Los lanzallamas: 08

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Un minuto después entraba el abogado amigo de Haffner.

—Yo lo esperaba —dijo el Astrólogo, yendo a su encuentro—. Usted se retiró de una forma extraña la otra mañana, de nuestra reunión. Tome asiento.

El Abogado ocupó él mismo lugar en que antes estuviera Barsut. Pero una vez que se hubo sentado, al mirar el mapa de los Estados Unidos, tatuado de banderas negras, se levantó y, acercándose al escritorio, examinó con detenimiento el trabajo del Astrólogo.

—¿Qué es esto? —murmuró.

—Los territorios donde domina el Ku Klux Klan…

—Ah… —dijo, y retirándose se sentó nuevamente.

Era un guapo joven. Si algo había en él de característico era una desenvoltura ágil, cierto aire de autoridad, como si estuviera acostumbrado al mando. Bajo su traje raído y muy arrugado se adivinaba un cuerpo recio, sumamente trabajado por la gimnasia.

“Un hombre caído en desgracia”, pensó el Astrólogo, mientras se paseaba por el cuarto con las manos a las espaldas. El pensamiento trabajaba bajo todos los nervios de su semblante romboidal. De pronto, volviendo medio rostro al abogado, le lanzó la pregunta:

—¿Usted enarboló una bandera de oro en la Facultad de Derecho, no?

—Sí. Yo quería protestar contra el régimen conservador. Al mismo tiempo quería significar que sobre el mundo había advenido la Edad de Oro… Renuncié a todo. Usted sabe, he renunciado a las riquezas, y sin embargo mi familia podía proporcionarme todos los medios para ganar mucho dinero con el ejercicio de mi profesión. Actualmente me hago la comida, me lavo la ropa… y yo soy un “doctor”, como dice admiradamente la gente. Pero no es a esto a lo que he venido. Yo necesito conversar con usted seriamente.

—A ver…

—Deseo saber si usted es un comediante, un cínico o un aventurero.

—Las tres cosas expresan lo mismo.

—En mayor o menor grado… pero no hagamos sutilezas. Dígame ¿qué es lo que hay de cierto en la intervención de los militares? Mejor dicho: en la comedia que el Mayor pretende que ustedes realicen…

—Nada… una simple idea…

—No es ésa la contestación.

—Tampoco es la pregunta…

—Bueno… quiero hacer una composición de lugar respecto a usted. ¿Usted se prestaría a organizar una célula comunista para hacer una comedia que favoreciera a los militares?

—Yo, sí.

—Entonces usted es anticomunista.

—No, soy comunista…

—¿Y siendo comunista usted traicionaría a sus compañeros para favorecer una asonada militar, con el pretexto de que el país va a ser víctima del comunismo?

—Sí.

—No lo entiendo.

—Yo sí me entiendo.

—¿De qué manera?

El Astrólogo se puso de pie, caminó unos instantes en el cuarto y luego dijo:

—El nivel intelectual del país es pésimo. Con lo dicho quiero decirle que nuestro pueblo, en su mayoría, por procedimiento de evolución no llegará jamás a admitir íntegramente el comunismo. Se opone a esto no sólo el interés de los capitalistas, sino el de los cuerpos políticos democráticos, que viven y se enriquecen representando al pueblo. Es decir que nosotros nunca podremos llevar el convencimiento y aceptación del comunismo por procedimientos intelectuales, al pueblo. Un pueblo se hace comunista por hambre, o por el exceso de opresión. Nosotros no tenemos poderes para provocar el hambre… tampoco para provocar la opresión. Los únicos que pueden oprimir y tiranizar a un estado son los militares. Entonces auxiliamos a los militares a clavar las uñas en el poder…

—Es un juego largo…

—Regular. Lo que ocurre es que nosotros somos una raza avara, acostumbrada a decir: “Es preferible una paloma en la mano a ciento volando”. Yo en cambio prefiero cien palomas volando a una en la mano. Esta es también la técnica del ajedrez… ¿Usted juega al ajedrez?

―No.

—Sin embargo, usted admira a Napoleón. Hay que jugar al ajedrez, querido amigo… El ajedrez es el juego maquiavélico por excelencia… Tartakover, un gran jugador, dice que el ajedrecista no debe tener un solo final de juego, sino muchos; que la apertura de una jugada, cuanto más contusa y endiablada, más interesante, es decir más útil, porque así desconcierta de cien maneras al adversario. Tartakover, con su admirable vocabulario de maquiavelista del ajedrez domina este procedimiento: “elasticidad de juego”. Cuanto más “elástica” la jugada, mejor; pero como decíamos, el advenimiento de los militares al poder es el summum ideal para los que deseamos el quebrantamiento de la estructura capitalista. Ellos constituyen intrínsecamente los elementos que pueden despertar la conciencia revolucionaria del pueblo.

—No se mantendrán en el poder.

