Los Ojos de la Reina

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Los Ojos de la Reina de Leopoldo Lugones

A Rómulo Zabala

I

No bien supe por aquella breve noticia de periódico matinal que, según la consa-bida fórmula, Mr. Neale Skinner había "fallecido inesperadamente, víctima de una repentina enfermedad" cuando se me impuso con dominante nitidez la causa del suceso: Mr. Neale se ha suicidado por "esa" mujer. Impresión a la vez dolorosa e indignada ante el prematuro fin de una vida útil y de una amistad ya excelente, si bien muy retraída ahora último por aquella fatal aventura. Tenía apenas el tiempo suficiente para vestirme y acudir a la casa de huéspedes donde el malogrado ingeniero residió desde su incorporación al Ministerio de Obras Públicas, pues la noticia indicaba que el cortejo se pondría en marcha a las diez. Pasada la triste ceremonia, trataría de averiguar esa tarde en la correspondiente repartición de la Dirección de Ferrocarriles lo que allá supieran del inesperado drama, pues Mr. Guthrie, único amigo común, andaba ausente por el interior, según mis noticias. Probablemente, pensé, la falta de aquel íntimo compañero habrá contribuido a precipitar la catástrofe. Mr. Neale, a quien debí, como se recordará, la curiosa narración del "Vaso de Alabastro", había sido contratado, poco después de fijar él su residencia entre nosotros, por la Dirección de Ferrocarriles, bien informada, en verdad, sobre su mérito de especialista. Pero su incorporación a nuestro cuerpo técnico, que todos celebramos, y cuyo acierto comprobó él mismo poco después, dilucidando una complicadísima regre-sión en cierto tramo de la línea de Huaitiquina; debióse a las relaciones que en-tabló con aquella misteriosa dama del "perfume de la muerte", cuya arrogante figura percibimos sólo al pasar, la tarde de la recordada narración, y que según Mr. Guthrie, su conocido eventual, contaba dos suicidas entre sus adoradores... Habiendo encontrado a la pareja en el teatro algunas veces, la circunstancia de que siempre ocupara palcos altos, y a una distancia que la discreción me vedaba acortar, impidióme percibir claramente el rostro de la dama, bastante esquivo, además, tras los calados sombreros a la moda; pero conocía la fama de su her-mosura, por los comentarios sobre "la egipcia del Plaza", como le pusieron duran-te el breve tiempo de su residencia en dicho hotel.Súpose luego su traslación a una casa de cierto barrio distante, donde el ingenie-ro la visitaba, y esto fue todo; mas la trivial aventura complicábase para mí con el recuerdo del mencionado perfume, que era, o pareció a Mr. Neale, el mismo del vaso de alabastro descubierto en la tumba de Tut-Anj-Amón y cuya exhalación, según él, causó a lord Carnarvon la muerte.

II

Mientras pensaba todo esto, llegué al domicilio del difunto Mr. Neale, cuando el cortejo estaba ya organizado. Los concurrentes, seis en totalidad, me eran desconocidos, con excepción de Mr. Guthrie, que había llegado la tarde anterior, pocas horas después del suceso, y que se hallaba profundamente abatido. Creo que mi presencia le fue grata, por la emoción con que estrechó mi mano en silencio. Ocupé, pues, en su compañía uno de los dos coches que formaban el modesto cortejo, según la voluntad del difunto, expresada en su cana final; mientras to-maban el otro cuatro personas: un empleado del Ministerio, un huésped de la casa, que había trabado amistad con el extinto, y dos representantes de la "En-glish Literary Society", me parece. Debimos, pues, aceptar a uno de los descono-cidos, quien solicitó asiento con profunda cortesía. Mr. Guthrie hizo la presenta-ción, pero en voz tan baja que no distinguí bien el nombre. Creí percibir algo co-mo Nazar, o Monzón, apellidos que correspondían al tipo fuertemente criollo del sujeto, moreno, entrecano, de corta barba casi blanca. Pero ya Mr. Guthrie me narraba los detalles, breves, por lo demás, del funesto caso. Absorto en su pasión, Mr. Neale había ido aislándose, hasta cortar, o poco me-nos, casi todas las relaciones, aunque nada indicaba en él desasosiego ni amar-gura. No sin gran sorpresa, pues, recibió su compañero en Tucumán, cuatro días antes, una carta sospechosamente alusiva a cierto viaje que debía realizar de un momento a otro, dando a entender como causa una comisión del servicio; pero agregando recomendaciones familiares de minuciosa intimidad, además de un pedido reiterado y perentorio: que por todos los medios posibles se evitara moles-tias a su amiga, en caso de sobrevenir algún episodio desagradable. Lleno de ansiedad, Mr. Guthrie partió en el acto, sin conseguir, no obstante, evi-tar el desastre que presentía. Suicidio vulgar, en la solitaria habitación donde los demás huéspedes estuvieron casi junto con el tiro, la clásica epístola al comisario: "no se culpe a nadie...", "cansancio de la vida..." —excluía con tal evidencia toda complicación, que el juez pudo expedir a las nueve de la noche el permiso de inhumar, reclamado por la patrona con premura comprensible. —La multitud de formalidades tan penosas— concluyó Mr. Guthrie—, impidióme advertir a usted. —Con todo—, opiné yo—, creo necesario indicar al juez la posible influencia de esa enigmática persona. Una muerte es una muerte, y la galantería póstuma de Mr. Neale, delicadísima en verdad, no puede comprometer nuestra conciencia. —Pero la última voluntad de los difuntos es sagrada... —repuso suavemente nuestro compañero eventual, mudo hasta entonces, con un acento que desvane-ció acto continuo en mí la impresión de un compatriota. Mr. Guthrie iba a decir algo también, cuando llegamos al cementerio.

