Los cinco sentidos

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Los cinco sentidos
de Emilia Pardo Bazán



El nieto y heredero de aquel poderoso multimillonario John Dorcksetter salió diferentísimo de su abuelo y hasta de su padre. Había sido John un atleta, una especie de cíclope, que, en vez de forjar hierro, forjaba millones con sus brazos, vultuosos bíceps y su manaza de gruesas venas negruzcas y pulpejos callosos. Atento sólo a la faena incesante, no quiso John distraerse ni aun en pegar un mordisco de través a la colosal fortuna que amontonaba. Ningún goce, ningún lujo se permitió. Tostadas de pan moreno con salada manteca, cerveza amarga y fuerte, le mantenían. Sus muebles eran sólidos, feos y sencillos. Su esposa vestía de alpaca y revisaba las provisiones. El oro envolvía a John; pero John no necesitaba del oro, y lo ganaba únicamente por el viril placer de desarrollar la energía de ganarlo.

Marck, el hijo, sin desatender completamente los negocios, gastó un boato fastuoso y principesco. No se arruinó, porque eso no entraba en sus principios; se limitó a derrochar, como derrochan todos sus congéneres: yates, coches (no existían automóviles aún), caballos, palacios, quintas, festines, viajes con séquito, adquisición de obras de arte más o menos auténticas, fundaciones benéficas e instructivas más o menos útiles; entre ellas, la de la fuente continua de agua de la Florida, donde se perfumaban gratuitamente los moradores de Kentápolis, ciudad dominada por la opulencia de la dinastía Dorcksetter.

La mujer de Marck, muy hermosa, ayudó gentilmente al marido en la tarea de despabilar dinero; sus trajes, sus joyas, sus fiestas, fundían con soberano garbo aquellos lingotes de precioso metal forjados por el musculoso John, a golpe de martillo. Decíase que estaba la señora de Docksetter un poco detraquée, palabra que no sé si traducir por chiflada o por de la jícara. A la verdad, no me satisface ninguna de las formas, porque el detraquément no es propiamente la chifladura. Estar detraquée no es sólo tener los sesos barajados, sino algo peor: albergar un germen de perversión en el alma, un germencito que se desarrolla vivaz e invasor a la primera ocasión favorable.

Edgard se llamó el hijo menor de Marck, y nació endeble; con todo eso, se podía considerar dichoso, pues el mayor, Charlie, era raquítico y tenía en la cabeza una bolsa de agua: vivió poco, y todo el mimo y cariño se reconcentraron en el superviviente. Los disparates que se hicieron con motivo de aquella criatura, llenarían un libro. Nunca hubo soberano fabuloso ni príncipe hereditario más cuidado, más halagado, más defendido contra los roces y desacatos de la realidad. Plumas de colibrí mulleron su nido, y hojas, no de rosas, sino de raras orquídeas, fueron tapiz de sus piececillos cuando intentaban andar, como todas las criaturas. El temor de que pudiera caerse cohibió sus travesuras, y la excesiva idolatría de la madre le encerró en una especie de santuario, del cual no salió hasta que el azar le hizo doblemente huérfano: en un choque de trenes murieron juntos sus padres.

Al asomarse Edgard libremente al vasto mundo, recibió impresiones singulares, que al pronto no supo definir. Fueron más bien penosas, y a la vuelta de algún tiempo se graduaron y constituyeron positivo tormento para el joven plutócrata. Se le había rodeado de un ambiente tan artísticamente refinado y quintaesenciado, que no concebía respirar otro; y el aire exterior era bravo y duro, ya glacial, ya sofocante, y traía entre sus oleadas partículas de polvo, átomos de todas las pestilencias y vaho de sudor exhalado en todos los trabajos recios y viles. Edgard desdeñó la ignominia de un aire tan impuro, y se recluyó otra vez en sus magnas residencias, en sus mansiones, donde a placer se le ofrecían las beatitudes de una existencia inimitable, y donde se alzaba el telón de encaje bordado de perlas, para descubrir el espectáculo de la miseria y el dolor. Para Edgard no existían, puesto que no llegaban a afectar sus sentidos, aquellos sentidos delicadísimos, exigentes, que reclamaban sólo la impresión placentera, la delicia y la miel del goce humano...

