Los lanzallamas: 15

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Pocas veces Erdosain retrocedía a los tiempos de su infancia. Ello quizá se debiera a que su niñez había transcurrido sin los juegos que le son propios, junto a un padre cruel y despótico que lo castiga­ba duramente por la falta más insignificante.

Remo había vivido casi una infancia aislada. Comenzó a estar triste ―la criatura en esos tiempos no podía definir como tristeza aquel sentimiento que lo arrinconaba solitario en algún ángulo de la casa― a la edad de siete años. Debido a su carácter huraño, no podía mantener relaciones con otros chicos de su edad. Rápidamente éstas degeneraban en riñas. Su exceso de sensibilidad no toleraba bromas. Cualquier palabra un poco disonante hacía sufrir indeciblemente a esta criatura taciturna.

Erdosain se recordaba a sí mismo como un chiquillo hosco, enfurruñado, que piensa con terror en la hora de ir a la escuela. Allí todo le era odioso. En la escuela había chicos brutales con los que tenía que trompearse de vez en cuando. Por otra parte, los niños bien edu­cados rehuían su trato silvestre y se espantaban de ciertas precoces ideas suyas, observándolo con cierto desprecio mal encubierto. Este desdén de los dé­biles le resultaba más doloroso que los golpes cam­biados con otros chicos más fuertes que él. El niño insensiblemente se fue acostumbrando a la soledad, hasta que la soledad se le hizo querida. Allí no po­día entrar a buscarlo el desprecio de los chicos edu­cados, ni la odiosa querella de los fuertes.

En la soledad, recuerda Erdosain que el chico Re­mo se movía con agilidad feliz. Todo le pertenecía: gloria, honores, triunfos. Por otra parte, su soledad era sagrada; no se daba conscientemente cuenta de ello, pero ya observaba que en la soledad ni su mis­mo padre podía privarle de los placeres de la ima­ginación.

Sin embargo, esa mañana de domingo, mientras las campanas de la iglesia de la Piedad llama­ban a los feligreses, Erdosain, vestido, se quedó re­costado en su lecho, fijando su trabajo mental en un recuerdo de su infancia. Sin explicación aparen­te, este recuerdo ennitidece en su memoria a medi­da que pasan los minutos: Una criatura con pantaloncito corto, en mangas de camiseta, la cabeza empinada y rubia, abre con precaución la puerta del gallinero. El chico durante un instante observa encuriosado a las gallinas, que picotean restos de comida de la noche desparramados en la tierra. De pronto el ni­ño sonríe. Toma una lata vacía y la llena de agua. Luego se dirige a un rincón del gallinero, escarba la tierra con un palo en punta y amasa barro para “fabricar la fortaleza”. Los brazos de la criatura se manchan de fango hasta los codos.

El niño trabajó dichoso, sonriente. Ha olvidado que por la tarde tiene que ir a clase, ha olvidado el horror que le causan esos muros desnudos del aula, envile­cidos, con esqueletos de hule amarillo; se olvida del temor al “insuficiente” de fin de mes en la libreta de clasificaciones, y trabaja con barro, levantando murallitas.

Es la fortaleza ―generalmente la fabrica de esta forma― un polígono de cincuenta centímetros de diá­metro y veinte centímetros de altura. La muralla dentada con troneras y saeteras encierra en su inte­rior miradores, torres, puentes de astillas, calabozos, y casi siempre un subterráneo, que el niño excava pacientemente con el brazo bajo la muralla de fango. Así los sitiados podrían huir de los sitiadores.

Defienden las esquinas de la fortaleza torres triangulares, de manera que presenten con el vértice “poco blanco a los proyectiles de las bombardas”. El pequeño Erdosain ha observado que las piedras res­balan en el ángulo de los muros y causan menos efecto “destructor” que en las superficies planas.

