Los bandos de Castilla: 26

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Capítulo XXV[editar]

La muerte del impío.


Cuando descansaban del primer ataque sitiadores y sitiados, y mientras ocupábanse aquellos en sacar partido de las ventajas conseguidas y en procurarse aquestos nuevos medios de resistencia, reuniéronse a conferenciar en el salón del castillo Mauricio de Monfort y don Pelayo de Luna.

-¿Por qué no se halla con vos Rodrigo de Alcalá?, preguntó el primero: ¿sería verdad que lo hubiesen muerto, como me han dicho, en el ángulo que yo defendía?

-Todavía vive, respondió fríamente don Pelayo; pero aunque hubiera tenido la cabeza de un toro, y la llevase resguardada con siete planchas de acero, no pudiera resistir el último hachazo que le ha descargado el negro de la virgen. Dentro de muy pocas horas ya estará el señor de Alanza en la tumba de sus padres: ¡sensible pérdida por cierto para el bando del condestable de Castilla!

-Y ganancia limpia para el reino de Satanás: he aquí lo que sucede a los que hacen burla de los santos, y mandan tirarlos a la cabeza de esos pícaros flecheros.

-¡Necio!, interrumpió el de Luna: tu sandía superstición corre parejas con la brutal impiedad de don Rodrigo.

-Mil gracias, señor catedrático; pero hacedme la merced de no meterme en comparaciones odiosas. Me precio de mejor cristiano que vos; y aún si hemos de dar crédito a ciertas voces, más puntas tenéis de gentil que de miembro de la iglesia.

-Oyes: no te des la menor pesadumbre por esos vagos rumores, y tratemos de los medios más a propósito para defender este alcázar, que es lo que nos tiene en cuenta. ¿Qué tal se han portado los perros que nos sitian por la parte que mandabais?

-Como demonios del infierno. Avanzaron hasta el pie de las murallas conducidos por un veterano guerrero, valiente como un Cid, y no destituido de pericia militar. Las flechas han sido tantas que a no cubrirme esa malla vizcaína del más fino temple, mil veces atravesáranme con ellas: me las dirigían con más encono y astucia que si fuera yo un hambriento lobo de esas montañas.

-No obstante, vos habéis sabido tener firme de aquel lado, mientras por la parte que defendía don Rodrigo hemos perdido la barbacana, a pesar del refuerzo con que yo traté de socorrerle.

-No deja de ser la tal pérdida gravísimo contratiempo, en razón del abrigo que proporciona aquel fuerte a los enemigos que nos cercan. Y lo peor de todo es que si no observamos la más estrecha vigilancia, podrán introducirse por cualquiera ventana o descuidada claraboya, puesto que con tan poca gente no nos es dado cubrir todos los puntos. Por San Andrés os juro que si llegasen a meterse en el castillo, una legión de demonios no podría resistirles. Añadid a eso el desaliento que observa en nuestros soldados al ver que no pueden mostrarse en parte alguna sin ser el blanco de un enjambre de saetas, que el de alcalá se muere, que no podemos contar con su brutal y robustísima pujanza, y convendréis conmigo, noble Pelayo de Luna, en hacer ahora mismo de la necesidad virtud, entrando en capitulación con esos pícaros para restituirles la dama por quien pelean.

-¡Quita allá, Mauricio de Monfort!, ¿es posible que haya pronunciado tu labio tal afrenta? ¡Ser donde quiera el objeto de las hablillas y murmuraciones, y dar margen a que todos nos señalen con el dedo por no haber sabido mantenernos en alto y fuerte castillo, contra molineros y jayanes, la escoria más vil del género humano! Vergüenza me da el pensarlo, y me sepultaré entre los escombros del alcázar antes que consentir en capitulación tan innoble y vergonzosa.

-Pues a las murallas, repuso Monfort con algún despecho, y a ver si hay alguno que sea más pródigo de su sangre que yo mismo. Sin embargo, no creo que juzguéis indecoroso el echar a menos en tal conflicto treinta de mis buenas lanzas. ¡Oh, amigos míos!, ¡si supierais el apuro en que se encuentra vuestro hidalgo capitán, muy poco tardaríais en desplegar mi gloriosa bandera y en arremeter con los miserables que le acosan!

Lamentaos cuanto quisiereis; pero defendámonos como desesperados con los hombres de armas que nos quedan. Son la mayor parte de los que servían al de Alanza en sus tropelías y violencias; por lo cual los aborrecen de muerte las gentes de esta comarca.