III

La triste ceremonia concluyó pronto, bajo la invencible distracción de un sol espléndido, que parecía chispear, trizando vidrio, en el reclamo de los gorriones. Despedímonos en la vereda, con la sobria cortesía que es de suponer; y como manifestara yo la intención de caminar un poco, aprovechando la agradable tem-perie, Mr. Guthrie me dijo: —No puedo acompañarlo. Debo regresar al hotel cuanto antes, para no perder el correo que parte hoy, precisamente, pues deseo comunicar sin dilación la infaus-ta nueva a la familia de mi amigo. Ruégole, tan sólo, que desista de su advertencia al juez, o en todo caso que no lo haga sin hablar antes conmigo. 3 Tuve que prometérselo, aunque con desgano, porque la impresión del primer momento continuaba viva en mí. Entonces el otro compañero de carruaje decidióse también a caminar, pre-guntándome si me incomodaba su compañía: Respondíle que no, aun cuando poco me agrada departir con desconocidos, y to-mamos calle abajo en silencio. Tres minutos después, una indiscreción del personaje confirmaba mi pesimismo en la materia. Suavizando aún más el extraño acento que lo caracterizaba, y empleando un cas-tellano singular, aunque sin tropiezos, creyóse autorizado para encarecerme: —No desoiga usted el pedido de Mr. Guthrie, que es muy razonable y caballeres-co. La voluntad del difunto... Aquella impertinencia me exasperó. Y más por contrariarlo que con intención de proceder así, repliqué: —Estoy, por el contrario, casi decidido a hacerlo. Es cuestión de conciencia. Mi interlocutor palideció, deteniéndose aterrado. —¡Señor!..., ¡por favor!... ¡Por vida suya, señor!.... —imploróme suplicante. Mas, entonces, súbitamente intrigado ante su actitud: —Pero usted —repuse—, ¿qué papel juega en este asunto? —¿Yo...? Yo soy egipcio como esa señora... Su compatriota. Ella no es culpable... Se lo juro... ¡No! —¿De modo que usted también la conoce íntimamente? Comprendió de golpe, a su vez, el mal camino que había tomado. Y recobrándose, dijo con gravedad: —Soy, señor, el tutor de esa mujer. Ésta es la verdad completa. Lo era, sin duda, a juzgar por su acento y su reacción. Mas, el enigma, lejos de aclararse, se complicaba. Con todo, era yo, a no dudarlo, el dueño de la situación, y decidí jugarla en un lance definitivo. —Su declaración —sentencié con aplomo—, lejos de tranquilizarme, aumenta mi perplejidad, si no mis sospechas. Hablaré con Mr. Guthrie, porque así se lo he prometido; pero mi resolución está tomada a menos que usted resuelva fran-queárseme sin doblez. Entendido, por lo demás, que nunca me haré cómplice de un delito. Palideció más aún, detúvose nuevamente, para convenir en voz baja: —Así sea. Nadie puede contrariar su destino. Tiene usted, en sus manos, sin sa-berlo, el de la más extraordinaria mujer, y ojalá no le sea fatal un día la revela-ción con que va a violentarlo. Pero no hay tiempo que perder. Venga usted conmi-go, señor, y conocerá por mi boca que nunca ha mentido, el secreto de Sha-it. —¿De Sha-it? —pregunté, ligeramente turbado por aquella solemnidad. —Sí, el secreto de Sha-it-Athor, la Señora de la Mirada.