Las gallinas, que conocen al niño, dejan de pico­tear el suelo para mirarlo atentamente. A veces el gallo aplasta el lomo de un ave. Erdosain no le con­cede mayor importancia a este acto, aunque esta fal­ta de curiosidad no le impide preguntarse de vez en cuando, con cierta indecisión abstraída: “¿Por qué el gallo hará eso?”.

Erdosain a los siete años es absolutamente puro. Aborrece instintivamente a los chicos que dicen obs­cenidades. Quisiera no avergonzarse de escucharlas, pero la sangre sube a sus mejillas cuando se pronun­cia una mala palabra.

Ahora lo que absorbe su atención es la fortaleza, secándose al sol. La contempla con orgullo de ar­quitecto. Luego, cavila un instante: ¿a qué héroe puede convertírselo en habitante de la fortaleza? ¿A un pi­rata o a un general? Si es general, tiene que vivir en la costa de África. Pero el general no puede ser buena persona, porque si no, él no lo sitiaría en la fortaleza, que va a destruir a cañonazos.

Y es que una vez construida la fortaleza, Erdosain se divierte en destruirla. 1

Desde una distancia de veinte metros, “bombardea a cascotazos el castillo sitiado”. Después de una des­carga de diez o quince piedras el pequeño Remo, con la cabeza engallada, se acerca al fuerte. Con ojos brillantes de entusiasmo estudia el efecto de los ladrillazos sobre las torres de fango. Calcula concien­zudamente la resistencia que los muros ofrecen a otra descarga, la dirección de las grietas, acompañado de qué accidentes se ha hundido un puente, cómo se ha desmoronado el mirador.

El juego encierra prodigios de felicidad solitaria para el pequeño Remo.

Como siempre construía la fortaleza en el ángulo formado por dos tapias de ladrillo, las piedras que no tocaban el “castillo” rebotaban en la pared, arran­cando nubes rojas de polvo que cubrían la fortaleza de un polvillo achocolatado. El niño, al ver flotar el polvo rojo en el aire, se imaginaba que la nubecilla estaba formada por el humo de la pólvora de una “bombarda” invisible, y arreciaba de tal manera el “cañoneo”, que las gallinas, espantadas, ahuecaban las alas, dando grandes saltos a ras del suelo.

Lentamente la fortaleza se desmoronaba bajo los proyectiles. Caían las torres descubriendo cimientos circulares, los puentes de madera se incrustaban en los calabozos, los minaretes, a veces, por un prodi­gio de resistencia, quedaban erectos en la desolación achatada de las troneras y baluartes, espolvoreados de polvo rojo. Cuando la destrucción había sido to­tal, hasta desfondar el techo del subterráneo que le servía para “escaparse al enemigo”, el niño Erdosain ―sudoroso, sonriente, el rostro salpicado de mo­tas de barro, los brazos achocolatados hasta el codo― se sentaba a la orilla de la fortaleza. Sus ojos se clavaban en el cielo de la mañana y seguía con la mirada las nubes que resbalaban en la tersura ce­leste de la bóveda. Las gallinas, sosegadas nuevamen­te, se acercaban a él. La más atrevida, espiando con un ojo al chiquillo y con el otro los escombros, es­tiraba el cuello y picoteaba las ruinas de la fortale­za. Remo, impasible como un Dios, con la plena conciencia de su superioridad sobre las gallinas, las dejaba hacer, contemplando el espacio. Y es que el pequeño Erdosain había descubierto que el cielo, jun­to al borde de las nubes, se festoneaba de una franja ligeramente verdosa. Le era sumamente fácil imagi­narse que este color verde provenía de cañaverales silvestres a la orilla de un río donde él corría aventu­ras, sin obligaciones escolares. ¡Ah! Si se pudiera vivir en las nubes —pensaba el pequeño Remo—, no tendría necesidad de ir a la escuela, de entrar a la horrible aula, pintada de marrón y de blanco cal, de escuchar a un maestro grosero e irritable que se­ñalaba las rótulas del “cadáver” con un puntero oscu­ro de tan manoseado.