—Se mantendrán… y además son lo suficientemente brutos para llevar a cabo todos los disparates necesarios para despertar la conciencia revolucionaria del pueblo…

—Hum…

—Harán disparates, no le quede la menor duda. Todo militar es un déspota que se ríe a carcajadas de las ideas. Hay que colocarlos en el poder, permitir que le “ajusten las clavijas” al pueblo. Y, claro está: el pueblo que lo que menos tenía era ser revolucionario y comunista, por contradicción con esa minoría se convertirá en bolchevique y antimilitarista. Se necesita un dictador enérgico, bárbaro; cuanto más bruto y enérgico sea, más intensa será la reacción. La pólvora sola arde en el aire; encerrada en un recipiente, forma lo que se llama una bomba.

—¿Sabe que es curioso?

Una jauría de perros ladra interminablemente en la distancia. Se oye un amortiguado y lejano estampido de escopeta.

—No tiene importancia —rezonga el Astrólogo, reparando en el semblante de atención del abogado— Por la noche, aquí siempre hay tiros —y continúa—: Ajedrez puro, querido amigo… Nosotros no tenemos que evitar el poder militarista. Por el contrario, apoyar firmemente sus decisiones. Ellos necesitan el pretexto bolchevique para cercenar las libertades del pueblo, que ignora cuál es la esencia del bolcheviquismo. Perfectamente. Nosotros crearemos el comunismo artificial… Usted sabrá que en el organismo humano existen bacterias que no resisten una temperatura de cuarenta grados. Estas bacterias provocan enfermedades. Entonces el sistema es provocar artificialmente en el organismo otra enfermedad que al suscitar la fiebre de cuarenta grados extermina los microorganismos realmente nocivos.

—Con su sistema se llega a admitirlo todo…

—Naturalmente. En cuanto usted quiere introducir una moral en la conducta política, la conducta política se transforma en lo que podríamos definir como un mecanismo rígido, destructible por la presión de las fuerzas externas y hasta de las internas.

—¿Y si los militares le hacen bien al país?

—Dentro del régimen capitalista, el militarismo es una institución a su servicio. Ningún sistema de gobierno capitalista puede resolver los problemas económicos que cada año aumentan de gravedad. El capitalismo de estos países es tan ingenuo que cree poder hacerlo… pero fracasará. Ha fracasado con la democracia; ahora tiene que fracasar con la dictadura. Es lo mismo que pretender curar la sífilis con inyecciones de agua destilada.

—De modo que si partimos de su punto de vista, usted no tendría inconveniente en ser socio de un bandido, de un falsificador de moneda, ni de un asesino…

—Todos son útiles, si se los sabe utilizar; magníficos medios para coadyuvar al triunfo del comunismo. Más aún; le diré: el perfecto comunista no debe vacilar ni un instante en emplear para el triunfo de la causa proletaria universal todos los crímenes que condena la moral capitalista… en los que no tienen un centavo.

El Abogado se levantó. La luz de la lámpara eléctrica oscila violentamente. El Astrólogo se interrumpe y observa el filamento, que de incandescente toma rojor de hierro a la calda. Murmura:

—Estos transformadores andan como el diablo.

—¿Tiene corriente continua? —murmuró abstraído el Abogado.

—No, alternada. Estábamos en la democracia, ¿no es así? Bueno, querido doctor. ¿Usted cree todavía en la democracia? Escúcheme. Cuando los norteamericanos provocaron la independencia de Panamá para apoderarse del territorio donde iban a trazar su canal, años más tarde dijo Roosevelt, en un discurso que pronunció en Berkeley, California: “Si yo hubiera sometido mis planes a los métodos conservadores (es decir, democráticos), hubiera presentado al Congreso un solemne documento oficial, probablemente de doscientas páginas, y el debate no habría terminado todavía. Pero adquirí la zona del canal y dejé al Congreso discutir mis procedimientos, y mientras el debate sigue su curso, el canal también lo sigue”. Estimado doctor, si esto no es burlarse cínicamente de los procedimientos democráticos y de la ingenuidad de los papanatas que creen en el parlamentarismo, que lo diga Dios.

—No se puede generalizar sobre un solo hecho.

—Magnífico. Usted quiere una colección de hechos que le demuestren que los Estados Unidos (nos referiremos a Estados Unidos, porque estamos en América) es el país más antidemocrático que existe. Bien… ¿Puede decirme, querido amigo, qué calificativo merece la conducta yanqui o la de los bandidos capitalistas yanquis en la América Central? Ríase, ríase usted de los bandidajes de Pancho Villa. Todos esos granujas son tiernos infantes junto a las empresas que han provocado la revolución de Panamá. Si pasamos de Panamá a México, encontramos una serie de revoluciones provocadas por la presión del señor Doheney, representante del grupo capitalista norteamericano en México. Al señor Doheney lo apoyaba el evangélico Wilson. Como los ingleses tenían intereses petrolíferos y apoyaban a Huerta, enemigo de los capitales yanquis, ¿qué hizo el gobierno? Obligar a los ingleses a retirarle su apoyo económico a Huerta. Concedió a las naves inglesas derecho de tránsito sin pago de intereses por el canal de Panamá, compraron las acciones petrolíferas inglesas y se derrotó a Huerta con una revolución que se hizo con la ayuda de Carranza, que recibió armas y dinero norteamericanos.

