Los dos ratones

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-«¡Albricias, albricias, madre!
-exclamaba un ratoncillo:-
»Aquel gatazo implacable
»que tanta guerra nos hizo,
»va a ser pasto del León;
»ambos reñían, lo he visto.
»Ya no habrá quien nos aceche;
»podemos vivir tranquilos.»-
Cuando esto escuchó la Rata,
sin salir de su escondrijo
díjole: -«Calla, tontuelo;
»no digas más desatinos.
»El orden de la natura
»trabucas tú: ¿quién te ha dicho
»que en lucha con otra fiera
»quedara el Gato vencido?
»¡Si no hay Tigre que le iguale!
»¡Si es peor que un Basilisco!
»Si vieras sus anchas fauces,
»su diente de agudo filo,
»sus corvas uñas sangrientas,
»y su mirar vengativo;
»si su vigor conocieras
»como yo, pobre hijo mío,
»juzgáraslo más valiente
»y anduvieras con más tino.
»Cuando él arquea su cuerpo,
»y se relame el hocico,
»y se le erizan los pelos,
»y lanza fieros bufidos,
»las mismas selvas se espantan
»y se estremecen los riscos.
»¡El León! ¡vaya un contrario
»para tal animalito!
»En echándole la zarpa,
»de su corona hace añicos,
»y si le aprieta el gaznate
»me lo estrangula, de fijo.
»Ven, pues, hijo de mi alma,
»que si ese gato enemigo
»volviese malhumorado
»se te comería vivo.»-
Estas palabras la Rata
al Ratoncillo le dijo,
y agarrado del pescuezo
se lo llevó al escondrijo.


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En las bestias y en los hombres
el miedo abulta el peligro.