Los Césares de la Patagonia/Prólogo

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Prólogo
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Prólogo


Consecuente al plan que sigo en mis Leyendas áureas del Nuevo Mundo, procure hacerlo con la mayor amenidad posible para que el lector se interese por el asunto.

Esto, que parece sencillo, es de tan difícil ejecución tratándose de estudios históricos, que si he de decir la verdad, cada una de esas Leyendas me cuesta mas trabajo que una obra original, de imaginación; pero me doy por satisfecho con la aprobación que en América dan á estos modestos arreglos. Algo se leen en Espana, según me dicen los libreros; digo los libreros, porgue hasta ahora ningún crítico español parece haberse enterado de estas lucubraciones, y nada ha dicho ni en bien ni en mal. Bien es verdad que á los que ahora actúan de oficiantes, les vendrá muy cuesta arriba dictaminar sobre cosas de


. América, de las que están ayunos; y que los "americanistas" que saben, no pueden, es decir, no pueden poner el paño al púlpito como les es concedido á los críticos de alquilón. Como me costeo la edición, yo solo sufriré las consecuencias de este boycotage que, de seguro, me impondrán estos últimos. Pero no importa; el buen paño en el arca se vende, y si el público gusta de él, lo comprará.

Pero, volviendo a las Leyendas, y en particular á esta de Los Césares. Las bases de información son muchas, tantas, que se estorban y aun se contradicen las unas á las otras: Como no pretendo hacer obra de erudición, sino de vulgarización, tomo los fundamentos históricos que me parecen más sólidos y sobre ellos encumbro la leyenda, adornándola con mis impresiones personales de los lugares donde se desenvolvió.

Esta de Los Césares fue flor de las latitudes patagónicas. No conozco la Patagonia, pero me formo de ella una idea, porque he vivido en Bahía Blanca, que es el límite Norte, y he cruzado el Estrecho en viaje a Valparaíso. De aquí a Santiago, y de esta ciudad á Mendoza, por el paso de Uspallata, cuando no habia ferrocarril transandino. Antes de todos estos viajes estuve en plena Pampa, nada más que tres años, de preceptor rural, como me llamaban los gauchos; de maestro de escuela de aldea, como se dice en España, ó de mas ínfima categoría, porque mi escuela gauchesca estaba en despoblado. El caso es que yo enseñaba á hacer palotes y silabear a los hijos de los gauchos, y que éstos me enseñaron á su vez á ser jinete de la Pampa y á gustar la soledad y la independencia del hijo del desierto. Tan pagado estoy de mi magisterio pampeano, que no lo cambio por una cátedra de Buenos Aires; porque catedrático puede serlo un pedante—no digo que lo sea—, mientras que maestro de gauchitos solo puede serlo el sabio que canta Luis de León en su Vida del Campo.

Todo lo cual converge á un propósito, que es: asegurar á quien me leyere que no he pedido prestada á nadie la decoración escénica en que se mueven Los Césares, si quier el argumento lo sea.

En lo demás, el asunto de la leyenda es interesantísimo. Es el mito de una ciudad encantada de españoles perdidos en no se sabe qué punto de la Patagonia; y para cuya búsqueda y yescate se emprenden aventureros viajes. Su historia constituye uno de los temas más curiosos y más amenos del folklore argentino y chileno.