Los lanzallamas: 11

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Convento de las Carmelitas.

En el locutorio encalado, las dos monjas de mejillas regordetas y rojas permanecían sentadas en el banco, junto al muro, como si estuvieran en un cuar­tel. Tiesa en la orilla del otro banco, permanece la monja Superiora. En su semblante estriado de arru­gas, los ojos fijos de la Superiora semejan dos plan­chas de plata muerta. Con los labios apretados, mantiene las pupilas fijas en el rostro de la esposa de Erdosain.

Elsa permanece sobrecogida, sin saber qué decir, con las manos sobre las rodillas. Un terror suave penetra en capas sucesivas a su alma, cuando al vol­ver la cabeza sorprende a las dos hermanas que se guiñan los ojos para no reír. Las envuelve en una mirada alternativamente severa y tímida, y luego dirige los ojos en imploración hacia la Superiora. Ésta no aparta de ella sus ojos blancos. Permanece en el centro del locutorio, inmóvil, como si la deslumbrara un arco voltaico. Y su cara color de avellana, arrugada como una nuez, es más inexpresiva y espantosa que aquellos dos guiños que cambiaron las monjas de pálida frente y mejillas regordetas y rojas

—¿Usted es católica? —pregunta por fin.

—Sí, hermana.

—Usted abandonó a su esposo.

—Sí, hermana.

—¿Por qué cometió ese pecado?

—Por tristeza, hermana. Estaba muy triste. Me hacía sufrir mucho.

Nuevamente aquellos ojos blancos, inmóviles, la sondearon como un escalpelo. La monja Superiora hizo una señal a sus dos compañeras y ambas salieron. Elsa quedó sola, sentada en el banco, frente a la vie­ja terrible que parecía hipnotizada en su tiesura de expectativa. Movió los labios y sopló:

—Justifíquese.

Elsa inclinó la cabeza. Hacía dos horas que había abandonado al Capitán, y ya la vida se precipitaba sobre ella más violenta que un aluvión de fango. Si hubiera cometido un crimen, su futuro no se le pre­sentaría más sombrío. Cerró los párpados; al abrir­los dos lágrimas se le desprendieron de las pestañas y corrieron por su mejillas.

La monja Superiora, inmóvil frente a ella, dejaba estar sus ojos blancos. Elsa hizo un esfuerzo so­breponiéndose a su deseo de desplomarse sobre una cama y dormir, y habló.

―Mi familia siempre se opuso a que me casara con Remo, porque su pobreza no les parecía compatible con la fortuna que yo había heredado de mi padre, y que era escasa para un hombre que no tuviera co­nocimientos comerciales para duplicarla. Nuestro no­viazgo fue en consecuencia duro, breve, y no tuvi­mos tiempo de conocernos como es necesario que entre novios ocurra. Sin embargo, yo creía firme­mente en las condiciones de Remo para desenvolverse en la vida, y lo quería. Lo quería mucho, pues de otra manera no me hubiera casado con él. Una mu­chacha de mis condiciones estaba en situación de ele­gir partido. Sin embargo, contra todos los consejos que me dieron y las presunciones de que sería su­mamente desdichada con él, me casé.

»Recuerdo, como si fuera hoy, que el día que con­trajimos matrimonio él comenzó a hablarme de la pureza, del ideal, y no recuerdo de cuántas cosas más. Yo lo miraba asombrada, dándome cuenta de que me había casado con una criatura. Cierto es que lo quería, pero había algo en él inadmisible… estúpido, si se quiere. Al otro día de la noche de bodas le propuse que trabajara de dependiente en una ferretería; de este modo, con el capital de que yo dis­ponía podíamos instalar más tarde una ferretería. Recuerdo que se indignó como si le hubiera propuesto un comercio vergonzoso. Él quería ser inventor. No hacía nada más que asombrarse, y de pronto se puso a reír a gritos. ¿Se da cuenta usted? Yo me sentí ofendida. ¿Pretendía él vivir a costa de mi dinero? No aceptó, y entonces, a pesar de que ya había cum­plido veintitrés años, le propuse que estudiara en el Colegio Nacional. Podía recibirse de bachiller, y luego ir a la facultad y cursar Farmacia. Los farmacéuticos ganaban mucho dinero instalándose en el campo por su cuenta. Esta propuesta lo enfureció como la an­terior. Creía que se podía vivir del amor. Yo un día le dije:

―Mirá, nosotros nos queremos, y se terminó. Lo que tenés que hacer es pensar en trabajar.

Y traté de convencerlo de que entrara en un almacén. Po­día hacer práctica hasta conocer bien el precio de las mercaderías, y luego instalarse por su cuenta. ¿No había hecho de esa misma manera su fortuna mi padre? Él era inteligente, y podía enriquecerse más rápidamente aun. Cuando le propuse lo de al­macén se disgustó de tal forma, que durante quince días no me dirigió la palabra. Entonces busqué otro trabajo más en consonancia con sus gustos, y le propuse la instalación de una fábrica de ravioles. Él tomaría oficiales competentes, y no tendría más tra­bajo que atender la caja. ¡Qué serio se puso! Ya vi bien que estaba sufriendo. Pero ¿qué es lo que que­ría? Pasarse los días leyendo libros de mecánica, o hablando de los rayos Beta. Tenía algo del idiota, del hombre que no entiende las cosas, que no se da cuenta de que la vida no son besos en las manos, pues con los besos en las manos no se come.

Por fin se resignó a emplearse. Yo me puse contenta; tenía esperanzas de convertirlo poco a poco en un hombre de provecho. Mas tiempo después, observé que Remo insensiblemente cambiaba, cambiaba en algo. A veces lo sorprendí mirándome con una expresión extraña en la mirada, pero como si me estuviera es­tudiando o pesando. Y yo, que nunca fui a recibirlo con un beso, cuan­do sentí un día necesidad de ir a su encuentro pa­ra abrazarlo recibí de él estas palabras frías:

—¿Para qué quiero tus besos?

Me extrañó, pero no le dije nada. Supuse que es­taba disgustado de que la noche antes lo retara por traerme diez pesos menos del sueldo que había co­brado. No porque yo fuera avara, sino porque ningu­na necesidad tenía de gastar dinero afuera, ya que yo le daba todos los días para cigarrillos y para dos cafés. ¿En qué había gastado los diez pesos? Luego observé que todo principio de mes estaba un no sé qué de irónico y burlón. Me desperté alarmada. Se había sentado en la cama y se reía con risitas repri­midas y convulsas, las risitas de un loco que ha he­cho una travesura. Cuando le pregunté qué le pasa­ba, me contestó:

—¿Que te importa? ¿O es que ahora tam­bién pensás administrarme la risa?

Entonces le dije que no se ofendiera, y que gas­tara todos los meses diez pesos de su sueldo, si así lo quería; pero eso no lo consoló como yo espe­raba. Tenía algo. Algo que… ¿Por qué no me habló? Nun­ca hasta entonces anduvo tan silencioso. Llegaba de la fá­brica a las doce y media, almorzaba con la nariz metida en su libro de física, y luego se tiraba en­cima de la cama. Por lo general no dormía, sino que se quedaba mirando un rincón del cielo raso. A ve­ces, una arruga gruesa como una vena le cortaba la frente. Si se le hablaba en esas circunstancias daba un salto, como si lo hubieran sorprendido come­tiendo un delito. Y yo, que lo dominaba como que­ría, no sé por qué en esos momentos sentía tal res­peto por él, ¡que lo hubiera abrazado y apretado fuertemente! Pero su mirada hosca me paralizaba todo impulso de amor. No sé si él se daba cuenta de lo que en mí pasaba, pero tenía la impresión de que aunque su cuerpo se movía, en el fondo de él su alma quedaba inmóvil, acechándome como un ene­migo. Sí, porque me acechaba. Hasta creo que du­rante un tiempo pensó en matarme. No sé por qué, pero me parece. Conversábamos un día de un cri­men que había tenido resonancia; estábamos preci­samente en la mesa, la sirvienta había salido, y él contestó:

—Realmente, el asesino ha sido un estúpido. Con haber preparado un cultivo de bacilos y dárselo en la sopa… ―precisamente yo estaba tomando la sopa― o en el café, quiero decir —agregó él—, la cuenta estaba liquidada.

—¿Y vos serías capaz de hacer tal cosa, de asistir a una agonía lenta?