De pronto una voz áspera resonaba en sus oídos:

—¿Hiciste los deberes, imbécil?

Una angustia desgarradora sobrecogía y hacía tem­blar el alma del niño. El que así le hablaba era su padre.

Súbitamente empequeñecido, humillado hasta lo in­decible, iba a lavarse las manos. Sentíase caído, so­lo, desconsolado, como si le hubieran roto la colum­na vertebral de un puntapié. Si lo insultaba su padre, ¿cómo no tendrían derecho a insultarlo los otros? Entonces bajaba la cabeza pasando frente al padre, cuya mirada torva sentía que se le clavaba en la nuca, renovando el ultraje del insulto.

Otras veces el padre le arrancaba de sus juegos para hacerle lavar el piso de la cocina. El pequeño Remo, débil frente al hombre inmenso, lo desafiaba con los ojos temblorosos de indignación, y el padre, glacial, le escrutaba con tanta firmeza las pupilas, que el niño, encorvado, iba a la pileta a buscar el “trapo de piso”, un fuentón que llenaba de agua y un cepillo de rígidas y limadas cerdas.

Mientras fregaba el piso de mosaico de la cocina pensaba en las carcajadas que lanzarían sus compa­ñeros de clase si supieran que él, igual a ellos en la apariencia del traje, lavaba el piso de la cocina de su casa. 2

El chiquillo no podía menos de comparar su vida con la de otros compañeros. Esos niños tenían pa­dres que los venían a buscar a la salida de la es­cuela, que los besaban. A él su padre no lo besaba nunca. ¿Por qué? En cambio lo humillaba continua­mente. Para insultarlo removía la boca, como si mas­ticara veneno, y escupía la injuria atroz:

—Perro, ¿por qué no hiciste esto? Perro, ¿por qué no hiciste aquello?

Siempre el calificativo de perro antepuesto a la pregunta. Lustrosos los ojos de emo­ción, el pequeño Erdosain se inclinaba sobre el fuentón, sumergía los brazos hasta el codo en el agua y retorcía con sus manos enrojecidas el rústico trapo, que le dejaba en la piel estrías bermejas. Lágrimas candentes corrían por sus mejillas son­rosadas, pero el rodar de estas lágrimas infiltraba un dulcísimo consuelo en su pequeño corazón. “Apren­dí así a encontrar felicidad en las lágrimas”, me diría más tarde.

Lentas campanadas llegan ahora de la iglesia de la Piedad hasta el cuarto de Erdosain, que perma­nece recostado en su cama. Los ojos se le han hu­medecido evocando su niñez destrozada. Murmura:

—¡Qué vida horrible!

Su frente se arruga en estrías poderosas. Continúa soliloquiando:

—No he tenido infancia, no he tenido compañeros, no he teni­do padre, esposa, ni amigos. ¿No es espantoso esto?

El corazón le late con una delicadeza de órgano que por sí mismo tiene miedo de romperse. Deja de evocar desastres, quedando sumergido ―no pudo precisar por cuánto tiempo― en una especie de som­nolencia más densa que una siesta.

De pronto recobra conciencia de la realidad. Al­guien que ha entrado subrepticiamente a su cuarto le toca con suavidad en el hombro. Sin embargo, Erdosain no se resuelve todavía a despertarse. Tra­ta de localizar con los ojos cerrados de dónde proviene el inesperado hedor de aceite de ricino que ahora llena su cuarto. La persona que lo llama insiste en su propósito de querer despertarlo mediante suaves toques en la espalda. Erdosain entreabre lentísimamente los pár­pados. De esa manera puede espiar sin demostrar que se encuentra despierto.

