Los lanzallamas: 12

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Erdosain y el Astrólogo cruzan el Dock Sur. Las calles parecen bocas de hornos apagados. De distancia en distancia un bar alemán pone en la oscuridad el rectángulo rojo y amarillo de su vidriera. La carboni­lla cruje bajo los pies de los dos hombres.

Marchan silenciosos, dejando atrás silos de portland agrupados como gigantes, oblicuos brazos de guinches rebasando las cabriadas de los talleres, torres de trans­formadores de alta tensión erizadas de aisladores y más enrejadas que cúpulas de “superdreadnaught”. De la boca de los altos hornos escapan flechas de gas azul, la comba de una cadena corta el espacio entre dos plataformas de acero, y un cielo con livideces de mostaza se recorta sobre las callejuelas que más allá de los emporios ascienden como si desearan fundirse en un camino escoltado de pinos.

El Astrólogo comenta la muerte del Rufián Melan­cólico:

—Es inútil… ya lo dice el proverbio: quien mal an­da, mal acaba.

Erdosain casi suelta la carcajada. El Astrólogo con­tinúa gravemente:

—Tenía una hermosa alma el Rufián. Recuerdo: una vez conversábamos sobre el coraje, y Haffner me con­testó: “Soy un civilizado. No puedo creer en el coraje. Creo en la traición”. Qué hermosa alma tenía. Y qué vengativo era. Nadie le pegaba más cruelmente a una mujer que él. De la primera pobre diabla que dejó su casa y la máquina de escribir para seguirlo, hizo una prostituta. Naturalmente, para eso tuvo que suminis­trarle una paliza extraordinaria.

—¿La otra no lo abandonó?

—No… nada de eso… Sin embargo, este hecho le causó una profunda impresión al Rufián.

—Más impresión debe haberle producido a ella.

—No haga chistes. Cuando por primera vez la dactilógrafa salió a la calle a ganarse la vida, el pela­fustán estaba acostado. Eran las cuatro de la tarde. Conozco estos detalles por él. La muchachita, el som­brero ya puesto, se detuvo en el umbral, y con una mano olvidada en la jamba lo miró entristecida al tiempo que decía: “¿Voy?”. Y el siniestro pelafustán, sobreponiéndose a su emoción, asintió con un gesto… La chica salió a la busca. Pero al tercer día de “ejercer”, desde un puente del Riachuelo se tiró al río, partiéndose la cabeza en las piedras del fondo. La recogieron hinchada, entre perros ahogados que arrastraba la corriente. Este suceso lo preocupó un tiempo al Rufián. En verdad, la primera mirada que le dirigió la jovencita al salir a la calle estuvo siempre clavada en él, como un terrible reproche.

»A veces decía: “¿Qué objeto tiene la vida?” ¿Se da cuenta usted los problemas del siniestro pelafustán? Además, pen­saba siempre en la mirada que ella le arrojó, como una súplica, antes de salir a la calle. Una tarde, sin decir palabra, sin tocar ni uno de los tres mil pesos que había en la mesa de luz, después de meditar algunos minutos en la verdad que había descubierto: “la vida no tiene objeto”, se disparó un tiro al corazón; pero el proyectil, al tropezar con una costilla, se desvió. Dos meses después, al salir del hospital, su primer acto fue instalar en Mercedes un prostíbulo, en so­ciedad con un rufián napolitano llamado Carmelo.

Erdosain no comenta el suceso. ¡Qué le importa que el Rufián haya muerto! Él tiene también sus proble­mas terribles. Además, camina extrañado, como a tra­vés de una ciudad desconocida. Algunos techos, pinta­dos de alquitrán, parecen tapaderas de ataúdes inmen­sos. En otros parajes, centelleantes lámparas eléctricas iluminan rectangulares ventanillas pintadas de ocre, de verde y de lila. En un paso a nivel rebrilla el cúbico farolito rojo que perfora con taladro bermejo la noche que va hacia los campos.

