Los lanzallamas: 13

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A pesar de encontrarse Ramos Mejía a treinta minutos de la Avenida de Mayo, y la casa de los Espila a siete cuadras de Rivadavia, el Sordo Eustaquio y Emilio hacía dos días que no comían. Comer sig­nifica echar algo al estómago. Devorar una cáscara de pan seco es comer. Bueno, Eustaquio y Emilio llevaban dos días sin echar al estómago ni una sola cáscara de pan seco.

Luciana, Elena y su madre, sitiadas por el ham­bre, se habían refugiado en la casa de unos parien­tes hasta que la tempestad amenguara. Cuidando los restos de los muebles, Emilio y Eustaquio quedaron en el reducto. Eso sí: tenían tabaco en abundancia, y Emilio cada cinco minutos encendía un cigarrillo; luego, girando sobre el colchón, se volvía hacia el lado de la pared “para no mirarlo a ese bellaco del Sordo”. Éste, con las piernas suspendidas en el aire, permanecía sentado a la orilla del catre, la gorra enfundada hasta las orejas y mirando ceñudamente la puerta del cuartujo, como si esperara ver entrar por allí a la diosa Providencia cargada de un cesto reple­to de costillas de ternera, mazos de espárragos y cachos de bananas o mazos de ananás. Tenía la misma cantidad de hambre que un tigre en ayunas.

Una lámpara de acetileno iluminaba con su fúlgida llama a los dos hermanos silenciosos, en aquel re­ducto de murallas de cinc que constituía el dormito­rio común. El Sordo, haciendo valer sus derechos de sabiduría en matemáticas y química, ocupaba el catre. Emilio meditaba tristemente, en una colchoneta tendida en el suelo, en los treinta años que contaba de vida, y con las manos bajo la nuca, mirando al cielo raso, se preguntaba si en Ramos Mejía podía encontrarse un desgraciado más famélico que él. Al mismo tiempo soslayaba con cierto furor al Sor­do, tal si lo responsabilizara de sus desgracias. El Sordo, impasible, engorrado como un tahur, esgarraba escupitajos que proyectaba despectivamente tras el respaldar de su catre. Luego con la manga del saco se frotaba el moco prendido entre las barbas, y continuaba examinando caviloso la entrada del re­ducto.

Emilio sentía crecer su indignación contra el Sordo. Soliloquiaba:

―Penzar que ezte puerco zabe cálculo infinitezimal, y pareze un bribón ezcapado de la Corte de loz Milagroz. ¿Para qué le zervirá el cálculo infinitezimal? —una racha de aire lo estremeció de frío.

El viento entraba abundantemente por allí, mo­viendo la fúlgida llama de la lámpara de acetileno. La sombra del Sordo, sobre el plano ondulado de las chapas, se meneaba fantásticamente como la de un Bubú de Montparnasse 1.

Hacía mucho tiempo que Eustaquio y Emilio ha­bían reñido, y ya pasaba de dos años el tiempo en que no se dirigían la palabra. Juntos en las cavernas más absurdas, que les servían de refugio ―uno tirado en un catre, y el otro tendido en su colchoneta―, guar­daban silencio de sordomudos.

Lo singular de sus conductas es que tácitamente, sin decirse una palabra, salían por la noche a buscar en la calle colillas de cigarrillos. Silenciosamente sal­taba el Sordo del catre, se endosaba la gorra, apretaba las puntas de un arruinado macferlán 2 sobre su pecho, y seguido de Emilio iba a recolectar tabaco. Un hermano por una vereda y el otro por la opuesta. Regresaban, se sentaban en el suelo, colocando de por medio un diario, y rompían la envoltura de las colillas, preparando montones de tabaco que al día siguiente soleaban para que se le evaporara la hu­medad. Partían equitativamente el grupo en dos partes, y armaban cigarrillos que fumaban con lentitud. “Fumando no ze ziente hambre”, decía Emilio.

Cuando algo había que cocinar, cocinaban por turno. Eustaquio era glotón. Emilio, comedido. Eustaquio comía con voracidad de bestia. Emilio, revistiendo dignidad de hidalgo que se siente menoscabado en su hombría si revelara sentimientos bajunos. Pero ambos devastaban cantidades prodigiosas de vitua­llas cuando las había, proporcionadas por las dili­gencias de Elena o Luciana.