Permanece inmóvil, aunque no puede menos de sorprenderse. Su visitante se ha detenido a la orilla de la cama, y desde allí lo contempla, tiesos los bra­zos cruzados sobre el triple correaje que cruza su capote. Lo extraordinario del caso es que el desco­nocido viste el traje de las trincheras. Se cubre con un casco de acero y lleva el rostro protegido por una máscara contra gases. Erdosain no puede establecer a qué modelo de guerra corresponde la máscara. Esta consiste en un embudo negro con dos discos de vidrio frente a los ojos. El vértice del embudo termina en un pequeño cilindro horizontal, de aluminio, con tor­nillos laterales. De allí parten dos tubos de goma anillados, que penetran en una cartera suspendida sobre el pecho por un triple correaje, que pasando por las espaldas se empestilla en las axilas. La careta da al desconocido la singular apariencia de un hombre con cabeza de oso. Ahora Erdosain levanta la cabeza y, apoyando el cuerpo sobre los dos codos, examina el capote en que se calafatea su visitante, impermeabili­zado a los gases por un baño de aceite. El capotón es tan inmenso, que su ruedo roza los talones de unos botines increíblemente deformados y cubiertos de fango endurecido.

Remo menea la cabeza, no del todo convencido, y murmura:

—¿Por qué no se quita la careta? Aquí no hay gases.

El desconocido se desprende del casco, descubrien­do el cráneo tomado por las tres correas de la más­cara; desabrocha las hebillas y delicadamente aparta el aparato adherido por unas pinzas a su nariz. Absor­be aire profundamente.

Erdosain examina el fino rostro del soldado, que con sus ojos amarillos y los finos labios apretados refleja un “espíritu con avidez de crueldad” ―uso estrictamente los términos de Erdosain―. Sin em­bargo, el desconocido debe estar gravemente enfermo, pues sus labios y los lóbulos de las orejas aparecen ligeramente teñidos de un halo violáceo.

—Puede también sacarse los guantes —insiste Erdosain—. Aquí no hay gases.

El hombre extrae penosamente sus manos dema­cradas, de color mostaza, de los guantes impregnados de aceite, como el resto de su ropa. Mas, en verdad, la única preocupación del desconocido parece ser su aparato antigás. Busca con los ojos un lugar donde colocarlo, y por fin parece encontrarlo. Dobla los tubos de caucho con suma precaución, ajusta los tornillos del oxígeno solidifi­cado, y conduciendo la máquina con la misma deli­cadeza que si fuera de cristal la acomoda sobre la mesa. Erdosain, al mirar por las espaldas del desco­nocido ―que está inclinado sobre la mesa―, se da cuenta de que lleva colgada de la cintura una grue­sa pistola Mannlicher.

A Erdosain no se le ocurre indicarle al enigmá­tico visitante que su uniforme es extemporáneo pues han pasado los tiempos de guerra. Por el con­trario, le parece natural que el hombre se uniforme del mismo modo que los poilus 3 de las trincheras.

El desconocido, con el casco de acero nuevamente endosado en la cabeza, vuelve hacia Erdosain con paso perezoso y elástico de tigre. Erdosain com­prende que tiene que hacer algo en obsequio de su desconocido, pero ni por mientes se le ocurre dejar la cama. Con las manos bajo la nuca lo observa de reojo, y al final no encuentra un agasajo más ama­ble que decirle estas palabras, con voz suave:

—Usted parece que está bastante enfermo, ¿eh?

El otro, inclinada la cabeza, frota el suelo con el taco del botín, como los boxeadores que en un án­gulo del ring pulverizan la resina con la suela mien­tras esperan que suene el gong. La visera de su casco de acero le proyecta un semicírculo de sombra hasta los labios.

—Sí, estoy mal. No sé si podré pasar de la noche. Me han gaseado.

—Precisamente, yo estoy estudiando gases.

―¿Quiere empezar el combate?

—Tenemos que terminar. ¿No le parece a usted que ha llegado la hora? ¿Ha visto el mundo en qué estado se encuentra? Jamás ha pasado la humanidad por una crisis de odio como ahora. Podría decirse que estos últimos años del planeta son como la ago­nía de un libidinoso, que se aferra a todos los placeres que pasan al alcance de sus manos.