—Le dije que era ferozmente vengativo… y es cier­to. Le contaré un hecho. Se lo pintará de cuerpo entero. Un macró le robó una mujer por la que Haffner se interesaba. Aunque ella no se había “apalabrado” con él, lo evidente es que el otro procedió con más rapidez, y el Rufián perdió una bonita renta. Hay cosas que, sin decirlas, dos hombres las entienden. Y usted comprenderá que esas que precisamente se ar­chivan en el fondo del alma son las más intensas. Indiscutiblemente, el Rufián estuvo aguardando la oportunidad en silencio. El otro recelaba, porque evitó durante un tiempo, prudentemente, frecuentar los si­tios por donde barruntaba podía andar Haffner. Un día se encontraron: el Rufián, aparentando absoluto olvido de lo sucedido, se dio por completo de amigo del otro, aunque el otro no ignoraba que esas jugadas jamás se perdonan. Se embriagaron juntos, pero el Rufián estaba, siempre que le convenía, ebrio un cuar­to de hora antes de lo real. Y esa conducta es muy útil para guardar los propios secretos e inves­tigar los ajenos…

De pronto suena una llamada de ronda, reglamen­taria, y en la pared de madera de un caserón se mueve la sombra del caballo de un oficial inspector que recorría el paraje. El Astrólogo prosigue:

—Bueno, como le contaba, dos años después de este suceso, ambos concurrieron a… cómo la llamaríamos… a una fiesta campestre que organizaron los rufianes y sus mujeres en los bajos de San Isidro. En ese paraje se citaba la espuma de nuestro bajo fondo: manageres de boxeadores, entrenadores, corredores de automóviles, toda una crema amiga en particular de Haffner. Estaba también la mujer aquélla, la que casi estuvo por “apalabrarse” con el Rufián. Nada hacía presumir lo que iba a suceder. Quiero anticiparle un detalle: esta canalla respeta sus mujeres entre sí, como nosotros los civilizados acostumbramos hacerlo en sociedad.

El Astrólogo y Erdosain se detienen a pocos paso de los rieles del ferrocarril. Con jadeo lento pasa un tren de carga por el desvío. Las ranas croan en lo charcos, y tintinean los eslabones de las cadenas del convoy. Más allá, un lanchón se balancea en la aceitada superficie de las aguas. La puerta de un bar enquistado en una callejuela paralela a la línea del ferrocarril se entreabre, y por la trocha de carbón avanza una mujer gigantesca. Se engalana con un sombrero de torta encajado sobre los moños, y la sigue un hombrecillo flaco, de espalda encorvada. El Astrólogo continúa:

—Cuando la fiesta estaba en su apogeo Haffner desenfundó el revólver, lo encañonó al otro macró, se desprendió los pantalones, y descubriendo sus órga­nos genitales dijo fríamente: “Decile a tu mujer que me los bese… o te limpio los sesos”. Usted comprende que esta actitud no es rigurosa­mente social. El macró encañonado por el Rufián no se movió. Haffner, tranquilamente, aguardaba. Miró el reloj pulsera en su muñeca y dijo: “Tenés medio mi­nuto”.

—¿Y el otro?

—El otro adivinó que el Rufián lo iba a matar. Que había ido allí con ese exclusivo fin, a matarlo… Que sólo podía salvarlo de la muerte esa humillación es­pantosa…

—¿Y?

—Antes de que pasara el medio minuto, roncó: “Be­salo, Irene”.

—¿Y?

—La mujer obedeció. Entonces Haffner, antes de que la mujer se humillara ante él, la tomó de un brazo y dijo: “Vos desde hoy sos mía”.

—¿Y el otro?

—¿Qué iba a hacer el otro? Irse. En estos asuntos de vida o muerte, amigo, las venganzas se trabajan despacio. No me extrañaría que fuera ese tipo el que lo “liquidó” por la espalda al Rufián.

—¿El Rufián no dijo lo que hubiera hecho si el otro se hubiera negado?

—Lo mataba… Tal es así que en previsión de ello tenía, desde hacía diez días, preparado un pasaporte con nombre falso.

—¿Sabe que es extraordinario?

—Era un verdadero discípulo de Maquiavelo. Ha­blando con él me decía que lo que hacía temible a un hombre era la memoria de las ofensas y la paciencia en aguardar la revancha. Vivía sobre aviso, como en un campo de batalla. En el tranvía, en el café, en la calle, podía usted asegurar que ese hombre estaba siempre colocado en el punto o ángulo donde menos blanco podía ofrecer al revólver de un enemigo. Catalogaba de una mirada a las personas. Instintivamente esta­blecía el grado de peligrosidad de cada individuo que se le acercaba. Era curioso. Desde las periferias de los parajes donde se encontraba, tiraba hacia él radios de ataque y defensa. Semejante composición de lugar, ins­tantánea casi en él, le aseguraba un dominio perfecto sobre los demás.

Calla el Astrólogo, investigando en la oscuridad: una franja de pampa casi virgen, colindante con pobla­dos siniestros formados por cubos de conventillos más vastos que cuarteles. Es aquélla una sucesión de cuartujos forrados de chapas de cinc, donde duermen con modorra de cadáveres cientos de desdichados; ca­lles con baches espantosos, donde se descuadrilaría 4 una carreta para montaña. El Astrólogo marcha si­lencioso con las manos sumergidas en los bolsillos de su gabán. De pronto, exclama:

—¿A que no se imagina lo que me pasó anoche?

