Los pendientes

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Los pendientes
de Emilia Pardo Bazán



Floraldo era cumplido mozo y de veras lindo galán. Y dicho que era galán, parece ocioso añadir que era también perdido enamorado.

Solamente -dueñas y doncellas honradas- que hay muchas maneras de ser enamorado perdido. Unos se enamoran por lunas, y trastornados de amor están mientras la blanca Febe cumple su rotación en el firmamento; otros, por años, y aman con delirio desde las últimas nieves de un enero hasta los cierzos duros del siguiente; y hay quien -aunque os parezca punto menos que imposible- coge la fiebre de amor maligno por toda la vida, y se la lleva consigo a la sombra de la sepultura.

Cogió Floraldo fiebre de amor viendo, a la salida de misa, a Claraluz, que alumbraba la penumbra del pórtico con el fulgor de unos ojos azules incomparables y con la irradiación de una cabellera que de las mismas hebras del sol creyérase entretejida. Pareciole entonces al mozo que no existía en el mundo cosa más apetecible que la beldad de Claraluz, y pegado a sus pasos como la sombra al cuerpo, y hecho jazmín de su reja, la persiguió, acosó y sitió hasta que ella dio en pagarle tanto rendimiento con otro mayor, de mejor ley y firmeza diamantina. Porque, apenas logrado su antojo, Floraldo empezó a cansarse de aquella hermosura, más de ángel que de mujer; de aquellos ojos puros, claros, luminosos; de aquel cariño ideal y absoluto, que estaba seguro de no perder nunca. Y como quien dice cansado dice inconstante, y Floraldo no vivía sin nuevos empeños, y nuevas ansias, y nuevas calenturas perniciosas de amor, acometiole una afición desatada por cierta danzarina, hija de un hebreo y una gitana de la Sierra, que bailaba en las plazas públicas sobre un tapiz polvoriento, y sonreía con igual sonrisa cruel y cínica de sus labios embermejados a todos los barraganes de la ciudad.

Y fue lo peor que Mara -la amarga, la cava impúdica, la sonriente- sólo a Floraldo dio en poner desabrido gesto. Ni ruegos ni dones la ablandaron, y con la espuela de la dificultad, Floraldo se exaltó, disparatado y loco, y llegó al extremo de poner a disposición de la bohemia, cual si arrojase un cequí sobre la alfombra que zarandeaban sus pies, fortuna, nombre, cuanto ofrecer puede un sediento de felicidades que la fantasía agiganta, a la mujer que se ha hecho dueña de sus potencias y sentidos.

Ni por ésas cedía Mara a las súplicas del galán. Un día en que Floraldo se presentó cargado con un cofre lleno de joyas de oro, perlas y diamantes, que representaban el valor de su patrimonio empeñado a un usurero (acaso el padre de Mara), la danzarina le miró despreciativamente.

-¿Crees que me deslumbran esas alhajas? ¡Estoy acostumbrada a dádivas! Mientras no me des una joya única, que yo te señale, no seré tuya, ¿entiendes?, jamás; así me presentases el mundo entero.

-Aunque pidas la corona de la reina o el rostrillo de Nuestra Señora del Desamparo, te lo traería. ¡Habla! ¡No tardes!

Mara calló un momento, como calla el verdugo al disponer la argolla. Bajo su vestidura, en que se mezclaban gasas sombrías con pesadas estolas de tisú y piedras, se adivinaban la ágil y culebrosa gracia de su cuerpo, las líneas de la morena carne, y un perfume de benjuí se exhalaba de los pliegues y senos de sus brazos, ceñidos por ajorcas de filigrana. Floraldo temblaba de concupiscencia y miedo a no poder apoderarse de la joya «única».

-Hay -dijo Mara lentamente- una cristiana de brillantes ojos, a quien amabas antes que a mí. Dame esos ojos de luz para hacerme unos pendientes, y entonces...

Por feroz que sea el amor maligno, Floraldo se horrorizó de la propuesta ¡Los ojos de Claraluz! ¡De Claraluz, que seguía adorándole!