—¿Qué gas estudia usted para terminar con esto?

—El fosgeno.

El enigmático visitante sonríe prudentemente con leve encogimiento de labios, mientras que sus ojos amarillos lanzan destellos de pupila de tigre:

—Sería preferible la “lewisita”. El fosgeno no es malo, pero es inestable.

—Vea que en el índice de Haber da 450 de to­xicidad…

—No importa. Nosotros usamos al principio el fosgeno. Después lo dejamos por el sulfuro de etilo biclorado. A pocos días de transcurrido el combate, las carnes de los gaseados se rajaban como las de los leprosos. También empleábamos el clorosulfonato de etilo, más cáustico que el fuego. Los hombres tocados por el gas parecían haber bebido ácido ní­trico. La lengua se les ponía gruesa como la de un elefante, las entrañas se les consumía como si estu­vieran disecándose en bicloruro de mercurio. Para variar el juego, los otros introdujeron la cloroacetona. Me acuerdo de un hombre nuestro a quien se le rompieron los cristales de la careta. A las veinticuatro horas tenía los ojos más rojos que hígados. Era, en verdad, un espectáculo triste y extraño el semblan­te amarillo de aquel hombre con dos hígados rojos fuera de las órbitas, que manaban interminables to­rrentes de lágrimas. Inútil era ponerle compresas de yema de huevo sobre los ojos. Sus desaparecidas pu­pilas lloraban ríos de lágrimas. Cuando llegó al laza­reto de la retaguardia estaba absolutamente ciego.

Erdosain sonrió imperceptiblemente.

—Lo notable del caso es que todos esos gases in­fernales los han descubierto honrados padres de familia.

El gaseado, tiritando de frío bajo su impermeable empapado de aceite, repone:

—Ciertamente, casi todos los químicos contraen ma­trimonio muy jóvenes, como si la química influyera en la tendencia a constituir familia.

Erdosain experimenta increíbles deseos de burlarse de aquel hombre:

—¡Qué verdad notable dice usted! Constituyen fa­milia… Se casan con señoritas serias que por lo general dan a luz tres hijos.

El gaseado repone grave:

—Yo conocí a un químico que le puso estos nom­bres a sus hijos: Helio, Tungsteno y Rutenio.

Erdosain arguye, pensativo:

—¿Se le ocurrirá a esos químicos que con los gases que ellos han inventado pueden quemárseles en el futuro los pulmones a sus hijos, agrietarles las car­nes, vaciarles las órbitas?

Repentinamente, el enigmático visitante pregunta, serio:

—¿Y usted tiene el coraje de entregarle al Astró­logo los planos de una fábrica de fosgeno?

Erdosain podía contestarle: “qué le importa a usted”; pero retiene la grosería, escapándose por la tangente:

—En todas las químicas se encuentran datos res­pecto a los gases.

—Sí… es cierto…

—En Alemania hay almacenes de caretas contra gases como aquí bares automáticos.

—¿Y ustedes llevarían el ataque?

—El plan consiste en atacar bases aéreas y arsenales. Apoderarse de los arsenales…

—Caerían inocentes.

—Y ustedes, en las trincheras, ¿eran culpables de algún crimen?

—Sí.

—¡Eh!… ¡eh!… ¿Qué dice usted?

—Claro. Todos los que estuvimos en las trinche­ras somos culpables de crimen. ¿Por qué tiramos? ¿Por qué no dejamos que tiraran ellos, los genera­les? ¿O usted cree que la responsabilidad se puede trasponer a otro, como un cheque? No. El soldado que mató en las trincheras es tan criminal como el hombre que mata a su prójimo en la calle y a sangre fría. Ahora, si los generales hubieran estado en mayor cantidad que los soldados, nada habría que objetar.

Erdosain reflexiona unos instantes y dice:

—¿Sabe usted que debe ser divertido ese juego atroz?