»Pasemos a Santo Domingo. Santo Domingo cae en poder del imperialismo yanqui cuando la Santo Domingo Improvement Company compra la deuda de 170 mil libras que una compañía holandesa había prestado al gobierno dominicano, con derecho a cobrar los impuestos aduaneros que garantizaban la operación. En 1905, EE.UU. se convierte en el síndico de la aduana dominiqueña, y por intermedio de Kuhn, Loeb and Company le facilitan al gobierno, que hace nombrar a su antojo, la suma de 20 millones de dólares, lo cual autoriza a los Estados Unidos a cobrar los impuestos aduaneros hasta el año 1943.

El Abogado se ha tomado una rodilla entre las manos, y con la cabeza tan inclinada que el mentón se apoya en su pecho escucha atentamente, mirando la deformada punta de su zapato casi deslustrado.

—¿Cuál es el sistema, querido doctor? El siguiente: Los bancos y empresas financieras organizan revoluciones en las cuales, prima facie, aparecen lesionados los intereses americanos. Inmediatamente se produce una intervención armada bajo cuya tutela se realizan elecciones de las que salen elegidos gobiernos que llevan el visto bueno de Norteamérica; estos gobiernos contraen deudas con los Estados Unidos, hasta que el control íntegro de la pequeña república cae en manos de los bancos. Estos Bancos, revise usted la teneduría de libros de la América Central, son siempre el City Bank, la Equitable Trust, Brown Brothers Company; en Extremo Oriente nos encontramos siempre con la firma de J. P. Morgan y Cía. Nicaragua ha sido invadida para defender los intereses de Brown Brothers Company. Cuando no es la Standard Oil es la Huasteca Petroleum Co.

»Vea, aquí, a un paso de nosotros, tenemos a un Estado atado de pies y manos por Estados Unidos. Me refiero a Bolivia. Bolivia, por un empréstito efectuado en el año 1922 de 32 millones de dólares, se encuentra bajo el control del gobierno de los Estados Unidos por intermedio de las empresas bancarias Stiel and Nicolaus Investment Co., Spencer Trask and City y la Equitable Trust Co. Las garantías de este empréstito son todas las entradas fiscales que tiene el gobierno, controladas por una Comisión Fiscal Permanente de tres miembros, de los cuales dos son nombrados por los bancos y un tercero por el gobierno de Bolivia.

Con los brazos cruzados sobre su blusón el Astrólogo se ha detenido frente al Abogado, y moviendo la cabelluda cabeza insiste como si el otro no lo pudiera comprender:

—¿Se da cuenta? Por treinta y dos millones de dólares. ¿Qué significa esto? Que un Ford o un Rockefeller, en cualquier momento podrían contratar un ejército mercenario que pulverizaría un estado como los nuestros.

—Es terrible lo que usted dice…

—Más terrible es la realidad… El pueblo vive sumergido en la más absoluta ignorancia. Se asusta de los millones de hombres destrozados por la última guerra, y a nadie se le ocurre hacer el cálculo de los millones de obreros, de mujeres y de niños que año tras año son destruidos por las fundiciones, los talleres, las minas, las profesiones antihigiénicas, las explotaciones de productos, las enfermedades sociales como el cáncer, la sífilis, la tuberculosis. Si se hiciera una estadística universal de todos los hombres que mueren anualmente al servicio del capitalismo…, y el capitalismo lo constituyen un millar de multimillonarios…, si se hiciera una estadística, se comprobaría que sin guerra de cañones mueren en los hospitales, cárceles y talleres, tantos hombres como en las trincheras, bajo las granadas y los gases. ¿Qué significa entonces el peligro de una dictadura militar, si esta dictadura puede provocar el resurgimiento de una fuerza colectiva destinada a terminar de una vez por todas con esa criminal realidad del capitalismo? Al contrario; lo criminal sería negarse a ayudar a los militares a que opriman al pueblo y le despierten por catálisis la conciencia revolucionaria. Más útil es un generalito déspota y loco, que un revolucionario sentimental y bien intencionado. El revolucionario haría propaganda limitada; el déspota despierta la indignación de millares de conciencias, precipitándolas hacia extremos que ellas nunca hubieran soñado

El otro escucha con la frente abultada de atención. A momentos con la uña de una mano se limpia las de otra.

—Piense usted querido amigo, que en los tiempos de inquietud las autoridades de los gobiernos capitalistas, para justificar las iniquidades que cometen en nombre del Capital, persiguen a todos los elementos de oposición, tachándolos de comunistas y perturbadores. De tal manera, que puede establecerse como ley de sintomatología social que en los períodos de inquietud económico-política los gobiernos desvían la atención del pueblo del examen de sus actos, inventando con auxilio de la policía y demás fuerzas armadas, complots comunistas. Los periódicos, presionados por los gobiernos de anormalidad, deben responder a tal campaña de mentiras engañando a la población de los grandes centros, y presentando los sucesos de tal manera desfigurados que el elemento ingenuo de población se sienta agradecido al gobierno de haberlo librado de los que las fuerzas capitalistas denominan “peligro comunista”.

