Los animales congregados en Cortes

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Los animales congregados en Cortes
de Rafael García Goyena



     Ya sabes que, por genio o por capricho,   
 vivo en este retiro, Delio amado,   
 al trato de las gentes entredicho.   
 

     En mi sola existencia confinado,   
 aprendiendo del tiempo las verdades   
 que me enseña el presente del pasado   
 

     Interrumpe, tal vez, mis soledades   
 uno u otro jurídico negocio   
 que me hace conocer las sociedades.   
 

     Cuando esto no sucede, gasto el ocio   
 en repasar atento los avisos   
 de Horacio Flaco, mi perpetuo socio.   
 

     Evacuados ayer los más precisos   
 asuntos que ocurrieron en el día,   
 me puse a leer gacetas y concisos.   
 

     Repleta me quedó la fantasía   
 de cortes, juntas y demás sucesos   
 que llenan hoy de honor la monarquía.   
 

     Revueltas mil fantasmas en los sesos,   
 con la cabeza me acosté tamaña;   
 y padecí del sueño los accesos.   
 

     Dormido me ocurrió la idea extraña    
 de que voy a hacer puntual diseño,   
 porque puede apropiarse a nuestra España.   
 

     En el difícil cuanto heroico empeño 
 que tiene contra el déspota absoluto,   
 atiende, pues, amigo: va de sueño.   
 

     En la trampa sutil del hombre astuto   
 incauto cayó, al fin, el fuerte León,   
 del imperio animal monarco bruto.  
 

     Llevado de su noble condición,   
 no teme los engaños, ni recela   
 de quien tiene por dote la razón.   
 

     Noticia semejante al punto vuela,   
 discurre por aquel y este hemisferio  
 y a todos horroriza la cautela.   
 

     Las bravas fieras de su grande imperio   
 se enfurecen, alarman y disponen   
 a redimir al rey del cautiverio.   
 

     Entre otros medios, muchos se proponen  
 celebrar una junta o gran congreso   
 de cuantas clases la nación componen.   
 

     Líbrase circular, mandato expreso   
 que a todos los cuadrúpedos emplaza   
 en beneficio del ilustre preso.   
 

     El reino todo se levanta en masa,   
 y de ariscos y fieros animales   
 un individuo va de cada raza.   
 

     Aun las especies entre sí rivales   
 se dan y estrechan la amistosa mano,   
 con otras señas de cariño iguales.   
 

     El audaz, el sangriento Tigre hircano,   
 con sus bigotes y manchada piel,   
 se mira popular y cortesano.   
 

     Sus garras disimula el Oso cruel,   
 y en el público teatro se presenta   
 como patriota, ciudadano fiel.   
 

     La Pantera feroz, siempre sedienta   
 de sangre de los hombres, allí toma   
 asiento, y a los suyos representa.  
 

     El Leopardo, acullá, también se asoma    
 erizando la crin o la melena,   
 y el ligero Cerval de nariz roma.   
 

     No dejó de asistir la cruda Hiena;   
 desamparando su nevado monte,  
 en las cortes también su voz resuena.   
 

     ¡Oh membrudo y sagaz Rinoceronte!   
 el Búfalo. Hipopótamo y el Uro,   
 el Reno, la Jirafa y el Bisonte,   
 
     Todos asisten al común apuro.  
 Allá se mira la pintada Cebra;   
 también la Danta de pellejo duro;   
 

     el Unicornio acá, de quien celebra   
 la fama el cuerno, que aplicado sana   
 la mortal picadura de culebra. 
 

     De nuestra ínclita parte americana   
 allí miro al Cebú, oigo al Coyote   
 aullar en la junta soberana,   
 

     el Huanaco, el Espín, el Ocelote,   
 el Babirusa, el Llama y el Zorrillo,    
 el tardo Armado, el Corzo y el Pizote;   
 

     el bravo Jabalí de cruel colmillo,   
 el gordo Tepescuinte, grato al gusto;   
 el Onagro también y el Huroncillo,   
 

     todos a consultar el común susto   
 se congregan de ambos continentes,   
 y forman el congreso más augusto.   
 

     Por las otras especies obedientes   
 al duro yugo del dominio humano,   
 acordaron poner votos suplentes.   
 

     Como por el Caballo lusitano,   
 la Oveja confinada en vil encierro,   
 la Cabra y el doméstico Marrano,   
 

     y así de los demás; menos el Perro,    
 que por su natural inclinación   
 hacia los hombres, se le imputa el yerro   
 

     de la más alta y pérfida traición,    
 y en cuantas tiene más de treinta castas   
 proscrito lo declara la nación.   
 

     De los desiertos y regiones vastas  
 del orbe, vienen en unión social   
 cuantos usan colmillos, uñas y astas.   
 

     Esta ha sido la junta más cabal   
 que se ha visto de brutos congregados,   
 desde la del Diluvio universal.   
 

     Reconocidos los poderes dados,   
 se declara su fuerza por bastante;   
 y de acuerdo común, los diputados   
 

     eligieron, ninguno discrepante,   
 por medio de sufragios singulares,    
 por cabeza del cuerpo al Elefante.   
 

