Los bandos de Castilla: 08

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Capítulo VII[editar]

El abad.


Habiendo descansado de las innumerables fatigas que últimamente sufriera, y casi cicatrizadas las heridas que recibió peleando con don Pelayo y sus secuaces, disponíase el caballero del Cisne a salir del monasterio de san Mauro y encaminarse al castillo de Arlanza, con el deseo de averiguar si eran ciertos los vagos rumores que corrían acerca de las violencias que se ejecutaban en su recinto. El haber visto que Blanca no era indiferente a sus afectos, y estar penetrado hasta lo sumo de los hidalgos principios que exaltaban el pecho de esta célebre hermosura, impulsábale a hacerse digno de ella convirtiéndose en el campeón de los que en aquel tiempo de desórdenes y revueltas gemían so el desapiadado yugo de tiránicos varones. Tal vez con este medio, se decía a sí mismo, lograré que lleguen mis hazañas a oídos de la deidad que reina en este desierto, y atraeré sobre mi cabeza las lágrimas de su alma sensible, y las bendiciones de los hombres de bien.

Pero la violenta inclinación a la hija de Castromerín contrariada por las dificultades que viera en el logro de estos amores y el odio al bárbaro don Pelayo, infundíanle atroz despecho, sombrío frenesí, y le hacían desear en medio de sus proyectos de venganza, la agitación y los peligros de la guerra. Ardía por arrojarse de nuevo al encuentro de su rival, atravesar buscándolo por encolerizados escuadrones y recibir si no lo alcanzaba la palma y la muerte de los héroes.

Sin embargo no efectuó inmediatamente estos deseos, detenido por los ruegos y persuasivas instancias del respetable abad de san Mauro.

-¿A qué viene, le decía, toda esa precipitación cuando corréis el riesgo, si vestís tan de pronto la armadura, de que se abran las heridas que recibisteis?

-Padre mío, exclamaba el hijo de Pimentel, no sabéis lo que sufre el guerrero pasando en la ociosidad los momentos que debe consagrar a la gloria.

-¡Ah! replicaba el anciano: si alguna vez tenéis la dicha de suspirar por el silencio del claustro, ya veréis como la ligereza juvenil se va convirtiendo en solidez, y la impetuosidad en mansedumbre. Ese corazón ora tan desasosegado y turbulento hallará quizás un horroroso vacío en el fondo de sí mismo, que no podrá llenar la gloria vana; un horroroso vacío que le hará odiar la vida cuando más le rodeen sus delicias, y anhelar en medio de ellas una felicidad menos estrepitosa, menos veloz y más pura. ¡Cuántas veces una tristeza que os parecerá fuera de sazón irá a sorprenderos en medio de vuestros triunfos! ¡Cuántas veces una lágrima indiscreta, un fugitivo suspiro, un ansia desconocida os harán recordar las dulzuras de esta pacífica morada! Así también llamaba un ave misteriosa al elocuente Agustino, y el eco de la trompeta del juicio estremecía a Jerónimo entre los blandos deleites de la capital del mundo.

Algo templado el impetuoso joven con este lenguaje místico y afectuoso, no salía de aquel antiguo santuario aguardando para hacerlo la completa restauración de sus fuerzas. La desesperación iba dando insensiblemente lugar a una melancolía más suave, y ya la quietud de aquellos sitios no dejaba de acomodarse al temple de su ánimo, naturalmente pensativo y melancólico. En esta situación apacible del espíritu observaba tristemente cual silbaban los vientos por los claustros del monasterio, e iban a estrellarse en la puerta de una celda solitaria, como también se estrellaban allí las pasiones mundanas y las vanidades de los hombres. Acaso llena de majestad y sosiego inspirábale la noche un suavísimo deleite: cuando apenas se percibía el manso rumor de las olas del cercano río algo confundido con el susurro de los árboles, y derramaba la luna su amortiguado brillo por entre las elegantes hileras de arcos góticos; envidiaba el fervor de aquellos solitarios, cuyo corazón puro, entonces en perfecta armonía con la calma de la naturaleza, se entregaba a las espirituales meditaciones de la felicidad que Dios promete a los justos.