-Tanto mejor, así estarán convencidos de que más les trae a cuenta el morir peleando como buenos soldados, que exponerse a la venganza de esos villanos y aventureros. Ea, pues, cada uno a su puesto, don Pelayo: ahora observareis si Mauricio de Monfort sabe acreditar su reputación y su linaje.

-¡A las murallas!, exclamó el de Luna.

-Y así diciendo, ambos subieron a ellas a fin de tomar todas las medidas que su experiencia les sugería para la defensa de aquel solitario castillo. Convinieron al momento en que el sitio más expuesto era el que caía enfrente del reducto tomado por los sitiadores. Verdad es que un profundo foso los separaba del alcázar, y que les era imposible llegara la puerta del muro sin vencer primero este obstáculo; pero a pesar de eso pensaron el de Monfort y el de Luna, que se esforzarían en atraer por medio de un ataque impetuoso todas las fuerzas de Alanza hacia aquella parte, al mismo tiempo que tratarían de entrar en él por diverso punto. En vista de la escasa guarnición con que contaban, todo lo que pudieron hacer para frustar este ardid de guerra, fue el colocar de trecho en trecho soldados de centinela, encargándoles que gritasen al arma a la menor apariencia de peligro. Acordaron también que Mauricio defendiese la puerta principal del edificio, mientras don Pelayo, al frente de un cuerpo de reserva compuesto de veinte guerreros, estuviese pronto para correr a cualquiera punto donde necesitasen de su ayuda.

Otro inconveniente traía la pérdida de la barbacana: tal era el que sin embargo de la elevación superior de las murallas, no podían los sitiados enterarse tan exactamente como antes de las operaciones del enemigo, por cuanto una de las dos puertas que tenía confinaba con los primeros árboles del bosque. Por esta razón no sólo era fácil a los contrarios introducir nuevas fuerzas por allí sin que nadie lo notase, pero aún sin estar expuestas a los dardos del castillo. No sabiendo, pues, hacia qué ángulo descargaría el nublado, ni el número de enemigos con que tenían que haberlas, viéronse precisados los dos campeones a tomar medidas generales para precaver toda clase de asechanzas y de insultos. En medio de tamaña incertidumbre, y luchando con la irresolución de no saber cuál fuese el plan más ventajoso de defenderse, reanimaron con enérgicas arengas el ánimo de los soldados, que a pesar de muy valientes, empezaban a sentir aquel desaliento que trae consigo el verse uno cercado de enemigos, ignorando por qué punto se adelantan a atacarle.

Entretanto yacía tendido en el lecho el dueño criminal de aquel castillo, sufriendo agudísimos dolores en el cuerpo, y luchando con los remordimientos del espíritu. Oprimiendo por la aciaga memoria de sus crímenes, carecía de confianza para dirigir al cielo sus plegarias, y hacía por apartar de la imaginación los castigos que amenazaban a su alma, buscando aquel adormecimiento espantoso que precede muchas veces a la muerte.

Como era la avaricia el vicio más dominante de don Rodrigo, no le ocurrió siquiera que podía distribuir grandes caudales en limosnas y obras pías para alcanzar del Altísimo un sincero arrepentimiento. Había llegado el instante en que los placeres y los tesoros iban a desvanecerse ante aquel orgulloso magnate, y aunque era su corazón mucho más duro que un canto, probó por la vez primera un estremecimiento de horror cuando quisieron penetrar sus ojos en el sombrío abismo de la eternidad. Como la fiebre que lo consumía aumentaba la agitación y el despecho de sus últimas agonías, veíase en aquel hombre colosal la horrorosa mezcla de remordimientos nuevos y de envejecidas pasiones pugnando por sofocarlos. ¡Situación terrible únicamente comparable a la que se experimenta en aquellas lóbregas mansiones, donde los llantos son sin esperanza, las iras sin arrepentimiento, y a la agudeza de los males presentes se añade la desesperada certidumbre de que no pueden cesar y no pueden disminuir!