El Astrólogo se pasea con las manos a la espalda. El pensamiento parece trabajar bajo los nervios de su semblante romboidal. Enciende cigarrillos que consume rápidamente con poderosas aspiraciones. De pronto recuerda que aún no le ha ofrecido un cigarrillo al Abogado, y le tiende la cigarrera metálica.

—¿Quiere fumar?

—Gracias… no fumo.

—Perdón. No le he ofrecido nada. ¿Quiere ron?

—No bebo.

—Perfectamente. Como le decía: la táctica del capitalismo mundial consiste en corromper la ideología proletaria de los estados diversos. Los cabecillas que no se dejan corromper son perseguidos y castigados. Las penas mas leves consisten en el destierro para los inculpados, y las más graves, la cárcel, con el corolario de los tormentos policiales más extraordinarios, como ser retorcimiento de testículos, quemaduras, encierro de los inculpados en invierno en calabozos a los que se les arroja agua, quemaduras. A las mujeres de filiación comunista se les retuercen los senos, se les arroja pimienta en los órganos genitales; todos los martirios que pueda inventar la imaginación policial son puestos al servicio del capitalismo por los empleados de investigaciones de todos los países de Sudamérica.

Nuevamente la corriente eléctrica oscila, estancándose durante algunos segundos en un voltaje tan bajo que el filamento de osmio fosforece levemente en la oscuridad. El Astrólogo no por ello deja de hablar:

—El sistema del régimen capitalista requiere, de parte de los simpatizantes del comunismo, una conducta semejante, aunada a un sistema de vida hipócrita. Esto les permitirá realizar sus actos tendientes a la destrucción del presente régimen, con la más absoluta de las impunidades… ―bruscamente, la luz recobra su intensidad normal—…, lo cual requiere la organización de células que se pueden clasificar en dos categorías: las sentimentales y las enérgicas.

El Astrólogo se acercó al armario antiguo, hizo girar la llave, extrajo un cuadernillo de tapa roja, y sentándose junto al escritorio dijo:

—Le voy a leer algunas instrucciones que estoy preparando para la organización de las Células.

Abrió una página y comenzó:

―Células sentimentales son aquellas compuestas por individuos nulos para emprender una acción enérgica o ejecución de gravísimos delitos sociales. Estas células se caracterizan por desarrollar una labor eminentemente proselitista, y su eficacia es reducida, sobre todo en los tiempos prerrevolucionarios.

»Las células enérgicas requieren la colaboración de hombres jóvenes, de carácter templado, audaz y sin escrúpulos. Células así compuestas deben colocarse por encima de toda contemplación de tono sentimental. Los medios que estas células pondrán en práctica deben ser enérgicos. Se recomienda la comisión de gravísimos delitos sociales, como ser ejecución colectiva y aislada de jefes militares, de políticos de filiación netamente antiproletaria y de capitalistas conocidos por su temple endemoniado.

El Abogado escucha con una mano en la mejilla. El pantalón corrido sobre su pierna deja ver una grosera media achocolatada, que él no se cuida de ocultar, y que a momentos observa distraídamente.

―El conocimiento entre jefes de células enérgicas es poco recomendable. En tiempos de inquietud social es preferible que trabajen aisladamente. La propaganda periodística explotando el escándalo para sus logros de ganancias, estimulará a las células anónimas y a los individuos que con ellas simpatizan.

»Pueden recomendarse, para eslabonar de complicidad a los miembros de una célula, los crímenes colectivos o las represalias llevadas a cabo contra los sostenedores de los regímenes de opresión, como ser: altos empleados policiales, jefes militares, civiles enemigos del triunfo del proletariado, etc.

»Precauciones elementales. Todo componente de una célula enérgica no debe haber actuado jamás en ningún partido político de oposición al capitalismo. Será rechazado si registra un solo antecedente policial. Todo componente de una célula enérgica no mantendrá relaciones de ninguna especie con bolcheviques reconocidos públicamente por tales. Públicamente aparentará respetar los regímenes dominantes.

»Ventajas de la conducta hipócrita. Todo idealista sincero, que sistemáticamente se ve obligado a representar una comedia que contradice sus sentimientos, se convierte en un eficientísimo elemento revolucionario ocultando sus sentimientos. El sujeto acumulará en su psiquis una fuerza de odio tan enconada, que el día de la revolución la explosión será formidable. En síntesis, el individuo debe convertirse en un maquiavelo organizador.

»Desconfianza. Deberá desconfiar de todos: hombres, mujeres y niños. Jamás hará confidencia de especie alguna a una mujer, y menos con la que mantenga relaciones amorosas. Particularmente se demostrará pusilánime y enemigo del uso de la fuerza. Hablará bien de todos los gobiernos capitalistas, y cuando se hable del régimen soviético se indignará profundamente contra el tal régimen.