IV

—Mansur bey...—había dicho, aclarando su nombre, hasta entonces confuso, mi singular confidente, mientras me hacía los honores de su sala oriental, nada opu-lenta sin embargo. Esto no impidió que yo resolviera observarlo todo con interés; pues lo distante del barrio, así como las palabras del personaje, indicáronme de sobra que me hallaba en la casa de aquella egipcia con quien él diera poco antes nombre y título tan extraños. —Deseo, antes que nada, enterar a usted de mi persona y situación —empezó diciendo. "Mi título de bey es puramente honorífico, pues me ocupo del comercio de di-amantes que, muy afectado por la guerra y por las exigencias de los lapidarios holandeses, no cuenta en la actualidad sino con media docena de plazas impor-tantes, casi todas americanas. "Sha-it, que es huérfana y viuda, vive conmigo desde varios años atrás, y he aquí por qué nos hallamos en Buenos Aires. "Mi modo de hablar el español, que advirtió usted enseguida, proviene de que lo aprendí entre los israelitas de El Cairo, donde hay muchos descendientes de los expulsos de España; aun cuando fue mi profesor Abraham Galante, nada menos, el ilustre hebraísta hispanófilo, a quien usted conocerá como autor. "Quiero recordarle, también, porque no es un secreto ya, que el movimiento gene-ral del Oriente en favor de la independencia, ha borrado casi del todo las ojerizas de raza y de religión, tan funestas para nosotros durante siglos; éxito que princi-palmente se debe a las fraternidades ocultas, unidas por un vínculo común, no ajeno tampoco al conocimiento de usted. Así desde los sikas hindúes hasta losdrusos del Líbano, y desde los shamanes siberianos hasta la nunca extinta ma-sonería de Menfis..."2—¿La Menfis faraónica? —pregunté con sorpresa. —Sí, señor. La Menfis de los faraones. Aquella hermandadha sobrevivido, como tantas otras cosas egipcias; y el vínculo que dije nosacerca, a despecho de la odiosidad, particularmente viva contra los judíos en el Oriente también. "Verdad es que tenemos, como lo verá usted, parentesco antiquísimo con aquella raza, aun cuando esto suele resultar más bien unmotivo de antipatía entre los pueblos; mas sólo quiero, por ahora, referirme a mis paisanos." —Mr. Neale habíale dicho a usted, según lo leí en su narración, que los felahs, o campesinos de mi país, saben y callan muchas antiguas cosas. "Es de inferir que los descendientes de las clases elevadas, pues aún quedan familias cuya tradición remonta a los faraones, sepan algunas más importantes por cierto. "Sha-it pertenece a una de aquéllas, por abolengo dinástico; y cuando nació, sus padres, que profesando, en apariencia, el cristianismo jacobita3, seguían fieles a las antiguas costumbres, mandaron sacarle el horóscopo magistral. "Yo eché los cálculos, a la usanza de Tebas,y el cielo reveló un destino maravilloso. "Pues como Sha-it es de sangre real, debía compararse su horóscopo con el de las antiguas reinas, hasta Cleopatra, mediante el archivo astrológico que la logia menfita custodia hasta hoy en criptas inexpugnables. "Debía compararse, insisto, porque las almas de los muertos renacen con destino semejante o complementario al de su vida anterior, cuando han transcurrido de tres mil a tres mil quinientos años. "Esto lo saben también vuestros arqueólogos, por la lectura de los jeroglíficos; mas, como dicha escritura tiene cinco claves, y ellos no han descubierto sino dos, ignoran muchas cosas sobre el misterio de la muerte: entre otras, que el sexo no cambia mientras debe el alma renacer, y que cuanto más elevada fue su vida te-rrestre, más prolonga el plazo de su reencarnación."De aquí que el horóscopo de Sha-it concordara con el de la reina Hatshepsut, muerta hace alrededor de tres mil quinientos años..." Aquello era demasiado fuerte para no indignarme. —¡Bonita novela! —exclamé, riendo con airada malicia ante la enormidad. Pero la actitud del egipcio me contuvo. Apoyada su mejilla en la mano izquierda, sus ojos profundizaban con tal eviden-cia el misterio de las edades abolidas, su voz venía tan seguramente desde el fon-do de la eternidad, su aspecto habíase revestido de una autoridad tan serena, que toda sospecha desvanecíase al punto; y como una emanación vagamente vertigi-nosa, algo suyo, no sé qué, pero algo sensible, que ahora me asombra y que en-tonces me pareció natural, imponía a su narración una certidumbre contemporánea.

