Los chicos de la calle: 1

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- I -[editar]

Los seres que con este nombre se designan vulgarmente en Santander tienen más de seis años y no pasan de doce; andan en bandadas, como los gorriones, y, como éstos, son dañinos y objeto de general antipatía.

Usan un remendado pantalón de indefinible género, una camisa que siempre es vieja, y a las veces blusa: nada de zapatos y muy poco de gorra.

Son alumnos de la escuela de balde; y aunque concurren a ella dos o, a lo sumo, tres veces al mes, llevan siempre al costado, y pendiente de un hiladillo azul, una cartera o bolsa de lienzo manchada de tinta, que contiene un Amigo de los niños; una pluma reseca y abierta de puntos; un pliego de papel rayado para planas de segunda o, cuando más, de cuarta, la mitad de ellas en blanco y la otra mitad escritas, todas éstas corregidas por el maestro con la calificación de «pésimo» entre unas cuantas crucecitas que significan otros tantos palmetazos, ya cobrados; y, por último, un cuaderno, de hechura casera, para cuentas, con forro de papel de estraza.

El destino de estas criaturas es vivir al aire libre, fijarse en todo cuanto ven, atropellar lo más respetable, atravesarse donde más estorban... hacer, en fin, todo lo contrario de lo que conviene a los demás.

Empiezan sus proezas al amanecer, porque es de advertir que los angelitos madrugan tanto como el sol. Revuelven los basureros, y son objeto de su predilección los recortes de papel y de telas de color, los pedazos de cuerda, cacerolas de latón y todo objeto sonoro, y las ratas. ¡Las ratas! Un hallazgo de esta clase es una ganga para ellos: cogerlas vivas, la mayor de sus satisfacciones.

Los recortes de color les sirven de papel-moneda: juegan con ellos al pinto-blanco, y el que gana diez o doce pedazos sabe que tiene un cuarto seguro en cuanto los saca a la plaza, es decir, en cuanto propone su venta a cualquier camarada. Las cuerdas les son indispensables: a un chico de la calle nunca le falta algo que amarrar, y, en último caso, se hace con ellas un látigo que siempre es de gran utilidad en sus manos. Las cacerolas de latón sirven para hacer ruido empujándolas con el pie de calle en calle, o para colgárselas del rabo al primer perro que se halle durmiendo al sol. Las ratas muertas, atadas a una cuerda, son de lo mejorcito para dar sustos a los transeúntes, echándoselas, a la descuidada, entre los pies: metérselas en la cesta a la fregona que vuelve de la compra, es para los granujas un lance de primer orden; encajárselas en la pechera de la camisola a un niño decente y vestidito a la moda, es poner una pica en Flandes, y si la pobre criatura se accidenta de susto, muchísimo mejor. Con las ratas vivas tienen mayor efecto estas hazañas, porque las sorpresas son mayores. Pero no es por esto sólo por lo que los chicos prefieren a las ratas muertas las vivas: a una de éstas, después de haber recorrido con ella las calles y los mercados, se la lleva al Muelle, se la hace nadar a todo lo largo de él en las aguas de la bahía; y cuando está hinchada como una pelota y sin fuerzas para nadar, se la conduce a una plazuela, y allí, colgada por el rabo, se la asa viva, se ven los gestos que hace cuando le llega el fuego a los hocicos, cómo se le contrae la piel, cómo sube la llama a medida que gotea sobre los tizones la grasa de la víctima, y se observa minuciosamente cómo van siendo cada vez más débiles y tardíos sus desesperados quejidos de dolor... Esta satisfacción no puede proporcionársela a los tiranuelos una rata muerta.

A las horas de entrar en la escuela huyen de su puerta como el diablo de la cruz, y se desparraman por las calles para no llamar la atención de la policía; rondan los almacenes del comercio y recogen el azúcar derramado sobre las losas, o lo extraen con una astilla por las hendiduras de las cajas.

Ayudan algunas misas en San Francisco y se pirran por las recortaduras de la sacristía; se disputan la campanilla para acompañar al Viático por las calles, y ufan, es decir, trincan; más claro, roban las lágrimas de los blandones.

Acuden a todos los bautizos, y acorralan, persiguen e insultan, llamándole pelón por las calles, al padrino que no les tira al robo algunos puñados de monedas.

Se introducen en las cuadras de los mesones de Santa Clara, y arrancan a los machos las cerdas de la cola para hacer aparejos de pescar.

En la plaza de la verdura afanan, al paso, huevos y castañas; y encaramándose unos sobre otros, despegan los carteles impresos de las esquinas.

Se fijan en toda persona que se cae en la calle, o que revele en su fisonomía o en su actitud ser víctima de algún suceso extraordinario; la rodean, la siguen, la abochornan con su escandalosa curiosidad; y si los reprende, la silban, y si es muy tímida por naturaleza, la vuelven loca.