Y a fe, dueñas y doncellas honradas, que bien le duraría el horror lo menos una hora. Próxima ya aquélla en que sale la luna, acercose a la reja de su antigua amada, que le esperaba todas las noches aunque no viniese nunca, y con arrullos y engaños la quiso persuadir de que necesitaba sus ojos como remedio prescrito para enfermedad de muerte. Claraluz sonrió con infinita tristeza:

-No mientas... -suspiró entre una caricia- Ya sé para qué quieres mis ojos. Felices ellos, que todavía, desamados, pueden contribuir a tu ventura. Te los enviaré mañana en una caja de plata rica.

-¡Mañana!... -protestó involuntariamente el fiero egoísmo de Floraldo.

-Esta misma noche, pues no puedes aguardar... -murmuró con dulzura Claraluz- Y mis ojos seguirán brillando como zafiros orientales en las orejas de la que prefieres ahora. Oye bien... Sólo se apagarían si ella te traicionase... ¡Acuérdate! Si ves extinguidos mis ojos, olvídala y vuelve a mí... En mi corazón encontrarás consuelo. Porque la traición duele mucho, alma mía. No dolerá tanto arrancarse los ojos, de seguro.

En efecto, a la media hora, un paje entregó a Floraldo, en su casa, la cajita de plata donde dos espléndidos zafiros destellaban claridad divina. Aquella misma noche, según había exigido la impaciencia del galán, Mara colgaba de sus orejas chiquitas los pendientes, y Floraldo se embeodaba de ese licor que pierde fuerza al enranciar y tiene en los primeros sorbos junta toda la ambrosía y toda la miel...

Casi desde el día siguiente empezó a paladear también, con otro género de embriaguez dolorosa, el veneno de los celos viles que roen a los que ama despreciando. Mara salió a la calle con sus pendientes, que destellaban como astros, y detrás de ella fueron todos los donceles y no pocos varones bien barbados y hasta con barbas de plata y de estopa gris, enloquecidos por los bailes que ejecutaba la hija de Satanás y por el matiz singularísimo que daban a su tez bruñida, de cobre nuevo, los aretes resplandecientes. El rastro fulgurante que éstos dejaban servía para seguirla al través de calles y plazas, entre el gentío agolpado para admirar las dos piedras únicas en el mundo, y las grandes señoras, al pasar escoltadas por escuderos, pajes y rodrigones, palidecían de envidia ante los zafiros celestes, cuya lumbre prestaba hermosura y atraía misteriosamente voluntades. La reina, a su vez, quiso ver los aretes y sintió la contracción de la garganta que causa el deseo muy vivo de una cosa que no nos atrevemos a poseer.

Nunca Mara había sido tan pretendida, tan requebrada, tan adorada como desde que poseía las dos maravillosas piedras, que la rodeaban de un esplendor de cielo de estío; y Floraldo, que no se apartaba de ella, pensaba a veces, para calmar la desazón mortal de los celos continuos, que mientras los zafiros no se extinguiesen, no le habría vendido Mara.

Hubo una hora en que Floraldo, retado por un pretendiente de la danzarina, tuvo que acudir al reto y administrar a su adversario una estocada. Al volver al lado de la bohemia, su primera ojeada fue para los pendientes... La moza sonreía y tendía los brazos, olientes a canela y benjuí...; pero en sus orejas no esplendían ya las piedras objeto de la codicia de altas damas: los zafiros eran dos trozos de opaco vidrio azul, cuajado, muerto: ninguna claridad emitían... Floraldo sintió que toda la sangre se le agolpaba a la cabeza: un velo rojo se interpuso ante sus pupilas... Y como la cava le tendiese otra vez sus brazos, hechos a las contorsiones de los bailes de infierno, desnudó la espada que acababa de hundir en el pecho de un hombre y la sepultó entera en el cuerpo cimbreador, estrecho, del cual, por la espalda, salió la punta a hincarse en el tabique, dejando a Mara sujeta, clavada, retorciéndose una vez más... en la agonía.