-¿Dónde se hallan ahora, exclamó rechinando los dientes, esos clérigos que regalan hasta al vasallo más vil las indulgencias y las absoluciones? ¿Dónde están aquellos hambrientos canes para quienes fundó el viejo Leopoldo de Alanza el convento de San Cervantes, robándome a mí, su legítimo heredero, cien aranzadas de tierra de mis posesiones más pingües? ¿Dónde están que no vienen a dar consuelo al hidalgo por quien tienen obligación de rogar y decir misas?... ¡Ingratos!, ¡dejarme morir sin confesión e indulgencia lo mismo que el perro rabioso que arrojan a la basura! ¡Ah!, ¡voto a todos los demonios del infierno!, si los convidase a mis propios funerales andarían más listos y despabilados que un suelto escuadrón de cabras... Pero acuérdome de haber oído decir a algunos hombres ancianos, que se puede pedir perdón de las culpas sin necesidad de presbíteros ni de persona viviente... ¡pedir perdón!, ¿y a quién he de pedir perdón si no hay quien tenga poder bastante para lavar mis delitos? No, mi soberbia no se atrevería a tanto...

-¿Y vive el señor de Alanza para confesar que hay cosa a la que no se atreve su soberbia?, exclamó junto a su lecho una voz cascada y trémula.

Debilitado por la sangre que manaban sus heridas y por sus propios remordimientos, creyó que el mismo demonio le interrumpía en su soliloquio para que no tuviese lugar de implorar la misericordia del cielo. Estremecióse al pronto y cubrió sus miembros un frío sudor; pero recobrando muy luego su feroz altanería volvióse hacia el ángulo del lecho desde donde le habían dirigido la pregunta, y dijo con la arrogancia que le permitían sus fuerzas:

-¿Quién anda por ahí?, ¿quién eres, o tú, que a repetir te atreves mis palabras con más funesto graznido que el de las aves nocturnas? Acércate de manera que yo pueda distinguirte.

-Soy tu ángel malo, Rodrigo respondió la voz.

-Pues toma tal forma que te haga visible a mis ojos, respondió el moribundo caballero, y no tengas la jactancia de presumir que tu vista pueda en manera alguna intimidarme. Voto a los cuernos de Satanás, que si me fuese dado luchar con los horrores que me cercan, como bravamente luché con los peligros del mundo, ni el cielo ni el infierno vanagloriarse podrían de hacerme retroceder un solo palmo.

-¡Acuérdate de tus crímenes, Rodrigo! Rebeliones, asesinatos, saqueos, violencias... ¿Quién animaba al príncipe don Enrique a rebelarse contra su propio padre, y quién atizó la llama de la discordia entre don Juan de Castilla y los infantes de Aragón?

-Aunque seas el mismo Satanás, te digo a tus mismas barbas que mientes como un pícaro bellaco. No soy yo el que aguijonea al rey don Juan y al príncipe don Enrique, o por lo menos no soy solo. Más de cincuenta barones, la flor de la caballería, las mejores lanzas del cristianismo han hostigado al uno contra el otro como se hace con los perros. ¿Y debo yo ser responsable de las faltas de todos ellos? Ea, ya puedes echar a correr, pues sabes muy poco para disputar conmigo. Si eres un mortal, déjame morir en paz; si eres un demonio, aún no llegó la hora de que me eches el guante.

-No, no morirás en paz: presentes has de tener en la hora de la muerte cuantos crímenes y atrocidades cometiste. Acuérdate de las doncellas que violaste, y de los usureros encerrados en las cavernas de Alanza: acuérdate de aquella dama que por despreciar tus amores envenenaras con yerbas; acuérdate...

-No te figures atemorizarme con espantajos, respondió Rodrigo soltando una carcajada convulsiva: los muchos moros que ha degollado mi acero favorecerán mi causa con el cielo, y si entre ellos se mezcla tal cual acreedor cristiano, también cayó no pocas veces algún usurero judío. ¡Ah!, ah, ah!, ya ves que la balanza está casi en equilibrio, y que no puedes acertar con el hueco de mi armadura.

-Por él he de meterte el puñal hasta ensangrentar mis dedos. Sí, detestable parricida: ¡acuérdate también del fiero autor de tus días, de su lastimosa muerte, de la sala tenebrosa donde comió la ver postrera teñida en su propia sangre alevosamente derramada por la mano pérfida de su hijo!

