Los abismos: 18

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Capítulo IX
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


-¡Adiós, señores!

-¡Adiós!

-¡Adiós!

-¡Adiós, Eliseo; descansar!

-¡Hasta mañana!

Se despedía de los que habían querido ácompañarle hasta su casa. Eran los autores de renombre, los buenos compañeros, y los satélites que constantemente acechan la aparición de todo nuevo sol por los horizontes literarios.

El sereno entró a meter el farol en la punta del chuzo por el hueco del ascensor, para alumbrarle.

«¡Descansar! ¡Hasta mañana!»

¡Mañana! ¡Oh, mañana!

¡Qué descanso el de esta noche... el de mañana!

Con la mano por la baranda, ayudábase Eliseo a subir pesadamente los mármoles de la ducal escalera suntuosa.

¡Oh, mañana..., mañana! -¿Cómo y quién la bajaría?

Las palabras que ofrecíanle cualquier fatídico sentido, adquirían la cualidad de estereotiparse con una pesada y honda plasticidad de cera en la limitación de su cerebro.

Llegó al piso. Tenía el llavín. Fatal sombra del Destino, quiso y pudo entrar sin ruido..., como las sombras, como la muerte que se infiltra hasta el lado de los que no la aguardan.

Desfalleciéronle con su frío de panteón el silencio y las tinieblas.

Tuvo que detenerse un instante, apoyado en la pared.

La pesada puerta, cerrada tras de sí, apartábale ya del mundo esplendoroso de las farsas; y ahora, aquí, sabíase el árbitro de la trágica verdad en el antro de verdad de la tragedia.

Escuchó.

Todo en la que fue mansión de sus venturas dormía con el último engaño de la dicha que no volvería nunca a despertar.

Todo..., menos ella, acaso..., recogida en el terror..., si no la hubiese dormido también la insensatez de su inconsciencia.

Tanteando por los muebles, guióse hasta el despacho. Torció una llave y brillaron las luces de la araña. Estaba lejos de la inicua, que no podría sentirle la furtiva entrada, con tiempo a prevenirse de mentiras, hasta que hubiera de abrumarla el rigor de su presencia.

Pero la luz le fue cruel. Mostrábale, con la impasibilidad de las cosas que no lloran, y en tanto él se despojaba del abrigo y del sombrero para arrojarlos a una silla, el santuario donde el alma suya había forjado tantas ilusiones.

Se acercó a la mesa. Abrió un cajón.

Era el de las intimidades olvidadas, y al sacar de bajo unas cajas de papeles y tarjetas y de entre unas cartas el revólver, que deslizó al bolsillo, arrastró y cayó encima de todo un sobre. ¡De ella! ¡De la época de novios!... Timbrábalo su cifra, verde, del color de la esperanza, del color de la indecencia, y dejaba entreasomar un pensamiento negro.

Símbolo... para aquel cuya espantosa revelación hacíaselos descubrir sombríos por cada rincón de su pasado. Ciego del alma, veía al fin en la historia de su alma con las claridades eternas de la muerte. Así al morir debían ver también los ciegos de los ojos.

Como los gladiadores antiguos, en plena apoteosis habita recibido el golpe que le mató. Igual que ellos supo contenerse supremamente digno ante las gentes, y las lágrimas del corazón que evaporáronle los fuegos de la gloria, no existirían más en el tétrico cadáver aún galvanizado por el odio para repartirlo destructoramente en torno suyo.

Salió del despacho.

Iba, iba, sombra fría, hacia la perversa cuyo fatuo fulgor de belleza del infierno dijérase que por las tinieblas iluminábale el camino a no supiese ni importa ha qué rápidas violencias o qué lentas justicias implacables. O el revólver, o las uñas, o el simple y duro puñal de los agravios... ¡qué más daba! tendrían que arrancarles la existencia.

Palpaba unas cortinas. Reconocía las sedas del tocador, y hundiéronse en el vacío oliente a esencias sus brazos extendidos.

Y se detuvo, de improviso, en cuanto dio un paso por la alfombra. La puerta de la alcoba, no bien cerrada, a través del cuarto de baño lucía una cinta de luz.

