Los jóvenes maestros. Sobre la charca pestilente

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Los jóvenes maestros. Sobre la charca pestilente
de Prudencio Iglesias Hermida

Nota: Prudencio Iglesias Hermida «Los jóvenes maestros. Sobre la charca pestilente» (24 de marzo de 1919) El Liberal, nº 14.238.


LOS JÓVENES MAESTROS

SOBRE LA CHARCA PESTILENTE

 Muerto Julio Antonio, no quedan en España sino dos o tres artistas jóvenes con una chispa genial en el cerebro: Viladrich y Julio Romero de Torres.
 Hace años que Viladrich vive lejos del mentidero cortesano; pero pueden pasar muchos años más y no olvidaremos aquella exposición que Viladrich celebró, cuando éramos niños, en un estudio, allá por las calles de Hermosilla, Lista o Ayala.
 Nos hablan de nuevas tendencias de Viladrich que desconocemos. Nos basta recordar, del ilustre maestro, una cabeza de fraile, que significa la palabra de honor de un artista de hacer revivir, si quiere, la gloria de las escuelas españolas de pintura: Velázquez, Greco, Ribera,... y después Zurbarán, Valdés Leal, Alonso Cano, Claudio Coello.
 El maestro Julio Romero de Torres tiene, como los grandes, su luz dentro. Como Rembrand, el más grande de todos; como Tiziano, Veronés, Tiéppolo..., el maestro Julio enfoca la luz de su espíritu sobre el lienzo, y bajo el rayo azul, dorado y melancólico de la luz del recuerdo, el ilustre cordobés produce obras que darán prestigio a los Museos de los siglos venideros.
 Pintar «como se ve» tiene poca importancia, aunque tenga su mérito. Pintar «como se siente» es ya obra de genio. Porque sólo los elegidos saben sentir e interpretar con altura el sentimiento. Rembrand, el Greco, Leonardo y sus hermanos en genio pintaban con la luz del recuerdo y sentían lo que pintaban. A ellos se asemeja, con su genial memoria poética, el maestro Julio Romero.
 Repetimos que pintar como se ve tiene poca importancia, aunque tenga su mérito. En España tenemos de esto un magistral ejemplo: Sorolla. El ilustre pintor valenciano es con los pinceles un fenómeno de circo, un equilibrista de esos que hacen volatines sobre la barandilla de un puente.
 Jamás se han visto mayores disparates que los que ejecuta a la perfección el maestro valenciano. ¡Señores, qué retratos aquel de Beruete, hecho debajo de una parra y dándole el sol a trozos en la cabeza al modelo, y aquel otro, de Romero Robledo, que era una media tostada de café de pueblo! Son dos lienzos como para una camisa de fuerza.
 Esa especie de pintura fotográfica es de un gran inferioridad de entendimiento. Sorolla no es un colorista, es un colorinista. La mano es muy hábil; pero el maestro tiene por cabeza una camuesa. No siente, no entiende. Es un pintor acéfalo.
 Que pinte Sorolla, pintor fotográfico, un ramo monumental de llores, verán ustedes qué mal lo hace. En cambio, que lo pinte Anglada Camarasa, ¡verán ustedes canela!
 Si esto decimos, con justicia, de Sorolla, ¿qué diremos de Moreno Carbonero, por ejemplo? Nada. Ese caballero es muy digno como ciudadano; pero como artista, es el Sacamentecas.

 Muerto Julio Antonio, se enterró con él la esperanza del renacimiento de la escultura española.
 No nos quedan más que picapedreros o marmolistas. El que ustedes consideren el primero de nuestros artistas de la piedra no es mejor que cae digno marmolista que hace años tiene plantada su tienda para ganarse la vida junto a las tapias de un viejo cementerio.
 No sólo son incapaces de concepciones grandiosas o sentidas los escultores españoles de nuestro tiempo, sino que no saben modelar. Ahí están pregonándolo los repugnantes monumentos que contribuyen a entristecer calles, plazas y plazuelas.
 Sin ser genios, ni mucho menos, los dos artistas que vamos a citar merecen por sus obras respeto: Valmitjana, el del Cristo yacente, y Suñol, el de la estatua del Dante y el friso del Congreso.
 Suñol y Valmitjana sentían respeto al arte y sabían modelar.
 Querol y Benlliure son muy inferiores a Suñol y Valmitjana.
 Querol es superior a Benlliure; pero ninguno de los dos lograron hacer jamás una obra sentida; pensada, y mal. Y el arte es sentir y pensar.
 Benlliure tiene un mérito que nadie puede negarle y es que nació en Valencia. En arte el, ser valenciano es una aristocracia.
 Pero aparte ese gusto meridional y alegre, Mariano Benlliure es un escultor sin talento. Alguno más tiene Blay y realmente tampoco ha hecho nada.
 Querol tenía de la escultura monumental una concepción más importante que Blay, y Benlliure. Y realmente los aventajó en todo, pero no pudo desarrollar sus impulsos porque le falló el genio. Fué un falsilicador de lo grande. Ejemplo: el monumento a Bolognesi.
 Querol era un escultor decorador de más fuerza que los pobres congéneres de su patria y de su tiempo. Pero Querol, que ha hecho remates de edificios airosos y alegres, no ha podido nunca salirse del arte viejo y resobado decorativo. Como modelador, a la cabeza de «Tulia», no supo infundir fiereza y energía con los dedos. Blay sabe modelar mucho mejor y sentir algo: en «Los primeros fríos», lo demuestra.
 Benlliure, en su arte, no concibe lo grande. Además, es un modelador perverso. Ambas cosas, las demuestra ampliamente en todos sus monumentos, pero en donde la demostración es épica es en las estatuas de Castelar y Canalejas.
 Como escultor de pequeños objetos, demuestra su tosquedad en «La bailaora», estatua a la que le iban a conceder en Roma una tercera medalla si su autor no se apresura a retirarla a tiempo.
 Afortunadamente, el público ya se ha cansado de estos malos obreros y de sus discípulos y compañeros. Todos estos que han infectado Madrid y el resto de España de injurias talladas en piedra, merecen más que olvido, desprecio. Sería justo emplear la dinamita en esos monumentos. No hacemos más que apuntar la justa idea. Celebraríamos que los bolcheviquis la acogieran bajo la roja bandera.
 Muerto Julio Antonio, no hay que soñar, por ahora al menos, con el renacimiento de la escultura española.
 Suñol y Valmitjana, y sobre ellos Susillo, merecen nuestro respeto. Después, nada. Y ahora volvemos a quedar en la charca pestilente sobre la que cruzó muy alta el águila de Julio Antonio, que pasó en un vuelo.

  PRUDENCIO IGLESIAS HERMIDA