Aunque se reía a carcajadas, sus ojos estaban se­rios. Me contestó:

—¿A una agonía? Y a diez… si fuera necesario. No me conocés, querida mía —la voz le temblaba como si lo estremeciera el odio. Luego agregó—. ­¿Por qué no? Naturalmente, antes de cometer un crimen habría que familiarizarse con la idea, pensar en él, de manera que en la conciencia de uno, “eso” dejara de ser un crimen para convertirse en un asun­to vulgar.

—Pero ¿tú serías capaz? —insistí yo.

—Creo que sí.

Ese “creo que sí” lo dijo pensativamente, con tanta tristeza y resignación que de pronto me dio una lastima enorme. Me puse pálida, y con lágrimas en los ojos, adorándolo como nunca, me abracé a su cuello y le dije:

—Pero ¿qué te pasa que estas así tan triste? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no hablas?

Con frialdad se separó de los brazos y, sonriendo cínicamente, me contestó:

—¡Estás loca! No tengo nada, mi hija. ¡Qué di­vertida que sos!

Desde entonces adoptó conmigo una conducta re­servada, fría. Cuantas veces quise acercármele y avanzaba ligeramente, me detenía en el impulso el choque con la atmósfera helada que rodeaba su cuer­po, y que parecía escaparse del brillante mirar de sus ojos fijos. Era como pasar del sol al sótano de un frigorífico. Desde la cama donde él estaba tendido dejaba caer los ojos hacia mí, pero con tanta indiferencia, que a medida que yo trataba de penetrar en su si­lencio, su silencio se hacía en la profundidad cada vez mas denso, como el agua que en el fondo del océano debe tener la consistencia del acero.

Y yo comprendía que sus primeros silencios eran a los silencios que vendrían después, como su sem­blante de criatura respecto a esta otra, su cara pre­sente, cortada desde los pómulos en mejillas de pla­nos tumultuosos, con la arruga del ceño mas hin­chada y los párpados, el ceño y los vértices de la boca crispados en finas arrugas de sufrimiento.

A veces he pensado que debía odiarme profunda­mente, y que sólo se quedaba a mi lado para marti­rizarme. Y sin embargo, él era el mismo hombre. El mismo hombre que un día me había acariciado con manos tímidas de rubor, el mismo hombre que apoyaba la cabeza en mis rodillas, sentado a mis pies, y a quien yo entonces miraba con asombro mezcla­do de burla; porque al fin y al cabo, era una mu­jer como cualquier otra para merecer tan exagerada adoración.

Ahora, en cambio, cuando él no se daba cuenta me entretenía en espiarlo, buscando en las contrac­ciones de su semblante y en esas luces fugitivas del perfil de la pupila la naturaleza de sus sentimien­tos; pero era inútil. Yo estaba junto a él, y sin em­bargo no me pertenecía.

Era mi marido de nombre… eso, de nombre. En el fondo quizá me estimara. El odio en él esta­ría mezclado por la estima que se siente hacia las personas a las que se hace sufrir injustamente… na­da más.

Y es que no me quería. Yo observaba que no me quería, porque toda observación que le hacía respec­to a nuestros intereses la acogía con una frialdad respetuosa, asintiendo por completo a mi voluntad, no rebelándose nunca, poniendo una especie de aten­ción a sus pensamientos y egoísmo…, de tal manera que su flamante amabilidad era un cristal interpues­to entre su alma y la mía. Cada vez que yo quería acercarme a él, mi frente chocaba con ese invisible cristal. Y si yo le hubiera pedido que se tirara a un pozo, posiblemente lo hiciera con esa misma indi­ferencia con que a fin de mes me entregaba su suel­do completo, tal cual se lo habían colocado en el sobre.

Más tarde, cuando ocurrió un gravísimo suceso entre nosotros, observé esto: renunciaba con una es­pecie de indiferencia burlona a todo lo que le era más querido y que le había costado esfuerzos inmen­sos obtener. ¿Cómo explicarse esa conducta? Se reía hoy de aquello que ayer le había costado lágrimas… y que seguiría haciéndolo llorar maña­na. Buscaba ya el sufrimiento. Dios solo sabe lo que ocurriría en el fondo de aquella pobre alma. A me­dida que pasaban los días lo quería más. Lo quería como una mujer, lo quería con toda mi feminidad más dulce, más complaciente, más humillada; y yo, que por él nunca me había preocupado de mi toca­do, comencé a cuidar el detalle. Cuando él volvía de la oficina me encontraba vestida como para salir, linda si se quiere, y no terminaba de transponer el umbral cuando yo me había cogido de su brazo, y colgada casi de él lo acompañaba hasta el comedor, pero él fríamente me besaba en una mejilla, y con esa voz lejana y clara con que conversamos con las personas que no nos interesan contestaba a mis pre­guntas, cuidando de que fueran precisas, como si se tratara de uno de los tantos informes que redac­taba en su oficina. Y yo, que nunca me había pin­tado, lo esperé un día con los labios y las mejillas teñidas, y al verme así, sonriendo irónicamente, di­jo por todo comentario:

—¡Qué curioso! Las prostitutas, cuando llega el “marido”, hacen todo lo contrario de las mujeres ho­nestas: se despintan.

¿Por qué me humillaba así? ¿Acaso porque le ha­bía pedido un día que instalara una fábrica de ra­violes? Le contesté:

—¿Y qué sabés vos de esas mujeres?

Silenciosamente incliné la cabeza sobre el plato y mis lágrimas se mezclaron con el rouge.

¡Qué días, Dios mío!

Tenía la impresión de que algo horrible se esta­ba elaborando en él. Su silencio era cada vez más espeso, lo envolvía como una neblina que le sirviera para disimular sus propósitos. Ahora, cuando entra­ba a la casa, no parecía él, sino otro hombre; otro hombre que con su mismo rostro había adquirido sobre mí no sé qué derecho, y que se me imponía con el misterio de su vida callada, sin explicaciones, sin rumbo.

Algunas veces, cuando yo me recostaba, de pronto, sin que su actitud se explicara, sentábase a la ori­lla de mi cama, y con una lentitud de extrañeza me acariciaba el cabello sobre la frente, con la yema de los dedos me alisaba las pestañas, los párpados, po­nía la cálida palma de su mano sobre mi garganta y de pronto me besaba en la boca con esa frialdad brutal de los hombres que tratan a bofetadas a las mujeres y hacen de ellas lo que quieren. Yo trata­ba de resistirme a ese salvaje modo de su ser, pero era imposible. De pronto el alma se me llenaba de una misericordia enorme: él era quien tanto me ha­bía querido; y entonces yo levantaba mi mano hasta su rostro, mis dedos se detenían en sus ásperas mejillas frías o le apretaba la boca; sus ojos estaban muy próximos a los míos y de pronto ocurría algo horrible: él sonreía cínicamente, y dándome la es­palda se retiraba a su cuartito, donde, estirado en la cama, se quedaba pensando, con las manos en asa debajo de la nuca.

¿Por qué no lo hablé desde el fondo de mi cora­zón? Un falso orgullo me retenía las palabras sin­ceras que quizás nos hubieran salvado. Yo misma era la víctima de la desesperación interpuesta en nuestras vidas, y que se hacía cada día más fuerte. Hubo semanas en que no nos dirigimos una palabra. Vivíamos en silencio, y era inútil que el sol alegra­ra los árboles y que las tardes fueran tan delicadas como una seda color turquí. Un día, no sé cómo, dijo él: “Más tristes no están los leones entre las montañas cuando se mueren de hambre”. Y el sol, que para los otros era sol de fiesta, lucía para no­sotros en lo alto, fúlgido y siniestro. Entonces yo cerraba los postigos de las piezas, y en la oscuri­dad de mi dormitorio me quedaba pensando en ese muchacho distante, mientras que una mancha amari­lla corría lentamente por las flores del empapelado.