La corriente eléctrica oscila nuevamente una fracción de segundo. El Astrólogo continúa leyendo:

―Si el comunista es estudiante, aparentemente debe respetar los sistemas universitarios, por retrógrados y anormales que le parezcan. Incluso le conviene adular a sus profesores, y a todo lo que signifique principio de autoridad. Se inscribirá en los centros chauvinistas que bajo distintos nombres funcionarán en todos los países de organización capitalista.

»Si es obrero el comunista, repudiará públicamente las huelgas, mostrándose siempre un tibio defensor de la burguesía. Si es suboficial del Ejército o de la Marina desempeñará la misma comedia, horrorizándose inteligentemente contra los progresos del comunismo. ¿Qué le parece todo esto?

—Sumamente interesante. ¿Se las ha leído al Mayor?

—Al Mayor le proporciono los conocimientos que me conviene. Nuestras relaciones son otras.

—¿Le han ofrecido dinero a usted para organizar una célula comunista?

—Hombre, si así fuera no se lo diría a usted. Volviendo a nuestro tema, le diré: tenemos que organizar un instituto técnico revolucionario. Este instituto se dividiría en dos secciones, Teórica y Práctica. La parte teórica abarcará sección política, sociología y economía. Estos tres puntos exclusivamente de acuerdo a la teoría marxista. La parte teórica comprenderá: estudio y análisis del militarismo y técnica. La práctica consistirá en manejo de ametralladoras, artillería, gases, lanzabombas, comunicaciones, etc.

Un sordo silbato de locomotora de carga llega desde la estación del ferrocarril.

—Instalaremos un laboratorio químico. En este laboratorio el alumno revolucionario aprenderá la fabricación de gases, fosgeno en especial, fabricación de bombas de gases y granadas de mano. Aprenderá también fabricación de explosivos, aunque éstos, por su fácil adquisición, no merecen mayor atención. Lo importante para nosotros es formar comunistas con práctica positiva de infantería, artillería y guerra química. Nosotros tendemos a la eliminación absoluta del revolucionario sentimental. El sentimentalismo no nos interesa. Se lo dejamos a los socialistas, que son tan bestias que aun después de la experiencia de la Guerra Europea siguen creyendo en la democracia y la evolución. Esto sólo se puede llevar a cabo en el campo. Por eso me gusta el Sur. Nos disfrazaremos de chacareros e instalaremos alguna chacra colectiva, pero nuestros trabajos y nuestros alumnos se encaminarán hacia las especializaciones de guerra. Claro está que en todo lo que le digo hay lagunas de carácter técnico, pero acépteme usted que sólo dando comienzo a los trabajos llegaremos a algo positivo.

—¿Y el dinero?

—Ahí está. El dinero lo proporcionarán los prostíbulos.

—Es una barbaridad.

—Qué le hemos de hacer… Aunque es menos barbaridad de lo que usted se cree. Entre que las ganancias que rinde un prostíbulo se las gaste un macró jugando a las carreras, es preferible que las susodichas ganancias se empleen en formar tipos capacitados de revolucionarios técnicos que serán útiles a la sociedad. Fíjese bien lo que le digo: una célula desconocida para el conjunto, manejará los prostíbulos. Dichas ganancias servirán para financiar el sostenimiento de la academia de técnicos revolucionarios. Yo, aun no he elegido el punto del interior; me falta presupuesto. Erdosain tiene que entregarme los planos de la fábrica de fosgeno.

—¿Usted cree en Erdosain?

—Sí, creo en él y lo aprecio mucho.

—Siga.

—Si nosotros llegamos a montar la Academia Revolucionaria, no importa que esté plagada de defectos; habremos dado un gran paso hacia adelante. Buscaremos técnicos, dividiremos nuestro tiempo de trabajo.

—Para qué, me pregunto. ¿Usted no tiene esperanza en que el comunismo se infiltre en nuestro ejército?

—Tengo confianza en todo. Pero procedo como si no tuviera confianza en nada. La habilidad de un organizador, no de derrotas, sino de triunfos, consiste en pensar que los hombres y los sistemas son diez veces más inconquistables de lo que en realidad son. Si yo partiera del principio de que en el ejército el comunismo se puede infiltrar positivamente con la rapidez necesaria, no tendría objeto que estuviera preparando lo que le explico. Las funciones de la academia de técnicos revolucionarios son más elevadas. Nosotros con los prostíbulos…, quiero decir, con las rentas que nos proporcionen los prostíbulos, podremos enviar alumnos a la escuela civil de aviación. Costearles la carrera. Hacerles buscar prosélitos allí. Claro está, inteligentemente, prudentemente. Con las fábricas de fosgeno nos armamos del poder práctico más indispensable y enérgico que se conoce actualmente. Nuestro ejército no está ni remotamente preparado para afrontar una lucha con gases.