-¡Ah, puesto que sabes ese horrible secreto, ya no me cabe duda de que tú eres el príncipe de las tinieblas! Yo creía que semejante asesinato yaciese oculto en lo profundo de mi pecho, y en el de otra persona mi tentadora y mi cómplice. Déjame, demonio, y vete a encontrar la bruja Inés que es quien te puede decir lo que solamente nosotros dos hemos visto. Corre, corre en busca de aquella que borró las sangrientas huellas de mi crimen, que lavó con una esponja las heridas del cadáver, vistióle negra mortaja, y dio a una muerte violenta las apariencias de una muerte natural: corre en busca de aquella que no cesó de hostigar mi encarnizamiento y mi barbarie, y haz que pruebe como yo mismo un anticipado martirio de los tormentos que nos reserva el infierno.

-Hace tiempo que lo prueba, dijo sor Brígida corriendo las cortinas del lecho, y mostrándose súbitamente a los desencajados ojos de Rodrigo: hace ya tiempo que bebe en semejante copa; pero hállala menos amarga desde que también mojas tus labios en ella. No rechines los dientes, Rodrigo de Alcalá, no revuelvas esos ojos, ni tomes un aire arrogante; tu brazo, antes tan formidable y terrible, yace actualmente sin fuerzas, y aquella misma Inés que te atreviste a menospreciar, te desprecia e insulta en tus últimos momentos.

-¡Malvada! ¡Furia del abismo!, exclamó el de Alanza; ¿vienes a recrearte con el espectáculo de mis postreros dolores?

-Sí, bárbaro don Rodrigo; Inés, la desventurada Inés viene a reclamar de ti su honor y su inocencia. Tú fuiste el que me inspiró con falsas promesas y con pérfidas caricias amorosos pensamientos. Bien hallada con mi humor algo tétrico y solitario, nunca aspiré sino a dar pábulo a semejante inclinación, hasta que tus ponzoñosos consejos hiciéronme cometer el mayor de los delitos. ¡Acuérdate de aquella infeliz que sacrificaste por mi mano a tu rabiosa venganza!...

-Calla, calla, espíritu malhechor..., ¿por qué vienes a ejercer tu diabólico prestigio contra un desgraciado barón a quien dejan revolcar por el lecho con tanto abandono y desprecio como si fuera el animal más soez y más inmundo?

-¡Pobre duquesa de Castromerin!, prosiguió sor Brígida: no era acreedora por cierto a un fin tan desgraciado y prematuro. Su alma angelical y tímida se horrorizó al oír las desenvueltas palabras con que quisiste seducirla: resistiólas llena de pureza y mansedumbre, y aún probó si podría hacerte entrar en la senda del honor y la virtud..., ¡bárbaro!, ¿y era eso una razón para sacrificarla a tu orgullo? Ni su inalterable dulzura, ni su divina belleza hallaron cabida en tu corazón brutal..., pude verla tendida sobre el féretro cuando aún no aparecían por su rostro las señales de la ponzoña; pero mancháronlo muy pronto convirtiéndola en espantosa figura. ¡Rodrigo, Rodrigo!, ¡cuántas veces te hablé de ella al darme el mal tratamiento que al fin me hizo prestar atención a las amonestaciones del suave abad de San Mauro, y encerrarme en retirado monasterio!...

-¿Acabaste, bruja de Barrabás?, gritóle interrumpiéndola el impío señor de Alanza.

-Súfreme, vil seductor, continuó la monja, desespérate al eco de tus infernales recuerdos. Hace ya tiempo que vivo frenética y demente a causa de mis remordimientos, mientras tú nadabas en la opulencia y en el cebo de vergonzosos placeres. Varias veces se me ha aparecido la imagen de mi desgraciada amiga, y una de ellas en la capilla de los cazadores del parque de Castromerin, allí mismo donde pusiste en mis manos la copa que debía envenenarla ¡Ay de mí!, la capilla está abierta, y era la noche muy borrascosa y oscura, andaba yo errante por las revueltas del parque, habiendo huido del convento en uno de mis delirios para rogar a Dios en aquellos parajes donde cometí mis crímenes..., la misma tempestad empujóme con fuerza sobrenatural hacia el lóbrego recinto, y..., ¡oh Rodrigo!, levantóse del sepulcro nuestra desventurada víctima...

-Huye de mí, insaciable verdugo: vete a recrear con el cadáver de la hedionda Bárbara a quien aborrecías de muerte porque era tu rival.