Un día recibí una sorpresa extraña, que me dejó mucho tiempo preocupada. Era domingo. Yo iba por la calle Rivera, cuando de pronto me detuve asom­brada. Junto al vidrio de un café de cocheros, un vidrio lleno de polvo iluminado por el sol, estaba él, tris­temente apoyada la mejilla en la palma de la mano. Miraba la cornisa de una casa frontera, pero sin verla, con la frente arrugada, vaya a saber pensando en qué. Yo me detuve para observarlo. Era mi es­poso… ¿Qué hacía allí, en ese lugar repugnante, con la mejilla casi apoyada en el vidrio sucio, y una fran­ja de sol iluminando la galera de los cocheros que hacían círculo en torno de las mesas? En la puer­ta del café, un japonés conversaba con un hombre de pierna de palo. El alma se me encogió de triste­za. Yo lo miraba a él como si fuera otro; otro que hacía mucho tiempo se había perdido en mi vida, y que de pronto el azar me lo presentaba desnudo de toda máscara en un antro espantoso. Se veía que la gente que allí estaba hacía un ruido tremendo. Golpeaban con los puños las mesas, pero él como si estuviera sordo, permanecía en su desa­gradable postura, la mejilla en la palma de la ma­no, las pupilas fijas en un punto invisible de la cor­nisa marrón, los labios contraídos en un mohín de sufrimiento y de voluntad. Su taza de café era una colmena de moscas, pero él no veía nada. Y, sin em­bargo, era mi esposo, el mismo que un día fuera tan tímido en ademanes dulces y que apoyaba la cabeza en mis rodillas. Y ahora estaba allí. Sólo le faltaba estar dormido o cabecear frente a un vaso de vino para que su aspecto derrotado fuera más horrible.

De pronto comprendí que si me quedaba un minuto más frente a ese lugar me echaría a llorar, y me fui… Me fui sin atreverme a llamarlo. Luego hubo una época en que pareció tener miedo, desconfiarme. Recuerdo que una mañana, en circuns­tancias en que se estaba poniendo el cuello frente al espejo, de pronto soslayándome, dijo:

—¿Te acordás de Lauro y Salvatto? Sí, eran pescado­res, y llevaban un clavel en la oreja. Con ellos lo hizo asesinar a su marido la Guillot. ¿Te das cuenta? Se enamoraría de verlos pasar por la mañana en la calle, con un clavel tras de la oreja y cantando alguna canzoneta napolitana.

Agudo como el canto de un gallo fue el tono con que lanzó una estrofa napolitana. Luego continuó:

—Mira qué interesante sería que vos también me hicieras asesinar por un pescador que llevara un cla­vel en la oreja. Indudablemente, estaba loco.

—Lo extraño es que todavía no me hayas engañado, sin embargo. Sería interesante. Pero te faltan condi­ciones. No naciste para eso. Sos demasiado burguesita.

Y después de reírse solo frente a frente del espejo y de observar el efecto de su corbata sobre la pechera de finas rayas rojas y grises, continuó:

—No estoy mal mozo. Lo bueno es que si te quedás viuda te casarás con un tendero. ¿Qué te gusta­ría más?… ¿Un confitero? Vos atenderías la caja y cuidarías que los mozos no le robaran a tu marido de cincuenta mil pesos una masa de cinco centavos. En fin, la vida es divertida, ¿no te parece, mi amor? —y sonriendo cínicamente se acercó para besarme. ¿Se da cuenta?… ¡Para besarme! Lo rechacé, y entonces me preguntó—. ¿Está disgustada la confitera? —y se marchó cantando.

Me ultrajaba porque sí. Llevaba en el corazón una alegría siniestra, que le encandilaba los ojos. Y, cosa que nunca hizo, comenzó a cuidar su elegancia. ¿De dónde sacaba el dinero? No lo sé. Posiblemente ganara a la lotería, porque poco antes de nuestra ruina encontré en un cajón un mazo de billetes. El caso es que se compraba camisas de seda, medias caras, en fin, hasta se bañaba todos los días. Con eso lo digo todo.

Sin embargo, su siniestra alegría no lo distraía. Te­nía momentos más oscuros que una fiera amaestrada. Fermentaba ferocidad. No buscaba nada más que pretextos para estallar. Así, la retaba injustamente a la sirvienta por no cuidar más de los muebles, y ex­clamaba, con un tono de voz que hasta los vecinos podían escucharlo:

—Estos muebles cuestan dos mil pesos. Esta alfom­bra cuesta cuatrocientos pesos…

Y como el más vil rastacuero enumeraba el precio de las cosas, mientras que la criada lo miraba roja de indignación. Y yo sabía que todo ese interés por las cosas que me pertenecían era falso, que a él se le importaba un ardite el valor de los muebles y de las alfombras, y que esos furores de advenedizo eran la explosión de sentimientos des­viados, de ansiedades no satisfechas y de aquel miste­rio que su alma escondía con más pudor que si fuera un cáncer.

Y que lo nuestro no le interesaba mayormente lo comprobé más tarde, cuando sobrevino nuestra ruina. Por consejo de un hermano entré en negocios con una empresa comercial; yo quería duplicar nuestra fortuna, para que él se pudiera dedicar a sus estudios de electri­cidad, lo único que le interesaba, y algunos meses des­pués de haber invertido el dinero que tenía en accio­nes la casa fue a la quiebra y quedamos en la calle.

Para mí, aquél fue un golpe terrible. En cambio, él permaneció impasible, como si no hubiera ocurrido nada. Yo trataba de hacerle comprender la importan­cia de lo sucedido, pero qué… no he visto mayor indi­ferencia en mi vida que aquella que demostraba él por todo aquello que no se refiriera a sí mismo. Con dinero o sin él, ese hombre era siempre el mismo, in­diferente y triste.

Yo lloraba desesperada; la tranquilidad para nues­tro porvenir había desaparecido. Incluso se negó a informarse y a hacer trámites para recuperar algo de lo perdido. Una vez llegué a pensar que Remo se ale­graba secretamente de la desgracia que nos había ocurrido. Iba y venía como de costumbre, observando una conducta hermética, hasta que descubrí algo re­pugnante.

No sé cómo me puse a revisar los bolsillos de su saco. De pronto me llamó la atención un pliego duro; entré la mano al bolsillo y saqué una fotografía.

Era en el fondo de un parque. Sentada a su lado, con una cartera de colegiala, estaba una criatura de trece años a lo sumo, el cabello en rizos escapándose de un gorrito de paja, y el delantal plegado sobre la cartera. Él, cruzado de piernas, el sombrero sobre la coronilla, la sonrisa desvergonzada, miraba hacia el frente, mientras que la criatura tenía vuelto el sem­blante hacia él.

A mediodía, mientras que tomaba la sopa, le dije:

—¿Quién es esa criatura con la que te has retratado?

Sin enojarse, con una sonrisa cándida me contestó:

—Una chica que está en tercer grado y hacemos el amor. Esa mañana se hizo la rabona.

—¿Cuántos años tiene?

—Va a cumplir doce el mes de agosto.

—¿Y no te da vergüenza? ¿No te das cuenta de que sos un canalla?

—¡Ajá!

Luego se levantó y salió.

Un anonadamiento espantoso me aplastaba en esa casa mía, pero que ya no lo era, porque en ella me sentía perdida. Recién había visto el monstruo que existía en él. ¿Cuándo se despertó? No lo sé. Pero él era un monstruo, un monstruo frío, un pulpo. Eso, un pulpo envasado en el cuerpo de un hombre… un hombre que era él… y que no fue, porque me acuer­do cuán torpes eran sus ademanes, y con pena de amor me besaba las manos y me tomaba los dedos, y quería inclinarme la cabeza sobre su pecho. ¡Cómo cambió, de niño que era! Su alma inmóvil, tiesa allí abajo, como la de un condenado a muerte a quien ya le han rapado la cabeza, esperaba no sé qué ajusticia­miento.

En esa época vivió más frenéticamente que nunca.

Una noche llegó bastante tarde. Serían las nueve y media. Todo en él vibraba, como después de una acción heroica. Tenía los ojos brillantes, las mandíbu­las se apretaban, mientras que las fosas nasales aspi­raban profundamente el aire. No terminó de quitarse el cuello, que ya decía:

—¿Sabés? Acabo de escupirle en la cara a una mo­distilla. Al chasquear los labios lanzándole el salivazo, fue como si hubiera estallado ante mis ojos un petardo de dinamita. Ella se torció como si le hubieran dado un hachazo en la cabeza.

Y continuó con voz estremecida:

—¡Ah, si la hubieras conocido! Es la criatura más insolente que he conocido. Y fea, ¿sabés?, una de esas fealdades que hacen que un hombre se avergüence de ir por la calle en su compañía, porque todos lo miran con asombro. Imagínate tú una criatura bajita, de pier­nas cortas, un vestido de mala muerte, las articula­ciones de los dedos con callos; mirándola de frente parece jorobada, tan levantados tiene los hombros; la nariz con caballete y tan larga, que podía decirse que entre el mentón y la nariz se podría romper una nuez; y agrégale a eso un feo aliento. ¡Ah, si la hubieras cono­cido! No te imaginas cómo me tiranizaba. Yo la ob­servaba curioso. Quería ver hasta qué punto llegaba o podía llegar el dominio de una criatura inferior sobre un hombre superior. Y le aguantaba todo… a ella, a quien el último tendero de barrio se hubiera avergonzado de acompañar por una calle medianamente iluminada.