Involuntariamente en el Abogado se desenvuelve su sombrío paisaje de usina, gasógenos rojos y grises, tuberías forradas de corcho, hombres titánicos que se mueven en un piso totalmente cubierto de amarillo polvo de azufre, y sonríe pensando en lo imposible de la empresa.

—En cuanto entremos en acción simultánea…, no se ría… con diez mil kilogramos de fosgeno líquido podemos exterminar todos los regimientos de Buenos Aires. Imagínese un automóvil tanque desparramando, en un día tibio, fosgeno líquido en redor de la casa de gobierno, del Departamento de Policía, de los cuarteles. El fosgeno se evapora a los veintisiete grados de temperatura. Basta respirar una partícula de gas fosgeno para quedar fuera de combate. Usted me dirá: este hombre fantasea al estilo de Julio Verne. Piense que Julio Verne se quedó corto en cuanto a imaginación. Yo planteo problemas de carácter positivo tremendo. Sólo un imbécil puede encogerse de hombros y decir que yo fantaseo. Basta que media docena de hombres con diez mil pesos de capital se reúnan y trabajen para fabricar fosgeno, para que puedan… fíjese bien… con diez mil pesos, destruir íntegra la población de la ciudad de Buenos Aires. Si usted no me cree, diríjase a un militar y explíquele mis puntos de vista, y verá lo que le contesta ese hombre: “El Astrólogo tiene razón”.

El Abogado reflexionaba. El Astrólogo continuó:

—El día que tengamos preparada una brigada de técnicos en gases, una brigada de aviadores, unos expertos en ametralladoras, unos hombres que sepan explicarle tranquila y claramente al proletariado en qué consiste el comunismo, la división de la tierra, la tierra para el que la trabaja, las industrias fiscalizadas por el Estado; el día que tengamos, no pido mucho, cien hombres capaces cada uno de organizar una célula que sea un reflejo de la Academia Revolucionaria, con sus procedimientos científicos…, ese día podemos hacer la revolución.

—Todo eso es inverosímil a simple vista…

—Sí… Usted me recuerda… Vea: el año 1905, en el congreso de Ginebra, los comunistas dijeron a los delegados reunidos que ellos jamás pagarían las deudas que la Rusia zarista contraía con los otros Estados. Los delegados se reían de ese que llamaban “un montón de locos”, y hoy… hoy, querido amigo… todavía andan corriendo los franceses para cobrar los mil millones que le prestaron a Rusia en el año 1905. ¿Sabe por qué a usted todo esto le parece inverosímil? Porque usted está contagiado de la cobardía natural, la inercia natural a casi todos los pobladores de estos países sudamericanos. Le digo a usted que cien hombres pueden hacer la revolución en la República Argentina. Cien hombres decididos, con diez mil kilogramos de fosgeno a la vanguardia, destruyen el ejército, desmembran el resto, organizan el proletariado, van a las nubes…

—¡Cien hombres!

—Cien hombres… ¡Sí! Cien. hombres… ¿Cuál sería la táctica?… Vea, no tengo reparos en explicársela. Ataque simultáneo con gases a las zonas militares. Ataque con gases a los centros de aviación. Los aviadores que sobrevivan al ataque se encargarán de desmembrar el resto del ejército. Se les responsabiliza de todo accidente. Se les castiga durísimamente. Obedecerían. Desmembramiento del ejército. Degradación de la oficialidad. Reorganización de la suboficialidad. Se arman inmediatamente ejércitos proletarios. Se ejecuta automáticamente a todos los políticos. El poder al proletariado.

»Claro, cien hombres preparados como yo quiero, conscientes del poder que traen entre sus manos. Es decir, ya no son cien hombres, son cien técnicos. Cien técnicos trabajando casi impunemente. Lo que impide la acción práctica es la falta de impunidad. Pero cien técnicos es distinto. ¡Diablos si es distinto! Cien técnicos, le insisto, pueden destruir nuestro ejército. ¿Sabe usted el entusiasmo, el delirio que en la multitud proletaria provocaría este fenómeno? Esos cien técnicos de la mañana a la noche se convertirían en cien héroes que la multitud no terminaría de admirar. Pero son necesarios cien técnicos. Estos cien técnicos hay que prepararlos, adiestrarlos .. .

Se escuchan pasos en el cuarto que comunica con el escritorio.

—No es nada.

Los pasos se alejan, y él prosigue:

—Eso sólo se puede obtener con la academia. En la academia tendrán que aprender a fabricar gases, y con qué precauciones; cualquier descuido puede ser mortal. Tendrán que entrenarse en usar caretas, en trabajar envueltos en gas. ¿Usted cree que estamos conversando para distraernos? Le estoy hablando de realidades terribles, de las cuales la más insignificante provoca instantáneamente la muerte o lesiones gravísimas. Así como suena. Cien hombres entrenados en este trabajo peligrosísimo, creo que se pueden tomar en cuenta, ¿no?

—Así es.