Ellos se encargan, aullando de placer, de ejecutar a todos los perros que lleguen al Muelle condenados a morir ahogados. Los arrojan al agua junto a la Capitanía del puerto, y los conducen a pedradas hasta el Merlón, si la infeliz víctima no espira, como suele suceder, a medio camino. A los angelitos les parece demasiado sencillo, para acabar con un perro, el conocido sistema de echarle al agua con un canto al pescuezo.

En los portales de la vecindad juegan a la pelota a dos paredes, y hacen de éstas su libro de memorias. En ellas escriben todas sus grandes impresiones del día: es decir, los nuevos motes de sus amigos, lo más grave que a éstos les haya ocurrido recientemente, y algunas otras menudencias que a mí no me es lícito copiar aquí. También retratan, a su modo, a los policías más populares de la ciudad, añadiendo a la efigie observaciones curiosas, y hasta pretenden reproducir las escenas que más les hayan admirado en el teatro o en el circo.

Por no perder tiempo, cuando, consumada una fechoría, se trasladan, para emprender otra, a distinto punto de la ciudad, mientras andan y discuten van rayando con yeso los tableros de las tiendas, abriendo las puertas que están cerradas y tocando marchas en los cristales de los escaparates. Si hay lodo en las calles, es de rigor que borren con él cuanto letrero o muestra, recién pintados, hallen al paso.

Es de su incumbencia exclusiva aclimatar los juegos nuevos y conservar el orden de sucesión establecido para los viejos.

Ocho días antes de Semana Santa recorren las calles formados en pelotones imponentes y batiendo, con entusiasmo feroz, mazos y carracas, cuyo estrépito aturde al vecindario.

El domingo de Ramos transforman la población en un bosque ambulante de laureles: montan sobre un ramo al camarada que juzguen más a propósito para el caso, y, conduciéndole a hombros, cantan todos a coro:

«Bendito sea el que viene
en el nombre del señor;
bendito sea el que viene,
aquí viene el Salvador.»

El día de la Candelaria recorren las calles en igual forma, pero llevan romero en lugar de laurel, y en vez del romance del día de Ramos, cantan con la misma música de éste...

«Cuando la Candelora llora
el invierno bota afora;
cuando se ríe está
por venir.»

Aman con delirio los precipicios y las grandes alturas; y no pudiendo, por falta de permiso, montarse sobre la torre de la catedral, se columpian en las cadenas del warf del Merlón y se encaraman en las pilas de madera del muelle de Maliaño.

Poseen, como los monos, el instinto de la imitación, y remedan en las calles lo que han visto hacer en la plaza de toros a los acróbatas, a los osos o a Cúchares. Merece citarse un ejemplo a este propósito:

Cuando se inauguró el ferrocarril de Santander a Bárcena, recuerdo haber visto a estos chicos jugar a los trenes, imitándolos con una precisión pasmosa. Colocábanse diez o doce de ellos en fila, apoyadas la cabeza y las manos de los de atrás en las espaldas de los de adelante. El que formaba el primero hacía de locomotora, y tenía la habilidad de imitar maravillosamente los silbidos y resoplidos de esta máquina. El segundo hacía de maquinista. Diferentes portales, señalados de antemano en la calle en que se jugaba, eran otras tantas estaciones. Formado el tren, el chico maquinista levantaba la gorra del chico-locomotora, el cual, como si realmente tuviera una válvula destapada, comenzaba a pitar que se las pelaba, y pitando continuaba hasta que la gorra caía otra vez sobre su cabeza, siendo de advertir que había tal relación entre la voluntad del maquinista y la suya, que los pitidos seguían los movimientos de la gorra con la misma precisión que siguen a los de la mano de un maquinista verdadero los del silbato de la máquina que guía. Después de este requisito, el tren se ponía en marcha poco a poco, y a vuelta de muchos resoplidos, paraba en cada estación, previos los pitidos de rúbrica, y con el mismo ceremonial tornaba a la estación en que se había formado.

Tienen una afición, que raya en locura, a los espectáculos públicos; a los volatines especialmente. Los toros les gustarían mucho más; pero como son muy caros y se ejerce a las entradas de la plaza una vigilancia de todos los diablos, no se atreven a pensar en colarse «de mogollón». Cuando se acercan las corridas y ha llegado el ganado, se van todas las tardes a verle a los prados de la Albiricia, le acompañan al abrevadero al lado de los pastores, averiguan el nombre de éstos, saben cuáles son los toros de cada corrida, y a la cuarta o quinta visita, andan por el prado a media vara de los bichos. Indagan en qué fonda o posada paran los toreros, rondan su habitación, cuando la conocen, y mirando a las ventanas por si se asoman los, para ellos, héroes entre todos los héroes habidos y por haber, se pasan horas enteras. A la de la corrida se van al arrastradero; y allí, metidos hasta las rodillas en un charco de sangre, pugnan y sudan el quilo por arrancar a los toros y caballos que salen arrastrados de la plaza, una banderilla del morrillo o media docena de cerdas de la cola; menos aún, por tocar con los pies la cabeza de estos animales; por ver un poquitín el interior de la plaza en el momento en que salen o entran las engalanadas mulas, cuya suerte envidian.