Yo lo escuchaba encuriosada. El continuó:

—¡Había que oírla hablar! No se puede pedir nada más ridículo. Por ejemplo: si se sonreía y yo le pre­guntaba el motivo me contestaba, viniera o no a cuen­to: “Sonrío cuando me hieren”. ¿Te das cuenta? Otra frasecita que le gustaba largar era ésta: “Tengo frío en el alma”. ¿Te das cuenta? Daban ganas de pegarle. Cuando viajábamos juntos no hablaba palabra, mira­ba para la calle; yo me limitaba al estúpido papel de pagar el boleto. Y cuando conversaba, a veces tenía que hacer un esfuerzo para no volver la cabeza. Su aliento era nauseabundo.

»En fin, eso llegaba al absurdo. Me citaba a una hora y llegaba cuarenta minutos más tar­de, y en vez de disculparse decía: “¿Por qué me esperó? Se hubiera ido…”. Y yo bajaba la cabeza, y tímida­mente le decía palabras idiotas, porque encontraba un placer angustioso en tolerar la insolencia de esa mujer monstruosamente fea. Y si nos peleábamos, me buscaba; entonces no descansaba hasta que volvía a su lado, y las lágrimas corrían por su nariz enrojecida, mientras que con sus manos desportilladas me atraía hacia su cuello. En fin, eso era el acabóse. Yo estaba harto; comprendía que por ese camino le iba a ter­minar por dar de bofetadas cualquier día en un lugar público.

»Debido a la lluvia, hoy a la mañana no la vi. Es­ta noche estuve una hora esperándola bajo la garúa, en el sitio donde sabía que bajaba. Por fin llegó. ¿Te pensás que se emocionó de ver que la esperaba? Se limitó a decir “¡Usted por aquí!”. ¡Ah, si supieras qué curioso! Estaba resuelto a continuar la comedia, a de­jar que me humillara hasta donde le alcanzara la ima­ginación, pero el caso es que de pronto perdí la pacien­cia, y tomándola de un brazo, con tal fuerza que casi se pone a gritar, le dije: “¿Vos sabés lo que te merecés? Pues que te escupan a la cara”. “Yo no le he dicho que me esperara”, replicó fu­riosa la viborita, y entonces fue cuando estalló el salivazo.

»Ella se torció; de pronto comprendí que te­nía que ultrajarla más, ya que un salivazo para una bruta como ella poco o nada significaba, y entonces manteniéndola agarrada del brazo, para que no se es­capara (estaba ella a dos cuadras de su casa) me incliné hasta el suelo, recogí un puñado de fango inmundo, y sin que ella se resistiera (estaba como muerta) le restregué la cara, pero tan acertadamente, que a la luz del foco sólo se veía un plastrón de fango verde. Luego la empujé, chocó contra un árbol, y me fui.

—¿Qué edad tiene ella?

—Veinticinco años.

—¿Y la querías?

—Quería las humillaciones que me proporcionaba.

—¿Pero no sentías amor hacia ella?

—Yo nunca sentiré amor.

—¿Y ella?

—Ahí está. Esa mujer me ha querido. Sabía perfec­tamente que estaba casado. Ahora yo supongo esto: llegó un momento en que perdió la confianza en su fuerza de voluntad, y entonces todas las insolencias que me hacía eran para ver si conseguía perderme y así no perderse; pero si ése era su fin, ya ves, lo ha conseguido. No se puede quejar, no.

Se veía que estaba contento de su infamia. Gozaba con ella, la exprimía como una naranja regustándola ferozmente, con tanta agudeza que de pronto se le escapó la frase definitiva:

—Ahora comprendo por qué hay asesinos que dan catorce puñaladas a un cadáver. Y que si los dejaran, continuarían ensañándose… —los ojos se le habían pa­ralizado, mientras que los párpados, encapotados, pa­recían querer descubrir una visión lejana.

Y esto no fue lo último que me hizo, no. A momen­tos pienso si ese hombre no estaba loco, porque de no estarlo, ¿pueden explicarse sus actos? Un mes antes de que me enterara de su defraudación en la Azuca­rera, una noche, pero ya muy tarde, me despertaron los pasos de Remo, que se paseaba nerviosamente de una pieza a otra.

El comedor y el dormitorio se comunicaban por una puerta. Para poder pasear más cómodamente, Erdo­sain entornó la puerta de manera que iba y venía de un cuarto a otro sin obstáculo alguno, y disponiendo de un espacio suficiente como para descargar, cami­nando, su nerviosidad.

Indudablemente, estaba sobreexcitado. Ignoro si los motivos había que buscarlos en la defraudación a la Azucarera, pero en aquellos momentos no eran éstos los esenciales. Lo preocupaba un problema grave.

Aunque yo me desperté, continué con los ojos ce­rrados. Cuando Erdosain volvía la espalda a la cama le observaba entreabriendo los párpados. La conducta de mi esposo hacía tiempo era anormal, mas ahora el presentimiento me decía que “algo tenía que ocu­rrir”. Erdosain caminaba con paso muy firme. Esto me hizo pensar que deseaba despertarme, pues, por lo ordinario, Remo evitaba de molestarme cuando dor­mía. Se había quitado el cuello. Así, iba y venía, el rostro contraído por una preocupación que terminó por vencerlo. Se acercó a mi cama e inclinándose corrió la cobija, de manera que me dejó descubierto el hom­bro. Hecho esto, comenzó a sacudirme por el hombro llamándome despacio:

—Elsa… Elsa…

Entreabrí los ojos.

—¡Ah!… ¿Qué querés?…

—Despertate. Elsa… Despertate, que tengo que de­cirte algo muy importante… importantísimo…

Para fingir que me despertaba en ese momento, me restregué los párpados. Remo se sentó a los pies de mi cama y mirándome con ardor, como si estu­viera bebido, me dijo:

—¿Estás bien despierta?

—Sí.

—A ver… déjame que te mire… Bueno… escuchame bien…

Caviló un momento, como si fuera muy grave lo que tenía que decirme, y después dijo despacio:

—Elsa, tenemos que salvar un alma… Elsa, si vos me querés, tenés que ayudarme a salvar un alma…

Usted comprende —argüía más tarde Elsa— que despertarme a la una o las dos de la madrugada para comunicarme “que hay que salvar a un alma” es pa­ra sorprender incluso a la más despierta. Me di cuenta en seguida que Remo había bebido, pero no en cantidad suficiente para estar ebrio, sino excitado. Eso: estaba muy excitado. Pocas veces en mi vida le he visto así.

—¿Qué sucede?… Contame —le dije.

—¿Estás bien despierta?

—Sí.

—Bueno, escuchame… Tenés que ayudarme a sal­var un alma. ¡Qué cosa más terrible he visto esta noche, Elsa! Algo que no tiene nombre. Un alma hundiéndose en el infierno. Eso… Imaginate una muchacha rodeada de un círculo de bebedores que la emborrachan riéndose…, y ella mirándome triste, como si me dijera: “¿Ves? Es por tu culpa, por culpa de todos los hombres que yo estoy perdiéndome”. Te juro que es algo espantoso, Elsa. Si la conocieras, le tendrías lástima. Tendrá veinticuatro años… Sí, vein­ticuatro años, me dijo el otro día. Trabaja de pros­tituta… pero no en un prostíbulo, no… “Hace la calle”, como dicen ellas. Eso es más honorable que pasarse el día encerrada en un lenocinio. Hacer la calle es caminar por la calle buscando hombres. ¿Te das cuenta? Y es linda. Tiene los pies rotos de tanto caminar. Fijate que escribió en un cuaderno, no sa­biendo que yo la iba a encontrar… porque nos en­contramos una vez y luego dejamos de vernos. Mira, escribió en ese cuaderno: “¿Dónde estás, Remo, alma noble? Pienso en ti día y noche”. ¿Te das cuenta, una prostituta? Camina como si estuviera ciega. Es muy corta de vista. Espera que te cuente.

»Yo estaba una tarde en un café, triste como siempre, cuando la vi pasar. Parecía una sonámbula. Eso… eso mismo… una sonámbula, por la manera como caminaba. Iba y venía. Yo la miré y me dije: “¡Qué mujer más rara!”. Entonces me acerqué y le dije: ¿No quiere que la acompañe, señorita? Y ella me dijo: “Sí”. Extrañado, le pregunté: “¿Por qué usted acepta con tanta naturalidad que la acompañe?” Y ella me contestó: “No se da cuenta que soy una…” ¡Si te imaginaras la pena que me produjo!

