Los muertos van de prisa

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Los muertos van de prisa de Rosalía de Castro
Nota: Poema publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).


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«Los muertos van de prisa»,
El poeta lo ha dicho;
Van tan de prisa, que sus sombras pálidas
Se pierden del olvido en los abismos
Con mayor rapidez que la centella
Se pierde en los espacios infinitos.

«Los muertos van de prisa»; mas yo creo
Que aún mucho más de prisa van los vivos.
¡Los vivos!, que con ansia abrasadora,
Cuando apenas vivieron
Un instante de gloria, un solo día
De júbilo, y mucho antes de haber muerto,
Unos a otros sin piedad se entierran
Para heredarse presto.

*
* *

A sus plantas se agitan los hombres,
Como el salvaje hormiguero,
En cualquier rincón oculto

De un camino olvidado y desierto,
¡Cuál le irritan sus gritos de júbilo,
Sus risas y sus acentos,
Gratos como la esperanza,
Como la dicha soberbios!...

Todos alegres se miran,
Se tropiezan, y en revuelto
Torbellino van y vienen
A la luz de un sol espléndido,
Del cual tiene que ocultarse,
Roto, miserable, hambriento.

¡Ah!, si él fuera la nube plomiza
Que lleva el rayo en su seno,
Apagara la antorcha celeste
Con sus enlutados velos,
Y llenara de sombras el mundo
Cual lo están sus pensamientos.

*
* *

Era en abril, y de la nieve al peso
Aún se doblaron los morados lirios;
Era en diciembre y se agostó la hierba
Al sol, como se agosta en el estío.
En verano o en invierno, no lo dudes,
Adulto, anciano o niño,
Y hierba y flor, son víctimas eternas
De las amargas burlas del destino.

Sucumbe el joven, y encorvado, enfermo,
Sobrevive el anciano; muere el rico
Que ama la vida, y el mendigo hambriento
Que ama la muerte es como eterno vivo.

*
* *

Prodigando sonrisas,
Que aplausos demandaban,
Apareció en la escena, alta la frente,
Soberbia la mirada,
Y sin ver ni pensar más que en sí misma,
Entre la turba aduladora y mansa
Que la aclamaba sol del universo,
Como noche de horror pudo aclamarla,
Pasó a mi lado y arrollarme quiso
Con su triunfal carroza de oro y nácar;
Yo me aparté, y fijando mis pupilas
En las suyas airadas:
— ¡Es la inmodestia! — al conocerla dije,
Y sin enojo la volví la espalda.

Mas tú cree y espera, ¡alma dichosa!,
Que al cabo ése es el sino
Feliz de los que elige el desengaño
Para llevar la palma del martirio.