Los Malos Pastores

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Los Malos Pastores
de Fernando Tarrida del Mármol


Si hubiera necesidad de una prueba decisiva, convincente, de que los mayores enemigos del pueblo son casi siempre los hombres a quienes tiene la debilidad de confiar la misión de conducirle, la encontrariamos en los sucesos que se desarrollan en Francia desde hace algunos meses con motivo de la proyectada huelga general de mineros.

Hasta, para que nada falte, ocurre la circunstancia agravante de haber engaño respecto de obreros extranjeros, que viene a sumarse a la falta imperdonable de abuso de confianza que esos jefes, conductores, directores, representantes o como quiera llamárseles cometen respecto de sus mandatarios.

He aquí hechos que son poco conocidos y que merecen ser expuestos a la vergüenza pública.

Cuando hace algunos meses, el referendum de mineros de Francia, a pesar de las maniobras de los diputados obreros, dio una gran mayoría a los partidarios de la huelga general, los diarios de París, entre otros Le Te... y Le Figaro declararon que los patronos no tenían nada que temer, que los negocios generales no sufrirían interrupción "porque se encontraría en el exceso de producción de las minas inglesas el carbón que podía faltar a Francia".

Los mineros ingleses, prevenidos por esa declaración de la prensa burguesa, tonta en sus efectos aunque malvada en sus intenciones, toman el pretexto de una tasa insignificante que el ministro de Hacienda británico, sir Michael Hicks-Beach, acababa de imponer sobre la exportación de combustible, para decidir, en una reunión de sus delegados en Westminster-Palace-Hotel, que la huelga general sería votada si la tasa no se retiraba, sabiendo que el ministro se había comprometido en pleno Parlamento a no retirarla.

La situación era bien clara y sencilla, la victoria de los mineros franceses era segura por el hábil pretexto de los compañeros de Inglaterra; pero entonces el ministro socialista Millerand y sus dos aliados Basly y Lamendin, diputados de las cuencas hulleras del Pas-de-Calais, se empeñaron, y lo consiguieron, en aplazar la lucha hasta el 1ª de Noviembre, lo que exigía un nuevo referendum.

Los mineros ingleses, admirados por aquella rara maniobra, renunciaron a su huelga, que en realidad carecía ya de objeto positivo, toda vez que lo de la tasa no era más que un pretexto, como me lo aseguraron entonces varios delegados mineros británicos. Y la prueba es que la tasa fue votada sin protesta de los mineros como sin consecuencia para el consumo o la producción.

Ultimamente el referendum dio aun en Francia una mayoría formidable para la huelga general que debía estallar el 1ª de Noviembre.

Los mineros ingleses, consultados de nuevo, se negaron esta vez a tomar una resolución tan grave como la de la primavera última, temiendo volver a ser hurtados. Sin embargo, por espíritu de solidaridad, nuestros compañeros de Methyr, de Dowlay y del Sur del principado de Gales, decidieron hacer un paro de tres días para evitar el exceso de producción, es decir, para que los industriales ingleses consumiesen su depósito y no pudiesen vender nada a los franceses. Esto no era ... la solidaridad absoluta, pero era un acto de buen compañerismo.

¡Mas he aquí aun que las maniobras de Basly, de Lamendin, de Millerand, de Jaures y la actitud sospechosa del secretario general Cotte, aplazan la ejecución de una decisión formal de la masa de los trabajadores!

¡En lugar de decretar la huelga general, el secretario se pone a contemporizar y a cambiar cartas con el presidente del Consejo M. Waldeck-Rousseau!

¿Hasta cuándo esos políticos que viven de las miserias del pueblo abusarán de su paciencia? Bien sé que la cólera es grande en ciertos lugares; en el momento en que escribo estas lineas se dibuja en Lens y en todo el Pas-de-Calais, el dominio de Basly, un movimiento de protesta: pero ¿será suficiente para hacer fracasar los planes maquiavélicos y las traiciones de los malos pastores?

Como quiera que sea, una gran enseñanza se desprende de estos sucesos. A saber: que los mayores enemigos del pueblo son los políticos salidos de su seno que convierten en plumas de pavo real los sufrimientos de los trabajadores, y que éstos no harán bien sus negocios hasta que no se decidan a hacerlos por sí mismos.

FERNANDO TARRIDA.

Londres, 11 de Noviembre.