Lo ineludible y otros cruentos

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Lo ineludible y otros cruentos
de Antonio Domínguez Hidalgo



Lo ineludible y otros cruentos.

Primera Edición 1967.

ÍNDICE



LO INELUDIBLE...

LOS MUERTOS TAMBIÉN LLORAN

La Vida Gris

Un ángel en la calle

Este sol... este sol...




LO INELUDIBLE...

Pasa de la medianoche. Ni los grillos se oyen. Las sombras lo han invadido todo y la ciudad parece desierta. Acaso por ahí, como ruidosa alma en pena, algún automóvil rechina sus llantas al doblar forzadamente a toda carrera alguna enrevesada calle o el ladrido de un perro envidioso de los deleites diabólicos de los gatos en su orgía de ratas, rompe la calma de las dos de la madrugada.
La silueta de un hombre emerge entre las tinieblas nocturnas atravesando el jardín de una mansión fastuosa, un impresionante chalet de estilo gótico hundido entre las lomas de la gran zona residencial de abolengos millonarios. Capricho de ricos nuevos, nostálgicos de su prosapia servil que al fin se encontraba encumbrada en la propiedad que sus tatarabuelos nunca hubieran podido poseer en los antiguos regímenes.
El hombre, como fantasma satánico perseguido por cruces amenazantes, se desliza rápidamente; parece flotar a toda la velocidad que puede, cual si huyera de algo, de alguien...
En cuanto llega a la férrea reja que circunda la enorme y sombría construcción, como observado por espantadas gárgolas, se detiene agitado unos instantes, respira y de golpe se da cuenta de ellas; las mira con sobresalto y entonces se ve que tiembla. Su respiración se escucha tan ahogada que da la apariencia de asfixiarse. Hasta los latidos violentos de su corazón se es-cuchan desmesurados.
Durante algunos minutos permanece meditabundo; como tratando de controlarse y retomar el aire que le falta. De improviso, sin más ni más, apresuradamente como lo ha hecho antes, regresa a la puerta del caserón, cual si de pronto recordara algún olvido.
Abre con precipitación el enorme portón de madera labrada y no se detiene a contemplar, como acaso en otros tiempos, las muecas estáti-cas que le hacen las figuras talladas en él. Los ojos de seres monstruosos fijan su mirada brutal y aterrada en inmóviles amenazas sin hacerle mella. La hojarasca en alto relieve parece aprisionar sus condenadas figuras. Sólo le molesta el peso de la portaza al empujarla y el rechinido al abrirse. Algo lo vuelve a estremecer, pero no son los horribles entes grabados. Ellos no representan ningún peligro para él que se adentra con presura. Simples convidados de madera.
Desde el jardín se ve que la luz de una habitación se enciende y una ventana de piso a techo trasluce la silueta del hombre agachándose por algo. De inmediato vuelve a apagarse. Ense-guida se mira nuevamente salir al hombre miste-rioso. Algo lleva con gran esfuerzo. Arrastra un bulto; algo envuelto en una fina colcha de tejidos árabes. Con gran fatiga e inundado en sudor, se dirige a la parte más oscura del boscoso gran jardín que rodea a la mansión.
Llega con pesadez hasta unos arbustos que forman un pequeño redondel, cuyo centro queda totalmente oculto por obra de enredaderas y ramajes y pone al lado su carga. Corre con ra-pidez hasta el muro del fondo donde se vislumbra una covacha y penetra en ella con gran prisa. Unos cuantos ruidos después sale con una pala y se mete al centro del redondelillo. Principia a cavar.
No sin mucho trabajo y algunos rasguños de las ramas de los arbustos que cual garras trémulas y desesperadas tratan de evitar lo que el hombre hace, termina de escarbar tan profundo, que fosa mejor oculta no podía haberse medi-tado. No la ha hecho a lo largo, pues es imposible debido al estorbo que los arbolillos hacen. Por eso el hoyo queda como un pozo, estrecho, pero hondo. Allí hace caer el bulto que entra como hecho a la medida y lo va rellenando de modo frenético con la tierra que había sacado. El abultamiento que se produce con el excedente de tierra queda como a propósito para evitar que los arbustos se doblen. —Perfecto— se dice. — Mejor no podía haberlo hecho. Qué bueno que me fijaba en los trabajos de los jardineros. Ni sospecha habrá. La lluvia hará que la tierra se fertilice y el verde estará mejor matizado por sus gusanos. —
Como calmado y con una insinuada sonri-sa se limpia el sudor que escurre por su frente y se agolpa en su nariz. Saca un cigarrillo y lo en-ciende tremulante. Aún se le ve nervioso. Unas bocanadas y se mira como entrando en una fase de serenidad.
Un poco más tranquilo, con lentitud pero con decisión, comienza a limpiar toda huella del bulto arrastrado y regresa hasta el portón para introducirse nuevamente en aquella gran residencia acastillada.
Cruza una espaciosa estancia de elevado techo, decorada con gran lujo y comodidades al estilo medieval y se dirige al cuarto de baño anexo a este grande salón. Una vez en él, se desnuda, abre las llaves de la regadera y se ba-ña. El silencio total demuestra que aquel hombre es, a esas horas, el único habitante del palacete. Sólo se escucha la presión del agua al salir por la tubería y la respiración que va amortiguando las rapideces del misterioso. Inmóvil por unos instan-tes y recargado en la pared de azulejos italianos exhala un suspiro de alivio.
Al paso de un cuarto de hora sale de darse la ducha. Viste una fina bata de colores extrava-gantes y se dirige como con placer a un estupen-do y mullido sofá suntuosamente recamado en tonos dorados. Busca en los bolsillos de su único vestuario y saca un alargado cigarrillo. Toma el encendedor dispuesto para ello en la cercana mesa de centro, hecha de mármoles europeos, y lo enciende. Como si nada hubiera hecho con anterioridad, se recuesta a lo largo del exquisito mueble y apoyando la cabeza aún humedecida en la bracera, fija lo ojos en el techo decorado con medallones barrocos y se dice a sí mismo:
— Tenía que hacerlo. No había otro recur-so. Nadie lo notará; era la única forma de resol-verlo. Todo quedará oculto. Pasarán años para que lo descubran, si acaso. Mientras, yo podré olvidarlo todo. Me iré al extranjero — sonríe — y cuando regrese, si quiero, sólo habrá polvo de su cadáver. Todo ha salido perfecto... — Y sus ojos brillaron como justo acompañamiento a la sonrisa burlesca que sus labios insinúan. — Además era una cualquiera que nadie de mi familia ni de mis amistades conocía. Una simple aventura donde se me pasó la mano, pero que ya arreglé. Cómo iba yo a saber que no aguantaría el faje y que le fallaría el corazón. Se veía tan buena. Estaba tan buena. Por poco hacía la idio-tez de huir. Cuando los criados vinieran a hacer la limpieza, hubieran sin duda descubierto el ca-dáver y llamado a la policía. ¿Cómo lo hubiera explicado entonces? Los cintarazos, los moreto-nes, las mordidas, las pinchadas. Mi ocurrencia fue genial y creo que hasta comienzo a disfrutarla al recordar cómo mientras me venía en ella, la estrangulaba con el cinturón. — Cerrando los ojos, como reviviendo un placer, se apretuja el pene que comienza a dar muestras de erección y va destapándose la bata como para masturbarse. —Sólo de recordar esa momento, se me revuel-ven las ganas de... —De pronto el ruido de la re-gadera que se abre, se escucha en el piso de arriba e incorporándose alarmado, pierde la exci-tación de sus lúbricos recuerdos. — ¿Qué fue eso? Si estoy totalmente solo, ¿de dónde sale ese chorro de agua que parece producirse en el baño de mi recámara? Es como cuando he esta-do cogiendo con alguien allí. O con ella... No, qué digo; son mis fantasías. Es mejor que me vista y me largue. Dejaré un recado al mayordomo o a la ama de llaves que me fui a Nueva York y regresaré dentro de tres meses. Luego me comunicaré con ellos por teléfono. Al fin que están acostumbrados a mis ausencias. Los gerentes de mis fábricas también saben que me encanta viajar a allá. ¿Qué problema puedo tener yo, si todo lo tengo? — Respira entonces profundamente y sube a sus aposentos a vestir-se. —¡Era una simple prostituta! — Ante el re-cuerdo de los golpeteos oídos, siente un leve es-tremecimiento, pero continúa su camino.
Al llegar, revisa las llaves de la regadera, pero están cerradas. Hace un gesto de estoy loco y se dirige a abrir el clóset. Escoge un pantalón del que sea, un saco informal y unos zapatos a la moda; cuando principia a vestirse, del cuarto de baño de su recámara sale ahora, cual de la nada, el ruido que se produce como cuando alguien resbala y cae. Su rostro se enarca violentamente, queda como paralizado unos segundos y en me-dio de un gesto de pánico, sus ojos refulgen un miedo inesperado. El aliento torna a hacerse agi-tado y con lentitud palpitante intenta aproximarse al sitio del ruido. — ¿Y eso qué es? Nnno... nnno creo que sea... es mi imaginación. Me siento aún muy nervioso y por esa causa oigo exageracio-nes. Mejor me voy ya.
Pálido y con los labios temblorosos se es-cabulle de aquel lugar con impetuosa prontitud. — Son mis nervios... sólo mis nervios. Yo no ten-go miedo a nada. — Y decidido sale nerviosa-mente hacia la calle tratando de disimular algo como explosivo pavor. Un extraño presentimiento le impulsa a movilizarse con rapidez. Inexplica-blemente alcanza a escuchar cómo bufa el agua hirviente que con furia parece salir de las regade-ras de los baños.
Afuera, la oscuridad le parece más sinies-tra y esto lo impulsa a desatarse en una gran ca-rrera como si sintiera que alguien lo comenzara a perseguir. Corre entonces a toda velocidad por las silenciosas calles ondulantes de los lomeríos residenciales. Todos los demás palacetes están a oscuras y en silencio, cual si nadie los habitara. La penumbra se va haciendo más densa y su mente febril parece escuchar los estertores últi-mos de la estrangulada cada vez más cercanos. El desierto de las calles se pierde en su tambale-ante velocidad y cansado de tanto correr se sienta en un tronco de un árbol derribado. Su nueva-mente agitado aliento parece hacerlo desfallecer, cuando de súbito siente que el árbol se mueve y el hombre se levanta aterrado al ver una silueta que viene hacia él gritándole con voz de ultra-tumba: ¡Espera!
El asesino siente desmayarse, pero sacan-do energías supremas de su pánico y tropezando al principio con las primeras hondonadas de los montes que van apareciendo, vuelve a echarse a correr, mientras un viento desesperado acrece violentamente el movimiento de las ramas de los árboles.
En tanta prisa se ha alejado, sin darse cuenta, de la lujosa zona residencial y se ha me-tido al bosque que se hincha de tantos árboles, arbustos y ramajes y se adentra en los cerros que sirven de rinconada palaciega a tantas mansio-nes. En su aterrada huida toma conciencia que ya se encuentra en las afueras de la ciudad. A lo lejos se escuchan las campanas de un reloj que marca las cinco de la mañana.
Fatigado y sudoroso en su desesperada carrera vuelve a escuchar los pasos que parecen perseguirlo y al voltear, claramente ve los ojos exorbitantes en agonía amoratada de la hermosa mujer que había asesinado al anochecer.
Dando tumbos, cayendo y volviendo a le-vantarse, acelera subiendo una colina con la se-guridad de que ha quedado atrás el peligro. Ba-ñado en sudor y a ritmo de su paso apresurado piensa: —No estaba muerta la maldita; ha de haber logrado salirse del foso y me persigue, pero no me encontrará la desgraciada. Tengo que huir a donde no podrá hallarme nunca. En cuanto amanezca me iré de aquí a un sitio imposible de ir para una pobre mujerzuela; nunca me locali-zará. Lo que no me explico es ¿cómo logró salir? Acaso fingió y yo estúpido me lo creí, pero… Otra vez las pisadas que se acercan, que me siguen, que parecen clamar venganza, ¡ooooh! ¿Qué me pasa? Siento que el cerebro me estalla; nueva-mente las oigo, vienen acercándose. ¡Allí está...! Viene acompañada con otros... Con las manos crispadas se aproxima amenazante ¡aaaahhh! — y el fugitivo echa a correr.
Con esfuerzos desesperados logra llegar a la cumbre de uno de los montes de mayor altura; trepa, resbala, cae, pero sigue subiendo. Se afe-rra a la tierra, a las piedras, a los matorrales que aparecen salvadores, pero la persecutora y sus acompañantes se acercan cada vez más y más.
Volteando hacia todos lados; busca un re-fugio que no encuentra. Llega a la cúspide, mas desde arriba nada se alcanza a ver con claridad. Sólo las primeras luces del alba insinúan que hay un abismo de rocas imponentes y duras delante de él. —Al fin—dice respirando difi-cultosamente, —no creo que me alcancen hasta aquí; me han perdido; los despisté; creo que pude confundirlos.—
De pronto se queda como estático, un tem-blor le agita todo el cuerpo, sus ojos parecen sa-lirse de sí y grita— ¡Nooo! Ahí están; se acercan con rapidez; se me abalanzan... — y el persegui-do grita aterradoramente como si sintiera las ga-rras furiosas de una mujer loba.
Sin fijarse en lo que va hacer, quiere conti-nuar su huida, pero al avanzar hacia delante cae entre las filosas rocas y se va rodando, rebotando hasta el fondo del barranco.