—No sé…

—Pues después de abofetearme, me han escupido a la cara.

—¿Qué dice?

—Sí, así como usted lo oye… —e inmediatamente, el Astrólogo le narró a Erdosain la escena ocurrida entre él y su visitante, el Abogado.

—¿Y usted…? No termino de comprender su actitud.

El Astrólogo chasquea una risita desagradable:

—Querido amigo: la explicación del suceso es fácil. El Abogado me escuchó con tranquilidad hasta que un residuo de sentimientos burgueses, enquistados en el fondo de su conciencia, estalló, superando su fuerza de control. Si ese hombre hubiera tenido allí un re­vólver, en ese momento me mata como a un perro. Yo, a mi vez, también lo hubiera asesinado… Me li­mité a ponerle un codo frente al puño y se rompió la mano; entonces pensé que matando a ese mozo enérgico no ganaba nada. Por principio, acepto úni­camente el asesinato que reporta utilidad social…

»Cuando el brazo le cayó a un costado, podía devolverle el golpe, pero ¿para qué?… si ese hombre estaba desarmado. Al comprenderse impotente frente a mí trató de obligarme a ejecutar un acto que después me avergonzaría, y me escupió la cara. Continué mirándolo tranquilo, y él debe estar ahora profun­damente molesto con su actitud. Además, tarde o temprano, ese joven será de los nuestros. Es apasio­nado y digno. En el fondo, un idealista desorientado, consecuencia ello de la educación capitalista. Cuan­do los hombres que la educación capitalista ha de­formado quieren lanzarse a la acción, se encuentran deformados internamente, de manera que lo prefie­ren todo… todo, menos el comunismo.

—¿Y usted le guarda odio?

El Astrólogo replicó, asombrado de la pregunta de Erdosain:

—¡Odio! ¿Y por qué? No. Al contrario… le es­toy agradecido de que me haya dado oportunidad de presentarme ante él como un hombre cuyo tem­ple está por encima de las pequeñas reacciones hu­manas. Además, posiblemente yo le tuviera odio al Abogado si me comprendiera físicamente inferior a él. No lo soy, y nuestras cuentas están ya canceladas.

El camino que siguen marcha a través de campos y está sembrado de carbonilla; a veces el viento trae un olor de alfalfa húmeda. Luego el camino se bifur­ca y entran nuevamente en la zona de las barracas, que desparraman hedores de sangre, lana y grasa; usinas de las que se escapan vaharadas de ácido sul­fúrico y de azufre quemado; calles donde, entre mu­ros rojos, zumba maravilloso un equipo de dínamos y transformadores humeando aceite recalentado. Los hombres que descargan carbón y tienen el pelo ru­bio y rojo se calafatean en los bares ortodoxos y ha­blan un imposible idioma de Checoslovaquia, Grecia y los Balcanes.

El Astrólogo epilogó:

—Indiscutiblemente, el Abogado es un hombre bueno. En otros tiempos hubiera ido lejos, pero las teorías sociales no las ha digerido todavía.

Al fin, se detuvieron frente a una chacra. Un le­trero de chapa de cinc, colgado de un poste que sos­tenía la puerta de tablas, rezaba un aviso:

Se benden huebos y gayinas de raza

El Astrólogo, sin llamar, entró. Bajo la galería, a la luz de una lámpara eléctrica, dos hombres juga­ban a los naipes. Uno era delgado, pálido, pomuloso, de pelo crespo y ojos negros. El otro, grueso, de barbilla reluciente, ojos verdosos y cabello rubio, vestía un traje azul de mecánico. Los desconocidos clavaron los ojos en Erdosain, y éste, sin saber por qué, se sintió cohibido. En el fondo del patio una mujer joven con una criatura en el brazo, detenida en el marco de una puerta, lo examinó también.

Erdosain se sintió molesto por la persistencia de las miradas, y el Astrólogo dijo:

—Este es uno de los “nuestros”, que recién em­pieza… Erdosain.

Los dos hombres le estrecharon la mano, y la mu­jer con el chiquillo en brazos arrimó una silla de estera de paja. El hombre flaco entró al cuarto sa­liendo con otra silla, y los cuatro hombres formaron círculo en torno de la mesa 5.

—¿Quieren que cebe mate? —dijo la mujer.