Sentí una lástima enorme por ella. La vi sola, tris­te, rodando de mano en mano… Te prevengo que tengo el corazón duro, pero hay momentos en que me dejaría hacer pedazos por el primer desgraciado que se me cruza al paso. Pasamos la tarde juntos. Yo la escuchaba adolorido. ¿Por qué la vida trataba así a los pobres seres humanos? ¿Por qué los rom­pía en pedazos? Pensaba que alguna vez esa mujer había tenido cinco años… Jugaría con otras chicas, y nadie en esos momentos se imaginaba el destino que le esperaba. ¿Te das cuenta si es horrible? ¡Cuán­tas veces he pensado, mirando las criaturas que jue­gan en las plazas! ¿Cuál dentro de algunos años será un asesino? ¿Cuál de éstas una prostituta? ¡Dios mío!… Hay momentos en que dan ganas de matarse.

—¿Y la muchacha ésa?

—Luego la perdí de vista… Pasaron como unos quince días, cuando una mañana que andaba cobran­do me la encuentro. ¡Si vieras qué alegría; qué con­tenta se puso!… Me llevó a su cuarto. Imagina­te un cuarto chiquito, en un hotel de prostitutas y ladrones en la calle Libertad. Cuando subimos nos lo encontramos al negro Raúl, que bajaba una esca­lera con una escupidera en la mano. El negro me saludó enfáticamente. ¡Lo hubieras visto a Raúl, con su cara de chocolate, envuelto en una asquerosa ro­be de chambre! Subimos un montón de escaleras y llegamos arriba, a un cuartito pintado de azul, un azul claro, sucio. En un rincón estaba su camita. El espec­táculo me desconcertó. Te prevengo que no nos acos­tamos, no. Nuestras relaciones son purísimas. No muevas incrédulamente la cabeza. Son purísimas. Yo me recosté en la cama y ella también. Entonces me enseñó el cuaderno.

»Había empezado a escribir el dia­rio de su vida, y no te imaginás la impresión que me produjo cuando leí eso: “¿Dónde estás, Remo, alma noble?”. Me contó su vida. Era hija de vascos. Había estado en un convento. Fijate que es instruida. Ha leído el Quijote. Desde entonces nos encontramos to­das las tardes. ¡Qué vida la suya! Mira, la he visto acompañada de hombres, y nunca me produjo mayor impresión; pero esta noche, al verla en un cafetín de la calle Esmeralda rodeada de un círculo de perdula­rios que la emborrachaban, me dio una pena horrible. Entonces me dije: ¡es necesario salvar a esta pobre al­ma! Porque es buena, Elsa, es buena… Fijate: una tarde en la pensión le digo: “Tengo ganas de tomar mate…”

—¿Cómo se llama esa mujer?…

—Aurora… Aurora Juanco… Bueno; como te de­cía, le digo: “Tengo ganas de tomar mate.” “Esperá un momento”, me dice, y sale. Yo quedé recostado en la cama. Enfrente había un reloj despertador. Eran las dos y media, más o menos. A esa hora se levantaba todos los días. Pasó un largo rato, y no venía. Me lla­mó la atención, y para entretenerme me puse a leer una revista. Al mismo tiempo pensaba en ti. Otra vez volví a mirar el reloj. Eran las tres. Yo me preguntaba qué diablos habría ocurrido, cuando a las tres y diez aparece ella, cojeando, con unos paquetes entre las manos. Fijate que tenía los pies lastimados de cami­nar, con tales llagas, que para poder sacarse las me­dias tenía que remojarse antes las medias. Bueno; había ido a comprar, para satisfacer mis ganas de tomar mate, una pava, una bombilla, yerba, factura, y estaba pálida del dolor que sentía en los pies. Todo por mí. ¿Te das cuenta, Elsa? Hay que salvarla. Y vos tenés que ayudarme…

¿Con qué impresión podía yo escucharlo? Él, mi esposo, me venía a contar a mí sus relaciones con una prostituta. Y lo más grave era que estaba ena­morado. Prescindo de que esa mujer fuera o no una depravada. Mientras él hablaba, yo me decía: ¿Qué es lo que querrá de mí este hombre? No está con­tento con haberme humillado, porque me humilló muchas veces. Incluso me contó que había tratado de corromper a una criatura en una estación de fe­rrocarril, y ahora traía esta nueva novela de “un alma que hay que salvar”. Sin embargo, por el tono con que hablaba me daba cuenta de que estaba enamo­rado. Hasta qué punto llegaba su pasión por esa mu­jer no podía establecerlo, pero la verdad es que estaba enamorado. De otro modo, ¿hubiera venido a contar­me todo?

—¿Y qué es lo que querés de mí? —le dije.

Va­ciló un momento y me contestó:

—Mira, la única forma de salvar esa alma sería sacarla de ese mundo en que se mueve. Si la deja­mos allí, se va a perder. En cambio, si tú me die­ras permiso, yo la traería aquí, ella te ayudaría a trabajar, y poco a poco…

A esta altura de su re­lato la esposa de Erdosain no se pudo contener, y exclamó, indignada:

¿Se da cuenta qué loco es mi marido? ¡Ah, Dios mío! ¡Qué hombre!… ¡Qué monstruo! Un mons­truo, sí, un loco; no puedo decir otra cosa. ¡Si usted supiera todo lo que pasé después! ¡Y luego se dice que hay mujeres que engañan a sus maridos! Sin embargo, yo en esos momentos me dominé perfec­tamente. Tenía conciencia que mis relaciones con Erdosain habían llegado al límite, que me iba a jugar mi felicidad de esposa en la contestación que tenía que darle, porque él estaba enamorado con locura de esa mujer, y le dije:

—Lo que vos querés es traer aquí, a esta casa, a esa mujer. ¿No es así?

—Sí.

Decirle que no, hubiera sido enardecer su pasión. Yo no la conocía a esa mujer. Podía ser buena. Era un deber cristiano ayudarlo a “salvar un alma”. Te­ner celos de “ésa”, era demostrarle que yo me con­sideraba inferior a ella. Pensé un minuto todas es­tas cosas, pensé en mi poquita felicidad, en mi casa, y le contesté:

—Bueno, traela a esa muchacha. La voy a tratar como si fuera mi hermana.

¡Hubiera visto! Me besaba las manos de agradeci­miento.

Dijo que jamás olvidaría ese gesto mío ayudán­dolo para “salvar un alma”; y luego él se acostó, pero yo no pude dormir. Fue una de las más tristes noches que pasé en mi vida. Habíamos llegado al límite. ¡Traer una prostituta a su casa! ¿Se da cuenta? Para no perder la cabeza, me puse a rezar fervientemente. A momentos tenía ganas de abandonarlo, dejarlo solo, pero el corazón me decía que sí lo dejaba solo se per­dería. Sí, como se perdió después… Mas, ¿cómo re­sistir?… ¡Viera lo que pasó luego!

Al día siguiente, Remo salió temprano. Estuve toda la mañana inquieta. Él llegaría a las dos de la tarde, más o menos, porque se entrevistaría con esa mujer para ofrecerle su ayuda, y aunque yo dudaba del éxito, llegó a las tres de la tarde en compañía de ella.

La muchacha me impresionó lamentablemente. Yo estaba en la puerta de mi casa y los vi llegar. Era una mujer delgada, de regular estatura. Cojeaba al cami­nar un poco, pues llevaba zapatos demasiado grandes para ella. Además tenía lastimados los pies. Su ves­tido negro estaba ribeteado de una trencilla violeta; de cerca, comprobé que estaba manchado y muy usa­do. A medida que se acercaba discernía perfectamente el rostro de la mujer. Era un tipo vulgar: la nariz muy larga y en caballete, los ojos como cubiertos de una neblina, y el cabello sumamente renegrido. Su tez era muy blanca. Erdosain caminaba cohibido junto a ella. Yo los esperé serenamente. Cuando estaban a pocos metros salí al encuentro de ellos, y estirando la mano saludé a la muchacha. Desde ese momento dejé de ver en ella la prostituta para considerarla como una infor­tunada que necesitaba mí ayuda. La muchacha parecía tímida. En efecto, estaba muy avergonzada de su si­tuación anormal, y sonrió con cierta turbación cuando se sentó en el comedor y yo le dije:

—Usted, señorita, tiene los pies muy enfermos, pa­rece, ¿no?