El gaseado se restrega nerviosamente las manos azuladas:

—No; no era divertido. Uno no podía menos de asombrarse a veces… Me acuerdo que una noche estalló a mi lado una granada de fósforo. La explo­sión me arrojó a unos metros; cuando volví la ca­beza descubrí un espectáculo extraño Un trozo de fósforo blanco se había incrustado en el vientre de un soldado y ardía lanzando llamaradas blancas, mientras que el otro daba gigantescos saltos en el aire, intentando arrancarse los intestinos que se abrasaban lentamente en ese agujero luminoso que tenía bajo el estómago.

—Deben haber visto muchas cosas “allá” —argu­ye pensativo Erdosain.

El gaseado aprieta cada vez más fuertemente las solapas del capote aceitado sobre su pecho. Dice:

—El instinto de la guerra está hasta en los niños.

Erdosain se da una palmada en la frente. Recuer­da las fortalezas de barro que derribaba con caño­nazos de pedradas. Caviloso, comenta:

—Usted tiene razón. Pero al niño le atrae la poesía de la guerra.

El gaseado se ajusta el cinturón que sostiene la pistola Mannlicher. Tose un poco ahora. Evidentemen­te, el hombre no se siente bien. Los labios se le tiñen de violeta. Sus pómulos parecen vaciados en cera. Mira con ansiedad su aparato de contragás.

“No sería correcto preguntarle”, se dice Erdosain; pero el deseo de averiguar late en él. Por fin se resuel­ve y dice:

—¿A usted con que lo gasearon?

—Con Cruz Azul.

Erdosain murmura para sí: “¡Cruz verde! ¡Cruz amarilla! ¡Cruz azul!… ¡Oh la poesía de los nombres infernales! Jesús está tras de cada cruz: la Cruz verde, la Cruz amarilla, la Cruz azul… Compuestos cianurados, arsenicales…, gaseados en el fondo de los embudos. ¡Compa­ñeros míos!… ¡Dioses más grandes que mi dolor!” Erdosain llora silenciosamente, la cabeza apoyada en el brazo. Lágrimas ardientes escalan sus mejillas. El gaseado se inclina sobre Erdosain:

—Llorá, chiquito mío. Tenés que llorar mucho to­davía. Hasta que se te rompa el corazón y ames a los hombres como a tu propio dolor.

—Nunca —contábame más tarde Erdosain— ex­perimenté un consuelo más extraordinario que en aquel momento. Le tomé las manos al gaseado y se las besé, cayendo de rodillas frente a él. No me miraba; tenía los ojos clavados en su distancia terri­ble. Apoyó una mano en mi cabeza y dijo:

—Cuando eras chiquito jugabas al inocente juego feroz de bombardear fortalezas. Te has hecho hombre, y querés cambiar el juego de las fortalezas que bom­bardeabas en la soledad por el juego de las fábricas de gas. ¿Hasta cuándo seguirás jugando, criatura?

—Yo le besaba las manos. Una angustia atroz me retorcía el alma. Me separé de él y le besé los rotos botines. Él, inmóvil, con el correaje cruzado sobre su pecho, los ojos abombados de una claridad sobrehu­mana, miraba a lo lejos. Yo le dije:

—Padre, padre mío: estoy solo. He estado siem­pre solo. Sufriendo. ¿Qué tengo que hacer? Me han roto desde chico, padre. Desde que empecé a vivir. Siempre me han roto. A golpes, a humillaciones, a insultos. He sufrido, padre.

Las palabras se le escapaban a Erdosain entre so­llozos ahogados. Estaba ahogado por el llanto.

—No puedo más, ahora. Estoy por dentro magulla­do, roto, padre. Me han destrozado como a una res. Igual que en el matadero. Las lágrimas caían del rostro de Erdosain sobre el piso como las gotas de una lluvia. Súbitamente entró en Erdosain una paz sobrehu­mana. Cuando levantó la cabeza, el gaseado no estaba ya allí.

Nunca pudo saber quién era el enigmático visitante.