Leyenda toledana. La ajorca de oro

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Leyenda toledana. La ajorca de oro
de Gustavo Adolfo Bécquer

Nota: «Leyenda toledana. La ajorca de oro» (28 de marzo de 1861) El Contemporáneo, año II, nº 83: p. 1.


FOLLETIN DE EL CONTEMPORANEO.

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LEYENDA TOLEDANA

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LA AJORCA DE ORO

I.

 Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa, con esa hermosura que no se parece en nada á la que soñamos en los ángeles, y que sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio á algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
 Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y solo se encuentran martirios; amor que se asemeja á la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo para la espiacion de una culpa.
 Ella era caprichosa, caprichosa, y estravagante como todas las mujeres del mundo.
 Él supersticioso, supersticioso y valiente como todos los hombres de su época.
 Ella se llamaba María Antunez.
 Él, Pedro Alfonso de Orellana.
 Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.
 La tradicion que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos años, no dice nada mas acerca de los personajes que fueron sus héroes.
 Yo, en mi estidad de cronista verídico, no añadiré una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.

II.

 Él la encontró un dia llorando y le preguntó:—¿Por qué lloras?
 Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió, á llorar.
 Pedro entonces, acercándose á María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del rio, y tornó á decirle:—¿Por qué lloras?.
 El Tajo se retorcía gimiendo al pié del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y solo eI monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.
 María esclamó:—No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer sin que los revele mas que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginacion sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.
 Cuando estas palabras espiraron, ella tornó á inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.
 La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo á su amante con voz sorda y entrecortada.—Tú lo quieres, es una locura que te hará reír; pero no importa, te lo diré puesto que lo deseas.
 Ayer estuve en el templo, se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen colocada, en el altar mayor sobre un escabel de oro resplandecía como un ascua de fuego, las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entónaban el Salve regina.
 Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego en la imágen, digo mal, en la imágen no; se fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto; un objeto que sin que pudiese esplicármelo, llamaba sobre sí toda mi atencion. No te rias... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y torné á rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increible inquietud...
 Salí del templo, vine á casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir, no pude..... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento..... Al amanecer se cerraron mis párpados y, ¿lo creerás? Aun en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí; porque no era ya la virgen que yo adoro y ante quien me arrodillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reia mofándose de mi.—¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya.—¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano; ¿la ves? pues no es tuya, no lo será nunca, nunca..... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero esta, esta que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador..... nunca..... nunca.....—Desperté, pero con la misma idea fija aquí, entonces, como ahora, semejante á un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás..... ¿Y qué?.... Callas, callas y doblas la frente..... ¿No te hace reír mi locura?
 Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:—¿qué virgen tiene esa presea?
 —La del Sagrario, murmuró María.
 ¡La del Sagrario!! repitió el jóven con acento de terror, ¡la del Sagrario de la Catedral!... Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.
 —¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? prosiguió con acento enérgico y apasionado; ¿porqué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona, ó el diablo entre sus garras? Yo se la arrancarla para ti, aunque me costase la vida ó la condenación. Pero á la Virgen del Sagrario, á nuestra santa patrona, yo..... yo que he nacido en Toledo; imposible, imposible!
 ¡Nunca! murmuró María con voz casi imperceptible; ¡nunca! y siguió llorando.
 Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del rio. En la corriente que pasaba y pasaba sin cesar ante sus estraviados ojos, quebrándose al pié del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.

III.

 ¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de jigantes palmeras de granito, que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnifica, bajo la que se guarece y vive con la vida que le ha prestado el genio, toda una creacion de seres imaginarios y reales.
 Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ogivas, donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.
 Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fé de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado á porfia el tesoro de sus creencias, de su inspiracion y de sus artes.
 En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra.
 La consuncion material se alivia respirando el aire puro de las montañas, el ateismo debe curarse respirando su atmósfera de fé.
 Pero si grande, si imponente se presenta á nuestros ojos á cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda, como en los dias en que desplega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oto y pedrería, sus gradas de alfombras y sus pilares de tapices. Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos mas profundos hasta las más altas agujas que le coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad del Dios,que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
 El mismo dia en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnifica octava de la Virgen.
 La fiesta religiosa habia traido á ella una multitud inmensa de fieles; pero ya está se habia dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba, en que se apoyó un instante mientras dominaba su emocion, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de la lámpara permitía distinguir sus facciones.
 Era Pedro.
 ¡Qué habia pasado entre los dos amantes para que se arrestara al fin á poner por obra una idea que solo al concebirla se habían erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.
 La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.
 No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, ó murmullos del viento, ó quién sabe, acaso ilusion de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltacion lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora á sus espaldas; ora á su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
 Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó á la verja y subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario á cuya sombra descansan por toda una eternidad.
 —¡Adelante!—murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecia que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales. Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron á su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones dé sillería.
 —¡Adelante!—volvió á esclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas ó luz dudosa, mas imponente aun que la oscuridad. Solo la reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.
 Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le tranquilizara un instante, concluyó por infundirle temor; un temor mas estraño, mas profundo que el que hasta entonces habia sentido.
 Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla, estendió la mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca; la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía á una fortuna.
 Ya la presea estaba en su poder, sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural: solo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenia miedo de ver; de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y Ios rayos de luz que semejantes á blancos y jigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y estraños.
 Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.
 La catedral estaba llena de estátuas; estátuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos, y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila. Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pages, cenobitas y villanos, se rodeaban y confundían en las naves y en el altar; á sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces, inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles suspendidos de las bóvedas, pululaban como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
 Ya no pudo resistir mas; las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobre humano, y cayó desvanecido sobre el ara.
 Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pié del altar, tenía aun la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse, esclamó con una estridente carcajada.—¡Suya, suya!!
 El infeliz estaba loco.

FIN.