Los lanzallamas: 10

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El sol se filtra por la persiana entreabierta de la sala del hospital; un sol oblicuo que le baña la cara. Inútilmente Haffner intenta levantar un brazo para espantar las moscas, cuyas antenas hormiguean en sus labios; los miembros le pesan como si estuvieran tallados en bronce, y con la cabeza torcida sobre la almohada y una raya de neblina entre los párpados entreabiertos, agoniza.

De pronto, alguien dice a su lado:

—¿Quién fue que te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?

El Rufián Melancólico quiere abrir los ojos, contestar, pero no puede. La sed ―una sed terrible― le ha sajado la lengua, mientras que el sol centellea través de sus párpados una espesa neblina roja. La neblina, como el reverbero de una fragua, penetra a través de su cráneo y le punza el bulbo. Ávidamente recuerda un charco de agua sucia que había al pie de un poste, en la herrería en la que jugaba cuando tenía pocos años. Ah, ¡si tuviera ese charco al alcance de su boca! Y sin embargo, le es imposible mover un brazo.

Otra vez la misteriosa voz, meliflua y autoritaria, insiste en su oído:

—Hablá. ¿Quién fue? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?

La sed le llega hasta los intestinos resecos como cordeles. El charco de aguas y orines, donde herra­ban los caballos, a poca distancia de la fragua, re­aparece ante sus ojos. Haffner lo desea ansiosamente en pensamiento; quisiera arrastrarse de rodillas has­ta allí, de rodillas sorber a tragos, pegando la nariz al agua. Le duele el pulmón, pero eso ¿qué importa? Sabe que va a morir, mas su quebranto nace de esta sed que está apergaminándole la carne, curtiéndole la boca con sequedad de salitre. Y su brazo, que era tan potente, y derribó tan­tas mujeres a bofetadas, ¡ahora ni se puede mover para espantar las moscas!

En realidad, en su cuerpo flota el recuerdo como el gas dentro de una campana. Comprende que va a morir, pero esta certidumbre no le causa ningún te­mor. En cambio, el sol, que a través de sus párpa­dos desplaza neblinas rojas, le aturde como si estu­viera meciéndose en la cresta de una nube. La misteriosa voz repite de nuevo en sus oídos:

—¿Quién fue que te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor? ¿Es cierto que vos te llevaste la mujer del Pibe Miflor?

Y otra voz, más ronca, rezonga:

—A estos hijos de puta habría que ahorcarlos a todos.

El Rufián Melancólico entreabre fatigosamente un párpado. El vidrio de la ventana brilla como una lá­mina de plata incandescente. Una gran sombra negra está detenida a su lado; es como un maniquí negro que dice:

—¿No te acordás? Soy el auxiliar Gómez; Gómez de Investigaciones. ¿Quién fue el que te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?

Haffner termina por comprender. Lo están inte­rrogando los “tiras”. Con un solo ojo enneblinado el macró hace un tremendo esfuerzo y termina por reconocerlo al auxiliar. Es Gómez, el tísico Gómez, explotador de ladrones, cómplice de ladrones, tortu­rador de ladrones, que ha hecho su carrera prensán­doles las manos a los que interrogaba; el verdugo del Departamento de Policía, pequeño, compadre, vio­lento, melifluo.

El párpado del Rufián Melancólico cae otra vez y deja de pensar. El recuerdo abre una compuerta en su pasado, y se ve a sí mismo en un rectángulo en­calado de la división Seguridad Personal, un cuarto que tiene un único ventanuco de vidrio esmeri­lado y en el centro una mesa barnizada. Le es vi­sible el tintero sin tinta y la lapicera con la pluma oxidada que había cubierta de polvo allí.

Lo habían detenido en indagatoria del asesinato de Lulú la Marsellesa. Y el Gómez que lo interroga es el mismo, pero ya no le pregunta, sino que mientras dos pesquisas lo retienen por las esposas, Gómez descarga lentamente puñetazo tras puñetazo so­bre su rostro. Es un trabajo frío y horrible. Gómez está junto a él, descarga el puño sobre su nariz y luego despaciosamente retira la mano mientras dice, con voz muy suave:

—Batí, nene: ¿quién la mató a Lulú?