Se los halla infaliblemente junto al despacho de billetes del teatro, y piden a cuantas personas se acercan a tomar localidad, dos cuartos que les faltan siempre para completar el valor de una entrada. Los que con este recurso la adquieren, un poco tarde siempre, llegan a la cazuela pidiendo plaza a todo el mundo y pisando muy recio. Ya sentados, se mueven más que las ardillas, porque todo les llama la atención. La frase más insignificante en boca del gracioso les hace reír a carcajadas, y piden con estrépito que se repita. Cuando oyen aplaudir a los demás, ellos silban como cien huracanes, no porque desaprueben los aplausos, sino porque el silbido es la gran expresión de su entusiasmo, lo mismo en el teatro que en la plaza. Saborean con delicia todas las situaciones de un melodrama (género por el que se pelan); y tal les abstrae el gozo, que se olvidan del lugar en que se hallan y del público que los rodea. Sólo les escuece el deseo de saber si tal camarada, que es algo distraído, está, como ellos, bien al tanto de lo que pasa en el escenario. El tal camarada suele distar de ellos todo el diámetro de la cazuela. Mas ¿para qué les dio Dios una voz extensa y penetrante. Aprovechan, pues, una situación en que se oiría volar una mosca en el teatro, y entablan a grito pelado un diálogo como el siguiente:

-¡Ay que Dios!... ¡Rajuca!

-¡Queeé!

-¡Miale, miale!... ¡ése que arrastra a la dama!

-¿Qué casulla tiene, eh?

-¿Sabes quién es?

-El marido de la marquesa que salió endenantes.

-¡Quiá!... El que hizo la otra noche de general y luego le llevaron a la horca.

-¡Si aquél era más gordo!

-¡Cómo no fuera!... ¡si lo sabré yo!... ¡Le he visto más veces al balcón! Vive en casa de Chiripa, que tiene su padre posada de comediantes. Güena va la comedia, ¿eh?

-¡De mi-flor!

-¿Tienes algo de pan?

-No; precebias.

-Arría un par de ellas.

-En abajándose el telón.

Son, por lo general, poco aficionados a la mar; prefieren hacer sus correrías por las alamedas o por el campo: en primavera y en verano, para acechar nidos, pescar grillos o robar huertas; en invierno, para cazar con liga pardillos y jilgueros.

He dicho que no son aficionados a la mar estos diablejos, y debo añadir la razón. En la mar y en el terreno que le pertenece, no hay más cheche que el raquero, con el cual no pueden competir. Este, de quien no trato ahora porque ya he tenido el honor de dedicarle algunas páginas en mis Escenas Montañesas, tiene menos ingenio, menos travesura que ellos; pero, en cambio, tiene más entraña, y una correa, que ni las de un toro de Colmenar: se pasa un par de meses en la cárcel y se duerme todo un invierno sobre las duras y húmedas losas del Muelle sin exhalar una queja ni coger un constipado; y sobre todo, acomete él solo la empresa raquera más difícil y arriesgada, y antes deja en ella los dientes que la presa. Los «chicos de la calle» saben muy bien que el más templado de todos ellos, su jefe como si dijéramos, el famoso Coneja, a quien conozco mucho, las mayores pruebas porque ha pasado, sin llorar, han sido dormir dos noches, no consecutivas, bajo las maderas de Cañadío, y permanecer diez horas en el cuarto de los perros[1]. ¿Y qué proezas ha hecho él solo? Poco más de nada: entrar en una huerta de Cajo, torcer el pescuezo a un pollo y robar dos docenas de manzanas. Para eso le guipó el amo, dejó el pollo y las manzanas para hacer menor su responsabilidad, y, llorando de susto, volvió a saltar las tapias sin llevarse consigo una mala camuesa.

Debe, pues, quedar consignado:

1.- Que estos chicos, tan osados y dañinos en pandilla, uno a uno son inofensivos borregos.

2.- Que nada les intimida ni les detiene en sus incesantes campañas más que los raqueros del Muelle, que son indomesticables e irresistibles por naturaleza y por educación.


  1. Así se llama vulgarmente en Santander la incómoda habitación del Principal donde se alojan preventivamente los detenidos por los agentes de la autoridad.
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