Los altos de Peñalara

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Los altos de Peñalara de Silverio de Ochoa
Nota: Silverio de Ochoa «Los altos de Peñalara» (14 de agosto de 1897) El Globo, n.º 7.935, pp. 2-3


EL VERANEO

Los altos de Peñalara
(RELATO DE UNA EXCURSIÓN)

 Son las tres, la hora en que sale el coche de la Plaza Mayor con los expedicionarios, entre los cuales se encuentra un servidor de ustedes... Son las tres de la madrugada del día 1 de Agosto, y yo aún en el lecho. Fiat lux... Enciendo precipitadamente una vela, vístome en un santiamén, cargo con mi saquillo de provisiones de boca, preparado con antelación, y salgo corriendo, calle Real arriba, llevando en la diestra mano, á guisa de lanza quijotesca, fuerte, largo y nudoso cayado pastoril, apoyo seguro, ayuda del ánimo, explorador de quebraduras y riscos, norte futuro de mis pasos en la fragosa sierra... Oigo voces amigas; son dos excursionistas que van en mi busca; casi nos vemos en la semiobscuridad que á todas horas reina en la población... Se oye cascabeleo y un rumor sordo y lejano... Es el coche; ya llega. ¡Buenas noches, señores!
 Comienza á alborear cuando distinguimos las frondas que anuncian la proximidad de La Granja.
 El coche vuela... Ya estamos en el famoso Real sitio... ¡Buenos días! Allí están Félix y Segundo Gila, Daniel Zuloaga, con su hijo Juanito, Alfonso Martínez y Javier Puig, que nos esperan... Aparece una bandeja de dorados y calientes buñuelos, los cuales son engullidos en un instante; aparece otra y ocurre otro tanto... ¡Café, café! Todos lo piden, pero no hay lumbre para calentarlo; además, alguien asegura es el tal rematadamente malo; esto nos consuela... ¡Adelante! Los peones salimos andando á buen paso; somos nueve: Félix y Segundo Gila, Daniel Zuloaga, Andrés Cristóbal Peña, su hijo Manuel, Alfonso Martínez, Javier Puig, José Compagni y el que firma estos mal hilvanados apuntes.
 Junto á las tapias de los soberbios jardines aparece un cabrero, llevando del diestro un poIlino, con cántaros de leche; de ella bebemos con ansia; está riquísima... Seguimos andando; otro cabrero asoma. ¡Alto, amigo; venga otro trago! Bebamos hasta saciarnos de la «dulce ambrosía del olimpo carpetano»... pagando lo que valga.
 Comienzan las fatigas al subir la cuesta empinadísima del camino del Reventón, nombre éste que, por Dios y mi ánima juro, no puede estar mejor aplicado. Comienzan también á salir al aire los pañuelos para empapar el sudor que corre por nuestras sienes... El ánimo se encoge y hace brotar en la mente tristes reflexiones.
 De seguro que todos vamos diciendo para nuestros adentros, más ó menos ajetreados: «Pues si esto empieza así, ¿cómo acabará?» ¡Ea! ya llegamos á la terminación de la tapia de los jardines, algo más arriba de donde está el último pino, el cual tiene un asiento rústico desde el que se puede contemplar el panorama que está á nuestra vista, panorama bellísimo de monte verde brillante y verde mar, que baja, se ladea, se tuerce y sube, orgulloso de su fronda magnífica, por el colosal y perfecto cono, nombrado Silla del Rey, que puede compararse con monjil acerico erizado de innumerables alfileres, cuyas cabezas fueran talladas esmeraldas.
 Ya llegan los jinetes, capitaneados por Félix Gila; son éstos el señor fiscal de la Audiencia, D. José R. Montejano; el señor Magistrado, tan conocido en Segovia, D. Ángel Merino de Porras; el notario D. Ángel Arce, y Gavino Nieva, Juanito Zuloaga y Sebastián Borreguero, que se agregó en La Granja á la partida, á más de dos guias, tomados al efecto en este último punto.
 Félix Gila, el docto catedrático de Historia Natural de la Universidad de Zaragoza y director inteligentísimo de la expedición, grita, con cierta solemnidad: Señores, estamos en la región subalpina.
