Lejos del nido: Cómo supe la historia

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Lejos del nido
de Juan José Botero Ruiz


Había andado ya largo camino, el sol declinaba, y viendo que llevaba buena jornada, resolví buscarme una posada cómoda para pasar la noche que se llegaba a las zancadas. Tenía necesidades de descanso. La mula que montaba casi no daba paso, y a pesar de arrimarle la espuela sin mucho miramiento, ella no se daba por notificada y continuaba oreja-caída y en su cachazudo paso.

A ésta, y a un lado del camino, divisé una casa pajiza con corredores de teja, muy blanqueada, arbolada, y acequia que cruzaba una llanurita tan empastada, que hizo alzar la cabeza a la mula y dar un fingido de robuzno, como quien dice: "¡quién te comiera!"

No vacilé, ¡zas! Empujé la puerta del golpe, que daba entrada a aquella provocativa posada, y dirigiéndome a la casa seguí por el llanito: ¡plan!, ¡plan!, ¡plan!. ¡plan!...

-¡Adiós mi señora!, grité al llegar al patio de la casa. Latió un perro adentro y en seguida asomó a la puerta una muchacha simpática, de color moreno; un tanto aindiada, caricontenta y aseada, la cual, antes de que yo le dirigiera el saludo, me dijo:

-Prosiga, señor.

-Gracias, niña, le contesté, ¿el dueño de la casa?

-Es mi madre, me replicó, y mirando atrás gritó:

-Madre!, aquí esta un señor...

Salió la mamá y después del saludo que nos cruzamos, le pregunté si le sería fácil darme posada por aquella noche, a lo cual contestó:

-¡Eh! Cómo no, señor, si Ud. Se resuelve a pasarlo mal.

-A juzgar por lo que veo, será de perlas.

-Ello no, señor, porque no hay comodidades, pero voluntad...

-¿Y para qué más, si señora?...

Esto diciendo eché pie a tierra, desensillé la mula, conseguí para ésta maíz con la patrona, la cual, al volver del interior de la casa, a donde había ido a dar no sé qué órdenes, sacóme al corredor un taburete para que descansara, diciéndome:

-¿Ud. No habrá comido?

-Estoy trozado de hambre. Ojalá me hiciera preparar alguna cosa.

-Entonces siéntese aquí para que descanse, yo voy en una carrerita a hacerle comer, mientras vienen los muchachos para que entretengan, y me dispensa.

-Ud. Es la que debe dispensar la molestia que vengo a proporcionarle.

-Es ninguna, me contestó dejándome solo.

Recosté el taburete a la pared, en el corredor, rastrillé un fósforo, encendí un cigarro, y... como en mi casa.

Entretenido estaba viendo revolcarse la mula a todas sus anchas; oyendo el trinar de los azulejos y de las mirlas en los naranjos, mezclados esto con el ruido del agua de la acequia, y aspirando: unas veces e humo del tabaco y otras el aire fresco y perfumado del campo a aquella hora, cuando alcancé a oír la trova de los hombres que venían bajando por una loma frontera a la casa:

Cuando a lavarte la cara
bajas a la quebradita,
los que cogen agua abajo
toman el agua, bendita.

Cantaba el uno, y el otro contestaba:

Las flores de la montaña,
con ser tan bellas las flores,
al verte pasar se inclinan
y entre las ramas se esconden.

Entonces el primero volvió:

Esta mañana se fue
my triste la vida mía,
solamente me dejó
la...

Al llegar aquí del verso habían caído a una cañada y no pude saber cómo concluía éste. Y, ¡qué voz la de aquellos hombres! Ya se ve; aquí en Antioquia, en las montañas y al aire libre, se desarrollan pulmones que harían la envidia de algunos cantores de la ciudad.

Los rústicos trovadores llegaron. Eran los hijos de la patrona. Me saludaron respetuosamente, pero con cariño. Y pronto entramos en plática. Hablamos de varias cosas y cuando ya se estableció entre nosotros alguna confianza, yo que tenía presente el reciente canto, les dije:

-¡Hombres! ¿A ver cómo acaba uno de los versos que venían cantando cuando cayeron en aquella cañada?

-¡Nosotros! No, señor... ni sabemos cantar, contestaron, poniéndose como una curaba.

-Pero, ¿cómo me lo niegan si los oí?

-No, señor serían otros...

Y sea por ese temor respetuoso del campesino, o por que lo tomaron a burla mía, es lo cierto que no me acabaron aquel cojo cantar y me dejaron chasqueado.

Entre tanto las sombras de la noche comenzaron a extenderse por aquellos campos y en el cielo iban apareciendo claras como chispas de fragua, las estrellas, a tiempo que en la sala de mi posada se extendía también, sobre una aseada mesa, un muchacho más aseado mantel, apareciendo sobre él tan confortable cena, que... para chuparse uno los dedos y quedar como un pito timbeño.

Así me ví aquella noche y, como pude, impedido de vientre con tal manduqueo, me separé de la mesa y calla que callandito, recosté una silla a la pared, la ocupé y llevando la vista al techo de la casa, me quedé aletargado en una especie de somnolencia digestiva, como boa después de engullirse un ciervo.

A poco llegó la patrona, se me sentó al lado y yo, por hablar algo, para evitar un ataque apoplético, le dije:

-Esta casa o finca...

-Es mía, señor, y la tiene a su disposición, me interrumpió.

-Gracias, le contesté, está en buenas manos.

-Y..., argulló ella, a su vez, de dónde viene el señor y para dónde va?, si no es imprudente la pregunta...

-Vengo de los pueblos de Occidente y voy para Rionegro.

-Buena tierra, me dijo, yo también soy rionegrera.

-¿Con que paisanos?, me alegro.

-Y yo más, quiero tánto a esa gente.

-¿Hace tiempo vive por aquí?

-Desde que tuvo lugar la guerra del General Borrero, por allá en el 51.

Y esta finca... la heredaría de su esposo, pues por lo que me han dicho es usted viuda.

-Parte y poca, me dejó el pobre, lo demás tiene su quisque y bien quisque, que si yo le contara.

-¡Ah!... y, ¿por qué no?

-Es, señor, que para llegar a esto, hay una historia tan larga que sería el cuento de nunca acabar.

-Si es cosa que merezca la pena, soy todo oídos.

-¡Válgame! Que la merece, la merece. Supóngase Ud.

-Aguárdese, mi señora, le interrumpí, viendo que la cosa llevaba traba de cuento largo.

Entonces fui a la montura, desaté una manta, volví con ella, me tendí de largo en una banca, sirviéndome cabecera un tercio de maíz, encendía otro cigarro, me froté las manos, porque hacía frío, y vuelto a la patrona le dije:

-Ahora, sí, cuente.

Entonces, y al compás del ruido que hacían afuera la acequia y una de esas interminables lloviznas de tierra fría, comenzó Luisa, que así se llamaba aquella mujer, una historia con la cual me entretuvo hasta cerca del amanecer, y que, aquella sencillez y natural gracia de mi huésped, y sobre todo, el aplomo de quien refiere lo que vio, voy a narrar en los capítulos siguientes.