V

—Hatshepsut —continuó, sin hacer caso alguno de mi protesta—, Hatshepsut, cuyo nombre leen mal los arqueólogos, pues debe pronunciarse Hatsú, fue, como usted recordará, la terrible faraona de la reconquista. "La flor de oro y de hierro, de belleza y de gloria, en que triunfó hasta resplande-cer sobre los tiempos aquella décima octava dinastía, que libertó a Egipto del do-minio extranjero, prolongado tres centurias por los hicsos asiáticos. "Renacida en Sha-it, ésta es, pues, la esperanza de Egipto. Pero su destino como tal flota todavía en la sombra futura... "... Y el don de profecía —añadió como soñando— pertenece sólo a los maestros del tercer vértice, que no alcanzaré ya en mi actual existencia... "El horóscopo, que es también nominal, impuso a la recién nacida el nombre de Sha-it-Athor, realmente formidable, si se considera que está compuesto con el de la diosa del destino: Sha-it, y con el de la Afrodita egipcia Athor, deidad del agua, como la griega, y patrona de la belleza por los ojos: o como se dice en lengua ri-tual, Señora de la Mirada. "Pero aquí reclamo toda su atención, porque las cosas van a complicarse un poco. "Sha-it es nativa de Esné, donde había residido Mr. Neale, como empleado del ferrocarril de El Cairo a Asuán; y esta circunstancia fue la que los aproximó con simpatía, después de aquella conferencia sobre magia egipcia que dió el ingeniero en el hotel. "Esné era uno de los grandes centros mágicos del Egipto faraónico: una de las ciudades de Athor; y como eso provenía de la situación geográfica y magnética del punto, no de una fundación caprichosa, los griegos cambiaron el nombre de la ciudad por el de Latópolis, en la época de los Tolomeos, poniéndola así bajo la advocación de Latona, la madre de Apolo, una de las diosas de belleza, que al ser personificación de la noche (la noche es, naturalmente también, madre del sol) tenía estrellas por ojos: resultando, pues, una Señora de la Mirada. Nada había, entonces, de arbitrario en todo esto. "Latona fue todavía, según usted recordará, perseguida por la serpiente Pitón, a la cual mató Apolo con sus flechas. Y la diosa egipcia Sha-it hállase vinculada por su nombre con Shaí, la misteriosa serpiente barbada del Nilo, que según los fe-lahs vive aún en las aguas del río sagrado. "Perdóneme usted estos detalles cuya mención va poniéndolo, por lo demás, en contacto con el antiguo misterio. La serpiente del Génesis tenía ojos de diamante, y tentó a Eva para el primer amor; y uno de los cuatro ríos del Edén era el Nilo... "La fatalidad de la serpiente, o sea el poder de perdición por los ojos, debía pesar, pues, sobre Sha-it, y así es para su desgracia. "Casada muy joven, a los catorce años, como se estila en Oriente, uno después era viuda por suicidio de su esposo: tragedia que ella provocó sin saberlo, bajo la acción de la fatalidad, sólo porque a ruego de aquél, y cediendo al abandono del amor, había consentido mirarlo en el instante del beso supremo. "Nunca, por lo demás, lo ha sabido; ya que al producirse aquella desgracia, ini-ciadora de una serie fatal, la logia menfita, de acuerdo con sus padres, me en-cargó su custodia. "El segundo episodio tuvo peores consecuencias para ella, y hallóse íntimamente relacionado con el descubrimiento del hipogeo de Hatsú.

VI

"Cuando la visita que, según usted mismo ha relatado, hizo Mr. Neale a esa tum-ba, en compañía de su ayudante Mustafá, éste habíale dicho: '"Los antiguos pusieron espíritus materiales para guardar la entrada de las crip-tas. Son los vengadores siempre despiertos. Cada cual tiene su modo de ofender, pero todos matan. En poco más de un año que duró la excavación de este sepul-cro de la reina hubo dos suicidios entre los exploradores. "Esto es lo que voy a narrarle. "Fueron dos jóvenes ingleses que habían cortejado un poco a Sha- it, como todos los de la alta sociedad de El Cairo; pues aquélla, en sus dieciocho años entonces, alcanzaba una plenitud de belleza que era, sin exageración, el orgullo de la ciudad. "Contribuyó a aumentar esta fama un detalle que, al ser de motivo secreto como el destino de Sha-it, debía enconar después la calumnia de que fue víctima: "Nuestro ritual prohíbe el luto a las reinas; y mientras está el sol en el horizonte, no pueden ellas despojarse de las joyas sagradas que las defienden contra toda posesión; las ajorcas de tres metales, los brazaletes de cinco piedras preciosas, los siete collares y la diadema con el áspid avanzado para morder el corazón enemigo. "Ambos caballeros, como directores de la exploración, fueron los que, por codicia-da preferencia, abrieron la cámara fúnebre. "Ninguna excavación había sido tan costosa como la de ese hipogeo: más de un año para escombrar doscientos y tantos metros de galerías y de cámaras. "Estas últimas contenían, como es sabido, un tesoro inapreciable en estatuas, muebles, objetos de lujo; pero la mortuoria, según ocurre siempre, no encerraba sino el sarcófago: triple féretro de piedra en la cripta completamente dorada.