-La aborrecí cuando recelé que te hiciera olvidar la solemne palabra que te hiciera olvidar la solemne palabra que me dieras; pero compadecíla como a una compañera de infortunio por ser víctima de suerte aún más infausta que la mía. Su edad era mayor que la nuestra, ¡oh Rodrigo!, y no por eso la tuviste respeto ni consideración: la pobre vio morir a todos sus parientes bajo su propio puñal y el del autor de tus días, y esta es la disculpa que tiene en haberme sugerido el diabólico pensamiento de enseñar tus pasiones indómitas contra el forcejudo barón que te había dado la existencia. Una vez cometido tan horroroso delito, su fatal memoria esparció lúgubre velo sobre mis angustias y placeres: mi vida nada tuvo desde entonces de repugnante ni atractivo: la alegría había perdido sus encantos y la aflicción sus amarguras. En semejante estado de insensibilidad o indiferencia, sólo causáronme alguna impresión las amonestaciones del prelado de San Mauro. Sospechó la causa de mi huida, y enterado del inquieto refugio que buscara entre tus brazos, vino, me amonestó, diome consuelos, y aprovecháronse de lo muy desgraciada que me hacías, púdome persuadir que pusiese entre los dos impenetrables barreras. Antojadiza y estúpida fui feliz en San Bernardo, hasta la llegada de un trovador que en versos llenos de número y vehemencia pintó la fuerza de la desesperación y el poder de los remordimientos. Temblé al oírle... representáronse en mi mente las horribles escenas de Castromerin y de Alanza, y hube de ceder a frenéticos delirios, y empecéme a desesperar viéndome del todo indigna de la clemencia del cielo. Tú fuiste mi mal ángel, ¡oh Rodrigo!, ahora quiero ser yo el tuyo, y sólo al son de mis maldiciones despedirás el último suspiro.

-No has de lograrlo, infernal oprobio de tu sexo! ¡Hola! Clemente, Gil, Sancho, Bullanga, corred a mis voces y tirad a esa bruja en el pozo grande del castillo donde luché con las culebras y las sabandijas que tanto se le parecen. Ea, arrastradla por los cabellos, y recreaos en la música de sus trémulos clamores... Pero, ¿qué es esto?, pícaros desleales, ¿cómo no acudís a mis voces?

-Bien puedes llamarlos, oh valiente don Rodrigo, dijo sor Brígida soltando sardónica risotada: amenázales con la prisión o la muerte que no por eso has de recibir asistencia ni socorro. Escucha, señor de Alanza, añadió interrumpiéndose; ¿no percibes el ruido de las armaduras y el grito de mil combatientes? ¿Y no te indica ese tumulto el desesperado asalto que están dando en el alcázar? ¡La pujanza de los ricos homes de Alcalá, aquella pujanza cimentada a fuerza de tropelías y de crímenes, está próxima a desplomarse bajo el peso de los enemigos que más despreciaron en vida! ¡Los aragoneses, don Rodrigo, los aragoneses pugnan para derribar los muros! ¿Y tú, orgulloso barón, yaces en ociosas tablas mientras do quiera retumba el estruendo del combate?

-¡Espíritus del abismo!, exclamó el hostigado caballero enarcando las cejas y con crujimiento de dientes; volvedme un instante las fuerzas y dejadme arrojar a lo más recio de la refriega, donde reciba una muerte digna de mi glorioso nombre.

-No pienses en ello, bravo campeón, pues no eres digno de acabar tus días con la muerte de los héroes: aquí morirás abandonado como el lobo carnívoro y cobarde preso en el rústico lazo que les arman los villanos de la aldea.

-Mientes, indecente bruja: mis hombres de armas sabrán tener firme contra esos viles enemigos: robustas son las murallas de mi alcázar, y capaces de burlarse el de Monfort y el de Luna de cuantos guerreros cuenta la corte de Zaragoza. ¿Oyes su grito valiente anunciando la victoria? Nuestro es el triunfo: ¡Alanza! ¡Alanza!... Voto el bridón de Santiago..., la hoguera que encenderemos para celebrar nuestros lauros te ha de consumir hasta los huesos. Sí, yo me recrearé oyendo crujir entre las llamas el armazón de tu esqueleto, y viéndote pasar de los fuegos de este mundo a los fuegos del abismo. En su más ardiente saña nunca ha vomitado el infierno un demonio tan execrable y rabioso como tú, maldita hechicera.