 Se reanuda la marcha alegremente, faldeando las vertientes del valle por donde corre el arroyo Morete. Paramos en la Meseta Bajera, y durante este trayecto pudimos contemplar, por entre los derechos y elevados troncos de los pinos, la Silla del Rey brillando al contacto de los rayos del sol, que esparciendo las altas nieblas que el cielo encapotaban, surgieron de improviso, como surge fantástica iluminación en teatral apoteosis. Zuloaga, el renombrado pintor, que tan bellísimas imitaciones hace de la famosa pintura antigua de azulejos, saca dos fotografías de todos nosotros; explica Félix Gila, cómo del musgo de las tollas ó turberas que hallamos al paso, se va formando el carbón de piedra del porvenir; recreamos la vista en rizados heléchos y en las matas de puntiagados jabinos que se extienden por el suelo escabroso; subimos, siempre faldeando, sesgando, caminando uno en pos de otro, por estrecha y caprichosa vereda; contemplamos admirados la linea en que el pinar acaba para empezar el robledal, y donde al jabino y helecho sustituye el piorno y la retama; bebemos agua helada en dos ó tres arroyuelos, transparentes como el más fino cristal; examinamos lindas flores y pequeñas plantas de aquellas alturas, cuyas denominaciones técnicas y vulgares nos dice el animoso y entusiasta Linneo de la expedición; recreámonos casi de continuo en los magníficos paisajes que se suceden ante la vista gozosa, y nos paramos en la majada del tío Bolas, sitio desde el cual arranca el camino (¡santo cielo!) de Quebranta herraduras, por el cual debemos de seguir.
 ¡Adelante otra vez! El suelo está cubierto casi todo con la planta del esparto, el cual, según Gila, no explota ea Segovia más que un modesto industrial del barrio de San Marcos; examinamos sus interesantes y menudas florecillas de ambos sexos; cazamos un grillo guapote y rollizo, de aspecto bonachón, calvo y con capucha parda, echada á la espalda, como un fraile reverendo. y Compagny da caza también á dos presiosísimas mariposas, que á la cuenta sólo se crian en la sierra Carpetana, y á las cuales llaman los naturalistas algo así como Apolo y el Parnaso, por supuesto, en latín. ¡El Parnaso! Vive Dios que á discurrir alguna musa por tan agrestes y escabrosos lugares, no sería la dulcísima y tierna que inspiró á Virgilio sus Églogas y Geórgicas, sino la que, en la Eneida, condújole á los dominios de Plutón y Némesis, ó sea á los mismísimos infiernos.
 Estamos ante el canchal... ¿Qué es el canchal? El canchal es... pues eso, algo del infierno, ó sean las malas intenciones de que dicen está empedrado tan pavoroso lugar de condenación; porque, sin duda cada una de aquellas piedras de las cuales parece que ha huido la línea curva; aquellas piedras llenas de aristas, afiladas por todas partes, grises, durísimas como el acero, esparcidas á granel unas encima de otras, en distintas posiciones, formando infinitos derrumbaderos, hoyos y huecos, por debajo de los cuales suele bullir el agua con cierto soniquete dé carcajada burlona; semejante suelo, si así puede nombrársele, era... ¡Virgen Santísima! era el que teníamos que salvar para subir los trescientos metros sobre poco más ó menos que nos separaban de los enriscados altos de Peñalara.
 ¡Animo! La nieve estaba cercana, en dos ventisqueros, junto á los cuales decidimos pasar. ¡Animo y que Dios nos ampare!
 Yo, jamás sabré decir cómo llegamos arriba; me parece imposible que alguno de nosotros no se quedara entre aquellas rocas malditas; pero, por fortuna, aunque sudando á mares, jadeando, pusimos nuestra planta en una de las lomas de la montaña, notando con placer la facilidad de nuestros movimientos, á causa de la menor presión del aire (3.000 y pico de kilogramos menos que en Segovia).
 Nos abrochamos las chaquetas, pues soplaba un vientecilló propio del mes de Marzo (¡y estábamos á 1 de Agosto!); volví el rostro hacia el llano y mis ojos se quedaron absortos ante el maravilloso espectáculo que ante ellos desarrollábase; primero, enfrente, la masa verde del pinar encaramándose por las abruptas y quebradas pendientes de la serranía; la Silla del Rey, el acerico cubierto de esmeraldas, empequeñecido no era más grande que un ciprés corpulento; La Granja, como una ciudad de Liliput; Segovia era una masa confusa entre amarilla y parda, sobre la que se destacaba un tanto la torre de su Catedral; á poca distancia de Segovia, al parecer, los pinares de Coca y de Cuéllar, y más allá los de Valladolid, cuya población se adivinaba por las brumas del Pisuérga; aún más allá, veíanse otras brumas menos distintas, sin duda las del Duero, y en lontananza, lejanísimas, al Noroeste y al Norte, me pareció notar sombras muy desvanecidas, quizá las montañas de León y Burgos.
