Los lanzallamas: 17

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Son las cuatro de la tarde. Erdosain permanece tieso, sentado frente a la mesa. Si fuera posible fo­tografiarlo, tendríamos una placa con un rostro se­rio. Es la definición. Erdosain permanece sentado frente a la mesa, en el cuarto vacío, con la lámpa­ra eléctrica encendida sobre su cabeza.

Afuera luce el sol del domingo, pero Erdosain ha cerrado herméticamente el cuarto, y trabaja a la luz artificial. Las manos están apoyadas en la tabla. Pero él no mira sus manos. Mira al frente. El muro. Sin em­bargo, en un momento dado retira de la mesa la ma­no derecha. La retira con la misma lentitud que emplearía un ajedrecista que acerco su mano a un peón y no se atreve a moverlo. En realidad, Erdosain no trata de mover nada, incluso su mano. De allí esa delicadeza de movimiento. Sus párpados bajan y sus pupilas se detienen en la mano que se movió. La mira con extrañeza. Le parece en ese momento tan frágil, que se extraña no se haya roto su mano.

Otras sensaciones se injertan en los entreplanos de sus músculos. Hay momentos en que la expresión de su seriedad se intensifica de tal manera, que Erdosain tiene la sensación de que su carne ennegrece a la luz de la lámpara. Esta tiñe de amarillo los pa­peles desparramados sobre la mesa.

Erdosain deja apoyadas las manos en la tabla blanca, lanza una ojeada al puñado de apuntes, y es­cribe despees en un cuadernillo de páginas cuadri­culadas:

«Llamando P al peso en kilogramos del animal so­metido a la experimentación, y p a la cantidad míni­ma de gas destinado a producir la muerte, tenemos que P sobre p es igual…»

Remo tacha nerviosamen­te lo escrito y redacta nuevamente.

«Llamando Q a la cantidad de gas en miligramos disuelto en un metro cúbico de aire, A al número de metros cúbicos respirado por minuto, y T al nú­mero de minutos transcurridos entre la respiración y la muerte del sujeto, tendremos:

»Con A multiplicado por T el número de metros cúbicos de tóxico respirado, o sea:

p = Q x T x A

»Entonces, el grado de toxicidad específica de un gas de guerra es igual a:

Q x A x T = P

La Bizca le grita desde afuera:

—Remo, ¿querés venir a tomar mate?

Erdosain se levanta pensativamente y entreabre la puerta. Frente a él está la chica. Desde aquella tarde en que le entregó una suma de dinero a doña Ignacia, la muchacha se ha convertido en su querida. Este hecho coincidió con su aislamiento casi com­pleto. Se entrevistaba escasas veces con el Astrólogo. Para evitarse en la pensión preguntas indiscretas, dio por toda razón el pretexto de que “meditaba otro invento”. En realidad estudiaba la instalación de la fábrica de gases de guerra. Desea entregarle su proyec­to al Astrólogo. Después se “iría” a la colonia de la cordillera. Tal pensaba a momentos. Semejante con­ducta le atrajo la admiración de los otros pensionistas, que le estimulaban incondicionalmente desde que su­pieron por doña Ignacia que Remo había vendido “su invento” de la Rosa de Cobre a una compañía electro­técnica.

Como esa gente además de bruta era ingenua ―no sabiendo a ciencia cierta en qué consistía la medita­ción, pero impresionada por la oscuridad del cuarto en el que se recluía Erdosain―, cuando pasaban frente a la pieza lo hacían con tanto recogimiento como si allí se albergara un enfermo. Erdosain fomentaba este respeto almorzando y cenando en su habitación, y cuando en el comedor los pensionistas le preguntaban a doña Ignacia qué es lo que hacía Erdosain, ésta respondía con gesto lleno de misterio, bajando la voz:

—Meditar otro invento… Pero no digan nada, por­que se lo pueden robar.

—Ese mozo debía irse a Norteamérica —comentaba un vejete castellano, tenedor de libros en una ferre­tería—. Allá ganaría millones…

—¡Lo que es el talento! —argüía un mozo de café—. Él, con dos patadas, se enriquecerá, mientras que nos­otros dale que dale y dale…

El tenedor de libros soslayaba con ojillo rijoso el trasero de doña Ignacia, y se sumergía nuevamente, después de suspirar, en la noticia de los festejos de Su Majestad el Rey en su paseo por Cataluña. 1

—Sí, a tomar mate, Remo.

