Los dulces del año

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Los dulces del año
de Emilia Pardo Bazán



Como el Añito nuevo tenía tan buena traza y estaba tan monín con su traje de marinero y sus bucles rubios, la gente le piropeaba en la calle; algunas mujeres, más atrevidas, besaban sus mejillas frescas de adolescente, y, a su paso, un rumor de simpatía le halagaba, una oleada de adoración le envolvía.

El Añito quiso corresponder cariñosamente a tantas demostraciones, y, metiendo la diestra en la bolsa de raso que llevaba pendiente del brazo izquierdo, sacaba diminutos objetos liados en papel de oro; sin duda bombones. La dádiva del Año era recibida con explosiones de entusiasmo y gratitud. Aquellos envoltorios dorados no podían menos de traer dentro algo sabrosísimo. Y un coro de bendiciones se alzaba, mientras la gente, palpitando de esperanzas vivaces, desliaba las envolturas e hincaba el diente a las golosinas, regalo del lindo mocoso, que sonreía al hacer el obsequio...

Rápidamente cundía la voz:

-¡El Año nuevo regala dulces!

Desde gran distancia acudía la gente, corriendo, al cebo del reparto halagador. Los dulces habían de ser distintos de los conocidos ya, y mejores, amén de distintos. La muchedumbre se comunicaba impresiones, y, suplicante, alzaba las manos. Notó el Año nuevo que cuantos le rodeaban pidiendo un dulcecito se declaraban muy desgraciados, muy combatidos por la vida, muy frustrados en todas sus aspiraciones y deseos.

-¡Año nuevo! -exclamaban-. ¡Niño bonito! ¡A ver qué alegría nos traes! ¡A ver qué regalo nos vas a hacer!

Y de la inagotable bolsa, que brujas enemigas y malignas iban llenando con manos invisibles a medida que se vaciaba, salían, como la lluvia que cayó sobre el seno de Dánae, gotas y más gotas de oro, arrebatadas por manos ávidas, por garras ansiosas y rapaces. Ya no era que el Año repartiese, sino que le robaban, le despojaban, sin darle tiempo ni a hacer el ademán de la distribución... Voces de angustia, ayes de sufrimiento, quejas de dolor, suspiros de melancolía incurable, demostraban que cada cual que se agregara al tropel era un desdichado, un vencido, agobiado por la carga de la existencia insufrible. Y el Año regocijado y juguetón en los primeros instantes de su salida al mundo, empezaba a ponerse también de perro humor, al convencerse de tantas calamidades.

Le quedaba, no obstante, una ilusión al Año nuevo: la de que, con los confites dorados, remediaría buena parte, si no todo, del mal que ya comprendía. No era posible que cosa tan elegantemente envuelta, de tan coquetón aspecto, no encerrase, si no la ventura, al menos el consuelo y el alivio. Y ese consuelo sería su obra. Le aclamarían como a un bienhechor. Cientos de miles de bocas le colmarían de bendiciones. Así como así, no era justo que tanto se padeciese bajo la capa del cielo. Unos miseria, otros enfermedades, éste desengaños y traiciones, aquél desaliento y convicción de la propia inutilidad, todos eran atormentados hasta más allá de las fuerzas humanas. Aunque el dorado confite no fuese sino una gota de miel, contrastaría un instante la amargura...

Pero he aquí que de la muchedumbre apiñada, que desenvolvía y tragaba con avidez el regalo del Año nuevo, empiezan a brotar quejidos, protestas, reniegos, voces de furia; mientras los más prudentes se limitan a decir, con aflicción reprimida:

-¡Válgame Dios! ¡Lo mismo que antes!

-¡No, peor que antes!, comentan los rabiosos.

-A mí me duele más la ciática, declara una vieja.

-Yo estoy más pobre y hambriento que nunca, grita un desarrapado.

-¡A mí se me ha muerto un hijo más!

-¡Me han quitado la plaza de la cual vivía!

-¡Me ha salido fallido el negocio!

-¡Se me ha caído la casa!

-¡La amada me ha vendido!

-¡He perdido el pleito!

-¡Dice el doctor que tengo que dejarme cortar la pierna!

Y cada uno de los obsequiados por el Año nuevo, al ver que su suerte no cambia, o, mejor dicho, empeora, se arranca los pelos, se arroja al suelo, enseña los puños o arroja al rostro del Año un pellón de lodo, una inmundicia recogida en la calle...

Entonces el Año emprende la fuga. No quiere morir ignominiosamente a manos de la vil canalla; y, a paso veloz, se aleja, busca un lugar solitario donde reflexionar sobre lo que le ocurre. ¿De modo que, por haber dado dulces, por haber repartido aquellos gentiles bomboncitos áureos, a poco le linchan? Estaba visto; la Humanidad era un hato de desagradecidos infames, y convenía apartarse lo más posible de ella.

Y el Año, con el corazón oprimido y una invasión de pesimismo en el alma, subió a la escarpada cima de un monte y se emboscó en sus fragosidades, a fin de huir de la humana especie. Al desembocar en un claro, rodeado de hayas centenarias y copudas, vio con sorpresa que ¡también allí había llegado el hombre! A la puerta de mísera cabaña estaba un carbonero que acababa de soltar, rendido y sudoroso, pesadísimo haz de leña. El infeliz se volvió, sorprendido.

-Oye -le dijo el Año-. Tú, de fijo, no serás ingrato con los beneficios que recibas.

-No me atrevo a decir que sí -respondió con flema el carbonero-. ¡Soy hombre...!

-De todos modos, toma.

Y le puso en la mano un puñado de los dorados confites.

-Gracias -murmuró el miserable-; pero no los tomaré sin saber qué contienen. Si no encierran unas gotas de resignación, mezcladas con otras de olvido, no los cataré.

¿De modo que no quieres nada de mí? -exclamó el bienhechor-. Sabe que soy el Año nuevo...

-¡Ah! En ese caso, puedes hacerme un favor infinito.

-¿Dime cuál?, interrogó el Año.

-Pasar pronto -rogó el carbonero-, volviendo a cargar trabajosamente con su haz de leña.