El hombre de la barbilla reluciente y ojos verdo­sos miró cariñosamente a la mujer y dijo:

—Bueno, pero dame el nene.

Lo sentó en su falda, y ella se dirigió a la cocina. El hombre flaco sacó del bolsillo un paquete de bi­lletes, y dijo:

—Sírvase, están contados. Son diez mil pesos justos.

El Astrólogo, sin contarlos, se los pasó a Erdo­sain y dijo:

—Guárdelos —y dirigiéndose al hombre flaco pre­guntó—. ¿Han impreso los volantes?

El hombre rubio, que mecía a la criatura en sus brazos, contestó:

—Ya se mandaron.

El Astrólogo continuó:

—Hay que preparar más. He recibido esta carta de Asunción.

—¿De Paraguay?

—Sí.

El hombre del traje de mecánico leyó la carta, luego la entregó a su socio; éste se inclinó sobre la mesa, la leyó atentamente y, devolviéndosela al Astrólogo, dijo:

—Era de esperar. ¿Y usted continúa con su idea?

—Sí.

—Es absurda…

—Más absurdo es falsificar dinero.

Los dos hombres lo miraron a Erdosain.

—¿Usted se prestaría para hacer circular billetes falsos?

Sorprendido, examinó Erdosain al hombre de tra­je azul. Reflexionó un instante, y mirando la jun­tura de los ladrillos del suelo contestó:

—No.

—¿Por qué?

—Simplemente… porque me parece absurdo ha­cer circular moneda falsa.

—No es una razón…

—Sí que lo es. Tanto lo encarcelan a uno por lim­piar las cajas de un banco como por falsificar mo­neda. Entre que me detengan por andar con papel impreso, prefiero que sea por haber substraído le­gítimo…

—¿Qué quiere hacer usted por el momento?

—Nada…

—¿Usted sabe que nosotros estamos…?

—No me diga nada. Yo no quiero saber lo que ustedes hacen ni dejan de hacer. Si tienen que con­versar cosas reservadas, me retiro…

—¿Y el trabajo de imprenta no le interesaría aprenderlo?

—¿Para?

—Para colaborar en la preparación de la Revolu­ción Social… Nosotros necesitamos hombres que lleven la revolución a todas partes. Unos lo hacen con la acción descubierta y franca, para lo cual us­ted no sirve; otros, subterráneamente, astutamente. Hay que hacer manifiestos para los trabajadores del campo. Repartirlos subrepticiamente. Si usted apren­diera el trabajo de imprenta podría hacerse cargo de una imprenta rural. Una imprenta clandestina, se en­tiende. ¿Quiere pasar a ver la nuestra?

—Sí, eso me interesa.

—Venga.

Erdosain lo siguió al hombre flaco. Entraron a un cuarto. Un ropero ocupaba un ángulo, y una cama de dos plazas el centro de la habitación.

—¿Quiere ayudarme? —dijo Severo, y comenzó a empujar la cama para un costado.

Quedó al descu­bierto la puerta de un sótano. Severo se inclinó y levantándola bajó por una escalerilla. Giró una llave y se encendió una lámpara. No le faltaban mo­tivos a Erdosain para admirarse. En el sótano de paredes encaladas habían instalado un completo ta­ller de imprenta. Junto a los muros se veían cajas de tipos y matrices, cilindros de caucho y una me­sa triangular llamada “burro”. A un costado de la escalerilla de madera, sobre una base de mamposte­ría, había una minerva de pedal, y al otro lado una peque­ña guillotina. Cajones con resmas de papel comple­taban el clandestino tallercito de obra. Erdosain se admiró de pronto al mirar un fusil, cuyo cañón ter­minaba en un tubo de tres diámetros del calibre del arma, y longitud de quince centímetros. Preguntó:

—¿Y ese fusil tan raro?

—Un fusil con silenciador.

—¿De dónde lo sacaron?

—Entró de contrabando.

—¿Y no se oye nada la explosión?

—La amortigua considerablemente. ¿Qué le pare­ce, en total, este conjunto?

—Muy bien.

—Éste también es un campo de batalla. Una trin­chera de emboscados. ¿Se da cuenta?

—Sí…

—El compañero es el que redacta los manifiestos.

—Pero aquí no pueden falsificar dinero…

—¿Y cómo lo sabe?

—Se ve a simple vista.

—No, pero esperamos la llegada de un práctico… Nosotros falsificaremos dinero paraguayo y chileno, y otro compañero nuestro, desde afuera, nos traerá dinero argentino. Es conveniente que el lugar de circulación esté muy distante del paraje de producción.

—Me parece muy bien.

—¿Usted qué clase de ideas políticas tiene?

