Los lanzallamas: 16

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

La sirvienta color de chocolate, cojeando, entró al cuarto de Erdosain. Erdosain examinó el rostro de la mulata, impregnado de resignada dulzura, pregun­tándose en el ínterin: “¿Que pasará por el alma de esta pobre beste­zuela?”

—Lo busca una señorita —anunció la Coja—. Una señorita rubia y alta.

—Decile que pase —y Remo saltó de la cama.

Luciana Espila entra a la habitación y se detiene frente a Erdosain. Él le alarga la mano, pero ella no corresponde a su saludo. Remo se queda con el bra­zo extendido en el aire, y Luciana, examinándolo con serena compasión, le dice:

—¿Por qué me humillaste así la otra noche? ¿Que­rés decirme qué mal te hice? Quererte, porque eras bueno con nosotros…

Erdosain de pie, enfurruñado, no pronuncia una palabra. Mira insistentemente el suelo, con las manos en los bolsillos.

—¿Por qué no hablás? ¿Qué tenés, Remo? Decime. Hace tiempo te noto raro. Parece que estuvieras en­fermo de algo. Sin embargo, no decís nada. Estás más gordo que antes, y, sin embargo, miras a la gente y parece que te burlaras de ella. Te he observado, aun­que te parezca que no. Vos tenés un secreto triste.

Remo entrechoca una risita seca. Su orgullo se de­bate contra la dulzura que en él suscitan las palabras de la muchacha. Luciana entrecierra lentamente los párpados, se sienta a la orilla del sofá y dice:

—No te digo que me quieras. No. El querer y el no querer no se mandan. ¡Pobres nuestros corazones, si es así!

Erdosain la mira sorprendido.

—Repetí otra vez esas palabras.

—¿Qué palabras?

—Esas últimas que dijiste.

—Si es así: el querer y el no querer no se mandan… ¡Mira si serán de pobres nuestros corazones! Decime, ¿por qué has cambiado tanto con nos­otros?

—Quiero estar solo.

—¿Por qué querés estar solo?

—Porque se me da la gana. Quiero estar solo…

—Sos testarudo corno un chico. ¿Por qué querés estar solo? Decime…

—Uff con esta mujer… Quiero estar solo. Decime, ¿no tengo derecho a estar solo?

—¿Para qué? ¿Para atormentarte como lo hacés?

—¿Se te importa a vos?

—Me preocupa, porque estás triste.

—No tengo ilusiones. Eso no es lo peor. Tampoco podré tener nunca ilusiones.

—Hablá, que te escucho.

Insensiblemente, Luciana se ha arrodillado junto al sofá, apoyando los codos en las rodillas de Erdosain. Remo la observa y se acuerda, como un trozo de pano rama visitado, del aserradero a la orilla del agua1. Él llevaría contabilidad, y sonreiría mirando mons­truosas ratas de agua asomando el puntiagudo hocico entre los montones de virutas de la orilla.

—¿Querés que hable? Pues tengo poco que decirte. No tengo ilusiones. No podré tener más ilusiones. A los otros hombres los mueve alguna ilusión. Unos creen que tener dinero los hará felices, y trabajan como bes­tias para acumular oro. Y así los sorprende la Muerte. Otros creen que con el Poder serán dichosos. Y cuando les llega el poder, la sensibilidad para gustarlo se les hizo pedazos entre todas las bellaquerías que ejecu­taron para conseguir el poder. Los menos creen en la Gloria, y como esclavos trabajan su inútil obra de arte, que el cataclismo final sepultará en la nada. Y ellos, como los otros que se atormentan por el Oro o por el Poder, aprie­tan los dientes y mascullan blasfemias.

»Pero qué importa. Trabajando para conseguir el dinero o el poder o la gloria no se aperciben que se va acercan­do la muerte. Pero yo, ¿en qué quieres que ponga mis ilusiones? Decime. Le he escupido en la cara a una muchacha. Esa muchacha algún tiempo des­pués volvió a mí. Le pregunté entonces: “¿Estás dis­puesta a tirarte a la calle para mantenerme?”. Y me contestó que sí. La eché porque me daba lástima. He corrompido a una criatura de ocho años. Me he de­jado abofetear. He robado. Nada me distrajo. He permanecido siempre triste…

Luciana se incorpora sentándose junto a Erdo­sain. Le acaricia la frente despacio.

—¿Por qué hiciste todo eso? ¿No sabés que en el mal no se encuentra la felicidad?

—¿Y qué sabés vos si yo busco la felicidad? No; yo no busco la felicidad. Busco más dolor. Más su­frimiento.

—¿Para qué?