Haffner entreabre nuevamente el párpado. Sí, el que está allí es el auxiliar Gómez; pero ahora no le pega, sino que, inclinándose sobre la cama, acercando la boca a su oreja, repite infatigablemente:

—Decí, ¿quién te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?

El Rufián Melancólico no contesta. Por su carne se extiende una sábana de rencor, pero el auxiliar persiste:

—Contestame, que te hago dar agua.

Un sudor helado cubre la frente del moribundo. Ya no tiene sed. Le parece que las enrejadas puer­tas del cuadro quinto se han cerrado definitivamen­te tras de su espalda.

Cae la tarde; el bombero de guardia se pasea con el máuser al hombro frente a la caverna rectangu­lar, y él se acuerda de la "merza" que a esa hora to­ma el vermut en la Terraza o en el Ambos Mundos. Seguramente se prepara un “escolazo” para la noche en Belgrano bajo, o al Sur de Boedo, o en Vicente López, y como fantasmas pasan ante sus ojos los contertulios de la ladronera de los hermanos Trifulca, reducidores y batidores.

—¿Por qué no hablás? —insiste la voz.

Haffner se acuerda. El sol cae en la pradera, y bajo un sauce con mantel de pasto y techo de cielo corre la alegría de un picnic “mafioso”: siete per­dularias con sus siete hombres, todos revólver al cinto, sombrero empinado sobre la frente y la cara blanca y tierna de fomentos al vapor.

Alguien ha tomado la guitarra. Una vidala suena triste, y el porrón de ginebra embadurna los labios de fuego y los ojos de coraje. Las “milongas” en­tornan los párpados y retoban las caderas en pujo de baile; luego el moreno Amargura desenfarda el bandoneón, y en el pasto verde se destrenza el tan­go, negro ritmo de carnaza sensual y angurrienta.

Un fuego de ginebra corre por la garganta. Ante sus ojos se detiene el charco de agua y orines.

La pregunta repiquetea en su oídos:

—¿Por qué no batís? ¿Quién fue? ¿El lungo o el pibe Miflor?

La voz meliflua del hombre de terrible mirada aceitada perfora continuamente sus oídos como un berbiquí:

—¿Por qué no hablás, Nene? ¿Quién fue que te baleó? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?

Guarda silencio el Rufián. Su imaginación se des­ploma en el calvero de un bosque fresco. Se ha sen­tado bajo un árbol descomunal, de cuya cúpula se desprenden lianas multicolores. En redor, embruja­dos, danzan perfiles de gato, de cabra, de perros, de gallinas y de ocas. Mueve la cabeza intentando apartar los ojos del castigo de esa chapa de plata in­candescente que, traspasándole los párpados, le en­vía hasta el más recóndito filete nervioso del cere­bro un espolonazo de fuego. A instantes, la multi­tud misteriosa hace tal ruido en la sala que le pare­ce van a estallar sus tímpanos bajo la presión de chillidos de figles, quejas de bandoneón, rataplán de tambores.

Y la voz misteriosa y meliflua insiste, terca:

—¿Por qué no hablás?… ¡Si podés hablar!

Lo sacuden tan brutalmente que la boca se le lle­na de un cuajo de sangre. La voz meliflua ruge sor­damente en sus orejas:

—Hablá, hijo de puta…

El Rufián Melancólico entreabre el párpado y lo mira al auxiliar. Se acuerda de los golpes que éste le descargó en el rostro, de los puntapiés que le dio en el estómago y con un soplo arranca de sus en­trañas este insulto sordo:

—Canaya…

El auxiliar sonríe parsimoniosamente:

—Por fin hablaste, nene. Estás cabrero. No sea así, viejo. Con los amigos no hay que ser así. Vos le robaste la mujer al Pibe Miflor, ¿no? Mirá, vas a reventar de un momento a otro. Hablá que te ganás el cielo, viejo. ¿También fue el Pibe Miflor el que la mató a Lulú?

