Los diez libros de Diógenes Laercio: Bión

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B I Ó N.

 1. Bión fue boristenita. Quiénes fuesen sus padres, y por qué causa se dio a la filosofía, él mismo lo manifestó a Antígono; pues habiéndole dicho éste:

¿Quién eres? ¿De qué gente?
¿Dónde está tu ciudad? ¿Dónde tus padres?

y sabiendo que lo habían denigrado, dijo al rey: «Mi padre fue liberto, y se limpiaba con el codo[1] (esto significaba que había sido especiero). Era boristenita; y no tenía rostro, sino en él un letrero esculpido, marca de su asperísimo dueño. Mi madre era una del lupanar, como correspondía a tal hombre. Habiendo después mi padre cometido no sé qué cosa contra los banqueros, fue vendida su casa con todos nosotros. Como yo era joven y bastante gracioso, me compró un orador, el cual, cuando murió, me dejó cuanto tenía; y yo quemando todos sus escritos y recogiendo lo demás, me fui a Atenas y me dediqué a la filosofía.

De esta gente me precio, y de esta sangre.

Esto es lo que hay acerca de mí; por tanto, pueden ya dejarse de fraguar mi historia Perseo y Filomides; mírame descrito por mí mismo».

 2. Era Bión en ocasiones ciertamente versátil[2] y astuto sofista, y daba motivo de hablar contra la filosofía a los que querían ejecutarlo; pero en otras era apacible, y aun capaz de disfrutar el lujo. Dejó muchos Comentarios y apotegmas útiles en los negocios humanos: v.gr., como lo motejasen de que no había podido coger para sí a cierto joven, respondió: «No se puede atraer con anzuelo el queso blando». Preguntado una vez quién era el de menos sosiego, respondió: «El que más lo desea». También se le atribuye el que habiendo sido preguntado si conviene casarse, respondió: «Si casas con fea, tendrás un tormento; si con hermosa, será común a otros». Llamaba a la senectud «puerto de todos los males, porque a ella caminan todas las cosas». Decía que «la gloria es madre de los años; la hermosura un bien ajeno; las riquezas los nervios de las cosas». A uno que había vendido y comido sus posesiones, le dijo: «La tierra se tragó a Amfiarao; tú a la tierra». Llamaba «gran mal al no poder sufrir ningún mal». Reprendía a los que quemaban a los muertos como a insensibles, y los lloraban como sensibles.

 3. Decía a menudo que «vale más hacer gracia a otro de la flor de la belleza propia, que no coger por fuerza la ajena; pues así se perjudica al cuerpo y al alma». Culpaba también a Sócrates diciendo que «si tenía necesidad de Alcibíades, y se abstuvo de su favor, fue un necio; si no la tenía, nada hizo de extraño». Llamaba «llano al camino del infierno, pues se hace a ojos cerrados». Acusaba a Alcibíades, diciendo que «siendo jovencito quitaba los hombres a sus mujeres, y siendo mancebo quitaba las mujeres a sus maridos».

 4. Enseñaba la filosofía en Rodas a los atenienses que estudiaban allí retórica, y a uno que le notaba esto, le dijo: «¿Traje trigo, y venderé cebada?» Decía que «en el infierno son más castigados los que llevan agua con vasos enteros, que los que la llevan con vasos agujereados». A un grande hablador que le pedía auxilio, le dijo: «Te daré lo que baste, con tal que envíes procuradores y tú no vengas». Navegando una vez con gente mala, cayó en manos de piratas; y como los primeros dijesen: «perdidos somos si nos conocen», añadió Bión: «Y yo también si no nos conocen». Llamaba a la soberbia «embarazo del adelantamiento». De un rico miserable, dijo: «Éste no posee la riqueza, sino la riqueza a él». Decía que «los miserables cuidan de sus haberes; pero de ellos ningún útil sacan, como si fueran ajenos. Que cuando somos jóvenes hacemos uso del valor corporal, pero cuando envejecemos tenemos el valor en la prudencia. Que tanto se aventaja la prudencia a las demás virtudes, cuanto la vista a los demás sentidos. Que no conviene ultrajar a la vejez, a la cual todos deseamos llegar». A un envidioso que estaba melancólico, le dijo: «No sé si te habrá venido a ti algún mal, o a otro algún bien». Decía que «la impiedad era muy mal cohabitante de la confianza»; pues

doma al varón por más audaz que sea.

«Que se deben conservar los amigos, de cualquier condición que sean, a fin de que no parezca los habemos tenido malos, o no los elegimos buenos».