"Sin embargo, al lado mismo de la puerta que obstruía con ligero tropiezo, había un precioso taburete incrustado de marfil, sobre el cual —delicada y al mismo tiempo ingenua coquetería en frívola lucha con la eternidad— habían dejado un espejo. Probablemente el más íntimo del regio tocador, a juzgar por su elegancia sencillísima: un óvalo de plata pulida, montado en un mango de ébano que un loto de oro aseguraba, decorándolo a la vez. "Aquel objeto, sin más destino aparente que una ofrenda sentimental y baladí, era, no obstante, el vengador encargado de la ejecución misteriosa. "Mas ello requiere todavía algunas explicaciones previas. "Los antiguos atribuían a los objetos íntimos un alma elemental, o 'doble', que les trasmitía el contacto humano; y por esto daban nombres personales a sus basto-nes, joyas, pomos perfúmarios, espejos... "Pero estos últimos cobraban a ése, y a otros respectos, una importancia especial, por su vinculación con el don de la mirada. "Nadie ignora tampoco, pues todo esto es de arqueología clásica, la importancia de los ojos en la simbología egipcia. "Ojos de esmalte, dotados de sorprendente vida, y montados en placas de metal, representaban al sol el derecho y a la luna el izquierdo. Eran 'los ojos de Horo', el dios párvulo a quien Athor servía de arca o nave conducente, y que personificaba al sol de los muertos, 'el sol verde de la media noche'. Por lo cual llamábanle también Príncipe de la Esmeralda. Amuletos propicios o maléficos, de ahí provino la creencia en el mal de ojo. "Athor era también, en aquel caso, diosa de la muerte; y bajo el nombre de Nub, que es el mismo del oro, la guardiana de la momiabajo cuyos rasgos renacerá el difunto. Por esto se conservaba en una máscara de oro que coronaba la caja fúnebre, propiamente dicho, el rostro de los reyes muertos. Amor y muerte son, pues, las potenciasde Athor. "Los ojos de esas máscaras, como los de ciertas estatuas que los han conservado, son de una vida intensa hasta el miedo. Pues los antiguos lograron lo que no se ha conseguido después: fijar en los ojos artificiales el poder de la mirada. "Puedo decirle, todavía, que alcanzaban dicho efecto mediante cierta incidencia angular en la disposición del globo y de la cavidad orbitaria, cuyo secreto se ha perdido. "De aquí que hasta con las pupilas vaciadas y el rostro casi destruido, como la Grande Esfinge, las estatuas miren aún cual si fuesen verdaderas personas. "Recuerde usted los ojos del escriba acuclillado del Louvre4, que insisten hasta hacer daño. Y, sin embargo, no son más que dos trozos de cuarzo blanco que en-garzan dos pupilas de cristal de roca, en cuyo centro brilla un clavito de bronce. "Los más 'vivos' de aquellos ojos eran de plata, y simbolizaban a la luna o las es-trellas, astros del amor fatal."

VII

—El espejo, puesto de faz sobre el taburete de la entrada, conservaba, gracias a esa disposición, el pulimento de su luna. "Y como en todos los casos, habíase contado para la ejecución del castigo, con el movimiento natural, que tratándose de un espejo conduce a mirarse en él.