En esto el eco lúgubre de la campana daba un colorido más tierno a las meditaciones del caballero: veía después los cenobitas con sus túnicas blancas y el mayor recogimiento bajando uno tras de otro por un corredor distante hacia el coro, y dudaba si era aquello una aparición sobrenatural, hasta que interrumpían con su canto el curso de sus ideas y el profundo silencio de la noche.

Pero de todos los solitarios que habitaban aquel convento, ninguno le parecía tan respetable y acreedor a su aprecio como el que obtenía el título de abad, con quien había hecho conocimiento desde que calmó su efervescencia, persuadiéndole con tanta dulzura que no saliese de allí hasta la perfecta curación de sus heridas. Era un anciano prudente y cariñoso, digno ministro del evangelio por su templanza, ilustración y virtudes. Su apacible rostro, poblada barba, y majestuosa estatura le daban a conocer por el patriarca de aquel desierto. Tenía los ojos vivos, gratas las palabras como los perfumes de la feliz Arabia, y en su sonrisa había algo de candoroso e inocente que recordaba la sencillez de la infancia. Muchas veces paseando con el hijo de Pimentel por los bosques que rodeaban aquel solitario edificio, referíale con el candor de los padres del yermo las circunstancias que le hicieron tomar la senda del monasterio.

-No por despecho, no por consideración, le decía, me sentí inclinado a la vida religiosa. Lecturas santas, venerables amigos, divinos coloquios me obligaron a hacer el cotejo entre la quietud del claustro y las borrascas del siglo. Hijo de una familia ilustre empecé la carrera de la vida dedicándome como vos al ejercicio de las armas. Aún me acuerdo del terror que se apoderó de todos los habitantes de la tierra cuando el agigantado Tamorlán, allegador de gente baja, caudillo de un número grande y descomunal de soldados se levantó al improviso, rompiendo por las provincias de levante, a manera de caudaloso torrente que todo lo devastase y destruyese. Los partos, los egipcios, los turcos se postraron bajo su sangrienta cimitarra, y adoraron a aquel bárbaro endiosado con tantos triunfos y desmedido poder. Los pueblos de occidente temieron que también les alcanzase aquel azote del género humano, y yo fui uno de los embajadores nombrados por el rey don Enrique de Castilla para ir al campamento del feroz escita, y en su nombre felicitarle por sus terribles victorias.

-Perdonad mi ignorancia, padre mío, interrumpiole admirado el caballero del Cisne: ¿cómo había de creer hallar en este retiro uno de los famosos hidalgos que hicieron el viaje de que se cuentan tan maravillosos sucesos?

-Por eso, le respondió el anciano, no me admiro de que os seduzcan en edad tan vigorosa y juvenil las mágicas ilusiones de la gloria. Tal ¡ay! fuera en otros tiempos, pero los desengaños y las desgracias hiciéronme dar de mano al comercio de los hombres. Como me irritaba su aspecto me separé de las ciudades, y arrastrado de no sé que secreto impulso, perdíame por los bosques cual si hubiese de hallar en ellos alivio a mi saciedad y aburrimiento. Una tarde que andaba errando por lo más espeso de la selva, oí de repente el eco de una campana: acometiome cierta alegría desconocida, y acordeme de las dulces auroras de mi infancia, de los cariños de mi buena madre y de la consoladora religión en que me habían educado. Lágrimas saltaron de mis ojos con tan blandos recuerdos y encamineme taciturno al monasterio de donde salieran los misteriosos sonidos. No puedo pintar lo que por mí pasó mientras cantaron aquellos venerables solitarios los himnos de la tarde: oculto entre los arcos del templo, y viendo al través de las ventanas los estériles peñascos que circundan sus antiguos muros, figurábame estar en los desiertos de la Tebaida, oír a los Antonios y Macarios, y descubrirlos por entre las perfiladas columnas de aquel santuario, con su báculo blanco y su plateada barba. ¡Ah! desde aquel momento fui otro hombre: lloré y creí: dulcificose la violencia de mi desesperación, y sucedió a ella una agradable tristeza: medité día y noche las santas escrituras, y mi alma volvió insensiblemente la atención a objetos grandes, luminosos y sublimes.