¿Velaba la taimada? ¿Esperábale recogida allí en sus arterías, dispuesta con perfidia dulce a la defensa inconcebible contra toda la que ella debiera sospechar derrota ignominiosa del teatro?

Salvó leve la distancia, y con cautelas infinitas abrió y entró. Habíase ido deslizando entre las puertas ingrávido, insentible, como una bruma de un ensueño; y Libia, inmóvil bajo el fulgor rosa de la lámpara, con la cara vuelta al otro lado, cerrados los ojos, descansaba la cabeza en el almohadón, entre las deshechas y doradas crenchas del pelo, y dibujaba su pétreo abandono estatual en los tonos verde agua de la colcha.

Sirena de maldición, de todas las funestas seducciones, que aún, quizá, quisiera cautivarle con sus cantos.

La contempló... en el bajo lecho fastuoso, doselado con más bellos embustes de encajes y de rasos, de nubes y de cielos, en que diosa de lumbres de pasión y de llamas de pureza había creído él tantas veces mirarla al resplandor de su hermosura.

¿Dormía?

¡No, no dormía!... y ante la que debiera crisparse de horror al verle de un modo repentino, fue él quien trepidó de sorpresa al notarse envuelto en la paz de su mirada.

Un movimiento, un roce cualquiera de la mano que buscaba en el bolsillo el revólver o el papel cruel, bastaron para que le advirtiese Libia e incorporase sobre el codo su melancolía de mimosa enferma.

Sino que el mimo de la faz, de los claros ojos, aun antes de haberle dirigido al recién llegado un afectuoso acogimiento, nublóse de recelos, al reparar en su actitud.

Se miraban, fijos, sin moverse, desde lejos. Se miraban, cayendo recta y rígida toda la acusación de él sobre el alma de la vil, que sentíasela descuajada en la íntegra enormidad de su secreto y como absorbida en el creciente grandor de espanto de sus ojos, y la vil, la vil cobarde, no pudo resistirlo y abrió aún más los ojos al último y mayor espanto de la respuesta a que sus ansias le excitaron.

-¿Qué? -demandó seca, irguiendo el busto sobre ambas manos, en una convulsión.

Eliseo sonrió con una ferocidad piadosa de sí mismo.

Había pensado que sus desoladas certidumbres no necesitasen más confirmaciones, y se rindió al asombro de sentir que ninguna fue la decisiva, la inequívoca, la imponente, hasta ésta que recogía de Libia sin palabras.

Lento, siniestro, absortamente observado por el ya mudo terror de la miserable infeliz, se acercó, se sentó en la marquesita de la cabecera, tendió después un brazo, y dijo con frialdad entregándola el anónimo:

-¡Toma! ¡Lee!

La vio leer, vio la fulguración que demudábala el semblante, y la oyó gemir tan sólo un «¡Oh, Dios!», ahogado, a la vez que desfallecía su mano con la brutal esquela y cerrábanse sus ojos huyendo al lado opuesto.

-Cuando menos -la reprochó él con la misma glacial ferocidad que seguíale cuajada en la sonrisa- pudiste evitarme a tiempo los ludibrios.

Pero saltáronle al corazón desde todos los átomos del ser los dardos de la saña, a la vista de la semidesnuda beldad cobarde que tantas veces con idéntica semidesnudez y con más valor impúdico y en otros infames lechos habríase ofrecido a las lujurias de tantos, y atenazándola y sacudiéndola una muñeca, rugió:

-¡Oh, mujer! ¡Maldita seas!

Fue una vida de dolor tumbada de un hachazo. Doblada, como rota al contacto duro la muñeca aquella, cedió la otra también, y dejáronla caer pesadamente, de espaldas, inerte el busto, inerte la cabeza, inerte toda, sobre el lecho y sobre los blancos almohadones. Un desmayo. Quedaba brindada en alto la garganta de la misera, de la cómica, quizá, que habría sabido desplomarse esquivándole atrás el gesto, no tan fácil de fingir, y el rencor y el asco levantaron rápido a Eliseo y lleváronle a ella el garfio de las uñas...

Soltó, no obstante; tuvieron que abandonar las uñas su loco afán de estrangular, apenas hundidas en la carne... Brotaba sangre de la huella de una, y la exánime, la densamente lívida, seguía insensible al dolor y a la sofocación de espanto que la hubiesen debido despertar de su comedia...