Una mujer alta y escuálida se detiene frente a la cama de Haffner. Tiene grandes manchas de sudor en las axilas. El rouge se derrite en sus mejillas amarillas, descubriendo agrietadas placas sifilíticas. Lo ojos grises, casi podridos bajo los párpados ennegrecidos, le lanzan amenazadoras miradas al Rufián. La meretriz coloca una mano en su cintura, e inclinando el flaco torso sobre el moribundo le arroja la injuria más atroz entre la “gente de ambiente”.

—Nom de Dieu, va t'en faire enculer…

Los dientes de Haffner crujen como los de un chacal. ¡Oh, si la pudiera patear a la hembra impú­dica!… Y el otro, que resopla la nauseabunda cantilena:

—¿Por qué no hablás, nene? ¿Quién te fajó? ¿El Lungo o el Pibe Miflor? Haffner gime dolorosamente. El infierno se ha dado cita a la orilla de su cama. Un rectángulo ne­gro gira ante sus ojos, y alguien escribe con una tiza: cos α + i sen α

El pizarrón se desvanece. La penumbra proyecta conos oscuros en sus tejidos. Desde una altura in­visible llueve papel picado. Un reflector gira haces de luz violeta y amarilla. Pasan ante sus ojos espal­das desnudas. Damiselas que “hacen la vida”. Sin medias y con zapatos rojos. La pollerita diez centímetros más arriba de las rodillas. Vinchas en la frente, y en los labios pintado un corazón. El in­sulto resuena otra vez, más cercano:

—Nom de Dieu, va t'en faire enculer.

La hembra maldita debe estar escondida por allí. Hurga con su mirada, pero el paisaje siniestro se lo oculta un negro motudo, cráneo de melón, que baila con una rubia: 10 bacilos por campo. Haffner quisiera gritarle al negro: “Chau, Amargura”… pero la voz queda retenida en su garganta por un sabor salado y hediondo que brota de sus entrañas. Sonríe levemente, de placer. Mantones negros con amapolas rojas centellean bajo el reflector verde, que se transforma en amarillo y luego en violáceo. Una expresión de ausencia y fa­tiga sobrehumana se disuelve en el semblante del Rufián Melancólico. Hipa sordamente y se enjuga los labios con la lengua.

La voz misteriosa le promete ahora:

—Mirá, en cuanto me digas te hago dar un re­fresco de horchata. Si se ve que tenés sed.

Haffner cierra el ojo, adolorido de tanta luz. A lo lejos distingue el charco de agua y orines, y el peón cojo del herrador que le tomaba la nariz a los caballos con un suncho de cuero corredizo en un garrote, y luego le retorcía el hocico a la bestia pa­ra que permaneciera quieta y se dejara herrar.

El auxiliar es infatigable:

—¿Por qué no hablás, nene? ¿Quién fue, el Lungo o el Pibe Miflor?

Como un escorpión en un círculo de llamas se re­tuerce el “fioca”. Tiene la sensación de que hace un siglo están esa voz suave y esa terrible mirada acei­tosa hurgándole la memoria y arrastrándolo por el sufrimiento y los cabellos, hacia el trágico momento de la noche oscura en que los “otros” le desfonda­ron el pecho de un balazo. Algo parecido a un ra­zonamiento oscila una chispa de lógica en su enten­dimiento. Si se salva, lo coserá a puñaladas. Y si no, morirá en su ley. ¿Para qué “batir”? Si le parece que es ahora cuando se hizo besar los pies por el Pibe Miflor. Y en su imaginación el tiempo corre… Está curado, y de pronto lo ve al Pibe arrinconado. El lo afaena, y su cuchilla penetra en la tierna car­ne del vientre del otro, como una daga en la pulpa de una banana…

—¿Te llevaste la mujer? ¿Fue el Pibe Miflor?

