Los monumentos con relación al amor patrio

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Los monumentos con relación al amor patrio
de Ramón Vinader

Nota: Publicado el 17 de agosto de 1867 en La Cruzada (25): pp. 193-195.


Los monumentos con relación al amor patrio
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 Es natural afecto del corazón humano el amor á la patria. Sin que haya menester el auxilio de la educación, palpita en el salvaje que entre las breñas de los vírgenes bosques se prosterna ante el ídolo adorado por su padre, arrodillado al pié de la misma ara, protegido por la sombra de los árboles, bajo cuyas ramas dilatadas generaciones habían invocado la divinidad, no menos que en el hombre civilizado á quien la ciencia pretende explicar los secretos y causas de este amor, á quien la historia recuerda los gloriosos hechos de sus pasados. Pero aunque sea igual este sentimiento, si no reconoce distintas causas, tiene á lo menos diferentes maneras de darse á conocer y es sostenido por estímulos de índole diversa.



 El sepulcro de los abuelos, el dulce recuerdo de la infancia, la memoria de las caricias maternales estrechan al salvaje con invencible lazo al suelo que le vio nacer. El hombre culto suele respetar también ¡no siempre por desgracia! los sepulcros de sus mayores; hácenle amable la patria los recuerdos de la niñez y la dulzura de la familia, pero tiene á mas otros motivos de cariño y amor. En un pueblo civilizado las generaciones no pasan sobre la tierra sin dejar alguna huella, sino que, de varias maneras, señaladamente por medio de los monumentos arquitectónicos se sobreviven á sí propias, se comunican con las generaciones que las siguen aun á larga distancia de tiempo, hablan con ellas, ennoblecen su corazón, levantan su ánimo decaído, encienden su entusiasmo y son constante reproche á sus torpezas y desórdenes sí por mala suerte se corrompen y envilecen: son los monumentos arquitectónicos páginas en que están escritas lecciones severas y amorosas exhortaciones; voces que nos llaman al deber y nos señalan el camino de la gloria.

 Oculto queda muchas veces y escondido el mas preciado valor de los monumentos á los ojos de los que con el compás y la regla estudian sus proporciones y el artificio de su fábrica, y hasta á los ojos de aquellos á quienes por tener espíritu mas artístico, dejan absortos y embelesados el orden de las partes, la belleza de las líneas y la admirable armonía del conjunto. Será un monumento digno de estimación por la habilidad del artífice que aplicó admirablemente las reglas del arte de construir, digno será de alabanza por su belleza, pero resplandece mas y es mas estimable por ser la palabra imperecedera de remotas edades, y aun mas que la palabra el pensamiento, el espíritu, el alma de generaciones que ya pasaron. Parece como que en el misterio de las ruinas ó bajo las sombrías bóvedas del templo tapizado de sepulcros, tenemos el poder de volver á la vida á los buenos y nobles de otros siglos, de platicar con ellos y regenerar nuestra sangre con su aliento. Se hacen por el sentimiento nuestros amigos, nos creemos de su familia y linaje, y al recordar las empresas de los héroes, nos corremos de no ser herederos de sus virtudes.

 Hé aquí una especie de comunión entre los hijos de una misma patria y un abundante manantial de sentimientos que nos ligan al suelo en que vimos la primera luz. Esto no consigue la historia, que es fría como la inscripción de un sepulcro, no lo consiguen las tradiciones que el tiempo borra y los años debilitan, no lo consiguen los buenos usos y costumbres que la liviana moda se complace en cambiar.