Y el Abogado entrecierra los ojos. En el aire dorado por la luz le parece distinguir hombres envueltos en impermeables empapados de aceite, con embudos frente al rostro. Anillados tubos de goma penetran en carteras suspendidas en las espaldas sobre el pecho por triples correajes, tal cual lo ha visto en las fotografías de posguerra.

—Nadie se resistiría. ¿Usted cree que el ejército, la policía, alguien se atrevería a resistir? No dudo que la gente, tratándose de cañones ametralladoras, hiciera el ensayo; pero contra el gas, ¿quién se atreve a luchar? Piense usted que a medida que se desparrama, las víctimas caen como moscas… igual. El efecto psicológico, que hay que contarlo en estas circunstancias, es espantoso. Los sobrevivientes de las ciudades huirían aterrorizados; simultáneamente toda actividad se paralizaría, y los más enconados enemigos del comunismo levantarían los brazos al cielo reclamando piedad.

»Eso lo conseguiremos con la Academia Revolucionaria. Allí se estudiará estrategia, sistemas de ataque, ataque con fosgeno a distintas temperaturas, con distinta velocidad de viento. Un hombre que sepa manejar gases, ametralladoras y obuses es invencible. Si podemos costearle a los alumnos un curso de aviación en una escuela civil de aquí o de los países fronterizos, tenemos el problema resuelto. Pero, sea sensato, querido doctor: ¿de dónde sacaremos el dinero? Nosotros no podemos pedirle ayuda al gobierno, supongo… —aquí se echó a reír—. Ni hacer colectas públicas. El negocio hay que basarlo entonces en los prostíbulos.

—¿Y los inocentes que caerían bajo los gases?

—Dios mío, ya empezamos la palinodia sentimental… Los inocentes que morirían por efecto de los gases, mi querido doctor…

—No me llame doctor.

—Querido doctor, durante la guerra europea, para satisfacer las ambiciones de un grupo de capitalistas, bandidos rusos, alemanes, franceses e ingleses, murieron doce millones de hombres. Supongo que estos doce millones de hombres no eran culpables de ningún crimen… Es decir, eran inocentes…

—¿A usted le interesa la destrucción del ejército?

—Partiendo del punto de vista de que el ejército es defensor del régimen capitalista, no queda otro remedio que preconizar su sistemática destrucción. Además, nuestro ejército, examinado con un criterio técnico, no sirve absolutamente para nada.

—¿Ha hecho vida militar usted?

Un trueno, semejante al sordo estampido del paso de un tren escuchado bajo el puente metálico, estalla afuera.

—¡Diablo! ¡Va a llover!…

—Todavía no. Pero a su pregunta le contestaré con otra: ¿podemos nosotros entablar una guerra con un país vecino? ¡No! Estados Unidos no lo permitiría. Y si con un estado limítrofe es imposible toda guerra, ¿quiere explicarme usted para qué necesitamos este ejército? Además, y observe usted que es una objeción de carácter científico, nuestro ejército completo puede ser destruido por una escuadrilla de cincuenta aviones de guerra. En verdad, lo único positivo de los ejércitos sudamericanos son sus cuerpos de aviación. De igual modo, nuestra escuadra de guerra… ¿sirve para algo? ¿Podría hacer frente a la escuadra de Estados Unidos? ¡No! ¿Y entonces?… Ahora, si nuestro estado capitalista mantiene a esos excelentes muchachos de familia es sencillamente porque el estado capitalista no puede sostenerse oprimiendo al proletariado sin el inmediato auxilio de la fuerza.

»Pongamos un caso contrario, imposible casi de ocurrir: el que una democracia sensata, con sentido común, quisiera suprimir estos dos parásitos que absorben la mitad de las finanzas del Estado, Ejército y Marina. ¿Qué ocurriría? Lo siguiente: no faltaría un general audaz que en defensa de los intereses económicos de su clase diera un golpe de estado… lo cual, desde un punto de vista humano, es tan lógico como lógico es mi deseo de propagandista rojo de que el ejército sea despiadadamente destruido. Como ve usted, son dos lógicas un poco encontradas… pero que tienen la ventaja de ponerle en un aprieto a usted, doctor en leyes.

Un zigzag celeste revela afuera un cielo más plano que muralla de plomo. El apagado quejido del viento roza las maderas y vidrios de la ventana.

—Por lo demás, es ridículo sostener un ejército. Los países europeos no lo han suprimido porque a las clases capitalistas no les conviene y a las clases militaristas menos; pero consulte usted con un técnico y verá lo que le dice: la guerra futura es aérea y química. Los ejércitos desempeñarán papeles secundarios. Los ataques se llevarán a los centros de población civil que abastecen con su producción de guerra a las tropas del frente. ¿Qué dice usted a todo esto?

—No sé… Tengo la cabeza hecha un cencerro. Me parece que usted divaga en exceso.