"Pero, con indescriptible asombro de los exploradores, no fueron sus rostros los que aparecieron en el pulido metal. "No sus rostros, por ventura, sino el de una maravillosa mujer, cuya mirada, viva hasta el deslumbramiento, entró en sus almas, quitándoles toda potestad de pa-labra y de reflexión, hasta poseerlas en un vértigo que inspiraba la delicia insa-ciable, y con ello necesariamente mortal. "La reina había eternizado para el castigo su propia mirada fatal —la mirada de belleza y de muerte—. Y a la luz de las linternas exploradoras, que reforzaba con un reflejo casi solar el intenso dorado de la cámara fúnebre, su rostro vivía con la vida del 'doble' o alma rudimentaria del espejo despierto al contacto humano. Viv-ía como sonreído y flotante en una atracción abismal, próximo y remoto, a la vez, dentro del óvalo encantado, infundiendo ese desfallecimiento del corazón que no es sino la aceptación irrevocable del destino, ante el verdadero amor o la hermo-sura suprema." Y la impresión fue tan intensa que ambos se volvieron instintivamente a mirar. Nada... Nadie... —¡Una mirada de tres mil años! —dudé yo en voz alta. —¿Por qué no? —repuso el egipcio con sencillez—. ¿No duran lo mismo en las criptas perfumes, huellas en el polvo, flores delicadas, que el mero contacto del aire desvanece? ¿No perpetúa el escultor algo tan fugaz como la sonrisa en el mármol o en el bronce?... "Así los poseía, pues, aquella mirada. "Hora o minuto, el tiempo no contaba ya. Pero, de pronto, una angustia los so-brecogió: el rostro, que no retrato, empezaba levemente a borrarse. Mejor dicho, se alejaba, sin dejar de imponerles, profundo hasta la desesperación, el prodigio de sus ojos. "El espejo se dormía. "Se dormía, es la palabra justa; porque si los objetos magnetizados pueden con-servar su latencia indefinidamente, con tal que se les asegure un reposo perfecto —y así hay cadáveres que se mantienen intactos durante siglos—, la tibieza simpática de la mano provoca en ellos, como el agua hirviendo en las plantas se-cas, un despertamiento fugaz. "Arrancándose al hechizo, ambos tuvieron la misma idea: conservar fotográfica-mente lo que pudieran obtener al sol. Mas, por rápidos que anduvieran, la ima-gen estaba ya asaz borrosa cuando alcanzaron la superficie del desierto. Con to-do, el sol africano, así como la pericia y las buenas máquinas debieron ayudarlos bien; porque dos días después, al practicarse la indagación judicial del misterioso doble suicidio que consternó a la ciudad, hallóse en la cartera de cada uno la se-mivelada pero perceptible prueba fotográfica del retrato de Sha-it." —¡De Sha-it! —exclamé yo—. ¿Entonces?... —Así era, en efecto: Hatsú renacida en Sha-it. "Lo que esta última debió padecer con la investigación y las sospechas imposibles de conjurar fue terrible. Durante algunas semanas llegué a temer que enloquecie-ra. Ella, como todos al fin, creíase perseguida por asechanzas infames que habría provocado la envidia de su belleza."

VIII

—El espejo vino a mi poder entonces, costándome un dineral; pero nada quedaba ya en él, bajo el recobrado brillo de la plata. Habíase dormido para siempre. "Lo verá usted, pues lo he conservado. "¡Ébano, plata y oro! Si los dos pobres suicidas hubieran entendido algo de ma-gia, no los tocarían jamás. Pues la combinación de materiales apropiados, al ser esencial para los talismanes, revela también su objeto. "Mas los antiguos sabían que quien viola una tumba puesta bajo ciertos signos es porque ignora los secretos. "Así, hallábase también a la vista, en el mango, el nombre del espejo fatal: triple jeroglífico, que para vuestros arqueólogos significaría puramente abb-or-za; el dormido, lo cual era ya inquietante; pero que, leído con una clave superior, indi-caría algo cuya importancia deducirá usted por el valor individual de cada signo: el antebrazo, símbolo de la fuerza ejecutiva; el ojo palpebrado, símbolo del ensue-ño; y el cuerpo fecundo de la mujer, o sea su tronco y senos. "Pero volvamos a la desgracia de Sha-it, complicada en el proceso y víctima de la calumnia que desde entonces la persigue. "La infeliz, absuelta en suma como era de esperarse, ausentóse conmigo, para no volver jamás. Tal es, al menos, su intención. Y cuando al cabo de los veinte años transcurridos, empezaba a olvidar la horrible pesadilla, a renacer para el amor que reclaman su hermosura y su juventud, ya ve usted, señor... ¡Apiádese de ella!..." Un vago sollozo le cortó la palabra. Y como yo, turbado, no respondiera, creyó deber insistir para convencerme: —Tales ojos, señor, son una fatalidad de raza. Son los ojos idumeos que atrajeron sobre Cleopatra el amor y la desventura. "Por eso el parecido singular entre los retratos de aquélla y de la reina Hatsú, respectivamente conservados en los templos del Denderah y de Dair el-Bahari. ¡A mil quinientos años de distancia entre una y otra! "Cleopatra fue hija de una princesa idumea. Hatsú, nieta de una concubina de la misma nación que su abuelo, el faraón Amenotis I, había tomado, para robuste-cer la reciente insegura alianza con aquel país, pequeño, pero indispensable al paso de las grandes expediciones contra el Asia. "Observe usted en la reproducción de aquellas imágenes la nariz fina y ligeramen-te arqueada, los largos ojos, la esbeltez felina con que dotó a ciertas razas asiáti-cas la diosa Sejet5, su creadora. Por ella somos parientes con los hebreos. Era la diosa leona, terrible también por los ojos, y patrona de la elegancia corporal. "Y para acabar de convencerlo sobre la realidad de ese hechizo cuya nativa pose-sión excluye toda responsabilidad en las desgracias que ocasiona, quiero revelarle la existencia actual de una rama judía, procedente de la antigua Idumea, cuyas mujeres conservan el don fatal en sus ojos negros o azules, y a la cual caracteriza públicamente la peculiaridad de que, en cualquier idioma, pronuncia así la le-tra..." Pero la puerta del salón abrióse con brusquedad en ese instante, y una mujer arrebatada por la aflicción o por el miedo, apareció, estrujando un papel, entre un cascabeleo de brazaletes. Sólo acerté a enderezarme, deslumbrado por aquella aparición. Hallábame ante Sha-it, la Señora de la Mirada