**********

Los primeros rayos de luz se dejan ver tras las montañas. La aurora de siempre llega a in-cendiarlo todo con su naranja solar e ilumina con sus tenues rayos, como sin querer, el cuerpo des-trozado y sangrante de un hombre, roto el cráneo y la mirada perdida en un pánico de estatua que revela en sus ojos el brillo de una como lucha infernal por huir de algo ineludible.
La policía y los curiosos que se arremoli-nan ante el macabro hallazgo se sorprenden de ese extraño suicidio, sobre todo cuando descu-bren que era el millonario industrial, dueño del palacio gótico tan lujoso de la más elegante zona residencial de la ciudad. Algunos comentan —...pero era tan rico, ¿qué le habrá pasado? —¿Por qué suicidarse?
Un agente judicial comenta a otro: —Por lo que se ve, nunca nadie lo sabrá.
— Como que huía de algo...— responde su pareja — ¿pero de qué...?
A esa hora las llaves de regadío automático se encienden en el refinado caserón del suicida y los irrigadores principian su eterna ronda de alimentar todos los rincones del espléndido jardín que luce su discreto, pero lujurioso encanto.


LOS MUERTOS TAM-BIÉN LLORAN

La risa ruidosa y violenta de un hombre se escuchó:
—¿Piensas que vas a causarme temor con esa tonta superstición?— decía — Sólo me haces reír; ten en cuenta que estamos comenzando un nuevo período de progreso; el siglo XX está prin-cipiando, mujer. No estamos en épocas pasadas cuando el hombre por su ignorancia, creía abso-lutamente en todo lo que le contaban. ¡Yo no soy un ignorante! ¿Para qué son éstas ridículas cos-tumbres de colocar durante éstos días, fuego, agua y comida a los muertos? La ciencia positiva nos ha abierto bien los ojos. Sólo es para que los curas se enriquezcan a costa de ustedes, tontos creídos.
—¡Señor! ¡No blasfeme! Son cosas sagra-das —asustada replicó una mujer, seguramente el ama de llaves de aquel hombre rico.
—¡No son blasfemias Dolores! Es la ver-dad.
—¿Entonces, no colocaremos la ofrenda para la señora Rita que en gloria esté?
—¡No! Yo no acostumbro eso. Los muer-tos, muertos son y ni modo. ¡No creo en supersti-ciones!
—Pero...
—¡No quiero hablar más de eso! Ordena que retiren ya el servicio de la cena.
—Mañana es día primero de noviembre, es día de todos santos...
—¡He dicho que no hables más de eso!
—Está bien señor, pero yo, quiera usted o no, le pondré su ofrenda a mi difunto esposo.
—Puedes hacer tus primitivismos, pero en tu cuarto, que yo no lo vea. Ahora ve a la cocina de inmediato y cumple mi orden, que casi es me-dianoche y yo tengo mucho sueño. Anda y que descanses.
—Está bien Don Bernardo, hasta mañana, que pase buena noche.
—¡Si! ¡Déjame en paz! — respondió despóticamente cerrando la entablerada puerta de cedro de su recámara.
Unos momentos después, habiéndose puesto su ropa de dormir, se dispuso a descansar y se acostó en su mullido colchón de plumas de ganso. (Ni modo. Una noche más solo. Total, yo ya disfruté de la vida. A descansar. ¡Qué me im-portan las ideas retrógradas!) Don Bernardo pensó.
No habían pasado unos minutos, cuando abrió los ojos y miró que ya había amanecido, se levantó como sorprendido y al mirar el calendario vio que era el día dos de Noviembre. Mucho le extrañó aquello, pero no le dio gran importancia.
—Qué rápido pasó la noche. – murmuró entre dientes. — Estaba tan cansado que dormí de un tirón como adolescente. — Desperezándo-se placentero, jaló entonces un cordón que hizo sonar una campanilla. Como todas las mañanas, llamaba a su valet para que lo ayudara a vestirse.
—¿Qué traje me pondré hoy? — Murmuró como satisfecho.
Triste se veía el amanecer novembrino. El cielo se contemplaba nublado; una friolenta ne-blina se extendía por todo el valle y no se escu-chaba el acostumbrado trinar de los gorriones que invariablemente saltaban en el verde jardín de su chalet.
Asomado a la ventana observó que nadie circulaba por las calles. Todo se avistaba tan soli-tario, tan silencioso, que más bien parecía el abandono de la noche a plena luz. Extrañado, Don Bernardo volvió a jalar el cordoncillo, pero no había la acostumbrada respuesta servil.
Lleno de furia salió de su suntuosa re-cámara dando gritos a su servidumbre que figu-raba estar perdida en la nada. Como nadie daba señales de existencia, bajó todavía más encres-pado llamando irascible a sus criados, mas nin-guno de ellos replicaba; la casa se hallaba como solitaria y él, a la sazón, se sentía el único habi-tante. De pronto notó que un humo blanquecino brotaba del piso como irrumpiendo por la hende-duras de las puertas y ventanas que daban a la calle.
Don Bernardo no podía explicar el porqué de eso y se dirigió a la puerta principal con el fin de asomarse a la calle. Llegando a ella, abrió y salió gritando como para llamar la atención de los vecinos; pidió ayuda, pero su voz sólo se perdió en un profundo vacío.
Cuando intentó regresar a su casa, la puer-ta se había cerrado y las llaves habían quedado dentro. Recordó a uno de sus amigos colindantes y hacia la casa de él se dirigió. Quedaba a sólo cuatro mansiones de la suya.
No bien había caminado una calle, cuando de pronto todo se oscureció y la neblina se hizo mas densa. En cada esquina la débil luz de los faroles brillaba y hacia uno de ellos se dirigió co-mo para sentirse menos temeroso de aquella ne-grura intempestiva. Sin embargo, de improviso, un viento fuerte y helado sopló tan intempestivo que apagó la débil luminiscencia aquella.
Comenzó a sentir un poco más de inexpli-cable resquemor y avanzó a otra esquina ilumi-nada, y para su sorpresa, de pronto la neblina principió a levantarse, como pesadamente. Cuan-do miró a su rededor, admirado se dio cuenta que se localizaba en las afueras del poblado.
— ¿Qué está sucediendo? ¿Estoy loco? ¿Desvarío? ¿Qué me pasa? — Murmuró inquieto.
Mientras tanto, aquel humo blanquecino que emergía de la tierra aceleró su abundancia y prosiguió cubriéndolo todo con una más espesa tiniebla; ya nada se distinguía perfectamente y él aparentaba flotar en el aire, pues sus pies no sentían la dureza del suelo.
De golpe, la luna brilló en el firmamento y todo quedó transformado en siluetas envueltas en movilidades de niebla.
Fatigado de caminar, Bernardo se sentó en una roca del camino para esperar a cualquiera que pasara por aquel lugar y pedirle ayuda.
No se distinguía color alguno, todo era grisáceo y cada vez más imperaba aquel extraño vaho vaporoso. En la mente de Don Bernardo se iban arremolinando violentos pensamientos obsesionantes:
—¿Porqué estará pasando esto? No acabo de entender. Todo parece tan real. –y volteaba hacia todos lados. Cuando acertó a mirar al cielo, vio que una deslumbrante luz descendía como dibujando una iridiscente escalera atiborrada de un gentío tan enorme que su rostro quedó extáti-co.
Cada vez se hacía más grande y se alar-gaba, semejante a un cometa de larga cola. Cuando tocó las alturas de la montaña hubo un resplandor tan gigantesco que todo pareció vol-verse un soleado día adornado de pequeñas lu-ciérnagas. Era un deslumbrante brillo en movi-miento que se dirigía entre los bosques vecinos hacia el poblado.