Por primera vez en los oídos del moribundo encuentra eco la palabra mujer. Como en un film, en el que la máquina hace marchar demasiado despacio la película, alargándose perpendicularmente todas las palabras, esta vez la palabra “mujer” se alarga en su tímpano, extraordinariamente.

—¿Así que las “paicas” eran mujeres?…

Una fuerza tangencial se apodera de su memoria, en ángulo se desplaza el alma fuera de su cuerpo, y de pronto una fisonomía lejana avanza en engrandecimientos sucesivos hacia su última hora. Una carita pálida y alargada, enmarcada por un sombrerito de esterilla verde y la nariz quizá un poco larga. Y por primera vez, el “fioca” se dice:

—A ésa no debí pegarle.

Ahora se desploma en un pozo negro. La nada.

El auxiliar de investigaciones ronda sombrío el le­cho del moribundo. Clava una penetrante mirada en el rostro del moribundo y soliloquia.

—No sale de la tarde este hijo de puta. ¿Quién le habrá tirado? ¿El Lungo? No es probable. Pero el Lungo debe saber. El Pibe Miflor es una fija que “está metido en el baile”. La que debe saber del Pi­be Miflor es la mechera Julia. Donizzetti la vio va­rias veces con el Pibe Miflor. Si el pibe Repoyo hu­biera sabido algo, habría ya telefoneado. ¡Qué “tuer­za”, mi madre!

El Rufián Melancólico entreabre un párpado. Ver­tiginoso, el auxiliar Gómez se inclina sobre él y susurra:

—Nene... te hago traer una horchata si “cantás”. Una horchata heladita.

Haffner tuerce la cabeza, penosísimamente. Una canción distante llega hasta sus oídos. La co­noce. Levanta el párpado, pero no distingue a nadie, mientras que la voz sonora canta en la sala:

O Mamri, o Mamri,

Cuando sonna agul per se pe tu

Fammi durmi una notte abbraciattu cuté.

El Rufián Melancólico galopa en pleno recuerdo. La canción evoca el carrito de verdura que un chicovecino suyo arrastraba junto al padre. El padre llevaba un clavel Rojo tras la oreja, y la mató de un puntapié en el vientre a su esposa, la que llevaba arrancadas amarillas, como gitana, entre el pelo renegrido y que también cantaba a veces en la batea la canción aguda como el canto de un gallo en un mediodía de oro:

Fammi durmi pe una notte abbraciattu cuté.

¡Ah! También cantaba esa canzoneta Pascuala, gorda como una marrana y que regenteaba la casa del napolitano Carmelo. Carmelo se levanta frente a sus ojos con los rulos de cabello negro sobre el co­gote rojo, mientras que cinchándose la enorme tri­pa con una faja verde le grita en el oído al Rufián Melancólico:

—La vitta e denaro, strunsso.

Como una culebra de fuego, la sed se adentra en las entrañas del macró. Y nuevamente, sin saber por qué, le dice:

—A esa no debí pegarle.

Porque las castigó a todas. Desahogando en ellas la ferocidad de su aburrimiento, una rabia persisten­te y canalla que estallaba en él por cualquier insignificancia.

Sí, se acuerda, aunque está por morirse. ¿No la tuvo toda una noche de invierno encerrada en la par­te exterior de un balcón a la Coca? Y sin embargo, a través de los vidrios se escuchaba el ulular del viento. Más tarde diría, comentando ese suceso:

—Y tan bestia era esa mujer, que no reventó.

Y con Juana la Bizca. A ella le decía:

—Te pego por principio, porque un hombre siem­pre tiene que pegarle a su mujer.