—Sí, señora —me contestó.

—Bueno, espere un momentito.

E inmediatamente fui a la cocina, puse agua caliente en una palangana, y la llevé al comedor. Aunque ella se resistía le saqué yo misma los zapatos, y puso los pies a remojarse, sin quitarse las medias, sumamente manchadas en los lugares de las llagas. Estas atenciones la emocionaron; quiso besarme la mano, mas yo no lo permití. La muchacha estaba con­movida. Omití toda pregunta sobre su vida anterior, y le dije:

—Remo me explicó su situación actual. Nosotros somos pobres, pero usted aquí va a estar bien. Mucho trabajo no hay; en lo que pueda me ayudará. ¿Usted tiene ropa interior?

—No, señora…

—Bueno, entonces le voy a prestar ropa mía hasta que usted se haga algo. Yo aquí tengo máquina de coser.

—Como usted guste, señora.

—¿Quiere tomar algo?

Y es que yo, en previsión de que pudiese llegar, había preparado chocolate. Observándola, me causó la impresión de estar mal alimentada. Remo no encontraba palabras para agradecerme las atenciones con que yo obsequiaba a su protegida. En un momento que salimos, me abrazó diciéndome:

—Sos una gran mujer, Elsa…

Pues verá cómo correspondió más tarde a mis ac­tos de “gran mujer”.

A todo esto, la muchacha pudo por fin quitarse las medías. Me horroricé. Sus talones estaban despellejados, en carne viva. Resultaba difícil explicarse cómo en tales condiciones podía caminar esta mujer, y más aún, dedicarse a ese oficio infame. Después me explicó que caminaba por día un término medio de diez y doce horas “buscando hombres”. Como ella creía que para no fatigarse era necesario tener zapa­tos holgados, se había comprado aquellos botines, que terminaron por destrozarle los pies.

Fui al almacén y le compré zapatillas para que pu­diera estar cómoda. A la vuelta hice que se quitara su vestido y la ropa interior que traía, y le di un batón y ropa mía, pues eso era todo lo que yo podía hacer por ella en esos momentos, y estaba obligada a ha­cerlo por deber de caridad.

La muchacha se reanimaba a medida que pasaba el tiempo. Mi esposo salió nuevamente, y entonces yo procedí a estudiarla con sumo tacto. Traté de estable­cer si era digna o no de nuestro auxilio ―pues yo estaba completamente dispuesta a socorrerla―, o si se trataba simplemente de una aventurera que explotaba la de­bilidad sentimental de mi marido para introducirse a nuestro hogar y provocar una catástrofe.

En pocos días me puso al tanto de su vida. Era hija de un lechero, se había criado poco menos que en un corral. Desde muy joven había mantenido relaciones sexuales con los que se le acercaban, y en su interior no le daba ninguna importancia al hecho de prostituirse. Recuerdo que una tarde, a los dos días de llegar, conversando me dijo: “Las mujeres casadas son iguales que nosotras”. Ella, a su vez, me obser­vaba a mí. Me di cuenta, y entonces le di a entender, con falsedad, por supuesto, pues quería ver hasta dónde llegaba, que efectivamente ella tenía razón.

No hacíamos más que conversar, y poco a poco establecí que no tenía ningún respeto por Remo; por el con­trario, lo juzgaba un loco. Más aún, comprobé que ella, de saber que yo, su esposa, era una mujer sen­sata y segura de mí misma, nunca lo hubiera acom­pañado en la aventura de “salvar un alma”. Traté en­tonces de darme cuenta si prefería la actual vida sosegada a mi lado a la de la calle, pero me convencí pronto que a su criterio la vida anormal era idéntica o preferible a la honesta. Cuando hablaba del pasado lo hacía con animación y entusiasmo casi, refiriéndome las costumbres íntimas de sus clientes y demás pormenores de su vida innoble. Si esta profesión le parecía “molesta” era por los riesgos que se corrían, nada más. En cuanto a la moral, ni remotamente con­cebía que pudiera vivirse de otra manera. Las muje­res casadas eran para ella “hipócritas que simulaban querer a un hombre para pasarse la vida sin hacer nada”, aunque a ella en mi casa le constaba todo lo contrario.

Llegué a preguntarme con qué interés permanecía entonces con nosotros. A ella regenerarse no le preo­cupaba en absoluto. Trabajar honestamente, menos. Cuando mi esposo volvía del empleo yo evitaba cui­dadosamente dejarlos solos. Aurora no perdía opor­tunidad en nuestras conversaciones (a veces distraída­mente) de ponerse siempre de parte de mi marido. Lo elogiaba y adulaba con suma discreción. No trans­currieron muchos días sin que ocurriera lo inevitable. Remo se encontraba entre la espada y la pared. ¿Con quién se quedaría, con ella o conmigo? Yo obser­vaba este problema; porque Erdosain al llegar, si Aurora se encontraba presente, evitaba besarme…, en fin, me trataba con las consideraciones que se estila con una mujer con quien no se tienen relaciones íntimas.

En esos días ocurrió un hecho curioso. La mucha­cha empezó a trabajar la tierra. Había en nuestra casa un pedazo de tierra que formaba el fondo. Pues Auro­ra, tres días después de llegar a mi casa, se levantó temprano una mañana, pidió una pala prestada a un vecino y cuando yo me desperté una parte del terre­no estaba completamente removida. Trabajaba con tanto entusiasmo que las manos se le ampollaron por el roce de la pala. Esto no fue obstáculo para que termi­nara de “puntear” todo el fondo, lo que me hizo pensar que era un poco insensible al dolor físico. Decía que era una lástima no sembrar de tomates y lechugas tal extensión. Salvo esa aislada muestra de actividad, era perezosa en lo que se refiere a la ejecución de trabajos domésticos. De su estada en el convento le había quedado el gusto por bordar, y a pesar de ser sumamente corta de vista se pasaba las horas tejiendo en un punto tan corto que no pude menos de asom­brarme de esa muestra de habilidad. Al final, llegué a sospechar que bordaba con el fin de evitar conver­saciones conmigo, pues no le agradaba que yo profun­dizara en ella.

Preocupaciones serias no le descubrí sino una: de­seaba estudiar la magia negra para dedicarse a la brujería. No sé dónde había leído algo de espiritismo, y aunque era reservada, en cuanto se tocaba este te­ma su rostro se transformaba de entusiasmo. Hablaba de un primo sacerdote, el cual entendía de conjuros y magia. Es posible que así fuera. Lo evidente es que la muchacha era una endemoniada, que terminaría por perder el poco seso que le quedaba si se hubiera metido de lleno en esas ciencias, incomprensibles para mí. Más aún, recuerdo que una tarde la sor­prendí como hipnotizada, en el dormitorio a oscuras, contemplando un vaso de agua. Le pregunté qué ha­cía, y me contestó que mirando durante largo tiempo, fijamente, un vaso de agua, aparecían en forma de figuras los sucesos de que se componía el futuro de uno. Le dije que se dejara de tonterías y que fuera a la cocina a preparar el té.

¡Qué días ésos! Sí, yo es­taba aparentemente tranquila; por dentro, en cambio, vivía extraordinariamente inquieta. ¿En qué termina­ría esa aventura? Remo pensaba buscarle empleo, pero la muchacha no era mujer de resignarse a ganar un sueldo miserable para vivir honradamente. “¿Con qué ventaja?”, decía ella. Por las noches yo no dormía casi. Ella se preparaba una cama en el comedor. Ine­vitablemente, nuestros cuartos se comunicaban. Cierto es que yo cerraba la puerta central con una vuelta de llave, pero esto no impedía que estuviera intranquila, enormemente triste, cuando llegaba la noche.

Muchas veces, poco antes de acostarme, sorprendía sobre mí los ojos fijos de esa muchacha, que me miraba como si quisiera hacerme daño. En cuanto la observaba, sonreía tímidamente con sus labios finos. A veces se quedaba silenciosa en un rincón. Con su cabellera encrespada, la nariz larga y los ojos como cubiertos de una neblina, me producía la impresión de que tenía al lado una joven asesina.