Don Bernardo, el hombre incrédulo y frío, sintió entonces, un intenso sopor. Insuflado de positiva curiosidad, se había acercado hasta ver claramente lo que era aquella cegadora luz.
Las figuras de decenas de personas se veían en un desfile luminiscente como hojas al viento. Parecían no tocar la tierra y algunas se mostraban demacradas, pálidas, ojerosas, llevan-do una vela encendida en la mano derecha. Sus ojos hundidos y sin brillo, mostraban, aún así, una inmensa alegría, como si por mucho tiempo hubiesen estado martirizados y ahora tuvieran un momento de aguardada felicidad.
Bernardo no podía dar solvencia a lo que veía. Esto no había sido explicado aún por ningu-na ciencia. No era válido. Sin embargo, allí esta-ban aquellos seres réprobos. Todos iban vestidos de una tela, al parecer suave, de color blanqueci-no; unos iban con la cabeza cubierta de la misma tela y otros portaban en ella un deslumbrante halo platinado e intermitente. Como autómatas caminaban con la vista fija hacia el frente, cual si algo les estuviese esperando y hacia ello se diri-giesen. Flotanderos, un suave viento les movía las túnicas que los vestían y las miradas se llena-ban de una esperanza presentida y tesonera.
Don Bernardo miraba todo aquello con es-tupor; veía que los de hasta adelante, estaban encadenados; quienes los seguían no portaban cadenas y los últimos, vestían sobre la túnica un hermoso terciopelo blanco que semejaba una estola alada.
A las espaldas de Don Bernardo todo per-manecía hundido en la oscuridad, pero un frío estremecimiento le hizo tener la pesada sensa-ción de que alguien lo observaba.
Sobresaltado volteó cuando sintió sobre su hombro el helado tacto de una mano que en él se apoyaba. Era una mujer delgada, de labios amo-ratados, de ojos desorbitados y vestida con una larga túnica negra.
—¿Quién es usted?— Aterrorizado inter-rogó Don Bernardo a aquella mujer que sólo di-bujó una sádica sonrisa —¿Quién es usted?— insistió.
—Sé que no me conoces.— respondió con voz pausada y hueca, como emitida en una ca-verna—Nunca has estado cerca de mí; te he im-portado tan poco. Recuerda, cuando tu madre murió, disfrutabas un ostentoso paseo por Euro-pa; cuando tu padre se fue para siempre, arregla-bas unos negocios muy importantes en la capital; cuando tu esposa tuvo que viajar a mis dominios, estabas divirtiéndote con otras mujeres en la gran ciudad.
—Sí, es cierto; lo recuerdo, pero yo no sabía que...— replicó con el pavor explotándole en los ojos.
—Ya ves que nunca has estado cerca de mí y ahora parece ser la primera ocasión. Tal vez definitiva. — Siguió diciendo con aquella voz sin tonalidades, seca, sórdida, siniestra— Mira quie-nes van allá encadenados —dijo levantando el esquelético brazo y señalando a dos de aquellos seres encadenados de la gran procesión.
—¡Son mis padres!
—Sí, tus padres. ¿Y sabes por qué van así?
—No
—Porque ellos tuvieron la culpa de que tú seas como eres; siempre te lo dieron todo; nunca hicieron que lo ganaras con un poco de tu esfuerzo. ¡Por eso están en el ámbito de los condenados! Si te arrepintieses los salvarías, pero no creo. Y mira más atrás.
—¡Mi esposa! ¿Y ella por qué?
—Por haberse casado contigo. Con un hombre de sentimientos corruptos que se cree saberlo todo. Sólo piensas en la comodidad que te da el dinero y no te preparas para el fin.
Pero míralos, te concedo que los contem-ples y veas hacia donde van— dijo desvanecién-dose en el eco de su voz espeluznante.
Don Bernardo los siguió trémulo y se dio cuenta que todos aquellos eran los muertos que bajaban a su ciudad. Entraban en las casas; lle-gaban hasta unos pequeños altares que, cubier-tos con servilletas blancas, maravillosamente bordadas en la orillas, les habían ofrendado sus parientes; había veladoras de fulgurantes luces, pequeñas calaveras de dulce, adornadas de mil colores; grandes y apetitosos panes; frutas jugo-sas y frescas y vasos pequeños con agua pura, cristalina, además de suculentos manjares.
Todos los que hallaban sus ofrendas, son-reían, se descubrían felices, danzaban, atravesa-ban las paredes como si fuesen cortinas de aire y un jolgorio de aleluyas descendía de los cielos.
Don Bernardo siguió a su esposa y a sus padres; los vio arribar hasta su inmensa hacien-da; entraron. Como todos, parecía que algo bus-caban, pero nada encontraban.
Sus ojos que antes despedían rayos de aliento, se entristecieron, quedaron absortos y abrazándose, comenzaron a desvanecerse en lágrimas.
Don Bernardo, al mirar esto, atravesando las paredes, entró y les dijo:
—¡No lloren! ¡Perdónenme! ¡No se vayan!
—¡Es inútil!— se oyó en el vacío la voz cavernosa de aquella insólita y escuálida presen-cia de mujer.
—¡Ahora sé quién eres tú! ¡Eres la muerte!
—¡Vaya! Al fin veo que me reconoces. ¡Míralos cómo sufren al deshacerse en la nada porque no tienen esperanzas de amor! ¡Oye cómo gimen por tu culpa! ¡No les hables en vano! No te escucharán, pero a mí, sí. Ve como me mi-ran aterrados, ve. Así estarán hasta que com-prendas que la alegría de la unidad sacra, la otorga el incesante recuerdo; eso que no me deja llevar a quienes los vivos no olvidan y con ello no los dejan morir para siempre. Tú nunca has llora-do por nadie ni por nada, pero un día te desharás en llanto porque nadie habrá que te recuerde. Como ellos también te verás, porque los muertos también lloran y sus lágrimas forman parte de su encadenamiento eterno.
La noche está terminando, el día se acer-ca. Tenemos que regresar al mundo de los des-carnados. Obsérvalos: todos van felices, con una esperanza, con una ilusión: la felicidad de no ser olvidados. Menos aquellos que nadie los recuer-da.
Comienzan a reunirse; casi es hora de par-tir y todos sonríen, menos los tuyos, ellos ya han regresado llorando. Adiós, hasta pronto, nunca olvides esto— dijo confundiéndose con un torbe-llino luminoso que soplaba y alejaba la escalinata refulgente hacia los cielos, como si el cosmos la devorara.
Don Bernardo vio la gran escalera que se perdía en el infinito cargada de seres etéreos. Todos erguían dichosos el rostro hacia el altísimo; menos los suyos que se habían esfumado entre sus llantos.
En esos instantes, un viento ciclónico co-menzó a soplar, tan potente, que casi levantaba a Don Bernardo del suelo y lo arrastraba como hoja insignificante. Sus ojos, llenos de consternación, de improviso se posaron en un cuerpo tendido sobre una elegante cama; era su cuerpo:
—¡Ese soy yo! ¡Es mi cuerpo!—Gritó mien-tras el aire brioso lo elevaba al infinito. —¿Acaso estoy muerto? ¡No! ¡No puede ser! ¡No! —
Clamando estaba eso, cuando abrió los ojos sudoroso y se incorporó súbitamente en su lecho. Se encontraba rodeado de sus criados que alarmados trataban de reanimarlo. Amanecía.
—¿Qué le pasa Don Bernardo? — acongo-jada preguntaba Dolores.
—Nada. Nada. ¡Qué espanto! — Murmuró sentándose trémulo y agitado a la orilla de la ca-ma. — Lo bueno que todo fue un sueño. Acaso un aviso ¿Recuerdas lo que me dijiste anoche?
—Sí, señor... de las ofrendas...
—Pues inmediatamente ordena que la hagan...
—¿De veritas?
—¡Sí! ¡Haz lo que te digo! ¡Fue un aviso! ¡Un aviso! ¡Rápido! Yo no quiero que los míos regresen llorando.


