Lectura del cuento de las flores

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Historia de una rosa (1864) de José Zorrilla
de Lectura del cuento de las flores
seguido de Confidencias y serenata a S. M. C. doña Isabel II


Lecturas

de

don José Zorrilla

en el Casino Español en 1864


Imprenta de Andrade y Escalante. Calle de Tiburcio, Nº19

1864

I[editar]

Episodio de la mía
es la historia de una rosa,
tan punzante como hermosa;
una Rosa a quien yo amé.
En mi huerto se abrió un día;
de mi huerto la arrancaron,
a la corte la llevaron,
y tras ella mi alma fué.

De una reina al pie del trono
la pusieron, y aromaba
el palacio donde estaba
como un búcaro oriental;
a la corte daba tono
y adorada era en la corte:
era la luz, era el norte,
el encanto universal.

No había noble mancebo
ni millonario hacendista
que a la suprema conquista
no aspirara de su amor.
No salía un libro nuevo
que su nombre no llevara,
ni un poeta que cantara
ni otra mujer ni otra flor.

Yo era pobre…, mas mi acento
que melódico y canoro
encerraba en sí un tesoro
de armonía y de pasión,
una noche fió al viento
esta amante serenata,
que al oído de mi ingrata
penetró por un balcón.

II[editar]

SERENATA
Para huir de mi huerto, tus hojas, Rosa,
se te tornaron alas de mariposa:
pero yo que las alas del amor tengo,
por tu rastro en el aire tras de ti vengo;
y perderle no puedo, pues cuando subes
por el éter te aplauden astros y nubes.
Abre, pues, tus balcones a mis cantares,
y a mi alma de tus ojos los luminares.

¡Sal, mi lucero,
para que yo te diga cuánto te quiero!

Tras tu huella me guía cuando te alejas
la estela luminosa que tras ti dejas;
en vano estar oculta de mí pretendes:
por el olor que exhalas doquier te vendes:
y a ti, aunque no perciba tu luz ni esencia,
como a la mar el río, va mi existencia,
para que yo te siga jamás me cierra
paso a través ni viento, ni mar ni tierra.

¡Sal, que te llamo
para decirte a solas cuánto te amo!

Tu presencia es la vida que me sostiene:
tu vista el alimento que me mantiene:
son tus ojos espejos donde me miro
y tu aliento es el aire con que respiro;
son tus recuerdos dulces, ¡oh dulce dueño!,
pabellón cuya sombra me guarda el sueño.
Rompe el tuyo al instante, si estás dormida;
sal a dar con tus ojos luz a mi vida;

¡sal, mi tesoro,
para que yo te diga cuánto te adoro!

Yo no cuento por horas de mi existencia
las que de ti privado paso en tu ausencia.
Mi corazón abiertos en el espacio
de mi pecho te tiene templo y palacio;
en su palacio vives de mí señora,
e idólatra en su templo mi alma te adora.
Perfumero de eterno vital perfume,
faro que en mi alma nunca su luz consume,

¡sal, vida mía,
a que su ídolo adore mi idolatría!

De tu boca, más fresca que aura de río,
cae la sonrisa en mi alma como un rocío;
tu voz es a mi oído música grata
cual de arpa que en la sombra su son dilata;
tus palabras del cielo son armonía,
los besos de tu boca miel y ambrosía.
A tu balcón un punto sal, mi embeleso,
y en el aura nocturna mándame un beso.

¡Sal, dueño mío;
sentirás que yo en otro mi alma te envío!

Mas entre las mil lenguas del mundo entero,
no hay una que te exprese cuánto te quiero;
en vano a cuantos genios me asisten llamo
a que por mí te expliquen cuánto te amo.
¡Ay!, tu amor me rebosa por cada poro,
y a tus pies en silencio caigo y te adoro.
Dame un átomo ardiente del amor tuyo,
tendré luz en mí mismo como el cocuyo.

¡Sal, te lo ruego,
para que abrase tu alma mi amor de fuego!

DESPEDIDA

Pero no, ya no salgas, estrella mía,
porque ya en el oriente despunta el día:
no salgas, porque el doble sol de tus ojos
a la luz de el del cielo va a dar enojos.
¡Adiós, sol de las flores, rosa sultana;
rosal de mis amores, hasta mañana!

III[editar]

Esta cántiga amorosa
que yo enviaba sólo a Rosa,
en la noche silenciosa
en palacio resonó:
y la reina, que vivía
en palacio y que la oía,
se encantó con la voz mía
y al palacio me llamó.

Yo conté a la reina altiva
mi pasión inmensa, insana:
y la noble soberana
en su corte me admitió:
y mirando compasiva
un amor tan violento,
a mi Rosa en su aposento
visitar me permitió.