¡El gesto! ¡Oh, el gesto!... Pudo el horrorizado justiciero contemplarlo, bien cerca, bien encima de los ojos que ahora no le pudiesen contemplar. Un estirajamiento de la boca contra los dientes secos, una desigual inercia de los párpados contra el estrábico blancor de las escleróticas, en una yerta palidez de blando mármol...

Le recordó el de los muertos del hospital; y para no creer en su alegría horrenda de que ya ella se hubiera muerto, de que ya él tan fácilmente hubiérala matado, con unos «¡Libia! ¡Libia!», de cavernoso amor de eternidad, y con unas palmadas de póstuma cruel caricia en las mejillas que había besado tanto, hubo de estimularla aquella tenue respiración de soplo que aún la agitaba el pecho en clónicas arritmias.

Sentado en el borde de la cama, torcido en el aplomo de ambos brazos abiertos sobre ella, mirábala, mirábala... mirábala alternativamente la gota de sangre que seguía engrosada resbalando por el cuello, y los globos de los ojos sin luz en estática agonía. Maldecida, maltratada, herida por él... ¡qué importaba! Harapo de belleza, guiñapo de sí misma. Mirábala y no podía determinar si estábale aquejando el ansia de escupirla en su abyección o de darla un beso, el último, amparado en su inconsciencia.

-¡Libia! -volvió a llamarla, nada más, eco vago de sus propias confusiones.

Ya que no las de la pérfida, las burlas de la suerte, para ella en vano compasivas, la hurtaban de entre las manos el alma de infamia y de doblez a que él querría infligir el tormento de asistir a su lenta destrucción, sintiéndose a escarnios arrancada pedazo por pedazo.

-¡Libia! -tornó a suspirar en el éxtasis de horror a su beldad y en el lúgubre ridículo de aquella homicida espera de iras y piedades.

Y como al mismo tiempo la piedad o la ira giráronle los ojos a la estancia, haciéndole instintivamente buscar contra el peligro de la vida vil, que acaso se le escapaba impune, el extraño socorro de un pomo de sales, de un frasco de éter..., la indignación le levantó.

Fuese el colmo de lo repugnante y macabramente bufo que la auxiliara él, que hiciera venir a un médico, si no lograba recobrarla al sentido... con la monstruosa caridad del juez que pone el afán de sus escrúpulos en salvar a un grave enfermo sentenciado, para entregárselo a la horca.

La miró aún, con el desdén de todos sus rencores... y salió, pensando cuánto más valdría que el azar y la debilidad de la malvada, si acertasen a matarla, relevásenle de innoblezas de verdugo.

Abría ahora las llaves de las luces, a su paso, y en la sala le paró el gran retrato de ella hecho por Guillermo. Érale igual detenerse allí o en otra parte, y se desplomó en una butaca.

Cerrados los ojos, descansaba a un lado la cabeza con la mano sobre ellos. Quisiera no pensar, y no podía. Los ojos al tacto como muerto de la mano que había hecho saltar la sangre de la odiada a quien tanto amaron, veían dentro de ellos mismos la gota roja en la garganta blanca.

Dueño del tiempo y de lo horrible, reposaba... reposaba al menos su físico cansancio. Aguardaba lo fatal, lo que estaba escrito en los abismos del Destino con letras indelebles que serían las que su inocencia hubo de trazar en los carteles de las calles; lo que por sí solo o por él, y nada importase cómo, tendría que haberse consumado en el abismo sin fondo de esta noche.

El retrato, allí enfrente, acabó por absorberle. La imagen de la falsa, en una viva y portentosa evocación, mostrábale su dulce hipocresía y el esplendor antiguo de sus lujos.

Recordaba los no lejanos días en que la vio vestir aquel traje de gasas y de pieles, con el cual solía partir en el automóvil de Ernestina después de sus poses de modelo, y preguntábase para qué amantes pudiera haberla llevado la perfidia tan regiamente engalanada.

El del escándalo, según la Prensa, era un aristócrata chiquillo; pero ¿las lascivias de cuántos más tuvieron que envilecerla, por capricho, antes, hasta lanzarla a las del incauto, por estafa?