Para sus sentidos, atesoró Edgard los colores combinados en seductora armonía, los sonidos que se funden abrazándose y encadenándose, los sabores raros y exquisitos, los perfumes que hacen desvanecerse de ventura, y la euritmia de las formas artísticas en que la línea es un himno. Y todo lo tuvo, porque el oro proporciona a manos llenas sonidos, sabores, aromas, formas y matices divinos, de los que hermosean artificialmente el cuadro de la creación; y le envidiaron los que no podían comprar esas felicidades, no porque Edgard las ostentase con alarde de mal gusto, sino porque justamente, al esconderlas con celoso cuidado, las hacía suponer infinitas, misteriosas y distintas de la Tierra.

Un día, Edgard llamó apresuradamente a su doctor, el sapientísimo médico encargado de velar por la salud tan preciosa, y se quejó de un mal extraño. Era éste tan pronto una especie de saturación y embotamiento de los sentidos, como una irritabilidad furiosa de los sentidos también; y los dos síntomas constituían uno solo: la imposibilidad de encontrar cosa que los satisficiese ni lisonjease. Cuando Edgard veía, oía, tocaba, olía y gustaba, le parecía feo, inarmónico, áspero o fofo, apestoso, desabrido y, en suma, repugnante y odiable en grado sumo. Al principio (confesaba Edgard) los colores y las formas eran bellos; la música, selecta y sublime; las fragancias, embriagadoras; la cocina y bodega, inauditas y cada cosa de por sí y todas juntas, admirables y únicas por su delicadeza y primor. Y ahora, todo debía de continuar siendo igualmente perfecto y maravilloso en su género; pero, no obstante, Edgard percibía en tales sonidos, formas, sabores y olores tales deficiencias, tales desafinaciones, tales faltas, mermas y pelillos que, en vez de recrearse, sufría horriblemente, o venía a solicitar del doctor un remedio heroico, radical y eficaz: la supresión de los fatales sentidos; el cierre de las puertas por donde entraba en su espíritu la noción de lo incompleto, de lo mezquino y miserable del humano existir...

Otro médico se hubiera negado; pero ya sabéis que en estos países nuevos, jóvenes y caducos a la vez, pasan muy extrañas cosas, y a cada cual se le considera árbitro de sí mismo y dueño de su piel y de su persona, omnímodamente. Se presume, no obstante, que haría el doctor las debidas objeciones, y se sabe que al cabo accedió. Con una cera especial, adherentísima y penetrante, cerró los ojos de Edgard. Una poción cuya receta procedía de los indios pieles rojas, que la usan para insensibilizarse cuando les torturan, suprimió el tacto y abolió el olfato y el gusto del millonario mozo. Tapones hábilmente colocados interceptaron los ruidos y le produjeron completa sordera. Y así quedó Edgard a oscuras y en silencio absoluto.

No podía el doctor ni preguntar a su paciente si quería ser destaponado, vuelto a la vida sensual. ¿Cómo hacer que entendiese la pregunta?

Pero el joven millonario, paseándose apoyado en el brazo del médico por los jardines admirables de su quinta, en los cuales los árboles eran altos y regios, los estanques profundos, los cisnes bogadores y deslizadores, las cascadas rumorosas y argentinas, los templetes de alabastro rancio, traído de Grecia, y las flores singulares, pálidas como rostros o rojas como labios, murmuraba:

-No me restablezca usted en el uso de los sentidos, doctor... Ahora es cuando, sola y libre mi fantasía, me finge la hermosura cabal y sin tacha, la sensibilidad inagotable, las formas celestes y la música digna de los serafines... En mí encuentro lo que no había podido darme el oro... Quiero quedarme así toda la vida. ¡Toda la vida!

Y, sentándose fatigado ya, añadió:

-Toda la vida... de mi capricho.