Yo a los pies caí de Rosa;
para mi alma enamorada
era el mundo entero nada:
sólo a Rosa vi yo en él;
pero Rosa era orgullosa,
y de un día en el espacio,
con el aire del palacio
se olvidó de mi vergel.

El loor que recibía,
los festejos y las galas,
daban viento y daban alas
a su ciega vanidad.
«Yo te quiero», me decía,
¡mas al día muchas veces
con desdenes y esquiveces
me abrumaba sin piedad!

Yo la amaba como a un ángel,
con celeste idolatría,
y a mi amor correspondía
como una mujer vulgar:
yo un amor la consagraba
emanado de los cielos;
¡y ella el dogal de los celos
me apretaba sin cesar!

Rosa era conmigo a solas
toda expresión, toda fuego:
llegaba un galán… y luego
me dejaba a mí detrás.
Este amor de eternas olas
era un mar jamás en calma:
y en tal tempestad, mi alma
no reposaba jamás.

En esta marea eterna
de desdén y de cariño,
mi amor, débil como un niño
y cobarde como él,
contrajo profunda, interna
y letal melancolía:
nostalgia que me impelía
sin cesar a mi vergel.

Mas… ¡volver sin ella! Un día
proponerla osé la vuelta,
y «no», me dijo resuelta.
¡Era coqueta!, así es
que prescindir no podía
de tener a cien galanes,
inodoros tulipanes
siempre abiertos a sus pies.

Un amor real, profundo,
solitario y exclusivo,
y otro amor banal del mundo
no se pueden nunca atar.
Era Rosa tan dichosa
como yo infeliz y esquivo:
yo en mi estancia silenciosa
no me hartaba de llorar.

La reina, que se pagaba
de mis cantos y mis cuentos,
en uno de estos momentos
me pedía una canción:
y yo, infeliz, que me ahogaba,
caía a sus pies de hinojos,
las lágrimas en los ojos,
y el duelo en el corazón.

En las cortes, los pesares,
el amor y el sentimiento
son niebla presa del viento
que jamás se posa allí:
sin placer y sin cantares,
a mi reina fuí enojoso:
a mis rivales fuí odioso,
todo el mundo huyó de mí.

Y como Rosa orgulloso
yo, cuya alma ardiente y viva
es como una sensitiva
plantada en mi corazón,
reventando de celoso,
en mi aposento apartado
me encerré desesperado
a morir con mi pasión.

Mas de allí… tras la persiana
de mi balcón, que caía
a los jardines, veía
noche y día coquetear
a Rosa, llevando ufana
en redor sus cien galanes:
y al fin con tantos afanes
pensé de un golpe acabar.

Rompí mi laúd sonoro,
mis cantares y leyendas;
destruí todas las prendas
que guardaba de su amor.
Aún la amo y aún la lloro,
mas rompí su indigno yugo:
entre víctima y verdugo,
morir solo era mejor.

Tomé, huyendo, del palacio
la marmórea escalera:
mas de Rosa mensajera
me abordó una dueña allí
y me dió una margarita:
flor, oráculo de amores,
que en la lengua de las flores
significa: «¿Me amas? –Dí.»

Tan impudente descoco
me pareció la ironía
más amarga y más impía;
a mi aposento volví,
y de ira y de celos loco,
esta carta por respuesta
la escribí, y en manos puesta
de su enviada, partí.
¡Aun recordarla me cuesta
lágrimas! Decía así:

«Al huir de ti, traidora,
recibo de ti un mensaje,
que es, a fe, el postrer ultraje
que me podías hacer.
Lo que preguntas ahora
con candidez tan artera,
debe por la vez postrera
respuesta mía tener.

Me preguntas si te quiero;
no, Rosa, porque te adoro;
y el grande amor que atesoro
en mi ardiente corazón
es mayor que el mundo entero,
ciego, idólatra, profundo,
para el cual no tiene el mundo
lengua, voz, ni explicación.

¡Me preguntas si te quiero!
No hay idioma que te explique,
aunque el hombre centuplique
de sus lenguas el poder,
el amor que absorbe entero
toda mi alma y mi existencia:
este amor que hace la esencia
de la esencia de mi ser.

¡Me preguntas si te quiero!
¡Te idolatro, vida mía!,
y la ciega idolatría
con que te ama mi pasión,
al amor más verdadero
sobrepuja en tanto grado,
que igual nunca ha germinado
en humano corazón.

¡Que si te amo! Dios lo sabe
que este amor en mi alma puso:
Dios, que en ella le envió infuso,
cuando Él mismo la encerró
en el pecho en que me cabe
esta pasión tan inmensa,
que no aguarda recompensa
más que en Dios que la inspiró.