¡Sí, sí, la miserable!... ¡En el largo camino del vicio no se pasaba de un salto desde el pudor de la honradez hasta el encanallamiento criminal de las ladronas del amor!

Habríala hecho falta una escuela de maldad en que primero la hubiese seducido un señuelo de ilusiones, que la hubiese ido infamando lentamente, que hubiésela corrompido, al fin, hasta dejarla a la merced de cualesquiera.

De los amigos, de los mismos íntimos amigos de los dos, quizá, ¿cuáles pudieran arrojarle a él la burla compasiva de la traición con ella realizada a cuenta de unas galas o de un poco de placer, como con una fácil y linda prostituta?

Una duda más le consternó.

¿Habría sido la querida de Guillermo?... Yendo en busca de Ernestina, Libia mil veces le ofreció sin duda ocasiones en su casa; lo mismo que las habían tenido aquí, cuando él no los acompañó en aquellas sesiones de pintura en que Astor arreglábala las ropas con tanta confianza, tocándola las piernas...; igual que con Luis las hallaría en las visitas médicas a Inés.

Astor, sí, el cínico bohemio artista, el despreocupado a quien ni los decoros suyos y de su mujer le merecían respetos; Luis, también, acaso, el probo, que, hombre al fin, no supiera sustrarse a la provocación de la coqueta...

Ambos, por lo pronto, sabiéndola tan vil, al ocultárselo al camarada fraternal, habíanse comportado deslealmente; y si con la tardía oportunidad del funesto drama, con tal de que no llegase al público, llegaron hasta dejárselo vislumbrar sus mañosas terquedades, más que noble inquietud por el daño del autor, parecía esto forzada y agradecida obligación de defender de su propia iniquidad a la inicua generosa.

Y volvió a contemplar el retrato.

Triste le era dudar así de la amistad; pero ¿qué humano afecto pudiera perdurarle digno de estimaciones después de cubrir en catástrofe afrentosa el de la que fue la fe entera de su alma ingenua y el más firme y sagrado culto de su vida?

En torno a la maldita imagen de impureza, doblada allí en el sitial dorado con una pierna sobre otra, con la barba en la mano, y con la angélica vaguedad de ideal espectro de los cielos que parecían destellar su cara y su lánguida estatua toda envuelta en lujos, él, que la miaba extático, fue haciendo surgir la ignota legión de sus amantes... De ellos, ninguno se le señalaba, ninguno podría señalársele a las avideces de su odio, ni siquiera el ya bien defraudado en su pobre triunfo con la hipócrita que intentó estafarle, tanto como aquel, fuese quien fuese, que se la hubiese arrebatado el primero con un engaño de delicia...

Fuese quien fuese... Astor, Luis... otro amigo cualquiera..., un desconocido de la calle... ¡Y tendría ella que decírselo!

Habíase levantado. Ésta nueva urgencia de saber, de conocer en determinados nombres la extensión de su infortunio, para recogerlos también en la fría extensión de su venganza, tornábale hacia la inerte, que a fuegos de voluntad despertaría de aquel desmayo.

Llegó y se asombró de no encontrarla.

¡No estaba en el lecho! ¡No estaba en el cuarto!

Hirieron su oído ligerísimos sollozos. Turbaban apenas el profundo silencio de la noche, y provenían de la próxima alcoba de la niña. Se acerco a la puerta; estaba a obscuras. Escuchó más. ¡Ah! La extraña resucitada lloraba contenidamente su terror, como si temiera despertar al ángel de inocencia en cuyo sueño habíase buscado hábil un refugio.

Tembló Eliseo.

¡Inés! ¡El ángel de inocencia!

Por vez primera imponíasele a su egoísmo de dolor, el dolor de aquella pequeña vida inmensamente adorada y desdichada.

Sintió el impulso de entrar y arrastrar de junto a ella a la perversa que mancharíala con su llanto, con la luz del cieno de sus ojos..., y le paralizaba el sacratísimo temor de tener que verla abrir el susto de los suyos a la escena espantosa de violencia...

Libia gritaría, abrazaríase a la durmiente, no queriendo perder su escudo de candores.