 5. Bión despreciaba al principio los dogmas de los académicos en tiempo que era discípulo de Crates; después[3] abrazó el instituto cínico, tomando el palio viejo y el zurrón. ¿Y qué otra cosa lo condujo a aquella ecuanimidad? Después pasó a oír a Teodoro el Ateo que sofisteaba con toda suerte de argumentos; y después de éste oyó a Taofrasto Peripatético. Era aficionado al teatro, y muy difuso en la risa, usando en las cosas de palabras pesadas. Por haber entretejido su estilo con variedad, refieren que dijo de él Erastótenes que «había sido el primero en vestir de flores la filosofía». Era muy diestro en las trovas; y son suyas éstas:

Oh delicado Arquitas[4]
feliz en las delicias y en el fasto,
disputador eterno entre los hombres.

Tenía absolutamente por un juego a la música y geometría. Era magnífico y ostentoso; y aún por esto iba transmigrando de unas a otras ciudades, hasta ostentar apariencia artificiosamente; pues en Rodas indujo a los marineros a que se vistiesen hábitos de escuela y lo siguiesen; y entrando con ellos en el gimnasio, fue admirado por todos.

 6. Solía adoptar por hijos algunos jóvenes para abusar de ellos en sus deleites, y para protegerse con su favor y benevolencia. También era tenazmente amante de sí mismo; y decía que «entre los amigos todas las cosas deben ser comunes». Por lo cual ninguno se titulaba discípulo suyo, sin embargo que tuvo tantos en su escuela. Hizo imprudentes a muchos; y así se refiere que Beción, uno de sus familiares, dijo una vez a Menedemo: «Yo, Menedemo, duermo[5] las noches con Bión, y no creo cometer en ello algún absurdo». Trataba muchas cosas impiísimas con los que estaban con él, tomadas de la doctrina teodórica. Finalmente, habiendo caído enfermo (como dijeron los que estaban en Calcide, pues allí murió) quiso recibir amuletos[6] que lo atormentasen, y arrepentirse de las ofensas hechas a Dios.

 7. La pobreza de los que le asistían en su enfermedad le fue muy dañosa, hasta que Antígono le envió dos criados y se lo llevaron en litera, como refiere Favorino en su Historia varia. Murió allí mismo; y mis versos a él son éstos:

Oimos que Bión boristenita
afirmó que no existe dios alguno.
Si hubiera persistido en este dogma,
podríamos decir que sintió de ello
como había creído erradamente;
pero habiendo caído
en larga enfermedad, morir temiendo,
el que había negado hubiese dioses,
el que nunca sus templos visto había,
y el que de los mortales se burlaba
que a los dioses ofrecen sacrificios,
no ya sólo con piras, aras, mesas,
olor, gordura, incienso
de los dioses saciaba las narices,
ni sólo «pequé» dijo,
y «perdonadme mis pasadas culpas»;
si que aun a la vieja ensalmadora
prestó fácil el cuello, y con correas
se dejó atar los brazos.
Sobre su puerta puso
el ramo de laurel y espina blanca;
para todas las cosas prevenido,
sino para la muerte.
¡Oh necio, que quisiste que los dioses
por merced existieran;
como si existir ellos consistiese
en que Bión quisiera así decirlo!
Luego en vano eres sabio, porque siendo
toda carbón tu mísera barquilla,
levantando las manos,
«salve, Plutón», decías, «salve, salve».

 8. Hubo diez Biones: el primero fue proconnés y contemporáneo de Ferecides Siro, de quien corren dos libros. El segundo, siracusano, escritor de preceptos oratorios. El tercero es el presente. El cuarto fue de la escuela de Demócrito, y matemático abderita, que escribió en dialecto ático y jónico. Éste fue el primero que dijo que hay parajes en que la noche dura seis meses y seis el día. El quinto fue solense, y escribió las cosas de Etiopía. El sexto fue retórico, del cual andan nueve libros con epígrafes de las musas. El séptimo, poeta lírico. El octavo, escultor, milesio, de quien Polemón hace memoria. El noveno, poeta trágico de los llamados társicos. Y el décimo, estatuario de Clazomene, o de Quío, de quien hace mención Hiponacte.


  1. Mocarse con el codo era frase que se aplicaba a los especieros, acaso porque no podían tocarse las narices con las manos a causa de lo picante de las especias. - Suetonio, en la Vida de Horacio.
  2. πολϋτροπσς.
  3. άνείλετο.
  4. Son dos versos de Homero trovados; el tercero, lib. 3, Ilíada, v. 181; y el segundo, lib. I, v. 146.
  5. συνδέομαι, convictus sum.
  6. περίαπτα, acaso serían también ligaduras apretadas, como parece indican los versos siguientes.