Los gemelos

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Los gemelos de Mihai Eminescu

Una candela delgada bajo la bóveda alta
Ilumina a todos los reyes dacios juntos,
Que cortados en mármol con escudos y clámides
Estaban enfilados bajo las negros entrepaños,
Y ahí, al frente de la sala hay un trono cubierto
Con un negro velo de dolor, porque el rey Sarmis ha muerto.
Y su cara - la última del larga fila de reyes -
Bajo el velo, como una sombra, apenas puede ser visto.
De repente chirría el hierro detrás de un entrepaño
Se abre la baja entrada de un cuarto secreto,
De una capa larga se estira una mano blanca
Que lleva una antorcha encendida de resina,
Que acercada a su cara ilumina su rostro...
Sobre un palo cortado, el reloj gotea su arena.
Brigbelu, el hermano menor, pero gemelo de Sarmis -
Que se parece a su hermano como el ser y la sombra -
Lentamente camina, levantando su antorcha
Y acercando su oreja se pone a escuchar : "¡Nada!"
Una hora me queda, y mira que llegaré al final
Tan arriba en este mundo creado para el bien.
Creado para el bien nos dicen los viejos libros,
Por miles de años nos suena la leyenda en las orejas...
Y vi a la virtud recibiendo su recompensa,
Que no solo por los hombres - por los mismos dioses es envidiada,
Una recompensa bellérrima : una mortaja y cuatro tablas.
¿ Desde cuando vi esto, me quedé siempre pensando :
¿ Apaciguar mi codicia ? ¿ Por dulces manantiales
Pasar sediente para un tesoro así ?
Mientras que con un hombre encadenado - aun si es mi hermano,
¿ Qué me importa si lo pongo en cadenas ? - ¿ Un camino luminoso
Se abre delante a mi ? Por lo tanto lo dejé al margen,
Para que disfrute solo la recompensa de las virtudes.
¡ Eh ! El mundo está dividido en estúpidos y en astutos,
Y los astutos saben dar precio a las malas pasiones.
Hay que sembrar una semilla fértil -
Para ser dueño, tienes que penetrar en los profundos de la gente.
Si quieres que todos recen a tus huesos,
Resucita en ellos los impulsos odiosos,
Llama virtudes a la envidia y el odio,
Llama héroe a un verdugo para afilar su hierro,
Al seco y astuto llamale un sabio,
Llama loco al noble y simple al justo,
De las pasiones de la muchedumbre hazte escalera hacia el poder
Y te seguirán todos en una ceguera eterna.
Con alabanzas agrada a su corrupción,
De enjambres disipadas harás un nuevo pueblo
Que te seguirá siempre en todas tus maldades,
Difundiendo sangre y ceniza sobre la tierra entera...
Guardate de una sola cosa, guarda como a tus ojos,
Que no te empuje algún demonio a decirles la verdad.
Decir : que no son dignos más que de profundo desprecio,
Que para una palabra vacía sacrificas todas sus vidas.
Que a ti ni te importa alguno de sus problemas,
Que les juzgas por su misma pequeñez de alma,
Que la alabanza que les presentas es un reproche,
Que todo lo que es como ellos merece la muerte."

Se pone de nuevo a escuchar... sus ventanas se hinchan,
Oye muchas voces y pasos subiendo las escaleras,
Y la puerta del medio se abre con mucho ruido,
Porque entran los voivodas de países y provincias,
En frente con un sacerdote viejo... Y el anciano,
Con el laurel eternamente verde en su blanco pelo,
Levanta su muleta de oro : - Brigbelu, ya está la hora
Para que en nombre de la multitud y delante de todos,
Yo llame tres veces al rey en voz alta,
Y si ahora tampoco aparece desde su sombra,
Te ofreceremos la corona, porque la ley manda
Que un año el trono no debe permanecer desierto,
Ni la corona debe quedar viuda del sien adecuado.

Sobre un trípode se pone el vaso con especies.
Con antorchas apagadas se arrodillan los soldados,
Y el sacerdote enciende una pila de especies.
De su humo azul se llena la alta bóveda,
Para cubrir la multitud, y las llamas saltan,
Todos arrodillados escuchan con terror
Y el sacerdote comienza con voz llena de dolor :
- En el nombre de Aquel cuyo nombre eterno
No es ningún mortal digno de pronunciarlo,
Cuando su lengua inmóvil a las balanzas del tiempo,
Mi muleta toca lentamente la punta del escudo
Real, y por ello te llamo - si vives
¡ Oh, Sarmis, Sarmis, Sarmis ! aparece de donde estás.
Cubriendo sus ojos estiran sus antorchas,
Que quedan encendidas por el fuego santo.
Por los arcos altos pasó un fuerte lamento,
Y los brazos levantan las antorchas en el aire.
El sacerdote remueve con una mano la fina tela
Que cubría la estatua de mármol sereno,
Y el tejido negro de lino fino y suave
Dejandole caer en las llamas, murmulla : - ¡ Está muerto !
Brigbelu se acerca a la ventana y mira.
Un mar de luz lo ciega por un momento,
Ve miles de antorchas y miles de lanzas,
La multitud y los soldados se empujan rugiendo por las calles,
Y calladas se quedan encima las negras bóvedas del templo,
Y los muros de la fortaleza con una torre en cada rincón.