Una semana después de llegar a casa ocurrió el hecho repugnante. Nos habíamos acostado. Era muy pasada la medianoche. Yo me desperté bruscamente, como si me hubieran llamado. Al acordarme, me da frío todavía. Alargué el brazo y Remo no estaba en la cama. En el otro cuarto se escuchaban ciertos queji­dos débiles. No sé cómo hice para dominarme. El corazón me daba en el pecho golpes tremendos. Pasó media hora. Remo entró de nuevo al cuarto, despacio, sin hacer ruido. Yo no dije una palabra. No me moví. Poco después él se durmió, pero yo vi llegar el ama­necer. Estaba mortalmente tranquila, como si tuviera que morir de un momento a otro. Remo se levantaba temprano; esa mañana la prostituta también se le­vantó temprano. Yo me di cuenta de que iban a reu­nirse en la cocina; ella, con el pretexto de preparar el café para él, que tenía que salir a trabajar. La cocina tenía pared medianera que no estaba aún ter­minada, de manera que todo lo que se hablaba allí podía escucharse desde afuera. Salí descalza, escon­diéndome tras el muro. Tuve la sensación de que se abrazaban; luego, hablaron, y entre otras palabras ella dijo:

—Tenés que elegir, Remo… Yo no puedo vivir así. Tengo el presentimiento de que ella nos escuchó anoche. Es muy zorra esa mujer.

No quise oír más, y me volví al dormitorio. Antes de salir, Remo vino a despedirse de mí con un beso. Lo miré perpleja. ¿Ese era mi marido? ¿El hombre que quería “salvar un alma”? Hay circunstancias en la vida en que las palabras más santas se convierten en tan grotescas, que una no sabe realmente si llorar o reír.

Momentos después entró la prostituta a mi cuarto, trayendo una taza de café con leche. Observé que no se atrevía a mirarme en los ojos. No le dije una sola palabra; se acercó temblando, me alcanzó la bandeja, y entonces, serenamente, tomé la taza, la miré sonriendo, y sin decirle una palabra le tiré la leche a la cara.

Ella retrocedió sorprendida, me observó, luego in­clinó la cabeza y dijo:

—Usted tiene razón, señora. Su marido es un loco.

La miré, sin decirle una palabra. Salió del cuarto, sentí cómo se lavó y vistió, luego entró a mi cuarto y dijo:

—Perdóneme, señora; su marido es un loco. Y me voy. Perdóneme.

Y se fue.

A mediodía llegó Remo. Yo continuaba en la cama. Tenía fiebre. No viéndola a la prostituta, me preguntó:

—¿Y Aurora, dónde está?

—Se fue para siempre —le contesté.

Nunca me sorprendió tanto como entonces. Yo creía que él se indignaría, que preguntaría algo; pero no. Se puso a reír a carcajadas, al tiempo que decía:

—Esto sí que es notable. En fin, has procedido muy bien, Elsa. Esa mujer iba a terminar por provocar un desagradable lío entre nosotros.

¿Puede explicárselo usted a este hombre, que una noche llega casi llorando, desesperado por “salvar un alma”, y a la semana siguiente se encoge de hombros con la más absoluta de las indiferencias frente a las desgracias que ha provocado? Yo me tomé la cabeza, pidiéndole a Dios que me ayudara. Sin embargo, estaba curiosa por conocer los móviles de su conducta esa noche, y él se explicó con tanta claridad que no me quedó ninguna duda respecto a la sinceridad de su relato. Remo despertó, avanzada la noche, bruscamente. El hecho de despertarse “bruscamente” lo impresionó extraordinariamente. Como tardaba siempre mucho tiempo en conciliar el sueño, cuando se dormía podía hacerse en redor de él los ruidos más estrepitosos sin que se despertara.

―Me desperté bruscamente, como si se me hubiera terminado el sueño, y sin embargo no hacía dos horas que me había dormido, y estaba muy cansado. Me desperté bruscamente, sentándome en la cama de un modo automático. Luego, como si me hubieran llamado, sin vacilar, sin temor a ser escuchado, me levanté, abrí la puerta de comunicación con el dormi­torio de Aurora y entré. Ella, sentada en la cabecera de su cama, me esperaba en la oscuridad con los bra­zos extendidos, como si hubiéramos convenido un encuentro en tal actitud. Sin decirnos una palabra, nos abrazamos tan ansiosamente que yo casi me des­mayé de felicidad.

Yo misma quedé maravillada de semejante coinci­dencia triple, pues si Remo se había despertado anormalmente, encontrando en la misma actitud a la prostituta, a mi vez yo también desperté bruscamente como si me hubieran llamado. Más tarde recordé mucho a esa mujer, diciéndome que no estuve equi­vocada cuando al mirarla la definí mentalmente co­mo una “joven asesina”. Posiblemente la naturaleza la había dotado de un intenso poder magnético que ella conocía. Tres días después que se marchó de mi casa recapacité: “¡Con razón que le interesaba tanto la magia negra y el espiritismo!”, y aunque no soy supersticiosa, tengo la certeza de que Remo dijo la verdad, y por eso lo perdoné. Después de este suceso Erdosain se tranquilizó aparentemente durante dos o tres semanas. Iba y venía de su trabajo sin darme motivos de disgusto. Sin embargo, lo observaba a veces, preguntándome: “¿Qué nuevas barbaridades preparará este monstruo?”

Elsa Erdosain cierra los ojos y se desploma en el fúnebre diálogo de una noche. ¿Quién es el culpable sino él, Remo, su esposo?

Todavía entrevé la cónica brasa del cigarrillo que ilumina con resplandores rojos el demacrado perfil de Erdosain. La mano del demonio corta lentamente las capas de oscuridad con el tizón rojo. Las palabras brotan ácidas de su boca invisible, vacilan un ins­tante en la superficie de las tinieblas, y luego se sumergen como gotas de corrosivo en el alma de Elsa:

—Es horrible, pero nosotros nos queremos ―decía Erdosain―… Y sin embargo, pienso que si te he hecho sufrir era porque te quería. Mas si te quería, era porque sentía necesidad de humillarte. Cuando te atormentaba, el remordimiento me acercaba a vos…

Elsa trata de dominar el furor subterráneo que le encrespa el alma, y aparentemente fría responde:

—Es inútil… tenés que caer en algún pozo. En­tonces te acordarás de mí y de todo lo que hi­ciste, pero ya no estaré a tu lado… No, no es­taré… Comentaba más tarde Elsa: ¿Cree usted que mi contestación lo enterneció? Por el contrario, reflexio­nó tranquilo:

—Hace tiempo que pienso lo mismo. Tengo que caer en algún pozo sin nombre. ¿Te pensás que no lo sé? Claro qué lo sé. ¡Hace tantos años que lo sé!

Su tono se hizo confidencial y dijo:

—Mirá, nunca te conté este sueño que tuve antes de casarme con vos. No fue un sueño, sino una visión en pleno día, ¿sabés? Me veía viejo, te había aban­donado para seguir a otra; luego, una noche de tor­menta, volvía solo, roto como un atorrante… y vos me esperabas… hacía muchos años que me esperabas.

—¿Y lo que pensás vos tratás después por todos los medios de que se realice? ¿Te crees que no lo sé?

Pocas veces Erdosain se expansionaba, mas esta vez descubrió un recoveco de su alma:

—Pero decime… ¿Por qué esto… siempre esto? Es un dolor que no se calma… un sufrimiento ex­traño. Te he recordado siempre, estando al lado de cualquier mujer. Mirá, aun de las que quise… Me besa­ban, y en ese momento en que me besaban tu cara pasaba por mis ojos… Ellas me miraban a los ojos… Yo no; al vacío… y en el vacío miraba tu cara, como si estuviera apenas dibujada en una película de vidrio.

—Sí… sí…

—Si alguien me preguntara por qué he sido así de cruel con vos, no sabría qué contestarle.

Y el tizón de su cigarrillo describió una curva ber­meja en las tinieblas. El demacrado perfil de Erdo­sain se iluminó de relieves rojos. Continuó:

—Necesito atormentarte. Cuando estoy a tu lado me es indiferente verte sufrir; cuando te tengo lejos padezco una angustia enorme. Pienso que estás sola, con tu pobre vida hecha pedazos; pienso que tenés esposo, pienso que envidiás a las mujeres que son felices, a las que se pasean del brazo de sus maridos, a las que tienen muchos hijos… ¡Uuuuh, los pensa­mientos!… Los pensamientos que dan vuelta aden­tro.