IX

Cuanto pude imaginarme, palideció ante la realidad.No sé qué era más subyugador, si la hermosura o la rareza de su tipo. Tenía realmente ante mí una egipcia faraónica. Y su presencia bastaba, al punto, para imponer, con una evidencia de esplendor, el dominio de la reina. Esbelta hasta la vibración, como esos juncos que aun bajo la más perfecta calma están cimbrando con una especie de interna música, su delgadez aérea, exa-gerándose en finura ascendente, a la manera de una larga flor, perfilaba apenas, en la gracia del andar, la angosta evasión del flanco felino. Para acentuar la impresión, su levísima túnica verdemar, sin ninguna transpa-rencia, no obstante, revelaba su cuerpo como en una difusión de agua intranqui-la. En la iluminación, que puedo más bien decir relámpago de la entrada, sus altas chinelas de oro habían relumbrado como cabezas de serpiente en un erizamiento de lentejuelas. Ricas pulseras de colores sobrecargaban con suntuosa pesadez sus brazos de ámbar; pero sus dedos fuselados, que se angustiaban sobre el afligente papel, ostentaban de único adorno la alheña que por mitad los teñía. Palpitaban en su garganta, con centelleo multicolor, los siete collares; y sobre su frente, erguíase como en el aire, al estar retenido por invisible diadema, el áspid de esmalte verde cuyos ojillos eran dos chispas de diamante. Oyóse, al parar de golpe ante nosotros, el choque como marcial de las ajorcas; y un perfume dulcísimo, de suavidad excesiva hasta el desmayo, "aquel perfume" otra vez, abismó la sala. Pero, nada menos que ese atavío, anómalo en un día de luto —a no ser por la obligación ritual—, nada menos, digo, requería la prodigiosa mujer. Su tez, casi cobriza, parecía iluminarse con dorada suavidad, en una morena transparencia de dátil. Sus cabellos, tenebrosos hasta lo siniestro, agobiaban la frente, echando sobre los párpados la sombra arrogante y torva a la vez de un casco guerrero. El áspid verde, que salía casi del entrecejo, animábase con el sombrío vigor de aquella mata, como en sutil delirio de ponzoña y de aroma. Leve temblor exaltaba en él la vida de la intensa cabellera. Comprendíase que, a título de insuperable lujo, cualquier adorno habría resultado en ella insignifican-te; y que por esto su dueña escondía hasta la diadema ritual, preservándole en tal forma la integridad de su negro esplendor. Y contrastando, en el fino cobre del rostro, con aquella melena de ardiente lobre-guez, que devoraba las finas cejas nerviosas, sus ojos azules, hondísimos, inmen-sos, que un poeta árabe habría cantado, al morir por ellos de amor, "implacables como el destino y largos como el tormento", dilataban, con la pureza inconquista-ble de la luz, la antigua serenidad del mar violeta. Pureza y serenidad, he ahí su expresión divina. Aunque seguramente habían llo-rado, su rayo celeste conservaba una limpidez de estrella. La fatalidad del amor, lejos de turbarlos, comunicábales la ingenuidad atónita de una perpetua adolescencia. La altivez del dominio absoluto caía de ellos como un lejano favor. Iluminados por una vida excelsa, que ya era divinidad, superiores al bien y al mal en la perfección de la belleza, lo que más atraía, sin embargo, en ellos, dimanaba de su potestad indudable sobre la muerte. ¿Por qué digo indudable?... Yo mismo no acertaría a explicarlo. Pero trátase de una impresión más segura que el raciocinio. Así, en algunos casos, ciertas presencias invisibles, pero evidentes.