Erdosain salió del cuarto. La Bizca estaba, como de costumbre, en alpargatas, obscena la sonrisa tras el cristal de sus gruesos len­tes. En cuanto veía a Erdosain ampliaba el escote, y temblantes los senos iba a restregarse en él, entre­abiertos los labios, lagañosos los ojos.

Silenciosamente, Erdosain sentóse en un escabel de la cocina. Los muros estaban allí impregnados de mu­gre, las cacerolas escurrían el agua del fregado en el oscuro revoque, y doña Ignacia, con su negro cabello anillado, las despedazadas pantuflas, y la cinta de terciopelo negro ceñida al musculoso cuello, sonreía con la posible amabilidad de sus muecas, sin desunir los labios.

La Bizca mimoseaba a Erdosain. Éste sonrió incoherentemente, y mientras, doña Ignacia renovaba la yerba en el mate, arrojando los posos a un tacho de basura. Remo continuó ausente de todo el soliloquio mental.

“Fórmula Mayer… Fórmula Haber… (Q-E) por T igual a I. Cierto que el experimento de laboratorio difiere del que se ejecuta al aire libre… pero qué diablos, pongamos el fosgeno; 450 miligramos por metro cúbico. Difosgeno, 500 miligramos por metro cú­bico. Sulfuro de etilo biclorado, 1500; suma y sigue. Como el hombre respira en un minuto cerca de ocho litros de aire… la fórmula de intoxicación sería… sería… 450 por 8, dividido por 1000”. Erdosain se queda como un bobo contemplando e espacio, mientras sus labios se mueven en el cálculo de división.

“Exacto. Con cerca de 4 miligramos por unidad de peso… se produce la intoxicación mortal. ¡Qué hijos de puta esos sabios! Lo han dejado chiquito al diablo. Y me jugaría la cabeza que estos químicos, después de dejar sus probetas y máscaras, regresarán a sus casas y abrazarán a sus hijos. A la hora de acostarse, mientras la mujer, desvistiéndose, mostraba el trasero en el espejo, le dirán: «Tenés que ver cómo progresa la arquitectura atómica de ese gas». ¡Qué hijos de puta! Nada más que cuatro miligramos por metro cú­bico. Y el hombre se desmorona como una mosca. Si esto no es economía satánica, que lo diga Dios. Ideal. Mayor toxicidad a menor cantidad. «Descúbrame us­ted, caballero, un veneno que pueda intoxicar cien mil metros cúbicos de aire con un miligramo de gas, y le levantaremos una estatua», le dicen a sus químicos los jefes de Estados Mayores. Y el hombre, que por la noche le acarició dulcemente las nalgas a su mujer, se enquista al amanecer en el laboratorio a buscar la nueva construcción atómica que extermine el máximum de hombres, con el mínimum de gasto. ¡Qué canallas!”. Los símbolos revolotean en la imaginación de Erdosain, mientras doña Ignacia le pasa un trapo al mate, emporcado con residuos anteriores.

“CH3. CO. CH2. Derivados de la cloroacetona. Deri­vados de la serie aromática. Hijos de… La serie aro­mática. Cloruro de Benzilo, Bromuro de Benzilo, Bromocianuro de Benzilo, Arsinas aromáticas…”

Doña Ignacia, que lo observa preocupado, le pregunta:

—¿Qué le pasa, Erdosain? Hoy habla solo.

—¿Eh? Ah… sí; tiene razón, estoy preocupado.

—¿Qué tenés, querido?

—Estoy estudiando los gases de guerra, ¿sabés? Gases de guerra. No hay nada más terrible que los gases de guerra, ¿sabe, señora?, que los gases de guerra. Permiso, querida.

Erdosain camina de un punto a otro de la cocina hedionda. En el muro se refleja su perfil cabelludo. Doña Ignacia y la Bizca lo escuchan asombradas.

―Son terribles. Parece que los hubiera inventado el diablo. Sí, señora, el diablo; pero un diablo que se hubiera especializado en odiarla a esta pobre huma­nidad. Fíjense: hay gases lacrimógenos que corroen la conjuntiva, queman la pupila, horadan la córnea, pro­vocando úlceras incurables. Y sin embargo, tienen la preciosa fragancia del geranio. Otros, en cambio, es­parcen el perfume del clavel, de la madera o del pasto.