Sentíase enternecido el caballero del Cisne al escuchar un lenguaje tan amoroso y puro. Miraba con cierta veneración aquel sacerdote de los tiempos antiguos, y se figuraba oír en él a uno de aquellos patriarcas de la familia de Abraham, cuya existencia iba sosegadamente a su fin como el curso majestuoso de los ríos que se deslizan por las llanuras fértiles del Asia.

-Nunca recorro las misteriosas páginas de aquel sagrado libro, continuó el santo monje con dulce entusiasmo, sin llenarme de sorpresa contemplando el orden y la creación del universo; de admiración sublime cuando a la voz del Criador divide el primer rayo de luz el tenebroso caos, y veo la tierra bordada de flores, los peces hendiendo las fugaces ondas, las aves atravesando los aires, y elevarse el hombre en medio de tantas maravillas como la obra maestra del Altísimo. Y no menos me sorprende aquel numeroso pueblo descendiente de santa y respetable familia, que prospera con la bendición del Señor en medio de las calamidades, se multiplica en las cadenas, y lleva la desolación y el espanto con terribles prodigios, con plagas ominosas al pecho de un rey soberbio y al corazón de vasallos no menos vengativos y feroces. Cámbiase empero la sorpresa en humillación y ternura, cuando al son del arpa oigo vaticinar a los profetas la elevación y caída de los imperios, y después de haberme deslumbrado con el cuadro de su viciosa prosperidad, hácenme sentar sobre las ejemplares ruinas de Menfis, Jerusalén y Babilonia. ¡Ah! ¡no sabéis cuanto suaviza los dolores del espíritu la profunda meditación de los libros santos!

-Veo, padre mío, díjole el caballero después de algunos momentos de silencio, que esas sabrosas pláticas calman el hervor de mi sangre y desvanecen la sombría desesperación que se había apoderado de mi espíritu. Hallo como un bálsamo consolador en la blanda persuasión que, semejante a un purísimo raudal, fluye de vuestros divinos labios. La religión os presta un carácter sagrado, y este desierto sublime, esta silenciosa inmensidad parece comunicar a vuestro acento la energía de los profetas y la dulzura de los ángeles. Acaso perseguido de la fortuna, aburrido también de las pompas y vanidades humanas, me veáis llamar algún día a las puertas de san Mauro, implorando de vuestra ardiente caridad algún consuelo. Si tal llegare, añadía casi con lágrimas, y si es en balde que se combata en la tierra por la humanidad y la virtud, no rehuséis entonces abrirme los paternales brazos y acogerme benignamente en el seno de estas soledades. Por lo demás sería un ingrato si os callase por más tiempo mi verdadero nombre: llámanme por las Castillas el caballero del Cisne...

-¡Qué oigo! exclamó el prelado: ¿el hijo del ilustre Pimentel? ¡Ah! ¡cuánto me complazco en estrecharos en mis brazos! ¡Cuánto en haber recibido bajo nuestro techo hospitalario al héroe de Aragón!

-Basta, padre, basta, decía Ramiro algo confuso con aquellos elogios; sólo deseo manifestar mi sincera gratitud a vuestra generosa acogida.

-El veros en estos sitios, continuó el anciano, me alegra y entristece al mismo tiempo. Sabed que he sido uno de los mejores amigos de vuestro padre: en nuestra juventud hicimos juntos la guerra contra Portugal, y desde entonces ni los años, ni la distancia han podido enflaquecer mi afecto. Algunas veces habreisle oído hacer mención de Gómez de Salazar.

-Nunca os apartáis de su memoria, respondiole el caballero, pero sin duda ignora que hayáis vestido los hábitos de Monje.