     Dando los pasos, pues, preliminares,   
 el sabio presidente abrió el congreso   
 entre vivas y aplausos populares.   
 

     En un discurso que estudió para eso,  
 exagera la grave, atroz injuria   
 hecha al monarca que lloraba preso.   
 

     Exagera también la humana furia   
 que a todos predomina y avasalla,   
 llenándoles de males y penuria.   
 

     «Todo el reino animal cautivo se halla   
 -dice aquel orador-. De todo el globo   
 se hace dueño absoluto esta canalla.   
 

     «Sus satélites son la muerte, el robo;    
 no respeta la hacienda ni la vida   
 del humilde Cordero o fiero Lobo.   
 

     «Contra el hombre tirano bruticida,   
 este grave congreso se ha instalado:   
 recuperad la libertad perdida.   
 

     «La libertad de nuestro rey amado,  
 que en las redes cayó de oculto lazo;   
 la libertad del reino y del estado...»   
 

   «¡Libertad -grita el Tigre- en todo caso   
 para que por las plazas y las calles   
 me pueda yo pasear sin embarazo!»     
 

     «Libertad absoluta sin detalles»,   
 al mismo tiempo reclamaba el Oso   
 para rugir por montes y por valles.   
 

     Repite libertad el cauteloso    
 Jacal, poniendo su mirar ferino  
 en el Conejo débil y medroso.   
 

     «Tengamos libertad -dice el dañino   
 Lobo-, para dejar la oscura gruta   
 y salir a las claras al camino».   
 

     Demanda libertad la Zorra astuta,    
 y que mueran el hombre y el mastín   
 para que pueda ser más absoluta.   
 

     Nuestro Gato montés y el Tacuazín   
 son de la libertad declamadores;   
 y todos piden libertad al fin.   
 

     El Mono entonces dijo así: «Señores,    
 la amable libertad es el objeto   
 de las públicas ansias y clamores;   
 

     «que la conseguiremos me prometo,   
 si descubre la luz de esta asamblea  
 el medio de salir de tanto aprieto.   
 

     «El común enemigo se pasea   
 por nuestras posesiones muy altivo,   
 mientras la junta libertad vocea.   
 

     «Pero ¿qué libertad, según percibo,    
 no es la que más conviene a la nación   
 ni la que necesita el rey cautivo?   
 

     «Particulares libertades son   
 las que oigo reclamar a cada uno   
 conforme a su específica intención.     
 

     «Libertad para hablar sin freno alguno,   
 libertad para hacer cuanto se quiera,   
 se pretende en un tiempo inoportuno.   
 

     «No se consigue el fin de esa manera;   
 el reino seguirá tiranizado  
 y el príncipe en poder de aquella fiera;   
 

     «la salud del monarca y del estado   
 es el único objeto, el punto fijo   
 a que debe atender nuestro cuidado.   
 

     «y no refiero, por no ser prolijo,   
 otras muchas más cosas en abono».   
 Aquí la maliciosa Zorra dijo:   
 

     «¡Oigan al charlatán; miren al Mono,    
 cómo quiere con gestos y parola   
 imponernos la ley y dar el tono!   
 

     «Pensará que solo él ha dado en bola,    
 y que sabe pensar como la gente,   
 sin mirar por detrás su larga cola.   
 

     «¿Cómo tuvo valor el insolente    
 de acusar al magnífico concurso,    
 no menos que de necio, impertinente?   
 

     «Que no sabe elegir aquel recurso   
 que a la necesidad actual conviene,   
 careciendo de todo buen discurso?   
 

     «Nada ignoro; ya sé de dónde viene   
 esa mordacidad; todo es resabio   
 del humano comercio que mantiene.   
 

     «Discurrir como el hombre, con agravio   
 de nuestra majestad (¡injuria atro!),   
 es por más parecérsele en lo sabio,  
 

     «así como en la cara tan feroz,   
 y merecer con él alto renombre...»   
 El señor presidente alzó la voz,   
 

     diciendo así: «Nadie se asombre,   
 si como un animal el hombre opina,    
 que haya bruto que piense como el hombre».   
 

     Aquí, amigo, la fábula termina   
 porque quiso un ridículo fracaso   
 interrumpirnos la sesión felina.   
 

     Sabrás que en otro tiempo vi de paso,   
 leyendo antigüedades de Heinecio,   
 cierta doctrina conveniente al caso   
 

     Así dormido me esforcé bastante,   
 y con voz tartamuda dije recio:    
 «Ha hablado en su lugar el Elefante;   
 

     «ese mismo dio causa a cierta ley,   
 en el juicio de un sabio protestante».   
 Al escuchar mi acento aquella grey,   
 

     me reconoce, grita y se agavilla,   
 diciendo: ¡El opresor de nuestro rey!»;    
 me cerca la brutal fiera cuadrilla;   
 

     me embiste con furor y con denuedo;   
 a mí me despertó la pesadilla,   
 y al escribírtelo ahora tengo miedo.   
 

     Me parece que todo es realidad,  
 y continuar la epístola no puedo.   
 Consideréme solo, a la verdad,   
 

     entre aquella furiosa multitud,   
 que a título de pública salud   
 me acusaba de lesa majestad.