La Vida Gris

—¡Joaquín! — una angustiada y marchita voz femenina estalló en el silencio campesino de aquellas horas. —¡El río se ha desbordado!
—¡Sólo eso me faltaba!— una voz viril re-plicó. —¡Tenemos que salvar la cosecha!— y la figura de un hombre joven se vio salir corriendo bajo la lluvia torrencial.
El agua furiosa había llegado por las calle-juelas en declive del poblado y como ahogándose en ella, arrastraba las nacientes matas de algunos huertos al paso.
—Es ya demasiado tarde— dijo con acento de decepción al contemplar el desastre que esta-ba ocurriendo. —Se ha perdido todo. —y regresó completamente mojado y contrito a guarecerse bajo el tejado que cubría un pequeño corredor de aquella casa de ladrillos con apariencia de vieja hacienda ya muy deteriorada.
De improviso, un gesto de terror surgió en su rostro.
—Era la única esperanza de salvar el ran-cho. Con ese dinero que se sacara de la cosecha podríamos pagar las tierras hipotecadas. Ahora ya no podré…
—¡Dios santo!— exclamó aquella mujer chocando sus arrugadas y temblorosas manos como en oración.
—No te preocupes, nana. Algo podremos hacer.
—¡Ay, hijito! Pidamos a Don Edilberto y sus socios una prórroga.
—No, eso es imposible. De un momento a otro vendrán a hacer efectivo el préstamo que hace un año nos hizo para aprovechar la tempo-rada fértil y sembrar las tierras de la ladera y las del llano. No sospechaba este accidente. ¿Cómo es que fue caer esta pinche tempestad que no para? Tendré que dar el rancho como pago, el rancho que mis padres con tantos sacrificios lo-graron levantar y salvar de la revolución. Desde que ellos murieron, no he podido hacer que resurja el esplendor con que una vez lucía. Siempre me han negado los préstamos en el banco agrario. Cualquier pretexto ha sido bueno; que si no hay certificado, que es un ejido, que se expropió. De nada ha servido demostrar mis papeles de legal propietario. Creo que tengo mucha jodida mala suerte. Tal pareciera que la vida no me permite hacer lo que yo tanto deseo. Siempre pasan cosas que rompen con todo mi esfuerzo y entusiasmo. Ya ves, nana, siempre que he estado a punto de lograr algo, por cualquier razón todo se desvanece y quedo como antes, y a veces hasta peor. Sólo eres tú la única que no me ha abandonado. ¿Con qué voy a pagar también a los jornaleros?
—¡Cámbiate de ropa, Joaquincito! La que traes está mojadísima. —
—Tal vez éste sea el último trabajo que hagas para mí, nana. Liquidado todo, ya no hay nada que hacer aquí; iré a la ciudad para ver si allá puedo huir de la fatalidad que a cada instan-te me acecha.
— No te preocupes. Dios dirá y verás que todo puede resolverse. No es la primera vez que estamos en aprietos. Espérame tantito. Ahora mismo te traigo ropa seca— dijo aquella mujer de cabellos encanecidos mientras se dirigía con cier-ta rapidez al interior de la casa.
Cuando la nana se retiró, Joaquín dirigió su mirada hacia el llano para mirar los destrozos que el agua había causado. Quedó pensativo. El matiz dorado de sus ojos se veía devorado por la amargura y un furor brillante tremulaba en ellos.
Afuera la tormenta parecía arreciar, en lu-gar de disminuir. La Naturaleza se mostraba co-mo furibunda por algo.
—Aquí tienes la ropa y tantito cafecito; los peones están muy preocupados por lo que pasó y quieren hablar contigo. Llegaron todos empapa-dos por el corral.
—Diles que pasen y que nada teman; a todos les pagaré hasta el último centavo. Don Edilberto me dará una demasía luego de cobrarse el adeudo.
Apenas acababa de decir esto, cuando un puño de hombres morenos surgieron del fondo de la casa.
—¿Qué tal muchachos? Ya ven, la mala pata, pero no desconfíen; veré cómo les pago hasta el último centavo que voy ahora a quedar a deberles.
— Don Edilberto al quedarse con las tierras y el rancho, me va a dar una demasía.
—Eso no Joaquín; te somos ley; tus padres siempre trataron a nuestros padres como Dios manda y no te vamos a dejar solo en este caso de necesidad; pobres nacimos y pobres hemos de morir, pero siempre comprenderemos las penas de los demás. Sobre todo de ti que has sido cons-tantemente como un hermano más que un patrón. Todos hemos acordado no cobrarte, pues si es verdad que te vas pa’la ciudad, como nos lo acaba de decir Micaelita, todo ese dinero que nos debes, de algo te ha de servir, mientras encuen-tras trabajo.
—¡Eso no es justo!
—Nada de eso. No queremos nada. Basta con lo que vas a perder, para que quiéramos qui-tarte lo poco que te quede.
—Pero ustedes de qué van a vivir.
—Todos tenemos algo de maiz y animali-tos par’ irla pasando mientras don Edilberto nos contrata pa’ trabajar en sus otras tierras o en éstas.
—Se los agradezco con toda el alma, pero en cuanto yo pueda y tenga, vendré para recom-pensarles en algo esta pérdida. —Entonces todos quisieron despedirse y abrazarlo como en pésa-me. Rostros morenos en abierta muestra de leal-tad.
Una vez que se hubieron ido, Joaquín su-bió a su cuarto y se recostó como somnámbulo sobre el catre que le servía de cama y fijó su mi-rada en la ventana que dejaba vislumbrar todavía, la al parecer, infinita tormenta. Luego se quedó dormido.

<center>**********

Amanecía. Los gallos se escuchaban por todas partes y en la frescura del campo verde, el sol se miraba asomar por los montes.
Las mujeres hacendosas, junto a sus bra-ceros, hacían enormes y blancas tortillas. El olor de carne asada flotaba por la frescura de la ma-ñana. De pronto, en la puerta de la casa principal del rancho se oyeron fuertes golpeteos seguidos del rechinido que la abría y la figura de Micaela salió pensando ya, que venían a cobrar la hipote-ca, pues había vencido el plazo para pagarla.
—Buenos días— dijeron.
—Buenos días. ¿Qué desean?— Contesto Micaela.
—Queremos hablar con su patrón.
—¡Ah! Sí, los está esperando, pasen a sentarse. Ahora viene. — dijo temerosa.
Aquellos hombres miraban hasta el más apartado rincón, se susurraban y sonreían, mo-viendo de modo afirmativo la cabeza.
No habían pasado unos cuantos minutos, cuando la voz de Joaquín se dejó escuchar:
— Buenos días, señores. Estoy listo para finiquitar nuestro compromiso. Ya ven que no se pudo cosechar lo necesario debido al mal tiempo y arruinado...
— Así es. Lástima, Joaquín, pero los tratos son tratos y la fecha de pago de tu hipoteca ha vencido. Venimos a ejecutar el cobro. La deuda es fuerte debido a los intereses que no has cum-plido tampoco.
— Lo sé, señores. Tenía la esperanza de poder pagarles, pero ya ven, con el temporal, el río se desbordó y arrasó todos mis plantíos. Era la única forma de entregarles lo convenido, pero ahora ya no tengo con qué. Procedan a recoger todo lo que pueda ser objeto de pago. No tengo dinero ni más propiedad que ésta para garantizar el préstamo que me hicieron ustedes.
—¡Qué mala suerte la tuya! Nunca hubié-ramos querido hacer esto por el recuerdo de la amistad que nos profesábamos tus padres y no-sotros, pero...ya sabes, los negocios son nego-cios, como dicen los gringos. El señor licenciado tiene listos los trámites.
— Aquí tiene las escrituras, señor licencia-do, que avalan mi propiedad de estas tierras. Se encuentran endosadas a nombre de Don Edilber-to. — el licenciado cotejó la documentación y dic-taminó:
— Todo arreglado y en orden. Aquí tiene señor Joaquín los documentos del compromiso y su firma garante. Esta carta hace constar el pago de su adeudo y el paso de sus propiedades a nuestra compañía azucarera.
Joaquín tomó los documentos, los dobló y los puso sobre la mesa.
—Revísalos. —Le dijo Don Edilberto.
—¿Para qué? No hay necesidad. Nada peor me puede pasar. Confío en que todo ha quedado en regla. He perdido la herencia de mis padres que con tanto desvelo acumularon poco a poco. Hoy de un jalón todo se lo llevó la chinga-da. Ya qué.
—Fue un gusto trabajar con usted. — ase-veró el licenciado y le tendió la mano. Joaquín con cierto desgano correspondió la despedida.
—Bueno Joaquín, nosotros nos retiramos y te damos un plazo de una semana para abando-nar la finca. —dijeron los cobradores.
— No se preocupen. Hoy mismo me iré a la ciudad de México a buscar alguna oportunidad para resarcirme de este descalabro. Confío en mejorar mi suerte.
En cuanto los acreedores salieron, con la cabeza baja, Joaquín dio media vuelta y con el rostro invadido de una temblorosa tristeza que le hacía apretar los labios, se fue al cuarto que le servía de recámara. Allí estaba Micaela esperán-dolo con el breve equipaje que llevaría. Ella llora-ba:
— Ya están listas la maletas, Joaquincito. No te olvides de nosotros; cuando puedas, regre-sa para saber cómo te ha ido. Dios quiera que bien. Ya lo verás. Tú confía en él y él proveerá.
—Gracias, nana. Sólo me preocupa donde vas a quedar tú.
—Yo me voy a trabajar con el señor cura; le voy a preparar la comida y a lavarle su ropa. No te preocupes. Cuídate.
—Te aseguro, nana, que algún día volveré para resarcirte tus sacrificios para conmigo desde que mis padres murieron. Encontraré un buen empleo en la ciudad; ya verás. Reuniré algún dinero y regresaré. Lo presiento. Entonces volve-remos a vivir felices y si encuentro una buena mujer, mis hijos serán como tus nietos.
Micaela lloraba a más no poder y le daba sus bendiciones como si de su hijo se tratara. Con las palabras entrecortadas por el llanto le dijo:
— Es casi el atardecer y ya el camión de las seis, allá en el pueblo, pronto va a salir. Los muchachos te han preparado un caballo para llevarte y acompañarte.
—¡Ay, nana! ¿Hasta cuándo dejarás de preocuparte por mí?
—Yo te vi nacer, crecer y formarte. Cómo no te voy a querer. Eres como el hijo que nunca pude tener.
—Eres una santa. —afirmó conmovido Joaquín y despidiéndose, le dio un beso en la frente. Salió y ya los jornaleros lo esperaban.
—Adiós. — dijo a todos.
—Adiós, patrón. — decían agitando la ma-no.
Amenazaba nuevamente un aguacero. El cielo se había encapotado y el viento soplaba como si gimiera. Joaquín volteó para contemplar aquello que un día había sido de los suyos y de él. Los labios le temblaban y sus ojos se nubla-ban de llanto, pero no derramaba lágrimas. Se resistía. En su montura se veía firme y sereno, aunque de pronto bajó la cabeza y un gesto de rabia y dolor se diseñó en su rostro, mientras el aire arreciaba y movía sus cabellos, como con-solándolo.