Contenida ante el forastero, la Señora de la Mirada, para aplicarle su justísima advocación, había recobrado una imperiosa serenidad. Noté entonces el delicado perfil de halcón ligeramente huraño, la boca soberbia y carnal que se entreabría sobre los dientes luminosos; y este detalle, al fin huma-no del todo, que solamente podía advertírsele de costado: las pestañas de largura infantil, cargadas de tristeza, como si estuviesen goteando profundas lágrimas. Pero, en ese instante, Mansur bey rompió el encanto, alargándome el papel con inquietud. Era la citación del Juzgado para declarar sobre el suicidio.

X

Bastóle, sin embargo, la expresión de mis ojos, y, dirigiéndose a ella en inglés, por lealtad y por cortesía díjole con tranquilas palabras que interpretaron exactamen-te mi pensamiento: —Nada temas. Este caballero nos ayudará, proporcionándonos un abogado ami-go. Parece que no te corresponde ninguna responsabilidad en esa desgracia. Me incliné asintiendo, y Sha-it agradeció con triste sonrisa. Entonces, al mirar de nuevo sus ojos, advertí que tenía el poder de apagarlos co-mo las serpientes. Después, a unas breves palabras en árabe que su tutor le dirigió, fue a sentarse en un diván con abandono resignado. Cualquiera imagina mi curiosidad, las preguntas que palpitaban en mis labios. El egipcio, que penetraba una vez más mi pensamiento, adelantóse a contestar-las, volviendo a emplear nuestro idioma, mientras me advertía: —No se inquiete usted por ella, pues no comprende el español. Y luego: —Tampoco arriesgue conjeturas. No se halla usted inscripto en su destino. El otro lo estaba, y la fatalidad empezó a gravitar sobre él desde su visita al sepulcro de la reina. "Asimismo, es vano su temor del perfume. "Cuando la antigua soberana trasplantó a su jardín los sicomoros de incienso que le trajeron del País de las Aromas, reabrióse para Egipto la era de los perfumes sagrados. "Las antiguas macetas existen aún, excavadas en la roca viva, entre los escom-bros de Dair el-Baharí. Pues todo esto es, adviértoselo una vez más, rigurosamen-te histórico. "Tomando aquel incienso como base, la perfumería real fabricó seis esencias de las siete que constituyeron los óleos rituales para el sacrificio de los dioses y para el supremo bien de los vivos Y de los muertos. Por eso todos se parecen. "Los arqueólogos sólo conocen el nombre de uno: el Hakamú, o 'perfume de acla-mación', como se lo llamaba por su propiedad de arrancar aplausos, tal como provoca la risa el gas hilarante o protóxido de ázoe de vuestros químicos. "Ése fue el perfume real de las ceremonias.

"Habrá usted hallado algo de eso en sus estudios sobre la antigua 'Orden de los Asesinos'6,que, perdonando mi abuso en gracia de mi buena intención debería usted abandonar en el punto adonde ha llegado. "Pero, volviendo a los perfumes, la reina antigua fue la inventora del séptimo, el más parecido al de la muerte por su intensidad y penetración: 'Atórat el-Yamal', el aroma de belleza, conforme está descrito en los jeroglíficos que Augusto Mariet-te 7descifró: '"Su Majestad en persona fabricó de su propia mano una esencia aromática para todos sus miembros. Entonces exhaló el perfume del rocío divino, su piel brilló como el oro y su rostro resplandeció como las estrellas en la gran sala de las fies-tas. La egipcia se estremeció como si entendiera. El sol meridiano entró en ese momento por la ventana exterior, iluminándola con su pincelada oblicua. Y, fuera sugestión del arcaico texto, o ilusoria impresión del rayo solar, bajo la túnica súbitamente transparentada, su cuerpo resplandeció como el oro.

XI

Ahora, cuando falta, quizá, lo más importante, advierto mi ligereza en haber pro-metido bajo palabra de honor que no diría una palabra más sobre el secreto de Sha-it. No creo mucho en las consecuencias de una indiscreción, y hasta es probable que la única víctima haya sido mi credulidad; pero el temor de cometer una mala ac-ción me contiene. Añadiré, únicamente, que soy propietario del espejo, valiosa reliquia en verdad, y no hay para qué decir que continúa siempre "dormido". Con todo, mirándolo bajo cierta incidencia, paréceme que al cabo de dos o tres minutos pasa por el metal una especie de mirada que produce cierto mareo. Y como no sé lo que es, si es algo, en suma, ni me agrada la inquietud, ni profeso la arqueología, he resuelto donarlo mañana mismo al Museo Etnográfico de la Facultad de Letras, donde podrá verlo el curioso lector.