—No sé… A momentos me imagino que el alma no puede resistir el máximo dolor que aún no co­nozco, y entonces revienta como una caldera. Mi­rá, me he puesto de novio en esta casa con una chica. Tiene catorce años. La compré…, no es otro el término. Por quinientos pesos. Me he metido en un lío repugnante. La madre va a tratar de domi­narme. A mí me divierte luchar contra ese mons­truo hembra; me distraigo. Pienso en el día en que entraré a la cocina y le diré: “Doña Ignacia, su hija está embarazada”. Entonces la terrible vieja me dirá: “Usted tiene que casarse”. Y yo me ca­saré…. ¿Te das cuenta? No me negaré a casarme. Luciana se incorpora violentamente:

—¿Estás loco?

Erdosain encendió lentamente un cigarrillo:

—Más o menos, tenés razón. No estoy loco, pero estoy angustiado que es lo mismo.

Y de pronto se echó a reír con fuertes carcajadas.

—¿Te das cuenta Luciana? Veo el paisaje. La vie­ja, de pie en la cocina, vigila con cara de deidad ofendida una milanesa que se recalienta, mientras que in mente tramita el aborto de la menor. En cambio, la chica, estupefacta, hace extrañas consi­deraciones sobre aquello que lleva embaulado en el vientre.

Y Erdosain se toma el estómago con las manos al tiempo que lanza carcajadas detonantes. Luciana no puede menos de mirarlo sorprendida.

—Remo, no te rías. Andate pronto de aquí.

Encorvando las espaldas, se detiene frente a Luciana:

—¿Irme? ¿Adónde? ¿Querés decirme?

—A cualquier parte… A Norteamérica…

—Y vos, pedazo de ingenua, ¿te creés que en Nor­teamérica no hay doñas Ignacias que tramitan un aborto mientras recalientan unas milanesas? Sos cándida, querida. Adonde vayas encontrarás la peste hombre y la peste mujer… ―ahora se pasea con las manos en el bolsillo. —¡Irse! ¡Con qué facilidad lo decís vos! ¿Irse adónde?

Cuando era más chico pensaba en las tierras ex­trañas donde los hombres son color de tierra y lle­van collares de dientes de caimán. Esas tierras ya no existen. Todas las costas del mundo están ocu­padas por hombres feroces que con auxilio de ca­ñones y ametralladoras instalan factorías y queman vivos a pobres indígenas que se resisten a sus latro­cinios.

―¡Irse! ¿Sabés lo que hay que hacer para ir­se? Matarse. 2

Un suspiro escapa del pecho de Luciana. Remo continuó:

—Suspiras porque te digo la verdad. Mira, otro hombre te hubiera poseído. No me digas que no. Estás en un momento ardiente de tu vida. Es así. Yo he traspasado esa línea. Deliberadamente, enten­deme bien, deliberadamente voy hacia el perfecciona­miento del mal, es decir, de mi desgracia. El que le hace daño a los demás, en realidad fabrica mons­truos que tarde o temprano lo devorarán a él. Yo vivo acosado por los remordimientos. Escuchame… Dejame hablar. Tengo miedo a la noche. La noche, para mí, es un castigo de Dios. He cometido pecados atroces. Habrá que pagarlos. Creo que todavía al­canzaré a cometer dos o tres crímenes más. El últi­mo, posiblemente sea espantoso. Ya ves, te hablo tranquilamente, ¿no? Con sentido común ¿no es así?

—Oyéndolo hablar, sentía una lástima infinita por él —diría más tarde Luciana—. Tuve la impresión de que estaba frente al hombre más desgraciado de la tierra.

—Bueno. Nadie puede desviarme del camino de perdición que me he trazado. El fin, mi fin, creo que está próximo. No te asustes. Todavía no me voy a matar… Tengo los ojos secos de lágrimas. Me he divertido, no es otro el término, en hacer sufrir hasta la agonía a pobres seres que, en ver­dad, el único pecado que habían cometido era ser inferiores a mí.

Luciana lo contemplaba hipnotizada a Erdosain. Éste continuó:

—No sé a quién le oí decir que en las Sagradas Escrituras se habla de un pecado que no se puede nombrar. El término teológico es éste: “el pecado que no se puede nombrar”. Yo ya lo he cometido. Los teólogos todavía no se han puesto de acuerdo en lo que consiste el “pecado que no se puede nom­brar”. Sólo el alma es capaz, con su extraordinaria sensibilidad, de clasificarlo… Pero no puede nom­brarlo, ¿me entendés? Desde entonces vivo acosado. Es como si me hubieran expulsado de la Existencia. Nadie, además, fijate qué castigo terrible, puede comprenderme. Si en este instante me encarcela­ran, de mí los jueces verían únicamente un sem­blante vulgar, demacrado. Si me acercara a una mujer y no le confesara ni una palabra de todo lo que te hablo, ella me vería únicamente como un hombre con quien puede “contraer enlace”. Decí si no es espantosamente ridículo llevar sobre las espaldas una tragedia que no se puede nombrar… que no interesa a nadie… ni aun a la mujer que puede exclamar en un momento de locura: “Te ama­ré para siempre”.