**********

Allí estaba la ciudad, frente a él, inasible y majestuosa. Qué laberinto sin fin le parecía; agresivo, ruidoso; sin entender por dónde podría comenzar su recorrido ni dónde ubicar sus espe-ranzas. Todo lo envolvía de confusiones cual si un sueño lo apabullara con sus fantasmagorías. Había llegado a su destino, impreciso destino de un provinciano en la urbe mecanizada.
Caminó amplias calles, transitadas aveni-das; atravesó plazas y centros comerciales; se perdió entre callejuelas y temió no dar con el sitio que buscaba. Aún recordaba su primera visita a la ciudad hacía diez años, pero ya no correspond-ía a la imagen que se había hecho de ella; se en-contraba tan transformada. Así que después de una enorme caminata que le hizo arder de can-sancio las piernas, al fin pudo encontrar el pe-queño hotel que buscaba. Le asignaron una habitación y pagó por adelantado un mes. Subió con un cansancio de sueño y apenas hubo entrado a su cuarto, acomodó sus maletas y se sentó en la cama modesta que allí se encontraba. Sacó de un pequeño maletín un rollito de billetes y comenzó a contarlo. No era gran cosa, así que pudo acomodarlo en su destartalada cartera.
Miró entonces con mayor atención a su nuevo dormitorio. La alcoba era estrecha y húme-da y él, acostumbrado a la amplitud de su re-cámara se sintió oprimido. Apenas una pequeña ventana permitía la entrada de un poco de aire, por lo demás, nada de lujo se veía allí; acaso el baño que lucía impecable en sus azulejos. Sin luz eléctrica, reinaba una penumbra de miedo. Sin embargo, para el precio del alquiler y para lo que se proponía permanecer allí, era suficiente. Con que tuviera un lugar para dormir y asearse se conformaba. La cama de latón al centro, dos sillas y una mesa algo desvencijada, constituían el moblaje de aquella estancia.
—Apenas tengo un poco más de tres mil pesos.— pensó en voz alta. —¿Para cuánto me alcanzará? Espero encontrar rápidamente em-pleo; en un almacén o en una fábrica, donde sea; lo importante es comenzar con tener un trabajo lo más firme posible. Mientras tanto haré que me dure lo más que se pueda. — En ese momento el reloj de la iglesia de San José, sonó las tres de la madrugada. Joaquín sudoroso no tuvo fuerzas para darse una ducha siquiera y sin desvestirse se recostó y casi de inmediato quedó dormido.
Cuando abrió los ojos acababan de sonar las once de la mañana. Se incorporó violenta-mente como reconociendo el lugar donde se en-contraba, se desvistió y entró al baño. El agua de la regadera lo hizo recuperar la fuerza y pronto estuvo listo para emprender la aventura de con-seguir empleo en la urbe brutal.
Se arregló lo mejor que pudo, sacó del pantalón sucio la cartera y la guardó en el bien planchado pantalón que Micaela le había dis-puesto, se puso corbata y saco y convertido en todo un citadino, sin aires provincianos, salió al encuentro de la oportunidad esperada.
En cuanto llegó a la calle, lo primero que hizo fue dirigirse al puesto de periódicos para comprar uno y buscar la sección de empleos. Leyó una dirección y sonrió. Ese parecía un oficio adecuado para él, atender un mostrador y hacia el lugar indicado por el anuncio se dirigió toman-do un taxi.
El automóvil llegó a su destino. Joaquín sacó su cartera, tomó un billete grande y pagó. El chofer le devolvió su cambio. Bajó del coche, pe-ro al cerrar la portezuela, al reacomodar su carte-ra, ésta se salió del pantalón y cayó sin que Joa-quín se diera cuenta.
La dirección buscada correspondía a un enorme y elegante edificio. Joaquín no se ami-lanó, llegó hasta el elevador y subió hasta el cuarto piso donde se entrevistaría con los del avi-so. Entró a una oficina y una mujer de cierta edad lo atendió con cortesía:
—¡Lástima! El empleo que usted solicita ya fue otorgado esta mañana muy temprano. —Fue la desalentadora respuesta que Joaquín escuchó con incredulidad. Agradeció y salió algo desilu-sionado. Había que buscar otras direcciones. Como aún no había desayunado vio un pequeño restaurante y decidió tomar algún bocadillo. Buscó su cartera como para estar seguro de su dinero y el descubrimiento fue un golpe helado a su estómago.
—¡Mi billetera! No la traigo. ¿Dónde la habré tirado? ¡Oh! Sólo esto me faltaba. ¿Qué voy a hacer ahora?
Con el poco suelto que llevaba, tomó un autobús que lo llevaría al centro de la ciudad y aturdido, de pronto se encontró cercano a la calle donde se ubicaba su hotel. Corriendo llegó hasta allí y subió casi aterrado a su cuarto. Como ani-mal acorralado bufaba en la oscura prisión de su aposento hasta que no pudo más y soltó un apre-tado llanto: — ¿Por qué a mí? ¿Por qué?
Dentro de los males que le aquejaban, si-quiera tenía un cuarto donde dormir. Un mes pa-gado medio lo consolaba. Le quedaba sólo su reloj, dos pares de botas de cuero, un anillo de oro que había heredado de su padre, tres trajes, dos tres juegos de mancuernillas de plata. Algo era algo. Aunque sea para comer, por mientras. Así que un poco más tranquilo, bajó a la gerencia del hotel y pidió informes sobre dónde podría vender su anillo. Le dijeron que por Catedral, en la calle Madero o en el Monte de Piedad podría empeñarlo. Mas tranquilo fue hasta allá y logró venderlo a buen precio. Con cuidado guardó la cantidad adquirida y regresó a su hotel. No debía traer tanto dinero en la bolsa. Parecía haber es-carmentado, así que decidió depositarlo en la ca-ja de seguridad con la que contaba el hotel. Por si las dudas, pagó adelantado tres meses más. Y prosiguió su búsqueda de empleo.
Cansado de las caminatas en pos de traba-jo, al pasar por la Alameda Central decidió sen-tarse en una de las bancas que rodean a las fuentes centenarias. Descansando estaba, cuan-do vio que el monedero de la bolsa de una mujer elegante caía al piso. Recordó lo que le había pasado a él y se dirigió a recogerlo para de-volvérselo a la dama. Cuando la mujer se dio cuenta de ello, creyó que se lo había robado y gritó escandalizada:
—¡Auxilio! Me roban. Este ratero se lleva mi monedero.
Joaquín no pudo decir más, cuando ya va-rios transeúntes lo habían sujetado y llamaban a la policía. Cuando llegaron algunos agentes, la mujer afirmó furiosa:
— Este hombre intentó robarme mi mone-dero. Traigo mil pesos allí. Gracias a Dios que me di cuenta, si no...
— Sí, quiso robárselo. Yo vi cómo corrió para hacer su desgraciadez. — afirmó un testigo.
Joaquín, otra vez acorralado, intentó de-fenderse.
—¡No! Aquí hay un error. Yo no quise ro-barle nada. Como vi que se le caía, intenté dárse-lo pues a mí me sucedió algo parecido hace unos días, pero yo no encontré persona bondadosa.
—Eso es un pretexto. Así son todos uste-des. —dijo uno de los gendarmes ante la mirada suplicante de Joaquín, la mirada furiosa de la mujer y la metiche de los curiosos. — Inventan mil patrañas con tal de salvarse, pero no lo conseguirás. A ver, tu identificación.
—No traigo mis papeles aquí. Soy de pro-vincia y acabo de llegar hace poco a la ciudad para conseguir trabajo. Vivo en un hotel de la ca-lle de López.
— Eso lo alegarás en la delegación. Acompáñenos usted señorita y usted señor, para que sirva de testigo.
La gente se arremolinaba comentando el suceso, mientras Joaquín era sometido como un declarado delincuente, sin más averiguación, e introducido a la patrulla. Con su ulular de siempre ésta se perdió entre el vericueto de calles mientras principiaba a manifestarse las primeras gotas de lluvia. Un cielo ennegrecido por tremendos nubarrones se iluminaba de pronto con relámpagos ensordecedores y el viento soplaba como gimiente. El aire que penetraba por la ventanilla hacía escaramuza con el cabello despeinado de Joaquín, quien callado, con el rostro descompuesto e impregnado de temor, ya no acertaba a comprender lo que sucedía. Era como si se encontrara flotando en aquel vehículo que a gran velocidad lo conducía a un porvenir gris.
(No es posible. ¿Por qué ahora esto? ¿Qué mal he hecho? Tal parece que nada me sale bien. ¿Será mi destino? ¡Malditos aquellos que dicen que el destino no existe! ¿Por qué tanta saña conmigo? ¿De qué soy culpable? ¿Quién o qué me depara tanto fracaso. Yo le he echado ganas y aún así...) Joaquín pensaba y cerraba los ojos con fuerza; apretaba los puños con furia de impotencia ante su suerte y movía la cabeza in-crédulo. De pronto la patrulla se detuvo frente a una delegación policíaca y lo bajaron sin piedad. Lo condujeron a la entrada y lo introdujeron por corredores atestados de gente y policía. Todos parecían discutir o defenderse de algo. Lo detu-vieron frente a un escritorio y uno de los gendar-mes dijo al hombre que allí revisaba algunos ex-pedientes.
—Buenas tardes, señor juez. Otro fulano que ha tratado de pasarse de listo.
—¿De qué se le acusa?
—Intentó robarle un monedero a esta se-ñorita y la asaltó.
—¿Tiene testigos?
—Sí, este señor y todos los que allí vieron lo que este hombre quiso hacerme.
—No es verdad señor juez. Hay un confu-sión. —Interrumpió Joaquín.
—¡Usted cállese! Luego hablará. —el juez ordenó imperativamente y dirigiéndose al testigo dijo lo de siempre. —¿Declara decir la verdad y nada más que la verdad?
—¡Sí! Declaro. — Contestó. — Yo vi como este hombre iba huyendo con el monedero en la mano...
—¡No! No iba huyendo. Miente. — Joaquín volvió a interrumpir angustiado.
—¡Ya se le dijo que no hable hasta que sea su turno!
—Entonces lo perseguimos hasta capturar-lo. — continuó el testigo.— Luego llegó la policía y lo demás ya lo sabe.
—Ahora sí, ¿tiene algo que decir el acusa-do?
—Sólo que soy inocente. Yo lo único que hice fue recoger el monedero tirado en el suelo, porque vi que se le había salido del bolso a la señora y quise devolvérselo. Mi error fue tratar de correr al ver los gritos de esta mujer y la reacción agresiva de varios. Déjeme contarle lo que días antes me había pasado a mí...
—¡No interesa! Está usted detenido y cum-plirá su sentencia de acuerdo con los cargos que se le hacen; no sabemos ni quién es usted. Así que, señor oficial, conduzca al reo a los separos hasta nuevo aviso. — Joaquín no pudo siquiera decir algo cuando dos gendarmes lo tomaron del brazo y lo condujeron al lugar indicado por el juez. La noche había entrado y afuera se escu-chaba un tremendo tormentón de verano.