A veces Eustaquio visitaba a un pintor, sordo como él, y el pintor y Eustaquio cebaban mate durante largas horas sin cruzar palabra.

Emilio rezongaba silenciosamente al ver aparecer al Sordo en el reducto. Deseaba estar solo; mas el Sordo, sin mirarle, se dejaba caer en su catre, per­maneciendo inmóvil como un faquir. Emilio se deses­peraba ante su conducta estática e indiferente.

De noche dormían irregularmente. Eustaquio, antes de cerrar los ojos, suspiraba profundamente. Emilio lo escuchaba resoplar en las tinieblas y sentía ganas de gritarle: “¿Por qué suspirás, bellaco?”, pero no decía nada, y el otro continuaba revolviéndose bajo sus cobijas como si estuviera enfermo. A veces en­cendía la luz, y sin objeto alguno ―porque no existía ningún motivo para apresurarse―, se afeitaba entre gallos y medianoche. Emilio, fingiéndose dormido, le espiaba, y su malestar crecía mientras que el Sordo hacía guiños frente al espejo, o con media cara bar­bada se alejaba riéndose sarcásticamente cierta ale­gría bestial, “igual a la que manifestaba cuando se comía dos docenas de naranjas él solo”.

Emilio, en tales circunstancias, hubiera querido estar lejos; el dolor de vivir deyectaba en él círculos de sufrimiento, como una glándula enferma. Pensaba, sin saber por qué, en la alegría de llevar la contabilidad en un aserradero a la orilla del río, y en visitar a una novia a la que le quitaría sus creencias reli­giosas haciéndole leer libros de Haeckel y Büchner. Luego se arrebujaba entre las colchas y trataba de dormir, mientras el Sordo lanzaba chasquidos de alegría, con una mejilla afeitada y la otra empa­pada de espuma.

Los dos hermanos albergaban ideales distintos. Emi­lio aspiraba a ser linotipista y ganarse la vida tran­quilamente en el campo, en algún pueblo de campo donde se le cicatrizaran las desolladuras que en el alma la miseria enconaba cada vez más.

En cambio Eustaquio, de haber seguido sus impulsos, hubiera sido atorrante. Lisa y llanamente, un atorrante. Esto no le impedía dar algunas clases de álgebra superior a extraviados alumnos que ciertas amistades le recomendaban. También Eustaquio aceptaría una cátedra de geometría si se la hubieran ofre­cido, pero el maravilloso monstruo que le trajera en una bandeja de plata tal canonjía no aparecía jamás, y estirado en su catre elaboraba proyectos que tenían siempre relación con las matemáticas. Por ejemplo, calculaba cuánto podía ganar instalando una fábrica de chorizos. Ni remotamente pasaba por su imaginación la idea de dónde se proporcionaría el capital necesario para instalar la choricería.

Ambos desdichados pasaban de tal manera las horas.

Cuando Emilio sentía que la desesperación lo ato­sigaba en el reducto de cinc, se largaba a la calle para “estudiar la Vida”. El llamaba “estudiar la Vida” el acto de quedarse tres horas con la boca abierta observando a un truhán que vendía mercaderías mi­lagrosas o específicos infalibles. Pero ahora que el hambre lo acosaba como a una fiera en su caverna, Emilio lo observaba furiosamente al Sordo.

Este, como si adivinara los malévolos pensamientos que incubaba su hermano, se rascaba socarronamente la ríspida barba de siete días. Además, sabía que a Emilio le molestaba que él escupiera tan abundantemente, y por eso esgarraba cada vez más fuertemente, proyectando los escupitajos con tal violencia contra las chapas del reducto que éstas resonaban como si recibieran piedradas.

Emilio, asqueado, giró sobre su colchoneta dándole las espaldas al Sordo.