Luciana lo escucha atentísimamente a Erdosain. Este se pasea por el cuarto y habla:

—El alma de nuestros semejantes es más dura que una plancha de acero endurecido. Cuando alguien te diga: “He entendido lo que usted me dice”, no te ha entendido. Esa persona confunde lo que en la superficie de su alma se refleja con la penetración de la imagen en el alma. Es lo mismo que una plancha de acero endurecida: espeja en su superficie pulimentada las cosas que la rodean, pero la subs­tancia de las cosas no penetra en ella… Y nosotros, que estamos afuera, lo vemos. Pero, ¿por qué me mirás así?

La doncella ha enrojecido hasta la raíz de los ca­bellos. Se levanta lentamente, camina hasta la puer­ta, cierra la hoja y gira la llave. El vacío del cuar­to se agrisa. Erdosain se apoya en el canto de la mesa. Luciana levanta los brazos, recogiendo los de­dos sobre su nuca. Su mirada se queda perdida en el vacío; luego la vuelve a Erdosain y le dice:

—Quiero que me veas… Mira.

Y de un tirón que da en su bata descubre la blanca comba de los senos. Erdosain la contempla, inmóvil. El vestido se atorbellina y cae en redor de las piernas de la doncella. Su camisa, sostenida por un brazo, traza un triángulo oblicuo sobre su cabeza. La blancura lechosa de sus amplias caderas colma el cuarto de una grandeza titánica. Erdosain mira sus redondos senos, de pezones rodeados de un halo violeta y un mechón rubio de cabellos que escapa de su sexo, entre las rígidas piernas apretadas, y piensa: “Sólo un gigante podría fecundarla”.

Luciana se recuesta en el sofá, manteniendo uni­das las piernas, y un pie sobre otro. La redondez lateral de un seno se aplasta en el brazo encogido, en cuya mano apoya medio rostro. La rojidez de su rostro degrada sucesivamente en una palidez que convierte en más morados sus labios flojos. Entorna los ojos hacia el rulo bronceado que escapa de su bajo vientre, y dice:

—Mirame. ¿Sabés cuántos años hace que todos los ojos de los hombres que pasan me desean? Quince años, Remo. Mirame. Hace quince años que me de­sean todos los ojos de los hombres. Y vos sos el primero que me ve desnuda. Yo también estoy tran­quila para vos. Erdosain permanece de pie, apoyado en el canto de la mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Me he desvestido para hacerte el regalo de mi cuerpo. No quiero que sigas sufriendo.

La mirada de Erdosain se hace cada vez más pe­netrante y fría. Por sus ojos resbalan unos rieles dorados de sol, un trozo de llanura verde y el vien­to envuelve en la garganta de una chiquilla unos ti­bios rulos negros. Remo sonríe y dice infantilmente:

—Efectivamente… Sos linda, Luciana.

Se acerca tranquilamente a la doncella, le pasa la mano por el cabello y remurmura:

—Sos linda… ¿Por qué no te casás?

Un golpe de pudor le devuelve la conciencia de la realidad a Luciana. Salta del sofá y se envuelve pre­cipitadamente en su ropa. Erdosain se apoya nueva­mente en el canto de la mesa, la observa y le repite casi sardónico:

—Sos linda. Debías casarte…

Y tiene que morderse los labios para no soltar una carcajada. Acaba de ocurrírsele la siguiente pregun­ta: “¿Qué diría doña Ignacia sí entrara en este mo­mento y la viera a Luciana desnuda? Pondría el grito an el cielo. Exclamaría: ¿Y usted, desvergonzado, era el que se indignaba de que esa inocente estuviera con la mano en la bragueta de un hombre? ¿Usted, que recibe mujeres desnudas en su cuarto? Menos mal que ha ido a misa, a encomendarle su alma al diablo”.

Con vergüenza urgente, Luciana se viste. Evita la mirada de Erdosain. Los labios le tiemblan de in­dignación. Erdosain continúa:

—Perdoname, pero no te deseo. Vos lo que debías hacer es casarte con un hombre respetable.

El demonio de la Crueldad se apodera vertiginosa­mente del alma de Remo. Erdosain tiene que mor­derse los labios y hacer un tremendo esfuerzo de voluntad para no decirle a la doncella: “Cierto… Vos debías casarte con un hombre respetable que usara calzoncillos de franela y que antes de irse a dormir, para evitar los resfríos, se pusiera vela de baño en las narices”. Sin embargo, alcanza a dominarse, tratando de fingir un continente grave; pero la ironía escapa ale­gremente por sus ojos.

Luciana se viste en silencio. En su rostro, blanco como su camisa, los ojos relampaguean. Erdosain comprende la tempestad que en el silencio de ella se desencadena, y por fin, haciendo un esfuerzo tre­mendo, domina a su demonio interior. Y se excusa.

—Querida Luciana, perdoname, pero no te deseo.

La doncella, enrojecida, termina de vestirse. Antes de salir, se detiene un instante frente a Erdosain, lo mira de tal manera que parece que sus ojos van a estallar de luz… y luego, estremecida por un so­llozo que retiene entre sus dientes, abre la puerta y se va.