El Astrólogo repuso casi violento:

—¡Ustedes quieren paz!… ¡Ustedes quieren evolución!… Es absurdo todo lo que pretenden ustedes… mezcla infusa de socialistas, demócratas, etc., etc. ¿Y sabe usted cuáles son los revolucionarios más tremendos que hoy pisan el suelo de la humanidad? Los capitalistas. Una mujer puede fabricar un hijo en nueve meses; un capitalista puede fabricar mil máquinas en nueve meses… Mil máquinas que dejan en la calle a mil hijos de mujeres que tardaron nueve mil meses en concebirlos. Y yo quiero la revolución. Pero no una revolución de opereta. La otra revolución. La revolución que se compone de fusilamientos, violaciones de mujeres en las calles por las turbas enfurecidas, saqueos, hambre, terror. Una revolución con una silla eléctrica en cada esquina. El exterminio total, completo, absoluto, de todos aquellos individuos que defendieron la casta capitalista.

—¿Y después?

—Después vendrá la paz.

—¿Y usted cree que llegará “eso”?

—Llegará.

El Astrólogo pronunció la palabra con tanta suavidad, que el Abogado lo miró sorprendido.

—Llegará “eso”, amigo mío: sí que llegará. Estamos distribuidos en todas las tierras, bajo todos los climas. Somos hombres subterráneos, algo así como polillas de acero. Roemos el cemento de la actual sociedad. Lo roemos despacio, pacientemente. Por cada encarcelado, por cada hombre martirizado en las soledades de las celdas policiales, brotan diez oscuros hombres subterráneos. En todas las clases, querido amigo. Sí, en todas las clases. Hay ya sacerdotes comunistas, militares comunistas, ingenieros comunistas, químicos comunistas, literatos comunistas. Nos hemos infiltrado como la lepra, en todas las napas de la humanidad. Somos indestructibles. Crecemos día por día, insensiblemente. Nuestra odisea roja atrae hasta a los hijos de los capitalistas. Cuando los padres los oyen hablar, sonríen con una cobarde sonrisita de suficiencia; pero los hijos palidecen de entusiasmo en la posibilidad de la epopeya definitiva. ¿Y sabe lo que quiere decir esa sonrisa de suficiencia? Miedo a la carnicería. En el más sórdido pueblo de nuestra más ínfima provincia encontrará un hombre que secretamente desparrama la promesa de la destrucción. Revestimos mil aspectos. Somos los omnipotentes. La juventud se siente atraída por nuestra amenaza. Ahora también nos dirigiremos a las mujeres… Lentamente, querido amigo, lentamente…

»Y un día, acuérdese, no habrán pasado diez años… el edificio social oscilará bruscamente, y los que sonreían con tímidas sonrisas cobardes mirarán en redor espantados. Entonces, querido amigo, se lo juro seriamente, cortaremos más cabezas que racimos en tiempos de vendimia. Cortaremos cabezas, y sin odio. Con serenidad. ¡Guay de los que estuvieran en contra nuestra! ¡Guay de los que nos persiguieron! Maldecirán el día en que nacieron y el día que engendraron hijos.

A medida que el Astrólogo hablaba, el semblante del Abogado enrojecía. Éste, sin mirarlo, continuó:

—Se lo juro. Cortaremos cabezas en cada esquina. Cabezas de hombres y de mujeres.

Hablando así, el Astrólogo había vuelto las espaldas al Abogado, se puso de pie. Cuando giró sobre sus talones el Astrólogo encontró a su visitante de pie, observándolo sombríamente.

—¿Qué le pasa?

Por toda contestación, el Abogado descargó en su cara una tremenda bofetada. La boca del castrado se abrió en absorción de aire. Tras este golpe, el visitante descargó un cross de izquierda a la mandíbula del endemoniado, mas éste rápidamente se cubrió el rostro con el brazo, en un ángulo tan violento, que cuando el golpe llegó el Abogado retrocedió con un terrible gesto de dolor: se había roto la mano.

El Astrólogo lo miró fríamente, ligeramente empalidecido. Sonrió despacio, descubriendo los dientes, y al cruzarse de brazos la piel de su frente se cubrió de estrías.

Durante una instante los dos hombres se midieron silenciosamente. Una increíble sensación de asco descomponía lentamente el semblante del Abogado. Los ojos del Astrólogo se dilataban progresivamente. Sus hombros estaban encogidos como los de una fiera dispuesta a dar el salto mortal. Luego su cuerpo potente se enderezó, y tomando el sombrero del Abogado, le dijo:

—Váyase.

Este no parecía dispuesto a retirarse. Su rostro continuaba crispándose en la sensación de repugnancia. Buscaba un insulto más efectivo; sus labios se encogieron, chasqueó la lengua y antes de que el Astrólogo pudiera evitarlo recibió un salivazo en la mejilla.

—Nunca vi palidecer a un hombre de esa manera —diría más tarde el Abogado—. Creí que el Astrólogo iba a matarme, pero levantó el brazo, se enjugó la saliva del rostro, echó la mano al bolsillo, sacó un reloj, y consultándolo, con voz calmosísima me dijo: “Es muy tarde. Hoy he hablado mucho. Es mejor que se vaya”. Y entonces yo me fui.