—¡Qué horror!

Remo va y viene impasible entre las cacerolas de fondo negruzco y oxidado. Aparentemente, habla pa­ra doña Ignacia y la Bizca; en realidad, habla para sí mismo, dando salida al conocimiento horrible que acumuló día tras día para ponerlo al servicio del As­trólogo:

—Están los lacrimógenos simples, los lacrimógenos tóxicos; después viene la serie de los vesicatorios o cáusticos, aquellos que estrían y requeman el epitelio, levantan ampollas, desprenden en lonjas la epidermis. Después los sofocantes y nauseabundos, irritantes, es­tornutatorios, asfixiantes y tóxicos, de todos los colores, verdes, ladrillo, azulados, amarillos, lilas, blancuzcos como la leche, verdulencos como secreciones de ani­males marinos. Algunos atraviesan las máscaras más compactas, atacan simultáneamente los ojos, las vías respiratorias, la piel, la sangre. Los atacados vomitan trozos de pulmón, enceguecen, se cubren de úlceras como leprosos, pierden a pedazos los órganos genita­les…

―Callate, por amor de Dios, querido…

—Sí, pierden a pedazos los órganos genitales. Esos son los efectos del gas mostaza… —y continúa soliloquiando impasible, con los ojos dilatados, fijos en el espacio. “Fórmula Mayer… fórmula Haber, líquidos, gaseosos, fugaces, semifugaces, permanentes, semipermanentes, penetrantes… fórmula Haber, fór­mula Mayer…”. El Demonio de la Química ha salido del infierno, anda suelto entre los hombres, les susu­rra tentador su secreto a los oídos, y ellos gozosos, a la noche, mientras que la mujer desvistiéndose, mues­tra el trasero en el espejo del ropero, dicen: “Estamos contentos; hay que ver cómo progresa la arquitectura atómica de ese gas”.

—Dígame, señora, si no dan ganas de hacer saltar el planeta. ¿Sabe lo que escribió un químico? Parece mentira. Sólo Satán podía escribir algo semejante. Oiga bien, señora. Escribió ese señor, que es un sabio: “Desde el punto de vista químico y fisiológico, el me­canismo de la acción del cloro es digno del mayor elogio, pues le substrae a los tejidos de las substan­cias orgánicas el hidrógeno, generando compuestos nocivos”. ¿Se da cuenta, señora? Dígame si ese hom­bre no merecía que lo ahorcaran… Pues no, está al servicio de la Bayer…

De pronto Erdosain mira en redor y se siente aplastado por lo ridículo de la comedia humana. Es­tá disertando de gases con una menestrala y su hija. Siente deseos de lanzar una carcajada, y acer­cándose bruscamente a la Bizca le toma el labio inferior entre los dedos, lo entreabre, como haría con el belfo de una yegua, y examinándole la boca rezonga malhumorado:

—Tenés que lavarte los dientes.

La bisoja protesta:

—No me gusta… se me lastiman las encías.

—Usted debe obedecerlo a su novio —ordena seca doña Ignacia.

Pasa el mate de una mano a otra. Doña Ignacia, apoltronada en su sillita, se arranca las pringosas hilachas de las zapatillas con los mismos dedos que forzaba a los terrones de azúcar a entrar en el mate.

Remo se restrega la frente donde hay un amago de neuralgia. Dice:

—Vestite que saldremos. Tengo la cabeza como un cencerro.

Doña Ignacia repuso:

—Me parece muy bien, porque como usted siga así se va a enfermar.

Erdosain mira sorprendido a la mujer. Ha descu­bierto una inflexión de cariño en su voz, y su corazón late durante un minuto más apresurado.

—Vayan a tomar fresco. Qué es eso de pasarse el día encerrado como un preso. No tiene que estudiar tanto, ¿para qué? El mundo seguirá siempre lo mis­mo, hijo. Movete, hija… acompañalo a tu novio.

—¿Estás apurado, querido?… porque si no me lavo la cara.

—Es lo mismo… ponete un poco de polvo. Ya está oscureciendo.