**********

Un hilo de luz rompió la oscuridad de la celda donde Joaquín se encontraba recluido des-de hacía horas y ante su temor, apareció la som-bra de un individuo que se presentaba como el defensor de oficio.
— No se alarme. Soy el defensor legal de su caso. Está acusado de robo y quiero que me cuente detenidamente y con la verdad, lo que sucedió. Este caso me parece muy extraño, pues por su manera de vestir, no se asemeja a un de-lincuente vulgar. Me dijeron que no tiene identifi-cación alguna y alega que se encuentra hospe-dado en un hotel de la calle de López. Dígame su historia para defender su caso.
— Le agradezco, pero yo mismo no me ex-plico esta confusión ni por qué tanta saña para conmigo. Me llamo Joaquín Vázquez Robles y nací en un rancho que se encuentra ubicado en-tre el estado de Morelos y Guerrero. El rancho originalmente era una vieja hacienda que mi pa-dre perdió durante la Revolución y el gobierno sólo le dejó un poco de tierra de cultivo para su sostén. Él, junto con mi madre y antiguos peones que lo querían mucho, lograron fincar el pequeño rancho de mi nacimiento. Mi padre no trataba a los campesinos como trabajadores sino como iguales; el producto de las cosechas de caña lo repartía equitativamente entre todos y por ello lo respetaban y le profesaban, no sólo cariño, sino admiración por su valía como persona. Él había conocido a Zapata y estaba de acuerdo con las ideas del caudillo. Sólo que después, cuando comenzaron las traiciones, mi padre fue reducido a lo que él no se oponía; aceptó su ejido y lo tra-bajó junto con los que no alcanzaron nada. Des-pués mi padre se casó con mi madre y nací en 1930. Desgraciadamente mi padre murió cuando yo tenía veinte años y tuve que dejar de estudiar para atender el ranchito; cosa que no pude hacer y todo se fue al traste. No sé como decirle, pero mi vida siempre ha estado llena de fracasos. Uno tras otro; desde niño. Muere mi padre. Al poco tiempo mi madre. Si no fuera por mi chichigua Micaelita, no sé. Últimamente he llegado a pensar que nací maldecido por alguien. Nada puedo realizar con éxito porque todo me sale mal. Hará como diez años estudiaba yo la preparatoria, aquí en la capital, cuando un día tuve que abandonar mis estudios porque mi padre había muerto en un extraño accidente. Su caballo se había desbocado y lo había lanzado a un abismo. Tuve que regresar de inmediato y ya no pude... — Joaquín sollozó sus acostumbrados ahogamientos y se detuvo en seco.
—¡Cálmese! Su caso me parece insólito y no creo que fracase yo en su inmediata libera-ción. —como intentando calmarlo con una broma, el licenciado oficial lo consoló. Sígame contando más. Desahóguese.— y le dio una discreta palmada amistosa.
—Como ya le dije, abandoné los estudios. Yo quería ser ingeniero agrario, pero ante la si-tuación me vi obligado a atender el rancho que con tanto esfuerzo mi padre había sostenido; so-bre todo intentaba continuar su idea de colectivi-dad unida por el trabajo y el producto para todos los que trabajaban la tierra por partes iguales. Confieso que yo no pude. No sé porqué. Las co-sechas comenzaron a decaer. Lo que producía la tierra no alcanzaba para más. Era necesario in-vertir en fertilizantes, en maquinaria más nueva y así hipotequé la tierra que entonces era mía. Les avisé a todos y dijeron que ellos qué; la decisión era mía y que la respetaban. Todos fueron tan leales que se pusieron a trabajar como si la tierra de mi propiedad les perteneciera. Yo nunca les quise quitar nada hasta que, esperanzados en una buena cosecha, el temporal infame que asoló esas zonas la semana pasada devastó todo lo logrado. De nada sirvió tanto esfuerzo de la colectividad; el río se desbordó y arrasó con los cultivos y muchos animales que teníamos. Quedamos en la ruina y los agiotistas se co-braron. Digo quedamos porque yo pensaba en mis peones que han sido desde niños como mis amigos.
Con el poco dinero que el prestamista me dio como demasía, vine a México a buscar traba-jo, pero por más que busqué, nada. Siempre a punto y nada. El primer día perdí mi cartera; no sé donde se me cayó y se fue todo mi capitalito en ella. Si no hubiera sido porque conservaba un anillo de oro que heredé de mi padre y algunas otras pertenencias que he tenido que ir malbara-tando para sobrevivir, no sé que más me hubiera pasado. Ayer, cansado de caminar, me senté en una banca de la Alameda Central y vi lo que us-ted ya sabe; quise ser amable, como nadie lo fue conmigo y ya ve el resultado. Yo no intenté robar nada. Algo me queda en la caja de seguridad del hotel donde me hospedo y pueden comprobarlo.
—Creo que su caso no es tan difícil. Sólo haré constatar la dirección del hotel y cerciorarme de si lo conocen y de lo que cuenta de la caja de seguridad para obtener lo más rápidamente su libertad. Pienso que es cuestión de pura mala suerte. Eso de cosas buenas que parecen malas.
—Para mi vida gris, esto que usted me dice ya es algo. —como escéptico y consolado mur-muró Joaquín.

**********

Esa misma tarde salió libre por falta de pruebas. El licenciado le había dado una tarjeta de recomendación para un trabajo y Joaquín son-rió por primera vez, desde hacía mucho tiempo.
—Usted es aún un hombre joven, más o menos preparado y ahí lo emplearán de seguro. Vaya a su hotel, rasúrese y preséntese mañana mismo, lo más temprano que pueda. Creo que la justicia con frecuencia se engaña y condena sin piedad a los buenos y deja vivir a manos llenas a los que destilan maldad. Pero dejémonos de ba-raturas filosóficas y vaya a su nueva vida.
—No sé qué decirle. Ahora siento que no hay mal que por bien no venga. Luego pasaré a contarle cómo me fue, si usted me lo permite.
—¡Claro! Tenga mi tarjeta. Verá usted que eso de la suerte no existe. La vida es como cada quien se la hace. No hay vida gris con voluntad. Nadie viene al mundo con el destino que le co-rresponde. Nosotros lo construimos o lo des-hacemos. Verá cómo le espera una vida nueva, la vida clara, la vida hermosa.
— Tiene razón. La vida gris no existe; la mala suerte tampoco. Son las circunstancias y hay que estar preparado para dominarlas. Gracias por todo, licenciado.
Después de despedirse, Joaquín atravesó casi corriendo el pasillo que lo conducía a la calle y en sus ojos se reflejaba una brillante esperanza. Un renovado optimismo parecía recorrerle todos los rincones de su cuerpo. Iba feliz. No hay mal que por bien no venga, volvía a pensar.
Al llegar al exterior corrió precipitadamente para atravesar la avenida sin importar el aguacero que comenzaba a caer y miraba con alegría la tarjeta que el licenciado le había proporcionado. Su vista sólo estaba fija en aquel cartoncillo ele-gante. De pronto se escucharon el enfrenón de un camión carguero que en esos momentos venía con fuerte velocidad sobre la vía de tránsito y el golpazo de un cuerpo al caer. Joaquín ape-nas si pudo darse cuenta de lo que le estaba pasando cuando las enormes llantas pasaron sobre su cabeza.
Los transeúntes se agitaron aterrados. La tormenta se precipitaba con terrible intensidad y un furibundo viento hacía mover la lluvia como remolino. El agua se confundía con la sangre recién derramada.