 Entre La Granja y Segovia, la carretera que une estas dos poblaciones semejaba un canal de agua lechosa, en su mayor parte perfectamente recto. El resto del paisaje, llano, todo llano, era como un mar petrificado y amarillo. ¡Dios mío! En toda aquella inmensidad castellana, cuántos miles de hombres jadearían, recolectando, cual las hormigas, las mieses para el invierno. En la ciudad, en los pueblos esparcidos aquí y allá, semejando motas grises ó pardas, ¡cuántas lucháis por la existencia, cuántas penas, cuántas miserias! ¡Qué pequeña es la humanidad desde tales alturas considerada! Ni aun tenemos el tamaño del grillo rollizo y simpático, con traza de fraile capuchino, que guardaba el artista Zuloaga como oro en paño.
 Almorzamos al sol y bien resguardados del viento entre las rocas.
 Contemplamos, entusiasmados, á vista de pájaro, el ameno valle del Lozoya, todo verde, surcado de riachuelos, en el cual están situados el monasterio del Paular, la fábrica de aserrío y el pueblo de Rascafría, pintoresco como una aldea montañesa ó euskara.
 Nos asomamos al acantilado, de unos 300 metros de elevación; bajamos, á pique de estrellarnos, á un magnífico ventisquero, donde una mole inmensa de nieve resplandeciente (cuyas diversas capas dividen líneas que parecen tiradas con carbón) socavada en la proximidad del suelo, gotea líquidos diamantes, que deslizándose entre las rocas, por caminos ocultos, van á surtir Dios sabe qué manantiales. Algunos excursionistas saltaron sobre la nieve, con peligro de ir á parar al valle hechos polvo; otros se apoyaron en aquella mole blanquísima y dura como hierro, y Zuloaga impresionó una placa fotográfica con semejante espectáculo.
 En lo más alto de Peñalara hallamos entre las rocas algunas tarjetas de touristes que antes que nosotros visitaran aquellos parajes. Alguna era del año 94; en todas ellas había un saludo entusiástico para los que las descubriesen. Guardárnoslas; dejamos allí una especie de acta, á la cual dio fe con su signo el notario Sr. Arce; contemplamos la laguna de los Pájaros, fuimos luego á ver la famosa de Peñalara, donde la superstición forja extrañas creencias, y que no tiene nada de particular; encaminámonos hacia Balsaín, recogimos algunos preciosos ejemplares de micacitas y de cambroños, que, al nacer, semejan racimos de corales, y desarrollados, un bouquet de estrellitas verdes y amarillas; aspiramos el perfume exquisito del tomillo carpetano, cuyas florecillas moradas semejan á las violetas; consideré yo una cierta broma de la Naturaleza, que consiste en prodigar en aquellos despeñaderos, tan propicios para descalabrarse, una especie del árnica, que, según Gila, es apócrifa; y á las tres de la tarde comenzamos á bajar hacia la pradera de Balsaín por tales parajes, que personas y cabalgaduras salimos de ellos con bien por un milagro de Dios. Un mulo cayó en un arroyo y estuvo á pique de perniquebrarse y ahorcarse con el ramal; atravesando por los canchales, los hombres tuvieron que hacer camino para las bestias; nos dividimos, sin saber cómo, en tres grupos, perdiéndose éstos unos á otros de vista; el canchal espantoso, amenazador, entrelazándose entre sus rocas como serpientes las raíces de piornos y jabinos, oponíase con su salvaje y mudo arizamiento á nuestros pasos, que debía consideran atropello escandaloso de sn virginidad agreste, selvática; bajar por aquel suelo horrible era, francamente, una atrocidad. ¡Y todo á causa de haber perdido una vereda, trance facilísimo en tan riscosos y hermosísimos lugares!
 A la confluencia de dos arroyos, sitio encantador que llaman de Dos Hermanas, fuimos todos á parar, unos más pronto, otros más tarde; los dos señores magistrados, gracias á la Providencia, en forma de pastor, que fué por ellos y por los dos ¡guías! que les acompañaban, instigados por nosotros.
 Desde Dos Hermanas, el camino es fácil y abierto hasta la carretera de la Cueva del Monje, que conduce á La Granja en poco tiempo. Y ahora, para dar fin á estos desordenados apuntes, nada mejor que lo que Gustavo Becquer, el poeta inmortal, escribió en una de sus cartas escritas desde el Moncayo:
 «Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de un lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir á buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente artísticos á los rincones donde su obscuridad les sirve de salvaguardia y de donde poco á poco los van desalojando la invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilización.»

Silverio de OCHOA.