¡Templo, pues, aquello! ¡Santo asilo para el crimen!

Dobló la cabeza, sin acertar a discernir si la que fue insigne comedianta en su vida entera supo serlo de tal modo a la hora suprema del castigo que hasta pudiera fingir con un síncope las orgánicas livideces de la muerte, y se alejó, cruzando vagamente la alcoba, el tocador...

Detúvole un espejo, y al limpio cristal le reprochó con amargura su incapacidad para delatarle las imágenes de impudor que con quién supiese quiénes le habría copiado tantas veces a la impúdica.

Ignoraba lo que hacer, condenado a tal espera en lo horrible inevitable, y atrájole la triste curiosidad el armarito joyero en que habíase reclinado.

Sus llaves, nunca escondidas para él por la audaz mañosa que le confiara de tal modo, solían estar en un cajoncillo de la mesa. Dentro... estarían tal vez los íntimos recuerdos, las cartas, las fotografías de aquellos hombres que él ansiaba conocer.

Fue por las llaves, y durante media hora se dedicó a revisar lo que los compartimientos del elegante mueble contenían.

La sorpresa y la confusión aumentábanle a cada instante. La infame guardaba allí como reliquias, y en perfecto orden, las mismas cosas que a una honrada muerta, por ejemplo, confirmaríanle una aureola de delicadeza y de virtud. Entre las alhajas de sus mundanos triunfos, dijes y sonajeros de cuando Inés fue pequeñita, protegidos cuidadosamente en los más bellos estuches. En un paquete de cartas, que hiciéronle estremecerse, las escritas por él durante breves ausencias, las de los padres y las hermanas de ella y unas medallas y un poco de pelo gris, con un miniado retratillo, que eran de su madre. En otro paquete, atado con cintas y lacrado, antiguos retratos de la niña, que tenían la fecha al dorso; bucles rubios en cuya envoltura de papel de seda decía: «De mi hija de mi alma: cortados al enfermar del sarampión; Abril de 1910», y un amuleto de corales. Luego, más paquetes en que, al deshacerlos trémulo el investigador, ante su estupefacción creciente aparecían trapitos y vestiditos de muñeca con largas puntadas, que serían las primeras hechas por Inés, papeles y orlas, también de ella, con casitas y dibujos y letreros adorablemente torpes, y unas estampas de santos en que la mano infantil, ya más segura, había trazado un «A mi queridísima mamá», en gentil dedicatoria...

Había ido recogiendo Eliseo todos aquellos recuerdos de la niña, que guardó y catalogó la Libia inverosímil, que hubiéranse perdido a no ser por ella, y al cruzar la sala, en su nuevo paso vacilante hacia el despacho, miró otra vez el retrato odiado y tuvo que preguntarse en qué ocasiones, en qué época pudo la perversa consagrarse, ciega y loca, a su larga historia de maldades. Los preciosos objetos eran de todos los tiempos, lejanos y próximos, sin interrupción en la vida de ambos, y no se comprendía la monstruosidad de una mujer que en las mismas entrañas de desastrada aventurera siguiese cobijando ternuras tales de una madre.

Estaba fatigadísimo, moral y materialmente destrozado. Buscó el descanso en la amplitud de una poltrona, y de nuevo el bello orden del despacho hízole pensar en la inmensa felicidad pasada y en la aún más grande felicidad de porvenir que había roto la insensata.

Extraña suerte su suerte.

De un golpe, de una vez, habíanle estallado delante de la vida los fúlgidos incendios de la ansiada gloria y las lóbregas negruras de la muerte.

Siempre, además, contradictoria y compleja, ahora el problema de la muerte volvíasele irresoluble.

El designio de destrucción para él y para Libia que le trajo del teatro, tenía detrás o por encima la sagrada inocencia de aquel ángel a quien la miserable habíale pedido segura protección y que tendría que quedar abandonado.

Si ella le pudo olvidar para su deshonra, él no debía, no podía imitarla olvidándole para su desamparo cruel en la soledad del mundo.

¡Morir con ellos..., Inés!

Meditó siniestro, fijo en la idea de la no sabía cuál terrible y sobrehumana caridad de amor que cortárala en el propio candoroso sueño la existencia.

