notas, cantaba una de las niñas del palco.

Felizmente apareció un redentor.

Entre los artistas vocales improvisados, descolló uno de poderosa voz de bajo, y engreído con ella, no desperdiciaba ocasión de lucirla.

Era un caballero, a quien conocimos y que se llamaba don León de Hoyos.

Y verdaderamente que honraba el nombre. Sabía rugir.

Pues bien; compadecido de los apuros en que la exigencia del público ponía a las niñas, se hacía solicitar él y pasaba el chubasco.

Pero llegó a encariñarse tanto con su amabilidad, que pretendió el monopolio absoluto.

-¡La del palco número 21! -apuntaban algunas voces.

-Sacaré la cara por ella -decía Hoyos, y nos endilgaba la estrofa:


«Largo tiempo el peruano oprimido
la ominosa cadena arrastró...,» etc.


-¡Las del palco número 15!

-Sacaré la cara por ellas -y soltaba esta estrofa:


«Ya el estruendo de broncas cadenas», etc.


-¡La del número 9!

-Sacaré la cara por ella -y nos aguantábamos aquello de


«Por doquier San Martín inflamado», etc.


Hasta que un chusco, nada menos que el festivo poeta Juan Vicente Camacho, aprovechando de una pausa, gritó con toda la fuerza de sus, por entonces, robustos pulmones.


«Salimos del León de Iberia:
¿no saldremos del León de Hoyos»


¡Tapón!