—Soy comunista.

—Después vendrá el anarquismo… No importa… por el momento éstas son pavadas que no con­viene discutir. A propósito: el Astrólogo nos dijo que usted era práctico en explosivos; vea esto: ¿qué le parece?

Severo había abierto un cajón, y extrajo un tubo de hojalata revestido de cemento. El trabajo era tosco, informe. Una cápsula de cobre hundía su tu­bo rojo en el cilindro gris.

—Una bomba…

—Eso…

—Pésimamente construida.

—¿Por qué?

—Es pesada. Irregular. El cemento se fragmenta siempre irregularmente. Poco práctica para llevar­la… y poca potencia. ¿Qué carga tiene?

—Gelinita.

—El explosivo es bueno, pero eso no lo es todo en material destructor.

—¿Usted cómo construiría bombas?

—Yo no soy partidario de las bombas; prefie­ro los gases. Ustedes, los terroristas, siempre están atrasados en material destructor. ¿Por qué no se de­dican a estudiar química? ¿Por qué no fabrican ga­ses? El cloro combinado con el óxido de carbono forma el fosgeno. Insisten en las bombas. Las bom­bas estaban muy bien en el año 1850; hoy de­bemos marchar con el progreso. ¿Qué desastre pue­de provocar usted con el petardo que tiene entre manos? Nada, o muy poco. En cambio, con el fosgeno… El fosgeno no hace ruido. No se ve nada más que una cortinita amarillo verdosa. Un pequeño olor a madera podrida. Al respirarlo, los hombres caen como moscas. En un tubo de acero, que puede te­ner la forma de una caja de violín, de un piano, en fin… de lo que quiera usted, puede llevar tal cantidad de gas como para desinfectar de hombres muchas hectáreas.

—¿De modo que, por ejemplo, si usted tuviera que asaltar un banco…?

—El gas es el arma ideal. Lo malo es que aquí vivimos todavía en un país de gente muy bruta y atrasada. Fíjese que en Estados Unidos, los guardia­nes de los furgones blindados que generalmente llevan tesoros están equipados con careta contra gases. Bueno, también allá, los que trabajan de asalto no proceden con contemplaciones.

—¿Y la táctica?

—Simplemente, descargar por cualquier tragaluz, mediante un tubo de goma, algunos litros de fosgeno. Cuando ustedes se dispusieran a “trabajar”, tendrían que llevar caretas. No hay necesidad de matar a nadie, porque hasta las pulgas que llevan las ratas quedan intoxicadas.

—El problema es conseguir fosgeno.

—Yo estoy proyectando una fábrica casera. Es un tipo de usina doméstica o experimental para producir mil kilogramos de gas por día.

—¿Mil kilogramos…? Y una fábrica así, ¿se puede instalar en una casa?

—En un salón de cuatro por ocho… con toda comodidad.

—¿Sabe que es interesante?

—Vaya si lo es… Pienso hacer la prueba en el Sur. Tengo ganas de instalar una pequeña usina química. Fabricar gases. Preparar técnicos exclusivamente en fabricación de gases. Nada más. Prepararlos en serie, como se preparan subtenientes y sargentos. Las bombas constituyen un procedimiento antiguo. Otra cosa es granadas de mano, pero hay que tener máquinas especiales para fabricarlas. Y en cantidad. Una bomba construida individualmente no sirve sino para hacer un poco de estruendo. La bombas deben fabricarse en serie.

—Un obrero carga las espoletas, otro las prepara. Máquina para las espoletas. Máquina para los envases. Usted comprende… todo eso cuesta dinero. Hay que prepararse. Aquí ni tratados técnicos se encuentran.

Callaron, y el hombre delgado hizo una señal para que salieran. Cuando subieron al dormitorio, el Astrólogo conversaba animadamente con la mujer delgada y el hombre del traje azul. Erdosain supuso que continuarían charlando, pero el Astrólogo terminó con estas palabras el objeto de su visita:

—Quedamos en eso, ¿no es así?

El hombre del traje azul sonrió ligeramente, y el cabelludo respondió:

—¡En fin… veremos!

Los tres hombres no hablaron más. Se miraron mutuamente y la mujer, que con la criatura en el brazo atendía a la conversación, repuso:

—Son diferencias insignificantes.

—Hay que estudiarlas —resupo el Astrólogo, y extendiendo la mano a los tres anarquistas se des­pidió.

Silenciosamente, tras él marchó Erdosain. Una congoja profunda le apretaba el corazón. Experimen­tó algún alivio cuando pensó: “De cualquier modo, me mataré”.