-Pues goza de esa esperanza, dijo Brígida con venenosa sonrisa..., pero no, añadió de repente interrumpiéndose; conoce desde ahora mismo el destino que te aguarda, destino que tu pujanza y tu soberbia no podrán desviar de ti aunque te haya sido preparado por esta mano tan descarnada y tan débil. ¿No echas de ver una especia de vapor denso que va llenando la estancia?, acaso lo atribuyes a que ya se oscurezcan tus ojos y empiece tu respiración a sentirse entorpecida..., pues no, Rodrigo de Alanza, no es nada de eso: ¿te acuerdas del depósito de leña que tienes almacenado debajo de ese mismo aposento?...

-¡Mujer!, exclamó el barón: ¿habríasle pegado el fuego?... Sí, ¡por los santos del paraíso!, humo de leña es lo que huelo..., ¡arde mi antiguo castillo!, ¡no tardarán mucho las llamas a penetrar hasta mi lecho!

-En efecto, respondió Brígida con la mayor indiferencia, y si tus guerreros quieren apagar el incendio, yo misma avisaré a los sitiadores para que no desperdicien tan favorables instantes. Hace ya días que huí del monasterio, y andaba errante por tus dominios con el objeto de vengarme de ti, y de que acabasen en el mundo tus desafortunados crímenes. ¡Muere, miserable parricida; muere como los animales feroces, mientras te recuerdan esas bóvedas las puñaladas que diste al fiero autor de tus días! ¡Que su sombra y la de tantas víctimas, dignas de mejor suerte, inmoladas a tu ambición y a tus placeres, se agiten ahora en derredor de ti, y te presenten frenéticas las hondas heridas que les abriste! ¡Que la sangre que vertieron a raudales, enrojezca tus labios y tus ojos, y te eche en cara en los últimos momentos tus atrocidades y violencias! ¡Ay, aún así será muy suave la venganza de la humanidad, y nunca llegará tamaño castigo al menos atroz, o monstruo, de todos tus delitos!

Dicho esto salió del aposento, y oyó Rodrigo de Alcalá las dos vueltas de la llave y el ruido que hacía para sacarla de la cerradura y quitarle de este modo hasta la más remota esperanza. Desesperado el barón levantó el grito llamando a sus amigos y criados que no podían oírle.

-Anselmo, Clemente, Merlín, Bullanga, ¿dejaréisme perecer desesperado y rabioso en medio de tanto incendio?... ¡Socorro, socorro, noble Pelayo de Luna! ¡Socorro, bravo Mauricio de Monfort!, ¡vuestro amigo y camarada se halla en el más horrible trance! ¿Abandonaríais a un hermano de armas, caballeros desleales y perjuros?... Y vosotros, vasallos pérfidos, esclavos viles, ¿os haréis sordos a las órdenes de vuestro dueño? ¡Caigan sobre vuestras cabezas las torres de este castillo!, ¡malrayo disloque y rompa vuestros pestíferos miembros!... Pero ¡no me oyen!, ¡no pueden oírme!, ¡el tumulto del combate sofoca el eco de mi voz ya menos robusta!, ¡oh rabia de lo que ostentase solía! ¡Vuélvese el humo más denso!..., ¡ah!, si pudiese respirar por un instante el aire puro, reanimárase tal vez mi desalentado espíritu... ¡Voto a brios!, ya la llama penetra por entre las piedras; ya se levanta estallando como un bárbaro gigante; ya viene el demonio hacia mí bajo las banderas de su estrepitoso elemento..., huye, huye, ángel rebelde; sin mis pérfidos amigos no hayas miedo que te siga..., todos los vivientes que encierran estas murallas son cosecha de tu imperio. ¡Imbécil!, ¿querías arrastrar solo al impávido señor de Alanza?, no: el impío don Pelayo, el libertino Monfort, la infame Inés, mis soldados, mis satélites, cuantos me han ayudado en las violencias que he cometido, deben seguirte también a tus tenebrosas bóvedas ¿No será una caravana brillante, muy digna de alborotar los infiernos?

Al decir esto, soltó una estrepitosa risotada, que repitieron los ecos de la espaciosa estancia.

-¡Hola!, prosiguió, ¿quién es el que se atreve a reírse? ¿eres tú, mala hechicera? Sólo tú o el mismo Satanás sois capaces de reíros luchando con tan rabiosos tormentos... Ven, ven a mis brazos; dame el consuelo de que te vea arder antes que yo; de que pueda oprimirte, estrujarte en ellos, y azotar tu inmundo cuerpo con el látigo sangriento que descargué tantas veces en las carnes de mis esclavos...

Pero sería una impiedad sacrílega el no correr un velo sobre la muerte de aquel impío barón, blasfemador y parricida.


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