-Pues últimamente habrá llegado a su noticia. Hace no muchos días pasó por aquí un paladín aventurero diciendo que de su parte os buscaba por todo Castilla, tanto por el peligro que corréis en estas tierras, como porque os espera para abrir la campaña el infante don Enrique de Aragón. Iba de incógnito sin empresa en el escudo, a guisa de caballero novel, y habíale dicho el conde que sólo podía descubrirse al abad del monasterio de san Mauro. Sin duda supo que bajo de este sayal se oculta su antiguo amigo, y creería que acaso necesitase de mi auxilio aquel guerrero, si convenía a sus fines permanecer escondido en las inmediaciones de Castromerín.

-¿Y no indicó a qué punto debía dirigirme? preguntó Ramiro con impaciencia.

-Al castillo de san Servando donde reside el conde de Urgel. Ya os acordaréis de que el padre de este ilustre joven se atrevió a disputar al infante don Fernando de Castilla la corona de Aragón. Después de sangrientas lides, sitiáronlo en la ciudad de Balaguer, capital de su condado, donde por fin hubo de rendirse quedando su persona a merced del vencedor. Encerrole en un castillo el monarca aragonés, y allí acabó sus tristes días, dejando en la tierra dos infelices huérfanos. Arnaldo fue educado por orden del infante don Enrique en el mismo san Servando, edificio situado hacia la Francia en un rincón de Cataluña, única parte que le dejaran de la rica herencia de sus abuelos; y vuestro padre colocó a la joven Matilde en las monjas de san Dionisio de París, donde ha sido noblemente instruida a sus expensas.

-¿Según eso, replicó Ramiro, me habláis del bizarro joven cuya audacia en intrepidez han sido célebres en la guerra que la casa de Aragón hace en Italia?

-Precisamente, respondiole el buen prelado: allá fue siguiendo a su bienhechor, y en medio del estrépito de las armas, trabó estrecha amistad con su hijo, mozo de sus mismo años, el que para vengar la muerte del padre y recobrar los estados que le dejara en Castilla, emprende ahora la guerra contra don Juan el II, y os llama a fin de que le acompañéis en ella alagado sin duda por el esplendor de vuestra gloria. El intrépido Arnaldo conducirá la vanguardia, por lo cual el rey don Alonso de Aragón le restituye parte de sus bienes, y aún anda muy valido, que al concluirse la nueva lucha volverán a su poder las antiguas posesiones de los señores de Urgel.

-Muy amigo era mi padre del infeliz conde Armengol, mas no lo pudo salvar de su desgracia. De entonces se interesó tiernamente por los dos ilustres huérfanos, y diversas veces me ha hablado de las brillantes empresas de Arnaldo en las campañas de Nápoles.

-Pues ahora, según dijo también el mensajero, quiere que os reunáis con él para que juntos toméis la vuelta de Ampurias, residencia del esforzado don Enrique de Aragón. El noble infante trata de romper por las Castillas llevando la juventud más escogida y belicosa de aquel reino, y ved aquí por qué uno de los que más llaman su atención es el caballero del Cisne.

-Entonces hoy mismo me pondré en marcha para san Servando: siendo el condestable de Castilla el enemigo capital de los Pimenteles de Aragón, y contribuyendo con sus tramas a qué me arrebate su hijo la noble prez que yo ganara en el torneo de Segovia; no tengo menos motivos que el infante don Enrique para aborrecerlo de muerte y estar sediento de su sangre.

-Cuidad no obstante, le dijo el prudente religioso, de que no sospechen quien sois al atravesar por los estados del rey don Juan. Tiemblo por vos, amable joven, y si pereciereis a manos de un aleve, estoy seguro de que el conde de Pimentel no sobreviviera a tal desgracia. Mucho me entristecen las desavenencias que hay entre los grandes de la tierra, y si el sacrificio de mis canas pudiese ablandar la ira del Ser supremo, no dudaría un momento en inclinar sobre el ara mi culpable cabeza; pero Dios envía para castigar a los hombres la cólera de los reyes, y el brazo de su justicia pesa de continuo sobre los pueblos rebeldes. Con todo, hijo mío, justo es que corráis a la defensa de la patria, y honréis la ancianidad de mi valeroso amigo.


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