Mas... ¡oh!, las manos, el revólver, negábansele horrorizados a apoyarse en la garganta o en la frente de su hija.

Un éter, un éter..., un éter que le efluviase a la cándida flor de aquella boca dormida su vapor de eternidad... ¿dónde estaba?

Un beso, un beso... un beso de infinita y letal pasión tan grande que sorbiérale el alma y el aliento...

¿Dónde estaban?

¿Dónde estaban... el beso, el éter de amorosas suavidades de asesino?

No lo sabía; no los veía por los rincones de su hogar o de su alma, y el estupor de la voluntad inerme le sumía en un amodorramiento en que sólo le restaban dos confusas abstracciones: la de esta bella paz de su despacho, centro de todo el universo de una dicha derrotada, y la de aquella alcoba en que sobre una cuna blanca de purezas, llorando, prosternaba su cobarde ignominia una mujer.

Y hasta esta última emoción se le iba borrando poco a poco.

Oía en la calle los ruidos del amanecer.

Oía cerca el tictear de un reloj, que no daba horas, por fortuna..., y el tiempo y el reposo sin medida le fueron adurmiendo su cansancio.


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Despertó, porque le daba el sol.

Dejábalo pasar oblicuo el balcón no bien cerrado, y abrió los ojos el que tenía la boca amarga y el alma sonriente.

En su dormitar, soñó; y había estado soñando con Biarritz. Las gentes paseaban por la Digue, sonaba una orquesta, sonaba el mar, y en la venturosa severidad de todo, él y Libia sonreían a Inés, viéndola jugar descalza, con su pala y su traje rojo de chiquillo, por las olas la arena.

¡Oh, cruel evocación! ¡La esperanza herida de agonía habíase aprovechado de esta última libertad del dormitar para llevarle a un pasado venturoso!

Y el sol volvíale a la espantosa verdad de su tragedia.

Seguía con su irónico orden de bellezas el despacho, y seguiría allá no lejos, Libia, llorando sus infamias sobre el ángel de candor.

La boca...; ¡sí, sí, la boca y el alma le amargaban!

Implacable la realidad, había querido colmarle la persuasión del infortunio hasta con el hecho de aquella mujer que no venía..., que no había osado en la larga noche venir a sincerarse de inocencia o a implorarle sus perdones.

¡Tal debía de sentirse imperdonablemente infame en su conciencia!

Pero... le asustó el día, el sol, de pronto. Púsose de pie.

Miró el reloj. Eran las seis y cuarto.

Él tampoco debería ver a la malvada..., verla, cuando la niña y las sirvientes despertasen, sin saber lo que con ella fuese a hacer su odio y teniéndolo que disimular con esfuerzos imposibles.

El pensamiento de tener que convivir entre simulaciones de respeto con la que nada respetó de este hogar, que ya sólo esperaba el minuto en que habría de desplomarse..., inundóle el corazón en ansia de una fuga..., de una fuga... lejos..., lejos de ella y del Madrid que nunca más debiera contemplarle en la deshonra...

Un viaje.

¿Adónde?

¡Bah!... el azar y el primer tren que de cualquier estación partiese hubieran de decirlo.

Un viaje, un viaje.

No podía tardar. Media hora más y levantaríanse las criadas.

Corrió. Trajo de un armario de allá dentro unas ropas y una pequeña maleta, y púsose a arreglarla.

Hermoso día. ¡Qué burla la del sol para alumbrar tanta tristeza!

Cambiado él de ropas, cerrado el maletín, cogió dinero de un cajón, tomó de la pared y guardó un retrato de Inés... y, viajero siniestro en viaje a lo vacío, sus labios lanzaron un beso en dirección al cuarto de su hija, y sus ojos lanzaron un dolorosísimo adiós a aquel despacho...

Salió.

Abrió y cerró puertas con los últimos sigilos.

Bajó rápido la ducal escalera de suntuosos mármoles que él no creyó anoche volver a bajar sino muerto, en la proyección de aquel fatídico «mañana».

¿Tornaría a subirla una vez aún para que le bajasen muerto?

El Sol, los árboles, la vida, el día hermoso en la hermosa calle... todo le era jeroglífico.