»¿Qué sabés vos de mi vida? Nada, nada, nada. ¿Qué podés saber? ¡Ni te imaginás lo que te quiero! ¡Cuántas veces te he imaginado casada con otro hom­bre! Serías un mujer dichosa; pasarías a mi lado y ni me mirarías… Tendrías hijos… recibirías a tus amigas; así, en cambio, estás sola, como una bestia mal herida… ¿O te piensas que no era consciente de cuanto te hacía sufrir? Pero hubiera querido verte sufrir más, verte humillada ante mí, arrancarte un grito… ese grito que nunca has lanzado… Deci­me, ¿no será ése el secreto de mi conducta? Tu dignidad. El no decir nada. El callártelo todo. Sola. ¿Por qué no contestás? ¿Por qué las otras mujeres no te quieren? ¿Por qué nadie te quiere? Es que se sienten inferiores a vos. Es que comprenden que sos distinta. A tu lado hasta he experimentado curiosi­dades infames… Si hubieras tenido un amante, no te reprocharía nada… Te hubiera observado. Hasta he llegado a desear que lo tuvieras…

—Cállate, monstruo…

—Sí… ¡Cuántas veces lo pensé! Me decía: sería quizá más feliz que conmigo. Pero, ¿por qué no hablas? Las otras mujeres son estúpidas a tu lado. Uno las ofende como se le da la gana y luego las tira, y no le queda ningún remordimiento adentro. En cambio, de vos no se sabe lo que se puede esperar. ¿Qué es lo que se puede esperar de vos, decime? ¿Se puede saber?… Me pregunto muchas veces si serás capaz de matarte… Quizá no lo hagas; quizá tengas aden­tro algún pedacito de esperanza todavía…

—Algún día te arrepentirás. Pero será tarde…

—Es posible. Lo creo. ¿Te pensás que no lo creo? Sí, Elsa… claro que lo creo. Y eso me produce una angustia nueva. ¡Si supieras lo que pienso en vos! Mirá… a veces entro a algún café solitario…

(Instantáneamente, Elsa lo revé a Erdosain en aquel café de cocheros, junto al vidrio cubierto de polvo, tristemente apoyada la mejilla en la palma de la mano. Miraba él la cornisa de la casa frontera; quizá pen­saba en ella. ¿Pensaba en ella como se lo estaba diciendo ahora?)

—…pido un “Exprés” y me pongo a cavilar en no­sotros. En nuestro futuro. ¿Qué soy en ese futuro? No lo sé. Quizá un atorrante, quizá un perdido… ―bajó la voz―. ¿Sabés lo peor que puede ocurrirme? Caer en un pozo… Conocer alguna mujer terrible que me envilezca y me haga arrastrar un cochecito que tenga en su interior un chico enfermo…

—Tengo sueño… Déjame dormir…

—Hablemos. ¡Es tan lindo poder hablar con con­fianza!… ―irónicamente―. Parecemos hermanos. Inútilmente he tratado de analizarte. Hasta he obser­vado el timbre de tu voz cuando hablas de mis amigos. Sé que algunos te son simpáticos, porque los nombrás por su nombre… Las personas que no te son simpáticas las nombrás por sus apellidos… Aquellos que a vos te son simpáticos… a mí, antes de que vos los conocieras, me eran antipáticos… ¿No es raro esto de que estimemos tipos fundamental­mente distintos? Te lo digo porque cuando un hombre y una mujer se quieren, estiman caracteres iguales. Por eso te dije antes que no conocés mi vida…

—Te he dicho que tengo sueño… ¿Querés dejar­me dormir?

La cónica brasa describe una curva en el aire. Se reaviva un instante, y su fulgor escarlata soslaya una órbita, con el ojo fijo en un punto de las tinieblas.

—Yo no sé lo que pensás. Me equivoco a veces, pero no importa. Si a momentos no soy yo, sino vos. Sé qué vida hubieras deseado. Qué cariño. En cambio, estamos ahora aquí, el uno al lado del otro, como dos enemigos… espiándonos.

—¿Y qué harías si me encontraras por la calle con otro?

—¿Qué haría?. .. Preguntarte si eras feliz.

—Pero ¿vos podés creer eso?

—No sé. ¡Qué sé yo! Sé que siempre he estado triste a tu lado. Triste con una tristeza sin nombre. Es algo que no se puede definir…

—¿No será remordimiento?

—¿Sabés que me preguntás algo raro? Remordi­miento, remordimiento… No sé, ni quiero saberlo. Me encuentro raro de un tiempo a esta parte. Es algo satánico. ¿Te acordás de esa muchacha que te conté… esa a quien escupí a la cara porque me faltó al respeto? La encontré el otro día en el tranvía. Vieras cómo cambió de color cuando me vio. El tranvía estaba lleno de gente. Me acerqué a ella natu­ralmente, le di la mano, no se atrevió a negármela y entonces le dije: “¿Te acordás de esa noche en que te ofendí? Te doblaste como una caña, así, para un costado… Pero mirá, aquí tenés una oportunidad para desquitarte. ¿Por qué no me das una cachetada delante de toda esta gente? Mirá qué linda oportuni­dad. ¿Por qué no la aprovechás?”.

—¿Le dijiste eso?

—En ese momento, todas las potencias del mal es­tallaron en mí. Me parecía haberme elevado a una altura prodigiosa; el alma se me volaba por la gar­ganta, grandes ruedas de luz daban vueltas ante mis ojos. La tomé de un brazo y apretándoselo fuerte­mente, le dije: “Te doblaste como una caña. ¿Por qué no me devolvés ahora esa cachetada, mujercita co­barde?”. Me pareció que el mundo se hacía chico para mí. Nunca en la vida experimenté una voluptuosidad tan terrible. Las arterias me daban martillazos en las sienes, de los ojos me salían chorros de luz. Y enton­ces ella, delante de todos los pasajeros, levantando la mano me acarició dulcemente la mejilla y me dijo: “Te quiero mucho”.

—¿Y tú buscas eso en mí, no? Pero estás equivocado…

—No… en vos no. A vos te quiero mucho. ¡Si su­pieras cuánto te quiero! Posiblemente seas la mujer que nunca tendré. A vos te quiero contra mi volun­tad. Decime si no es algo terrible esto. Cuántas veces he tratado de escaparme de vos… inútilmente. Hasta le he declarado amor a una negra. A una negra, aunque no lo creas. Sí, a una negra. Ella me miraba estupefacta, pero como yo la hablaba seriamente, me dijo: “Caballero, diríjase a mi padre”. El padre era cartero. Lo conocí. ¡Si supieras lo que me he reído! El negro quería que le diera informes de mi posición social. Era cosa de morirse… —y Erdosain lanza tales carcajadas en el dormitorio a oscuras que Elsa, repugnada, le advierte:

—Mirá… Si no te callás la boca, me visto y me voy.

Erdosain continúa, implacable:

—Ya ves. Me he hundido en todos los pozos. Nadie sabe qué longitud tiene el camino de la perversidad; pero siempre, al lado de cualquier monstruo, lindo o feo, me he acordado de tu vida desdichada, y cuanto más creían tenerme junto a sí, más junto a vos me sentía…

—No digas esos disparates.

—Te hablo de cosas interiores. De angustias y de lágrimas.

Elsa estalló indignada.

—Tus lágrimas son agua sucia. Tus angustias son malos placeres que buscaste. Porque tú has buscado todo… incluso mi perdición, para sentir una emoción nueva. Pero, escuchame: no te daré nunca esa emoción, ¿sabés? Nunca, aunque tenga que morirme de hambre. Aunque tenga que ser sirvienta, nunca me tiraré a ningún pozo, ¿sabés, canalla?… No por vos, que no lo mereces… no… sino por mí, por respeto a mí misma.

Erdosain calló entonces.

Pasó esta noche y después otra. El carácter de Remo se hizo más sombrío que el de un demonio. Un! día perdí la cabeza casi involuntariamente. Quería hun­dirlo, humillarlo, tomarme una venganza de todas las indignidades que cometiera, y busqué quién tuviera coraje de cobrar por mí lo que él me había hecho sufrir. No sé si he hecho bien o mal. Que Dios me perdone.

Así habló Elsa.

Durante las tres horas que duró su relato permane­ció la monja Superiora tiesa en el centro del locutorio, como si la deslumbrara un arco voltaico. Ni un solo músculo de su rostro, más arrugado que una nuez, se estremeció. Con las manos cruzadas sobre el cruci­fijo de bronce pendiente de su cintura por un rosario y los labios apretados tercamente, mantuvo inmóviles sus pupilas de plata muerta en el afiebrado rostro de la mujer. Cuando Elsa terminó de hablar ella dijo austera­mente:

—¿Usted no tiene adónde ir?

—No.

—Usted necesita soledad, ¿no?

—Sí.

—Entonces usted se quedará aquí hasta cuando lo necesite. Venga —y levantándose le señaló reverentemente a Elsa la puerta que del locutorio conducía al interior del convento.