¡Si hizo atrocidades! La domesticó a la Vasca… La Vasca, que tenía el perfil de cabra y el pelo rizoso y bravío como la crin de un toro. Tan feroz era la bestia que para que no lo mordiera la tuvo un mes atada a una cama de bronce, y durante treinta días la desmayó a bastonazos. Y como era pecosa, para afinarle el semblante le daba al atardecer una ración de aceite castor, poniéndole un embudo entre los dientes. Después descubrió que no sabía caminar, y para impedir que diera pasos largos le ató los tobillones con una cadena, de modo que la fiera acostumbrara a dar pasos cortos. Cuando la mujer escuchaba el eco de sus pasos el rostro se le quedaba sin sangre.

¡Qué atrocidades cometió con la bestezuela trotacalles! Y sancionando su conducta, las resonantes labras de su compañero Carmelo, “el dueño casas”:

—La vitta e denaro, strunsso.

Nuevamente resurge ante él la meretriz, taciturna, que bajo los ennegrecidos párpados grasientos le lanza por los ojos relámpagos de odio. La proxeneta se inclina sobre él, y muy junto a su cabeza, descubriendo una boca taladrada de chancros indurados, escupe gangosa el insulto atroz:

—Nom de Dieu, va t'en faire enculer.

Haffner quiere morir. Se dice, casi lúcido: “¿Por qué tarda tanto en llegar?” Sufre como si estuviera sobre un lecho de fuego. Una arena candente circula por sus pulmones.

Sin embargo, ahora que está agonizando, algo le dice adentro del corazón que no debió pegarle a Eloísa, la dactilógrafa. Y a ésta la castigó con más rudeza que a las otras, y no con lonja, sino con bitrenzado. No se olvidará ni en el sepulcro de la tarde en que le dijo a la muchacha:

—Andá a la calle. Traé plata.

No puede precisar qué gesto hizo la muchacha, pero en él se renueva la sensación de salto de tigre que dio cuando la muchachita se negó. También distingue un rostro que se cubre con las manos, soslayando los golpes, una rodillas que se doblan, y después él, con la trenzadura, descargando inexorablemente golpe tras golpe sobre el flaco cuerpo inanimado, que quedó señalado de verdugones violetas. Y aquella tarde, antes de salir, al ir ella a de­jar la pieza, se detuvo en el umbral, y volviendo la cabeza le preguntó dulcemente mirándolo con una expresión extraña a él, que estaba recostado en el so­fá con los botines puestos y las manos en asa tras de la nuca:

—¿Voy?

El no se dignó contestar. Inclinó la cabeza en se­ñal de asentimiento. Ella salió.

Tres días después la recogieron flotando entre los perros ahogados y las balsas de paja y de corchos en la salida del Riachuelo.

—Decime, ¿quién fue el que te tiró? ¿El Lungo o el Pibe Miflor?

Un sacudimiento ha estremecido la carnaza del macró. La boca se le entreabre en un afán de tra­gar aire y el pesquisa retrocede sombrío, penetran­tes su ojos aceitosos.

El Rufián Melancólico se estremece. Una figura augusta ha entrado en la sala. Es alta y terrible, pe­ro el Rufián no tiene miedo. La mujer enlutada, con un vestido cuyo ruedo se atorbellina junto a las pier­nas, avanza por la sala, rígido el rostro largo y te­rrible. Una mueca de dolor se inmoviliza en ese semblante de mármol. Camina con los brazos ex­tendidos frente a sus senos, palpando el aire. La voz gime dulcísima:

—Haffner… mi pobre Haffner querido.

Lejana la voz, tiembla su magulladura ardiente.

—Haffner… mi pobre Haffner.

Lo envuelven unos brazos. Haffner tiende la bo­ca entreabierta al brazo fresco. Gime.

—Mamita… Mi Cieguita.

—Haffner…

Se siente apretado contra la dulzura infinita de un pecho. Una mano le recoge el cabello sobre la frente sudorosa.

——Haffner…

Los ojos del moribundo se han dilatado. Un frío glacial sube hasta su cintura. Una dulzura infinita lo adormece sobre el pecho de la Ciega. Sonríe incoherentemente, refrescada la mejilla por el brazo ario que lo soporta, y deja de respirar.