Este amor, que tiene celos
hasta de la luz que miras
y del aire que respiras,
es tan noble y tal leal,
que es capaz de ir a los cielos
a hacerte de mi alma ofrenda,
cuando tu alma se desprenda
de tu cuerpo terrenal.

Con oír no más tu acento,
con sentirme en tu presencia,
siento abrirse a mi existencia
una eterna juventud:
y al contacto tuyo siento
no el deleite del sentido,
sino un placer desprendido
de la eterna beatitud.

Mas de esta pasión celeste
que imprimió en mí un sello eterno,
no quiero que haga el infierno
una pasión infernal;
y aunque la vida me cueste,
voy lejos de ti a acabarla
por no parar en cortarla
rabioso con un dogal.

Porque tú no has comprendido
la pasión que me devora,
voraz, única, señora
soberana de mi ser;
caí por ella rendido
a tus pies como un esclavo;
mas ¿qué me debes, si al cabo
no pude otra cosa hacer?

Cuando a tus plantas inerme
caer de hinojos me viste,
¡un esclavo más!, dijiste
en tu orgullo de mujer.
¡Nunca!, aprende a conocerme:
yo seré tu esclavo: pero
he de ser solo: no quiero
que puedas otro tener.

Tu amor…, no intentaré nunca
arrancármele del pecho:
yo con tu amor satisfecho
moriré sin tener más.
Mas si mi amor no se trunca
jamás, jamás se doblega:
como entero a ti se entrega,
no parte el tuyo jamás.

¡Adiós! Exigir no debo
que, si no puedes, me ames;
no me busques, no me llames:
me has perdido y te perdí.
Yo tu amor en mi alma llevo
puro, eterno… ¡Dios me asista!
Tú tendrás mientras yo exista
un altar dentro de mí.»

Y le tiene; aún arde ilesa
de su amor en mí la llama;
aún la llora y aún la ama
en silencio el corazón.
Ya la edad sobre mí pesa,
pero virgen todavía
guarda fiel el alma mía
su poética pasión.

Diz que Rosa fué duquesa:
mas vivió tan desdichada
que murió desesperada
acordándose de mí;
y a la boca de su huesa
que avarienta la esperaba,
con voz débil exclamaba:
«yo le amaba y le perdí.
¡Ay de mí!».

Comprendió sólo a la orilla
de la oscura sepultura
el amor y la ventura
que con mi alma la ofrecí.
Fué la gala de Castilla:
su vanidad satisfizo;
mas infelices nos hizo:
se perdió y me perdió a mí.
¡Ay de mí!

Yo perdí el juicio, el aliento,
el poder de mis cantares,
y los brezos a millares
brotar en mi huerto vi:
perdí la voz, el talento,
mis gérmenes creadores,
y los genios que en mis flores
se albergaban junto a mí.

Yo quedé sobre la tierra
sin objeto y sin destino:
a mi tumba me encamino
sin darme razón de mí.
El amor que en mí se encierra
en un loco no más cabe;
yo me ignoro… y nadie sabe
lo que soy, ni lo que fuí.

Y ella, ¡ay!…, hasta perdió acaso
su derecho al paraíso,
porque Dios tal vez no quiso
recibir a su alma allí;
porque yo siento su paso
cada noche en mi aposento,
y todas las noches siento
su alma errante junto a mí.

Todas las noches se sienta
su sombra junto a mi lecho;
y apoyándose en el pecho
donde abrigo a su amor di,
con presión que no calienta,
con voz que apenas percibe
mi oído que la recibe,
me pregunta: «¿Me amas, di?»

Y yo siento que mi aliento
flaco y lento
le responde: «¡Te amo, sí!»
Y la sombra enamorada
en mi frente un beso deja,
y a pesar suyo arrastrada
por la atmósfera se aleja,
y exclama desesperada:
«¡Me ama!, ¡le amo… y le perdí!
¡Ay de mí!»
Y del espacio infinito
allá en el vacío extenso,
se propaga en eco inmenso
aquel último ¡ay de mí!,
y yo pienso
que dentro del caos denso
de mi cerebro, repito
aquel flébil ¡ay de mí!

IV[editar]

Así vivo: esta es mi historia;
mi postrera Rosa es ésta;
he aquí lo que me resta
de mis flores…, ¡ay de mí!


Si yo a exigir me atreviera
que el público me dijera
si aceptaba o no la Rosa
que vine a ofrecerle aquí,
¿en todo el salón no hubiera
ni un amante calavera,
ni una enamorada hermosa
que me dijera que sí?