El Sordo se contempla los pies, descalzos en unos zapatos amarillos, con evidente satisfacción. Al mismo tiempo resopla como un ballenato. El catre cruje lamentablemente, y Emilio se dice:

—Ez lo único que falta. Que ezte animal rompa el catre, para que dezpuéz lo tenga que oír roncando a mi lado… ―su indignación y tristeza crecen simultá­neamente. En la base del estómago siente la presión cálida de una iniciación del vómito, y piensa―. Me eztoy deztrozando el eztómago con la nicotina. Aho­ra, con las piernas cruzadas y los brazos en asa, con las manos bajo la nuca, cuenta el número de ondula­ciones que hay en las chapas del techo, extrañándose de perder la cuenta al llegar a la acanaladura número treinta y siete. Instantáneamente de perder la cuenta lo revisa de una mirada oblicua al Sordo y se dice:

—¿Qué eztará tramando eze bellaco? —luego re­comienza nuevamente: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, y los módulos del techo pasan ante sus ojos con la velocidad de los postes telegráficos cuando se viaja en tren.

De pronto, la voz del Sordo estalla en el reducto:

—Che, Emilio, tengo un gran proyecto.

Emilio volvió la cabeza. Hacía dos años que no se hablaban. En el ínterin, el Sordo había tenido mu­chos proyectos, pero en vez de comunicárselos a él se los explicaba a las hermanas, de manera que este proyecto actual tenía que ser realmente importante para que, infringiendo el silencio que mantenían táci­tamente, se lo comunicara.

El Sordo insistió:

—Es un gran proyecto, porque no requiere capital y sus resultados son matemáticos. Infalibles. Pedire­mos limosna.

—¿Limozna?

—Yo me disfrazaré de ciego… pero de ciego de gran guignol. Y me pondré una tarjetita que diga: “Estoy ciego por los efectos del ácido clorhídrico. Compradle caramelos al inutilizado en el servicio de la Ciencia”. Te darás cuenta que esta ceguera científica no puede menos que impresionar al público.

—¿Y loz carameloz?

—Ahí está… Los caramelos son para disfrazar. Las leyes prohiben la mendicidad. Nosotros seremos carameleros… oficialmente carameleros, y bajo cuerda limosnearemos.

—¿Y cómo te vaz a dizfrazar de ziego?

—Me pondré unas gafas retintas, que no dejen ver nada, y vos serás mi lazarillo. Tengo que conseguirme bastón, gafas, y esa valija hay que adecentarla. Allí llevaremos los caramelos. Hay que comprar también una gruesa de estuches de papel de seda para poner los caramelos. Haremos paquetes de diez y veinte cen­tavos. Será casi mejor poner en la tarjeta: “Ciego por servir a la Ciencia”. ¿Qué te parece? ¿No es mejor? Y abajo de “Ciego por servir a la Ciencia”, ponemos: “Vapores de ácido nítrico le quemaron el nervio ópti­co”. ¿Qué te parece? ¿No te convence?

—Zí… algo me convenze… Pero ¿de dónde zacamoz la plata para laz gafaz, el baztón, los carameloz?… Eza valija es indezente. Ademáz, habría que hazer tarjetaz imprezaz.

—Eso cuando el negocio progrese. Ahora me voy a verlo al pintor.

—¿Y la roza de cobre?

—¡Qué rosa!… Se hará después. Ahora tenemos que comer. Además vaya a saber qué le pasa a Erdosain, que no viene.

—¿No le contamoz a Luziana?

—¿Qué?

—Zi no le contamoz a Luziana…

—Otro día andá a verla. Ahora lustrate la valija.

Así terminó la primera conversación que Emilio y el Sordo mantuvieron después de dos años de silencio y dos días de ayuno.

El Sordo se dirigió al espejo, contempló su facha barbuda; luego, con cuatro gestos, se puso el cuello, tres movimientos más de mano invirtió en hacerse el nudo de la corbata, y apretando sobre su pecho las puntas de la solapas del macferlán se lanzó al vano de la escalera, mirando el cielo emplomado de gruesas nubes.

Una vez que el Sordo salió, Emilio apoyó el codo en la almohada, y una mejilla en la palma de la mano. Un mechón de cabello renegrido le caía so­bre la frente pecosa, y con mirada displicente co­menzó a examinar la valija. Estaba cubierta por una capa de polvo, y de la orilla del catre caía un ángulo marrón: la punta de una manta.

Emilio lió pensativamente un cigarrillo, se tapó los pies con un remanso de frazada y, contemplando pensativamente el cielo, meneó la cabeza con tris­teza. El proyecto de ser tenedor de libros en un aserradero a las orillas del río se alejaba.