 Si tenemos curiosidad de conocer las batallas en que pelearon nuestros abuelos en la gloriosa guerra de la reconquista, por ejemplo, consultemos la historia; si deseamos saber algunos nombres propios, abramos las sencillas é interesantes crónicas ; pero si queremos participar del sentimiento que encendía el pecho de los guerreros, si queremos trasladarnos á aquella edad en que se alzaba modestamente en medio de las asperezas de Asturias un trono que, creciendo á la sombra de la Cruz, había de dominar el mundo, corramos hacia el templo bizantino, bajo cuyas bóvedas se invocaba la protección del Dios en nombre del cual las batallas se ganaban; corramos al templo desde cuyas almenas se daba la voz de alarma contra los enemigos del nombre de Cristo; busquemos la sombra de aquellas iglesias de Asturias, desde cuyas robustas y simbólicas portadas se predicaba la guerra santa y recibían la bendición por el venerable monje los guerreros ansiosos de la victoria cristiana. Allí, respirando el polvo de venerandos y respetables sepulcros, nos creeremos descendientes de los héroes; allí se hará mas firme nuestra fé y nos sentiremos orgullosos de haber nacido en la cristiana, en la noble tierra española.

 ¿Quién no ha oido explicar cien veces la historia de las Cruzadas, y á quién no ha entusiasmado la descripción de aquellos ejércitos de héroes, en que príncipes, barones, siervos, mujeres, ancianos y niños se alistaban gozosos, dispuestos á perder su vida por rescatar las piedras santas de un sepulcro? Pero en las historias se halla descrito el entusiasmo que se sintió allá en el siglo XIII, y podemos ver algo mas, podemos contemplar vivo aquel entusiasmo, ardiendo aun la llama de aquellos nobles pechos. Para sentir todo el calor de su sentimiento religioso hemos de acudir á los monumentos, y en ellos veremos que no está muerto como en las letras de un libro, sino que vive, que palpita aun el entusiasmo de los héroes, la llama del amor y de la fé que reflejada en las obras arquitectónicas se ha perpetuado en las inmensas catedrales góticas, grandiosas como las empresas de aquellos siglos, atrevidas como sus hazañas temerarias. Las cúpulas, las agujas, las torres, los mil erizados pináculos que hienden los aires, aquel conjunto de formas piramidales, de líneas que se elevan palpitando al cielo y que casi tiemblan y se estremecen al doblar majestuoso de las campanas, parecen las llamas medio petrificadas de una inmensa hoguera, el símbolo misterioso de las aspiraciones de un siglo. En el interior de la catedral gótica se experimenta como cierta trasformacion : poco á poco va uno perdiendo la memoria del siglo en que vive; el corazón se siente animado de la fé y piedad de siglos mejores; se familiariza con las estatuas de los sepulcros en que yacen varones insignes y santos héroes; nos hacemos dignos de ellos bendiciendo á la patria en que vivieron tales ascendientes.

 Pero prescindiendo del sentimiento religioso, manantial fecundo de amor á la patria, ¿no son dulces lazos que á ella nos ligan el castillo feudal, el alcázar y el palacio, el salón de las venerandas Cortes de Aragón y de Castilla, el palacio del municipio, la lonja de comercio? Las antiguas casas solares, los vetustos palacios rodeados de encantadoras tradiciones, las ruinas embellecidas por el eco de infantiles consejas, el suntuoso monasterio, el bienhechor convento, la humilde ermita y hasta la Cruz levantada á la orilla do un camino son motivos de amor á la patria que nos hacen mirar como compatricios, como amigos, como padres y hermanos á todos los buenos y á todos los grandes de las generaciones pasadas.

 Las tradiciones van desapareciendo, á veces arrastradas por el torbellino del siglo, arrancadas otras veces hoja á hoja por la mano cruel de la fria crítica que no sabe darnos en cambio otras flores que embalsamen la vida. En las fiestas modernas, bailes exóticos han ocupado el lugar de interesantes festejos que recordaban al pueblo los nobles hechos de sus mayores: los monumentos se van derrumbando cada dia, víctimas de la inclemencia del tiempo.

 Pero ojalá no fuera mas inclemente la mano del hombre. Hace años que parece hay empeño de arrancar del corazón de los españoles las raices de todo amor patrio. ¡Cómo ha de tenerlo la generación presente, que vió el año 35 mil preciosos monumentos, en nombre de la ilustración convertidos en ruinas, y hoy vé el polvo sagrado de estas ruinas aventado en nombre de la policía urbana!


       Ramón Vinader.