Loco o patriota

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Introduccion del Cristianismo[editar]

A las tres de la mañana del 5 de diciembre de 1805 encontrábase aún levantado en la cárcel del Cuzco un reo político, sentenciado a muerte y cuya ejecución en la plaza pública estaba señalada para el mediodía.

Habíase trasladado al preso de su calabozo a una sala de la cárcel con honores de capilla. En el fondo elevábase un improvisado altar, sobre el que se veía un crucifijo alumbrado por cuatro cirios. En un extremo veíanse un incómodo catre de campaña, dos sillones de cuero y una mesa, sobre la que había una palmatoria de plata con bujía encendida, un libro forrado en pergamino, que probablemente era el Kempis o el Evangelio en triunfo, un tintero y papeles esparcidos. En el otro extremo de la sala y sobre un lecho idéntico reposaba otro preso, también destinado al último suplicio. Sobre el marco de la puerta y fronterizo al altar, un reloj de pared hacía oír su monótono tictac.

En uno de los sillones dormitaba el sacerdote auxiliador, y sentado en el otro junto a la mesa escribía el sentenciado.

Hombre debía ser de gran espíritu, porque ya vecino al cadalso, se ocupaba, ¡admiren ustedes la pachorra!, en hacer versos, que es la ocupación que más serenidad reclama. Digan los poetas lo que quieran en contrario; pero yo sé por experiencia propia que, cuando los nervios están sublevados, los consonantes como que se asustan y no acuden a la pluma.

Sin riesgo de que nos tilden de indiscretos, no sólo leeremos, sino sacaremos copia de los versos. Ellos, francamente, como poesía no valen la tinta empleada; pero como el autor no tuvo pretensiones de literato, toda crítica acerca de las incorrecciones de forma y obscuridad del pensamiento sería sobre inconveniente injusta. Dicen así los versos:


«Alce el reloj su gatillo
y acábeme de matar.
¿Para qué quiero la vida
en un continuo penar?

Glosa[editar]

 
 Empieza, triste reloj,
 á dar aumento á mis penas;
 pues paso la una en cadenas
 y entre prisiones las dos.
 La cuerda hiera veloz
 en el muelle del martillo
 y que al susurro del grillo,
 den las tres en la campana,
 y que a mi suerte tirana
 alce el reloj su gatillo.
 

 ¡Funesto repetidor!
 No me admira tu tardanza;
 pues a las cuatro se cansa
 tu principiado furor.
 A las cinco con rigor
 me atormenta mi pesar,
 y a las seis en suspirar
 me llega mi fatal suerte
 diciendo: venga la muerte
 y acábeme de matar.
 

 A las siete ya fallece
 mi vida en un calabozo,
 y a las ocho tenebroso
 mi mal más horrible crece;
 porque a las nueve parece
 que ha de llegar mi partida,
 llorando la despedida
 como el cisne a cada hora;
 pues si no gozo la aurora,
 ¿para qué quiero la vida?
 

 Al fin, reloj desgraciado,
 que das las diez sin cautela,
 ya a las once estando en vela
 habrás tus pesas doblado,
 y en mi cárcel encerrado
 tus cuartos me han de aterrar.
 A las doce has de tocar
 á exequias, porque murió
 aquel Gabriel que vivió
 en un continuo penar».


II[editar]

Para satisfacer al curioso lector, extractaremos a la ligera de la Memoria del virrey Avilés y del correspondiente artículo de Mendiburu, en su Diccionario, lo que baste a dar noticia del personaje y del motivo que a lance tan supremo como trágico lo llevara.

Don Gabriel Aguilar, de ejercicio minero, nació en la ciudad de los caballeros del León de Huánuco, donde todo títere era de sangre azul y de acuartelada nobleza. Tengo para mí que Dios, con ser Dios, hizo una chambonada de tomo y lomo en no investir a Adán siquiera con el título de duque, y a madama Eva con el de princesa palatina. Si a Dios se le hubiera ocurrido (que no se le ocurrió, y en eso estuvo el mal) consultarse conmigo, por Dios y este puñado de cruces, que hacemos la cosa a derechas. No habría plebeyos ni desigualdades como en los dedos de la mano, ni andaríamos a vueltas y tornas con las palabras aristocracia, democracia y canallocracia; que no pocas cabezas rotas han producido y tienen que producir, que es lo peor, desde los comienzos del mundo sublimar hasta que haga la gran zapateta.

Don Gabriel, en lo más lozano de su juventud, hizo un viajecito a España, donde tales cosas vio, palpó y aprendió, y oyó contar de Robespierre y de los girondinos y de la revolución francesa, que se le puso el cerebro en ebullición y como olla de grillos, y se vino al Perú con el firme propósito de destruir el poder colonial y restablecer la monarquía incásica. Y vean ustedes si sería patriota y abnegado, cuando no aspiraba a ser dueño de la mazorca, sino a poner en posesión de ella al primer prójimo que le comprobara ser chozno o tataranieto de Atahualpa o de su hermano Huascar. Don Gabriel era otro sastre del Campillo, que cosía de balde y además ponía el hilo.

Después de buscar y encontrar Inca, que como dice la Biblia, quien con fe busca, siempre encuentra, eligió el Cuzco para centro de sus operaciones, y trabajó con tanto tesón y cautela, que en menos de un año tuvo afiliados a sus planes muchos caciques, abogados, médicos, sacerdotes, hombres de guerra y hasta regidores del Cabildo.

El futuro Inca era casado con mujer vieja y estéril, y monarca sin sucesión no convenía por nada de este mundo pecador. Acordose, pues, que tan luego como se posesionara del gobierno, se divorciaría o daría pasaporte a su inútil conjunta y tomaría por esposa a una guapa hembra que le designaron, y que fue por sus buenos bigotes muy del agrado del soberano in fieri. Le llenó el ojo la mocita.

Las ramificaciones en Puno, Arequipa, Guamanga y otros lugares del Perú eran también vastas, y ya en vísperas de prender fuego en la mina, uno de los principales comprometidos, don Mariano Lechuga, que a mí, por lo de Lechuga, maldita la confianza que me habría inspirado para confiarle, no diré un secreto, pero ni un saco de alacranes hembras, hizo el 28 de junio de 1805 minuciosa denuncia de todo al intendente del Cuzco conde Ruiz de Castilla, quien sin pérdida de minuto metió en la caponera a Aguilar y sus más importantes colaboradores, encomendando el seguimiento de la causa al famoso Berriozabal, conocido con el mote de oidor del tabardillo.

Para mí lo notable es que un hombre del talento de Berriozabal no hubiera enviado a la loquería a don Gabriel y sus amigos, sino que tomando con formalidad la causa, dictara con fecha 3 de diciembre sentencia condenando a muerte a Aguilar y a su compañero el abogado don Manuel Ubalde. Un cacique, tres clérigos, un fraile francisco, un médico y otros individuos de poca importancia social fueron también sentenciados a penas menores. Y la sentencia se cumplió en todas sus partes sin acordar la menor gracia.

Después de leer el proceso, encuentro que Aguilar nunca estuvo muy en sus cabales; y como por algo se ha dicho siempre que un loco hace ciento, me explico lo contagioso de su locura. Para honra suya debo consignar también que en sus íntimos momentos no fue uno de esos vulgares fanfarrones de valor, sino el hombre que con ánimo sereno ve la muerte cara a cara.

El primer Congreso del Perú, dignificando la Memoria de Aguilar y de su compañero Ubalde, los declaró por ley de 6 de junio de 1823 beneméritos a la patria.