Un ángel en la calle

El puente de Nonoalco se levanta con sus aires deco frustrados sobre los montones de rie-les que vienen desde la vieja estación de Buena-vista. El humo y los vapores de los ferrocarriles que, ora circulan ora se detienen, produce un ambiente ensordecedor, asfixiante y nebuloso; fétido, de arrabal sórdido, donde la vista no es tan buena como se pensaría por la estación. Sobre de él, transita uno que otro automóvil a esa hora, aunque ningún desvencijado camión se vislumbra ya en su reparto de obreros y empleados por el barrio temible de Atlampa.
Pocos, en ese tiempo nocturno, se atreven a caminar por ahí; el que no sale corriendo des-nudo, ya no sale. Fama de rumbo malévolo y cri-minal. Surcado de barracas pútridas, los olvida-dos parecen haberse quedado para siempre es-tancados en su película. Barriada intocable de los cuarenta, aún continúa en los sesenta con los mismos trapos de miserable, no obstante el pro-greso y la revolución.
Turbios antros escandalizan por las calle-juelas de los alrededores hasta multiplicarse en la Guerrero, su no menos violenta colonia vecina donde suele principiar la noche roja y terminar en asesinatos por San Simón. Olor a sexo comprado se percibe por los oscuros callejones o tras de las bardas de predios abandonados; en las penum-bras de algún rincón maloliente alguien restriega sus pasiones; o bajo algún agónico pirú, testigo campirano de los viejos alrededores de la ciudad, una verdadera piruja milenaria cumple su oficio con algún borracho. Tufillos de pulquería perfu-man su romance, combinados con alientos de cerveza barata.
Sin embargo, a pesar de todo esto, o ig-norándolo, importándole un bledo, un hombre de delgadez felina, no muy alto y con traje a la moda, camina somnámbulo sobre el puente. Se tambalea gimoteando y se ve tan desesperado como los puños que aprieta con rabia. Trémulo avanza. Como viste bien, es milagro que nada le haya ocurrido. Sus ojos enrojecidos por el desvelo y el llanto, no parecen de alcohólico, pero huele a coñac rancio. Se desplaza ascendiendo por la pequeña acera de la curvatura de concreto. Unos pasos más y llegará a lo más alto del puen-te. La cabeza gacha ahoga los berridos que de pronto lanza y la corbata mal puesta y desanudada lo enmarca en una desolación tan sudorosa como el mes de mayo que transcurre.
De pronto se detiene. Ha arribado al punto más elevado del camino y se recarga sobre el barandal de cemento. Abajo siguen pasando sin piedad los trenes que aullando como máquinas lobas, bufan su prepotencia de acabar con cual-quiera que se atraviese por su sendero de fierro. El hombre se asoma demasiado por la baranda y en su mente se apretujan visiones que no puede olvidar. Mujeres circulan por su cerebro como aquelarre de sensuales hechiceras. Se burlan de él; lo humillan; lo insultan; lo desprecian. Ninguna parece haberle sido eterna ni siquiera Rebeca. Ella había concluido como todas. Los coqueteos, la insinuaciones, las promesas de amor; amor fingido, se habían clausurado cuando supo lo de la quiebra. Ahora ya no había dinero. ¿Qué podía esperar más de un pobretón empresario que por apasionado lo había perdido todo? Adiós viajes en yate, vuelos en primera a Hawai, estolas de mink y modelos Dior, auto deportivo del año, mansión en Las Lomas. Ante eso, no hizo más que pelearse con él y abandonarlo por otro, aún rico. ¡Era tan hermosa! Su rostro a la Montiel parecía casi divino. Sus labios a la Loren, sensuales y su cuerpo a la Pampanini, enloquecedor. Después de todo, sonrió un pensamiento con amargura, disfruté este lujo. Pero su esposa que esperaba un hijo, al saber la infidelidad, lo abortó y pidió el divorcio. Había sido una locura querer combinar la pasión en una cama y la ternura en otra. Ahora se encontraba aturdido. Nunca pudo serle perenne el amor. Las deudas lo acosaban; su primera mujer lo amenazaba con la cárcel si no le daba la pensión. La segunda le había quitado la fábrica. He sido un cretino. Murmuraba, y resuelto se dispuso a lanzarse embrutecido desde ahí. Subió a la barda determinado en su desesperación de morir y cuando iba a saltar, de pronto sintió que una mano poderosa lo detenía.
Quiso desasirse de ella mascullando el quién diablos se mete y mientras era arrebatado del vacío, al vuelo alcanzó a ver el rostro de un aparente veinteañero que lo miraba con ojos tan azules como iracundos. Su fuerza lo sorprendió.
-¿Qué pendejada va a hacer?- le dijo con una voz enérgica y segura.- Si quiere matarse, mejor lo llevo a mi calle y allí se lo fregarán con utilidad.
El hombre, dando un giro de la depresión a la ira, le recriminó:
-¿Y a ti quién te mete, desgraciado? ¡Déjame acabar con todo lo que me pasa!- y for-cejeando quiso desprenderse de la tenaza que parecía ser la mano del joven, quien ya para en-tonces lo tenía contenido en un violento abrazo.
-¡Déjame cabrón! ¡Qué te importa mi pin-che vida! Yo no me meto con la tuya. –se azotaba furibundo y sin recato, como para librarse, pero el muchacho arreciaba su aprisionamiento.
- ¡No! ¡No lo permitiré! –Y lo jaloneó, casi arrastrándolo, puente abajo.
-¡Que me sueltes, te digo!- Gritoneaba en vano.
Cuando llegaron al fin izquierdo del puen-te, lo siguió sosteniendo con gran fuerza y le in-crepó:
-Primero cálmese. ¡Cálmese! Tranquilo viejo, tranquilo. – El hombre agotado por el trance se fue aplacando y asintió sosiego. –Está bien, lo suelto, pero vamos a platicar, ¿no?. ¿Qué le pasa a usted, que parece un hombre de lana? Esa ropa no es de estos rumbos. ¿De dónde viene?
- Vivía en Las Lomas, pero ahora... – volvió a estrujar los puños e intentó nuevamente subir; mas hábil, el mocetón lo retuvo.
- A dónde va... ¡Quieto! Venga. Vamos a sentarnos en la banqueta de enfrente. –Primero amenazó y luego fue cambiando el tono por uno más tranquilizante.
Amansado, lo llevó a la acera dicha y como si estuvieran en un plácido parque, se sentaron allí y permanecieron en silencio unos minutos.
-Cuénteme lo que le pasa. – manifestó comprensivo el joven- ¿Por qué intentó darse en la torre? Eso déjelo para los de mi barrio que a diario tienen un bolón de problemas y sin embar-go, siguen camellándole.
-¿Quién eres tú? – preguntó el hombre suicida.
-Yo me llamo Ángel y debo ser su guardián porque lo vi por casualidad cuando pasaba por el lado contrario del puente rumbo a mi cantón. Sospeché lo que iba a hacer y atravesé el puente a tiempo. Se me hace mala leche matarse por cualquier tontería.
-¿Cualquier tontería? – preguntó incrédulo el hombre mientras descubría más el rostro de su salvador que era iluminado por la tenue luz de un farolillo colocado bajo ese sitio del puente. –No sabes lo que me ha pasado. En mi lugar, creo que habrías hecho algo semejante.
-Lo dudo. Yo no me preocupo por cosas materiales. Con lo que voy ganando para el diario tengo. Vivo solo desde que murió hace poco mi madre. Y ahí la llevo. Estoy intentando estudiar para arquitecto. A ver si lo logro en el tiempo que me lo he propuesto... –Mientras el joven hablaba, el hombre contemplaba como asombrado las fac-ciones de aquel ser. Cabello rubio ligeramente acairelado enmarcando un rostro que se aver-gonzaba en reconocer como hermoso; nariz como la de James Dean, cuerpo como el de Marlon Brando y unos ojos tan azules que asombraban en un muchacho de las condiciones de esa barriada. Además su voz, extraña voz tersa, pero viril; fuerte, dominante, mas concesiva; caso raro para la edad que sospechaba: entre diecinueve y veintidós años y la condición social de su crianza.
-¿De dónde eres?- preguntó como fascina-do.
-De aquí, de Atlampa. Aquí nací y aquí he crecido. Mi madre vino a vivir a estos barrios des-de que se vino de su pueblo embarazada de mí. Yo nunca conocí a mi padre. Mi madre decía que era un alemán que venía huyendo del fracaso nazi y se escondió en el poblado donde ella vivía. Acaso la necesidad de sexo lo impulsó a seducir-la; luego, nadie supo por qué, huyó. Me decía que yo era, como dicen, su vivo retrato y que él le platicaba que había formado parte de unos niños elegidos por su gobierno para crear la raza supe-rior. Yo nunca creí mucho lo que mi madre decía porque a veces era medio exagerada y echaba unas grandes con tal de sentirse diferente a las comadres del vecindario.
Sin embargo era muy buena, tan buena que todos la apreciaban y el día de su muerte todo Atlampa la fue a despedir y todos decidieron apoyar al güerito lindo para que estudiara y salie-ra un día del barrio. Pero yo no creo si podré abandonar este terruño, que aunque denigrado, lo amo enternecidamente. Sueño que algún día, cuando sea arquitecto, esta zona se transformará en una colonia de casas decorosas y habitantes beneficiados por la justicia social que tanto pre-gonan por la radio y los periódicos, los políticos del momento.
Conforme lo escuchaba, el hombre iba sintiendo una especie de admiración por aquel jovenzuelo de barriada que le daba una lección ingenua de voluntad, tesón, bonhomía y honra-dez, además de sensibilidad y esperanza en la vida.
-Si no tiene adónde ir, lo invito a mi cantón para que pase la noche allí y no se sienta solo. Mañana Dios dirá. – propuso con soltura y con-fianza.
-Pero es mucha molestia después de que te he insultado.
-No se preocupe. Sus expresiones son tan pan cotidiano en nuestro barrio que han perdido casi su significado y se escuchan a veces como elogios. Vamos. Le doy un cafecito y si quiere me cuenta sus penas.
Extrañamente seducido por aquel chamaco se dejó llevar por algunas callejuelas del barrio. (Total, si me asalta y me mata. ¿qué? Eso es lo que quiero.) pensaba.
Una vecindad de barracas miserables apa-reció cuando Ángel abrió un portón chirreante y desvencijado como muchos otros que había en aquella callejuela. El hombre no sabía por donde andaba. Ni siquiera sospechaba la existencia de esta zona; él, cuyo rumbo sólo oscilaba de Las Lomas a La Condesa; o de Coyoacán al Pedre-gal.
Un catre y un ropero, además de una mesa y una estufa de petróleo, era todo el moblaje visi-ble entre la penumbra de la hora y de una velado-ra colocada bajo el retrato de una mujer guapa en pose de Andrea Palma.
-¿Es tu madre?- preguntó el suicida.
-Sí, era linda mi madre, ¿verdad?
-Según se ve sí; tú tienes muchos aires de ella.
-Pero ella me decía que más me parecía a mi padre: el cabello, la nariz, el color de los ojos, mi tez y sobre todo, la fuerza y la estatura. Según mi madre, yo había sido como un ángel en su vida y de ahí mi nombre. Como un ángel que le había dado ímpetu para resistir cualquier adver-sidad.
-Mira lo que son las cosas...- interrumpió el suicida- parece que también eso has logrado conmigo. – y lo miraba con la ternura de un con-vencimiento. (-Tanta belleza me seduce.) pensa-ba casi en voz alta, aunque se estremecía de esos sentimientos nacientes. Acaso era el cambio al que estaba destinado. ¡Qué importaban ya las pinches mujeres! Y se recostó como somnámbulo en el catre. Ángel se le aproximó y le dio un beso en la frente, sin que el suicida reprochara nada.
–Es mejor así. –murmuró con esa voz tersa de los que conceden.
En ese instante unos empellones abrieron la puerta desvencijada y aparecieron como energúmenos un puño de hombres desarrapados y medio borrachos que gruñían:
-¡Jijo de la chingada! Pinche fisgón de mierda, cómo le hiciste para llegar hasta aquí. ¡Cómo entrastes! –gritaba uno.
-Me trajo Ángel. Esta es su casa. Diles si no...- y dirigía la mirada hacia el fondo donde Ángel lo miraba con el azul sonriente de sus ojos.
-¡Qué Ángel ni qué mis güevos! Aquí no habido nunca ningún bato con ese nombre. ¡Aquí te va a llevar la jodida!- vociferaba otro.-¿A qué chingados has venido? Se me hace que eres de la tira.
-Habla Ángel...- a penas alcanzó extasiado a murmurar cuando el montón de fieras lo co-menzó a golpear despiadadamente con palos, cadenas y piedras hasta acribillarlo.
-Vámonos mejor- le dijo Ángel tomándolo con gran ternura de la mano y ayudándolo a in-corporarse. El suicida vio como los borrachos se-guían masacrando su cuerpo, mientras él, como un enamorado se dejaba conducir por su salva-dor. Los suicidas no tenían perdón de Dios; los sacrificados, sí.
A lo lejos se escuchaba el pitar de los tre-nes.
Amanecía distinto.


Este sol... este sol...

Nunca antes lo había experimentado con tan intensa angustia, pero ahora estaba segura de ello. El sol era el causante, el único... Había descubierto sus propósitos...
Siempre cuando tenía una hora de haber atravesado el cenit comenzaba a sentir el deseo terrible de contemplarse en el espejo para mirar con horrorizada paciencia, la transformación de su rostro en pálidas muecas de espanto que lo desfiguraban y lo volvían carroña reseca.
Después anhelaba huir, huir de sí, de to-dos para evitar la revelación que iba apareciendo frente a ella.
No sabía cómo había podido resistir duran-te tanto tiempo ya aquella interminable agonía de sospechar lo futuro. Nadie maliciaba lo que se encontraba gestándose bajo el calor del sol y que en los noticieros de la televisión sólo se atribuía a ciertos fenómenos heliocéntricos.
-Nos incinerará...-aterrada predecía.
No había manera de evitar el proceso, es-taba segura, pero no se atrevía a revelar aquel tortuoso descubrimiento. Si llegaba a extenderse su secreto, todos la juzgarían una loca, una des-equilibrada. Caso evidente de paranoia, dirían y acaso la destinarían a una casa de enfermos mentales. Los familiares de su difunto marido serían los primeros en ocuparse del caso. Pero no, aunque fuera un tormento brutal, ella lo resistiría; al fin y al cabo... hay más placer después del dolor...
Sin embargo esta vez parecía no poder resistir más. Su ser comenzaba a derretirse como si fuera de cera. El intenso calor iba destruyéndo-lo y parecía que nada podía salvarlo, pero todo era cuestión de aguantar hasta llegar la noche y no sucumbir, resistir, porque entonces su cuerpo se recuperaba y se calmaban sus terrores. Entre las sombras, el dolor se esfumaba y algo le daba una fuerza inusitada de recuperación; una volup-tuosidad insólita aceleraba su clítoris y la hume-dad deseosa de su vagina, deseaba ser penetra-da entre rictus salvajes.
Entonces salía a las calles cubierta con un vestido vaporoso y transparente que insinuaba sus formas exquisitas de mujer ansiosa y sin ro-pas interiores, no tardaba en encontrar la pareja que le saciara su hambre sexual. Pero ahí no quedaba; con elegancias de princesa, al acabar, se despedía de su amante ocasional y el éxtasis en que yacía éste, sólo le permitía verla desapa-recer al fondo de la calle o entre los prados de camellones o jardines contoneándose como en estado místico, donde una vez perdido de vista el anterior, encontraba otro arriesgado que la poseía con una pasión de novedad y libre juego. Des-pués el siguiente... y así hasta las primeras luces del alba... Su corte de adoradores noche tras no-che aumentaba y para todos había placer.
Quienes repetían los encuentros, por saber el itinerario de la diva sexual, le decían la alegra-dora y siempre la esperaban a la misma hora, pues sabían que pasaría por allí. Y vaya si les daba alegría cuando la veían aparecer con su desgaire de entrega y olvido. Sin reproches y sin palabras, apenas con una mirada sensual, los atraía y los hacía explotar de goces entre la propia delectación que su cuerpo, aún joven, disfrutaba. Era como aquellas faunesas que rugían de amor.
Cuando el amanecer comenzaba y los ra-yos solares emergían, ella corría a ocultarse en su mansión; espléndida construcción que había heredado de su marido, un excéntrico millonario que había muerto en un accidente aéreo durante un viaje de negocios a Marruecos.
Lo único que había recibido en aquella in-fausta fecha, habían sido los despojos de su pa-reja y, días después, en avión carguero, algunos objetos que había comprado con traficantes ar-queológicos.
Allí fue cuando el calvario se fue asoman-do en su mirada y en el crispar de sus manos cuando amanecía. ¡Ya no! Profería con gritos ahogados por el terror. El sol avanzaba y ella sentía que los incendios nocturnos exigían re-compensa.
Todo había comenzado cuando su marido la había dejado en Egipto, mientras hacía el trági-co viaje a Marruecos. Ella, en un principio, lo ex-trañó, pero con tanto dinero como le había dejado para su diversión, el universo de las compras apaciguó la nostalgia y la melancolía se trans-formó en mil y un objetos artesanales que selec-cionó con la intención de formar en su mansión un pequeño museo dedicado a Egipto, pueblo que siempre la había fascinado por su cultura misteriosa y milenaria.
Dentro de las cosas que más la emociona-ban y que había adquirido en esa ocasión, se encontraba la reproducción fiel, así lo decía la publicidad, de una máscara encontrada en la tumba de Tutankamón, aquel famoso faraón muerto a los dieciocho años, virgen, adorador del sol. Fina imitación que dejó sorprendidos gra-tamente a todas sus amistades cuando se reunie-ron para darle la bienvenida y escuchar las peri-pecias de su viaje.
Una semana después, aquella dicha se convertía en duelo y sus amigos volvieron con otro estado de ánimo. Se sabía convertida en una viuda riquísima. Sin embargo, se había sumido en una profunda amargura; de qué le serviría el dinero, sin él. Se adoraban y sus noches pasionales sólo se suspendían con los primeros rayos solares. Pero ahora...
Fue entonces cuando le pareció que el sol la comenzaba a mortificar. El calor la quemaba; la derretía. Mandó colocar gruesas cortinas en los ventanales para impedir la invasión solar, pero ni así; parecía todo inútil y su cuerpo se desgajaba hasta quedar convertido frente al espejo en carne putrefacta que se resecaba. Entonces descubrió que la frescura de su sábana favorita, blanca y de seda, le daba un poco de sosiego. Envuelta en ella, se recostaba en su cama con los brazos en cruz sobre su pecho, como momificada. Y sentía paz...
-Este sol... este sol... este sol me va a aca-bar...-murmuraba, mientras miraba la espléndida máscara de Tutankamón que había colocado en la cabecera de su lecho.
Así permanecía temerosa hasta que la no-che llegaba y como por encanto, su cuerpo se recuperaba; ya no tenía la sensación de estar destazándose y le llegaban unas energías de dieciocho años. Entonces se quitaba la sábana y lucía su desnudez perfecta; algo como un cosqui-lleo placentero penetraba en su vagina, su clítoris se erectaba y sentía el inconmensurable apetito de ser poseída. Se ponía un negligé y luciendo bellísima, salía a dar su paseo erótico.
Al salir de la habitación, siempre volteaba a ver la máscara de Tutankamón que parecía sonreírle y decir, goza lo que yo no pude, disfruta de la fuerza de la vida antes de que te incinere el sol.